Una historia de Nueva York

Modelos, fotógrafos, revistas…

Esta historia pudo haber sucedido —¿sucedió realmente?— en la gran ciudad, en el fascinante y competitivo mundo de la moda, a donde llegaron fotógrafos y modelos de Europa y de México con el sueño de conquistar a la capital de la moda.

El fotógrafo y la modelo. Foto MetaAI.

1

Aldo había nacido en Chile, en Santiago, y había vivido la clásica experiencia chilena de principios de los setenta. A su padre, que trabajó en los altos niveles del gobierno del presidente Allende, le dieron dos horas para escapar a México. Él y su madre terminaron asilados en Dinamarca.

A los dos años de llegar a Copenhague, su madre —de 33 años, cuerpo esbelto y belleza dulce sudamericana— se volvió a casar con un danés, quien fue lo más cercano a un padre que tuvo Aldo, hasta que se reencontró con su padre biológico en México un verano, a los doce años.

Lo que iba a ser una estadía de dos meses se convirtió en los seis años más felices de su vida.

Vivió en una casa enorme en Cuernavaca, donde el clima siempre era templado. Había un jardín inmenso con árboles de aguacate, higo y durazno, en el seno de una familia caótica y anárquica, pero llena de amor y diversión.

Su padre se había casado en México con una rubia argentina de piernas largas y acento porteño que había escapado de la represión de la Junta Argentina. Ahora era directora de la Facultad de Psicología en la Universidad Nacional Autónoma de México, cargo que podía ejercer desde Cuernavaca. Su padre, que había sido ministro de Planeación Urbana en Chile, dirigía ahora una compañía constructora con contratos del gobierno. Aunque eran ricos, en la casa seguía rigiendo una mentalidad liberal y bohemia.

Lo que más divertía a Aldo eran sus nuevos hermanos. En Dinamarca tenía una hermana menor que acaparaba toda la atención de su padrastro. En México tenía un medio hermano, hijo de su madrastra argentina, un año menor que él, otro medio hermano cuatro años más joven, hijo de su padre y su madrastra, y una hermanita de dos años a quien apodaban “el accidente”.

Un año después de su llegada llegó una adición inesperada, al menos para Aldo: Ángel, un hermano chileno dos años mayor que él, fruto de una relación secreta que su padre había tenido mientras estaba casado con su madre en Chile.

La llegada de un hermano más grande le brindó la oportunidad de aprender nuevas y excitantes versiones de la vida: fumar marihuana, tomar tequila y salir con chicas en el Fairmont de su papá.

Esa era la textura de su familia: hermanos múltiples y diversos. Aunque por un año disfrutó ser el hijo mayor, la llegada de un hermano más grande le brindó la oportunidad de aprender nuevas y excitantes versiones de la vida: fumar marihuana, tomar tequila y salir con chicas en el Fairmont de su papá, además de recibir consejos sobre qué hacer cuando llegaban con ellas al mirador de Tepoztlán.

Todo esto quedaba muy lejos de los inviernos eternos de Copenhague, de su padrastro danés y de su organizada y gélida actitud hacia la vida. Hasta que, a los dieciocho años, lo enviaron a la Universidad de Múnich a estudiar Artes Fotográficas.

2

Adriana era una niña mexicana de clase media que había sacado la mejor combinación de sus padres. Su padre era alto, delgado, de nariz aguileña, ojos negros profundos y palidez casi enfermiza. Su madre era hermosa: delgada, de pechos pequeños y firmes, cadera estrecha, piernas largas y cabello abundante. Tenía una piel de porcelana casi transparente que reflejaba la luz con un resplandor especial y la hacía lucir eternamente joven.

Creció en una casa de techos altos en la colonia Narvarte, junto con dos hermanas mayores, las “bonitas”, como las llamaba su mamá, porque se parecían más a ella. Todas habían estudiado en una escuela privada de monjas, donde Adriana adquirió los apodos de “Avestruz”, “Jirafa” o “Vitola” al entrar a la secundaria.

Su desgracia era ser siempre la más alta del salón, con una naricita algo aguileña, piernas y brazos largos, totalmente descoordinada y con un odio permanente a los deportes.

Adriana, o Adrianita, nunca destacó en nada. En la escuela siempre fue un desastre y se arrastraba de año en año con las calificaciones más bajas. En el coro era la más desafinada y en los deportes ni se diga. Las clases de cocina le parecían alquimia: tardó cuatro intentos en hacer un pastel, quemó el último y terminó presentando uno comprado en El Globo.

Lo que siempre tuvo a su favor fue su dulzura y buen corazón. De su boca nunca salió una crítica cáustica y siempre mostró una voluntad innata para ayudar a quien se lo pidiera, con una capacidad natural de sacrificio y bondad que la convertía en la favorita de maestros y amigas.

Fue durante unas vacaciones de dos meses con sus tíos paternos en Aguascalientes, cuando tenía quince años, que ocurrió el drástico cambio que marcaría el resto de su vida.

Un día Adriana amaneció frente al espejo y notó que algo había cambiado en los últimos dos meses. No solo había crecido unos centímetros más, sino que su cuerpo mostraba curvas más pronunciadas. Su rostro había adquirido la textura y madurez de porcelana de su madre, la palidez de su padre y una belleza que la hacía lucir distinguida. Aunque su calendario marcaba quince años y ocho meses, su apariencia decía dieciocho, rumbo a veinte, y miles de corazones rotos en un futuro no muy lejano.

3

Cuando Aldo terminó la universidad en Múnich, su futuro parecía claro y determinado. Había conseguido una posición de pasante en el mejor estudio de la ciudad, trabajaba con los mejores fotógrafos del momento y se había jurado amor eterno a su nueva novia alemana, Helga, una estudiante de leyes, hija de un respetado doctor de las afueras de Múnich que conocía a su familia en Dinamarca.

Su novia era más de lo que jamás pudo imaginar: hermosa, de piel teutona perfecta y dulces ojos azules. Su paso por la gimnasia durante casi siete años había moldeado un cuerpo esbelto, atlético y de ensueño.

Las cosas avanzaron con rapidez. De compartir una habitación en el apartamento de la abuela de Helga pasaron a un pequeño departamento acogedor y funcional, con discos compactos, estéreo, televisión, muebles de Ikea y un Fiat perfecto para sus vacaciones en el sur de España.

El matrimonio no se hizo esperar. Se casaron de manera sencilla y familiar. Era la vida que Aldo siempre había querido. Después de una luna de miel en una villa italiana en Palermo regresó con una esposa joven y cariñosa, bajo la formalidad alemana de trabajo, ahorro y futuro. En unos años más tendrían bebés, visitarían a los suegros en verano y disfrutarían del apoyo de una extensa familia. El sueño perfecto.

Apenas estaban a mediados de sus veinte años cuando todo cambió. Aldo conoció a Yuri Milano.

4

El día que Yuri Milano apareció en el estudio fue como si hubiera llegado un huracán contenido. Era el fotógrafo de moda más celebrado de Europa, buscado por las mejores revistas y agencias de publicidad. Tres matrimonios, casas en París, Milán y Londres, y ahora también en Múnich. Rápido, certero y decisivo, sus fotografías eran únicas. Yuri era la leyenda de él mismo: tres matrimonios, el primero con una hija de la realeza yugoslava adicta a la cocaína; el segundo con una modelo italiana con la que tuvo un bebé, y el último con una chica mitad holandesa y mitad malaya que nació en París y que aparecía en las portadas de las mejores revistas internacionales.

Cuando Aldo lo vio trabajar tuvo muy claro qué quería hacer con su carrera de fotógrafo.

La oportunidad surgió de forma casual. Aldo organizaba las sesiones de Yuri hasta que una noche su asistente principal fue arrestado tras una pelea en un bar de Múnich y no llegó al llamado. Aldo se ofreció a reemplazarlo, y así comenzó una larga amistad entre ellos.

5

Adriana comenzó la preparatoria como una persona nueva. Ahora toda la ropa le lucía perfecta y la llevaba con naturalidad. Los chicos la buscaban y, aunque era una belleza única, seguía siendo apreciada por no haber perdido su calidad humana.

Sus relaciones siempre fueron inocentes y sus amores, generalmente platónicos. Su primer beso fue a los diecisiete años, al regreso de un viaje a Tecolutla, en la parte trasera de un auto, en la oscuridad, con un primo lejano que llegó de Aguascalientes. Su experiencia con el sexo opuesto fue muy limitada, a pesar de su belleza y magnetismo.

Terminar la preparatoria fue para ella un logro equivalente a un doctorado en física. El esfuerzo fue colosal. Aun así, empezó a acostumbrarse a ser invitada, llevada a lugares y lucida como un trofeo, sin tener que pagar nunca la cuenta. Adriana nunca perdió su esencia: seguía siendo dulce, auténticamente inocente, reservada y leal. A sus dieciocho años aún no había tenido novio.

Todo esto cambiaría repentinamente. A tres días de cumplir diecinueve años conoció a Daniel Salinas, conocido como “El Tío”.

El Tío era hijo de un político que había hecho fortuna como director de Presupuestos de la Secretaría de Turismo. A sus veintiséis años trabajaba para el despacho de su papá, siempre tenía grandes cantidades de efectivo y patrocinaba a muchos amigos: equipos de patineta, de bicicletas y hasta un go–kart para un chico quinceañero. Era el Tío que todo lo pagaba.

Cuando conoció a Adriana en la boda de su primo “El Juárez”, en una casa del Pedregal, se enamoró a primera vista. Quedó fascinado por su figura alta, de rasgos finos, y su piel luminosa, que destacaba entre todas las mujeres del jardín.

A Adriana también le llamó la atención su mezcla de cortesía y cierta indiferencia, algo nuevo para ella. A pesar de no ser especialmente guapo ni tan alto, su seguridad y personalidad la cautivaron.

En Times Square. Foto Meta AI.

El Tío fue cortés y amable, pero algo faltaba… La manera en la que los hombres trataban a Adriana. El Tío, aunque de impecables modales, mantenía cierta indiferencia hacia ella, una distancia casi imperceptible. A Adriana la hacía sentir que algo le faltaba y creía encontrarlo en él; además, el Tío no era tan guapo, aunque sí agradable y dulce, delgado y de pelo castaño, pero sin ningún rasgo particular. Su cualidad, su fortaleza era su personalidad, tan segura y confiada, pues aunque Adriana era más alta que él, el Tío mantenía una actitud muy relajada junto a ella.

No pasó mucho tiempo antes de que comenzaran a salir y verlos juntos.

Algo que el Tío apreciaba de ella era su indiferencia a la riqueza, diferente a tantas otras chicas oportunistas que se le acercaban por su célebre generosidad; a Adriana en verdad eso le era indiferente y apreciaba sinceramente la compañía y la seguridad que el Tío le daba.

El noviazgo se extendió casi dos años mientras Adriana cursaba un curso de decoración de interiores. El Tío siempre estaba en la mejor disposición y la respetaba completamente. Por eso, a los casi veinte años le pareció natural casarse con él, con la aprobación absoluta de sus padres.

Después de la majestuosa boda en una hacienda en Morelos y bajo la luz de los fuegos artificiales, despues de despedirse mesa por mesa de los invitados la pareja fue llevada a la suite matrimonial, conocida como “la casita de los enamorados”; era una mini–hacienda con jardines, habitaciones y alberca exclusivas para la pareja de recién casados. Una carroza tirada por un caballo blanco los llevó ahí a pasar la primera noche de su luna de miel.

Sonrientes y divertidos, entraron a la magnífica sala de muebles coloniales y aromáticas flores frescas. Adriana se quitó el vestido y se puso un camisón de lino que la hizo lucir de ensueño; el Tío tomaba champaña y admiraba la dulzura de su esposa. Se abrazaron, se besaron, bailaron y rieron por horas, aunque esa noche durmieron en habitaciones separadas.

6

Al final de los tres días de trabajar con Yuri Milano, Aldo había descubierto que algo que parecía dormido ahora despertaba, una sed de viajar, de descubrir, de crear, de vivir la vida.

Bajo las órdenes de Yuri, Aldo tuvo la oportunidad de lucir su talento y su inteligencia, una afortunada combinación entre rigidez y formalidad teutona e imaginación y creatividad latina.

Aldo llegó a sentir cómo pensaba Yuri y por lo tanto estaba un paso adelantado; antes de que Yuri lo dijera Aldo ya lo estaba haciendo posible: cambiar una luz, descansar a la modelo, ajustar el pelo. Aldo podía leer las expresiones de su jefe y tomar la decisión inmediata, de esta forma, después de dos días Aldo era casi indispensable para Yuri, además, como él trabajaba directamente para el estudio, Aldo manejaba las relaciones periféricas de Yuri: el cliente, el editor de moda, la producción… un matrimonio perfecto.

Después de hablar de las fotos del día y bromear sobre las modelos y tomar una cerveza, Yuri le pidió que le mandara la factura por sus servicios como primer asistente; Aldo le respondió que él no podía cobrarle nada, pues él tenía el salario del estudio.

Al tercer día Yuri invitó a Aldo a tomar una cerveza en un bar a dos calles del estudio. Después de hablar de las fotos del día y bromear sobre las modelos y tomar una cerveza, Yuri le pidió que le mandara la factura por sus servicios como primer asistente; Aldo le respondió que él no podía cobrarle nada, pues él tenía el salario del estudio y era su obligación atender a quien se lo pidiera.

Yuri le preguntó si había trabajado de freelance, a lo que a Aldo le tomó de sorpresa.
—En verdad, es lo que me gustaría hacer desde que salí del tecnológico, pero todavía no lo he hecho.
Yuri dio un largo trago a su cerveza, disfrutándola.

De facciones agudas e inteligentes, de apariencia joven, definitivamente joven, aunque aparentaba menos de los que tenía, con calma dejó el vaso en la mesa y buscó en la bolsa de su saco un par de gafas y una chequera.

En el cheque escribió Aldo Matos, y en la cantidad 1,200 euros.

Después de firmarlo se lo extendió a Aldo y le dijo.
—De acuerdo, éste es tu primer trabajo como freelance, y si quieres trabajar conmigo esto es lo que te puedo pagar, 400 euros al día. Recuerda, yo trabajo casi todos los días, y necesitarías comprometerte conmigo por lo menos un año.

Piénsalo —continuó—, tengo unas fotos en la isla de Panarea el próximo lunes, si quieres venir conmigo yo estaría encantado, piensalo y me avisas mañana.

Se levantó rápidamente, se despidió y salió del bar, dejando en la mesa discretamente un billete de 25 euros.

Aldo no había pronunciado una palabra desde que recibió el cheque; su salario mensual era de tres mil euros y ahora le ofrecían 12 mil, viajando por todo el mundo y haciendo lo que más le gustaba hacer.

Cuando Aldo cerró la puerta de su apartamento lo primero que hizo, después de besar a Helga, fue extender el brazo y entregarle el cheque que le había dado Yuri. Helga no entendía lo que pasaba… ¿Por qué? El cheque tenía el nombre de Aldo, 1,200 euros, ¿qué pasaba?

—Yuri me pagó 400 euros por día…
—Pero ¿no hay conflicto de intereses? —le preguntó Helga, que era abogada.
—¿A qué te refieres? —le pregunto Aldo.
—No sé, el estudio ya te está pagando, ¿tú crees que lo aprobaron?
—Yuri me dijo que lo considerara un freelance, que podía trabajar para él con el mismo sueldo; mi primer trabajo puede empezar el lunes.

Helga estaba atónita.

—¿Y qué vas a hacer? ¿Qué va a pasar con el estudio?
—Puedo encontrar alguien que me reemplace la semana entrante… Serán cuatro días en Panarea, ¿qué piensas?
—Pienso que es una gran oportunidad, pero algo arriesgada… Ya llevas tiempo en el estudio y las cosas van bien.
—Lo sé, las cosas vn más que bien, pero ganaría cuatro veces más —le respondió Aldo.
—¿Por qué no pruebas en este trabajo y ves cómo te sientes? Después tomas una decisión, yo te apoyo con lo que tú decidas —le dijo ella.

Aldo la besó de nuevo y fue al refrigerador para sacar una botella de champagne que tenían desde enero.

Brindaron por los cambios y bebieron felices los enamorados. Esa noche, mientras Aldo veía el cuerpo desnudo de la hermosa Helga, mientras le hacía el amor, se sentía el hombre más afortunado: trabajando para el mejor fotógrafo del mundo, ganando más que nunca y compartiendo la cama con su mujer.

7

Fue hasta la noche siguiente, en Cancún, cuando Adriana perdió su virginidad con el Tío. Esa experiencia fue la mejor parte de haberse casado. El Tío fue paciente y cariñoso, pero con la determinación varonil que la hizo cruzar la frontera del placer absoluto; después de dos días de estar con el Tío, como su mujer, se había transformado en una nueva persona, sin inhibiciones, compartiendo el tiempo desnuda con su marido, relajada y disfrutando del sexo como sólo el Tío lo podía hacer, con dulzura, experiencia y un grado nuevo de exploración e imaginación que Adriana nunca pensó que existiera.

Así, de manera casi inadvertida, pasaron los primeros meses de su matrimonio, dedicados a ubicarse y definir la ola de responsabilidades como recién casados, hacer las tarjetas de agradecimiento por los regalos y por haber ido a la fiesta, el regreso o canje de regalos repetidos o feos en El Palacio, ir al ginecólogo, conseguir la nueva muchacha para la casa e instalarse como el artículo de decoración que significaba asistir con el Tío a las fiestas y actividades familiares a los que tenía que atender con frecuencia, y a lo que ella dedicaba gran parte del día: mantenerse linda y atractiva.

El Tío seguía como siempre, trabajando y entretenido en sus hobbies, patrocinando competencias a las que dedicaba todo su tiempo libre en Valle de Bravo, Querétaro, Cuernavaca o el Ajusco; siempre había algo: una competencia de bicicletas o de go–karts, un asunto con el team de las patinetas. Al Tío no le interesaban los deportes, menos el futbol. A Adriana, en cambio, éste la mantenía en contacto con su familia en las visitas de los sábados o domingos, para ver partidos de soccer en vez de ir a Valle de Bravo a aburrise viendo chamacos en bicicleta.

Fue uno de esos fines de semana cuando las cosas dieron un nuevo giro a la vida de Adriana.

Un sábado por la mañana Adriana se alistaba para pasar la mañana con su hermana mayor, que había tenido un bebé —le había comprado un mameluco de seda— y después ir a comer a la casa de sus padres; el Tío iría a unas competencias en el Ajusco.

Esa mañana se arregló y desayunó con el Tío y se despidió con un dulce beso, que se tornó en uno apasionado en pocos segundos… cuando recuperó la compostura se encaminó en su Mini rumbo al departamento de su hermana en Santa Fe.

Cuando llegó al cruce de avenida Reforma y Constituyentes se dio cuenta de que algo le faltaba. Los besos del Tío la hicieron olvidar el mameluco, que ya les había presumido a todos.

Si algo sabía hacer Adriana era manejar, y con hábiles movimientos ya se encontraba de regreso a su departamento en Polanco; cuando la puerta del elevador se cerró pensó que sólo le llevaría un minuto, pues había dejado el regalo en el antecomedor —el policía del edificio cuidaba el Mini.

Adriana vio una maleta deportiva en el suelo, con logotipos y colores brillantes, unas hombreras de plástico y unos guantes; algo se sentía diferente. El mameluco seguía en la mesa del antecomedor, pero había algo en el pasillo hacia la recámara. Vio unos tenis Converse en la puerta…

Adriana, sin alterarse, se sentó en la silla junto a la puerta, en silencio, observándolos. Atónita, vio una cara aparecer de la almohada; era Jaime, un chico de quince años, miembro del Bike Team.

Desde el umbral Adriana vio al Tío de pie junto a la cama, desnudo. En la cama había un hombre de cuerpo esbelto y moreno, arrodillado, con la cabeza hundida en una almohada y las nalgas en alto —la posición que el Tío le había enseñado en las noches después de la boda en Cancún.

Cuando el Tío se percató de la presencia de Adriana no se inmutó, siguió moviendo la pelvis rítmicamente. Adriana, sin alterarse, se sentó en la silla junto a la puerta, en silencio, observándolos. Atónita, vio una cara aparecer de la almohada; era Jaime, un chico de quince años, miembro del Bike Team.

A Adriana le llevó unos momentos darse cuenta de que eran dos hombres fornicando.

8

El viaje a Paranea fue para Aldo como un rayo de luz que iluminó su espíritu, su vida misma. El vuelo, la autoridad que Yuri le dio para coordinar todo, los elementos de la producción, los clientes, los taxis, la villa donde los hospedaron y donde harían las fotos. Además, las tres modelos, dos italianas y una danesa con las que podía charlar familiarmente, todo con gran profesionalismo y pasión. Yuri era un monstruo, no paraba de hacer fotos, de hablar, de imaginar, de proponer, sugerir, realizar; era un torbellino y Aldo aprendía a cada momento.

Las fotos serían algo muy sencillo: las tres chicas en la terraza blanca al amanecer, y a las diez de la mañana ya habían terminado.

Tomaban un expresso con agua mineral cuando Yuri miró a Aldo y le dijo.

—Dile a alguna de las modelos que te deje hacer un test, que te ayude la chica de maquillaje. Has algo que te ayude a tener un portafolio nuevo.

Aldo se había imaginado miles de fotos mientra trabajaban esos días, pero nunca pensó que podían hacerse realidad. Le pidió a la danesa que posara para él; una de las italianas se incluyó en la sesión.

En un par de horas Aldo hizo las mejores fotos hasta ese día en su vida. La belleza de las modelos, el lugar, la ropa que lucían, todo era una fascinante ilusión que se cristalizaba ante sus ojos.

La última noche fue muy relajada y amigable, en una cena al fresco. Poco a poco se fueron yendo a sus habitaciones, pues tomarían un vuelo temprano. A la mesa se quedaron Aldo, la chica danesa y una de las editoras de moda. En un momento la danesa tomó la mano de Aldo y lo miró a los ojos, con una sonrisa insinuante. Aldo le sonrió y de una manera tierna, casi inocente, levantó la mano izquierda y señaló el anillo de oro en el dedo anular. Ella le dio un beso de paloma en los labios y se despidió con dulzura, deseándole buenas noches.

De vuelta en Münich, Aldo no paraba de hablar de su viaje, de su excitación por todas las cosas nuevas que había vivido y lo que el destino podía traerle. Helga se mostraba más reflexiva, quizá todo estaba pasando muy rápido.

—Yuri dice que si queremos nos podemos ir a vivir a Londres, o quizá a Nueva York, con él, ¿no sería algo increíble?
—Sí, claro que sería increible —le contestó su mujer—, ¿pero qué voy a hacer en Nueva York? No creo que necesiten más abogados ahí…
—Siempre hay algo que hacer, quizá podrías trabajar para un despacho alemán, o hasta cambiar de carrera… ¿Recuerdas que siempre habías querido hacer algo relacionado con la gimnasia o el atletismo?

Aldo mostraba un optimismo nuevo y hasta una actitud aventurera, que no era lo que lo había caracterizado en los últimos años, de manera tal que su esposa lo desconocía.

Por lo que a Aldo correspondía, él ya había tomado la decisión y estaba listo para trabajar con Yuri; ya había notificado al estudio de su partida. El próximo viaje sería a París, casi una semana que resultó en otro torbellino, haciendo fotos, conociendo gente, trabajando duro y ganando más dinero.

Yuri lo había invitado a irse a Nueva York con él, lo único que faltaba era convencer a Helga. Planeaba los escenarios adecuandos para convencerla; quizá él se iría primero, o harían los dos un viaje exploratorio… había tantas opciones y las posibilidades eran infinitas.

Tan pronto entró al departamento y dejó sus maletas en el piso abrazó a Helga, de verdad la había extrañado esa semana.

Mientras Aldo le contaba apresuradamente sus experiencias en Paris y la nueva oferta de Yuri, ella lo escuchaba atentamente.

Aldo le hizo una propuesta.
—¿Qué te parece? ¿No sería increíble irnos a vivir a Nueva York.
Helga tomó aire, sus profundos ojos parecían aún más azules y le dijo, toda calma y dulzura.

—Has cambiado, no sé en qué o cómo, pero siento que en estas últimas semanas has cambiado, como si de repente nos encontráramos en dos universos distintos… ¿Qué pasa con el lugar que queríamos comprar? ¿Y qué con el bebé que queremos tener? ¿Con mi carrera? En dos años me han ascendido tres veces, y tú sólo hablas de Yuri… ¿Qué pasa con todos nuestros planes?

Lo vio con sus intensos ojos azules que resplandecían por dos ligeras lágrimas.
—Mi amor —le dijo Aldo—, todo va a salir de maravilla, tú lo vas a ver, va a ser nuevo y más excitante que nunca.
La abrazó con ternura. Quiso besarla pero ella se echó hacia atrás.

—Aldo, tengo que ser honesta contigo. Todos estos cambios en apenas un mes me muestran una persona que yo no conocía, que no sabía que existía, con deseos y aspiraciones que me son ajenas, remotas… ¿Cómo me pides que abandone mi trabajo? Tanto esfuerzo, tanto trabajo, ¿cómo puedes ser tan egoísta?

Aldo no sabía qué decir.
Tras una breve pausa, Helga le dijo, mirándolo a los ojos.

En Central Park. Foto Meta AI.

—Conocí a alguien… Bueno, ya lo conocía, pero aprendí a conocerlo mejor. Es uno de los socios del despacho, seis años más grande que yo. Me invitó a salir mientras estabas de viaje la primera vez, y en este viaje lo vi con frecuencia. Estoy enamorada de él, me entiende y sabe cuáles son mis aspiraciones… De cierta manera, son las mismas que las de él. Quiero estar con él. Pasamos ya dos noches juntos. Perdóname, te quise decir lo que sentía pero tú parecías ciego, no te importaba lo que sentía. Aldo, quiero separarme de ti, me quiero divorciar. Ya tomé la decisión y nada lo va a cambiar. Ya no te amo, te veo como otra persona.

Aldo estaba congelado, nada lo había preparado para esto, no tenía palabras, era como si estuviera en otra película, en otro escenario. Apenas se percató de cuando Helga se encaminó a la puerta cuando le dijo con los ojos llorosos.

No voy a volver, quería decírtelo tan pronto como te viera.  Si quieres puedes quedarte con todo, voy a mandar por mis cosas mañana y los abogados de la compañía me van a ayudar con los trámites del divorcio.

—Me voy, él me está esperando abajo, y voy a pasar la noche con él. No voy a volver, quería decírtelo tan pronto como te viera.  Si quieres puedes quedarte con todo, voy a mandar por mis cosas mañana y los abogados de la compañía me van a ayudar con los trámites del divorcio. Lo siento mucho. Es tut mir leid —dijo, y cerró la puerta tras de ella.

Aldo se sentó con calma, relajado. Después de algunos segundos de ver hacia el infinito, en silencio, lentamente, levantó su mano izquierda y vio el anillo de oro en su dedo anular.

9

Adriana hizo la transición de soltera a casada a divorciada de manera casi imperceptible. El acuerdo fue sencillo: ella se quedaba con todo y el Tío firmaba todos los papeles del rápido divorcio si ella testificaba que la razón era que había descubierto que su esposo tenía un problema muy serio de alcoholismo y era mejor una separación antes de que tuvieran bebés.

Aunque se quedó con el departamanto en Polanco y un cheque mensual durante tres años más, Adriana decidió regresar a vivir con sus padres y vivir de nuevo la vida de niña de familia. Un par de meses después de la separación decidió ir a Puerto Vallarta con sus padres y una de sus hermanas a pasar una semana de vacaciones en un hotel de lujo.

Fue una mañana tranquila en el restaurante del hotel cuando una mujer estadounidense, de unos treina y cinco años, guapa y elegante, se acercó cortésmente a Adriana y le dijo en perfecto español.

—¿Eres modelo aqui en México?
Ya le habían hecho esa pregunta a Adriana, pero nunca le había interesado la idea de ser modelo.
—No, para nada —le respondió, algo tímida.
—¿Te gustaría ser modelo en Nueva York? ¿Cuántos años tienes? Podría hablar con tus padres si están aquí…
—¿En Nueva York? —preguntó Adriana.

—Sí, trabajo para una agencia muy importante —dijo mientras le entregaba una tarjeta que decía:

Kate Hoppe
Ford’s Models NY
Senior Talent Scout

Adriana tomó la decisión rápidamente; era lo mejor que le podía pasar, además ya no era un nena, era una mujer divorciada y podía tomar sus propias decisiones.

Antes de que todo tuviera sentido ya estaba en Nueva York, por primera vez. Estaría ahí las últimas seis semanas del verano, instalada en el departamento de modelos de la agencia en compañía de otras cinco modelos: una rusa, una sueca, una inglesa, dos estadounidenses y una polaca, todas más jóvenes que ella. La más chica era la rusa, de dieciséis años.

En todos los lugares a los que iban juntas, los clubes, las fiestas y cenas, Adriana pasaba como la más joven, y por sus atributos y su actitud natural comenzó a ser contratada para sesiones de moda casi inmediatamente; un catálogo, un test con un buen fotografo, una cita en Condé Nast, otra con Hearst… Así, después de seis semanas de cruzar la ciudad de un lado a otro la agencia le ofreció un estudio en un nuevo complejo de apartamentos de lujo y arreglar sus papeles de trabajo. Dos meses después Adriana trabajaba casi a diario y era la atracción de muchas revistas; su pálida y perfecta piel de porcelana, su inocencia, su figura alta y esbelta figura, más la nariz un poco aguileña le daban una belleza única.

10

Los primeros meses en Nueva York fueron para Aldo una mezcla de tristeza y abandono por su separacion en Münich y experiencias nuevas y excitantes. A su llegada le fue fácil conseguir alojamiento a través del agente de Yuri Milano, un loft en Tribeca, y los primeros meses casi no pasó tiempo en Nueva York, pues estaba en constante movimiento entre aeropuertos, hoteles, locaciones… Viajó a Marruecos, Saint Barths, Miami, Los Ángeles, Tailandia y el desierto de Nevada, y cada vez que regresaba a Nueva York se sentía completamente en casa y un extraño al mismo tiempo.

En el terreno sentimental sólo hubo efímeras relaciones, siempre conectadas a su profesión; alguna modelo solitaria, la maquillista algo mayor que él, la amiga de su roommate que vino de Francia un par de semanas, nada formal. La experiencia con su exesposa, el divorcio y las consecuencias lo habían vuelto un tanto cínico, y, según él, todas las mujeres tenían una agenda: la de escalar en su carrera utilizando inescrupulosamente todos los recursos a su alcance.

Aun así, las cosas funcionaban bien, ganaba decentemente para los estándares locales y se adaptaba a Nueva York. Su único amigo era Patrick Sven, a quien había conocido cuando era más joven, en Copenhague.

Patrick era mayor que él algunos años y vivía en Nueva York desde hacía diez años. Trabajaba en finanzas y tenía un cierto gusto por el mundo de la moda y el aspecto social y divertido de la gran ciudad; con amigos en la embajada danesa, participaba de la agenda de las artes y la cultura, y además tenía contactos en la prensa y los medios.

Patrick fue su mentor a su llegada y lo introdujo a fiestas de lujo, eventos formales en el Met, desfiles de moda en las carpas del Bryant Park… Aldo, bajo su tutela, tenía una doble vida: de dia trabajaba arduamente como asistente de Yuri y de noche se divertía con el Hamptons set de Nueva York.

Pero, como todo en Nueva York, las cosas cambiaron de repente. La nueva esposa de Yuri no estaba muy convencida de vivir en la gran ciudad y, bajo amenaza de divorcio, Yuri se mudó de nuevo a París, prometiendo regresar a trabajar con sus nuevos clientes neoyorquinos al menos una vez al mes. Esto le garantizaba un ingreso seguro a Aldo, pero no tan alto como asistente de tiempo completo. Prefirió quedarse a probar suerte en Nueva York como fotógrafo, aunque tuviera que apretarse el cinturón.

Cuando una mañana Aldo llegó al estudio donde Yuri hacía unas fotos para una revista europea éste le dijo que una de las modelos era una chica mexicana que se estaba poniendo de moda. “Quizá es una oportunidad para que te deje tomarle unas fotos, está muy linda, es especial, va a ser grande”, le dijo Yuri.

Durante la sesión Aldo observó a Adriana con detenimiento; por su actitud ante la cámara y la forma en que se movía era difícil adivinar que era mexicana; su belleza y su cuerpo eran imponentes, y sus rasgos muy especiales, con una juventud en la que se combinaban la sensualidad y la inocencia. También era muy seria, extremadamente seria e incluso intimidante… con una cara de como si estuviera enojada.

A la hora del lunch Adriana se sentó lejos de todos para comer una ensalada, sin hablar con nadie. Tan pronto terminaba su turno, y mientras fotografiaban a otra modelo, Adriana corría al cuarto de maquillaje y no salía hasta que la llamaran, con un nuevo vestuario y estilo. Eso sí, frente a la cámara era una persona completamente diferente, transmitía emociones reales a través de la expresión de su cara y el movimiento de su cuerpo; parecía como si ella hubiera pasado años frente al espejo, practicando poses y posiciones con tal precisión que eran el deleite de los fotógrafos. Cada cuadro, cada click era perfecto cuando Adriana estaba frente a la cámara.

Adriana, vestida en unas mallas negras de otoño y envuelta en un suéter de lana y una gorra tejida color púrpura, caminaba con pasos largos y seguros rumbo a los elevadores, sin despedirse de nadie.

El día corría más rápidamente de lo normal; dieron las 5 pm y Aldo no había podido hablar con Adriana. Tan pronto ella se cambiara y le quitaran el maquillaje saldría disparada del estudio y la oportunidad se perdería. Por lo general Aldo era el último en salir, y, resignándose a su suerte, pasó lo previsto: Adriana, vestida en unas mallas negras de otoño y envuelta en un suéter de lana y una gorra tejida color púrpura, caminaba con pasos largos y seguros rumbo a los elevadores, sin despedirse de nadie.

En ese momento el segundo asistente de Aldo apareció, con la cara pálida, y le dijo.
—Se me pasó el mensajero del laboratorio y no se fue la película…

Ésta era razón suficiente para que no te volvieran a llamar al día siguiente; perder horas de revelado se sumaba a la angustia por saber si el trabajo había salido bien, y Yuri siempre quería estar seguro antes de cenar.

Aldo puso una cara de exagerada preocupación, agarró de un manotazo la bolsa de la película y le dijo al segundo asistente.
—Te voy a cubrir por esta vez, pero te quedas a recoger todo. Dile a Yuri que fui a dejar la película.
—Gracias —le dijo el asistente con una expresión de respiro.

Aldo entró corriendo al elevador, donde ya estaba Adriana; ella lo ignoró completamente, miraba fijamente la puerta del elevador sin inmutarse. Aldo se quedó mudo, sin saber qué hacer, y los números descendían tediosamente sobre la puerta del elevador: 12, 11, 10… El silencio era pesado. Cuando finalmente llegaron a la planta baja y las puertas corredizas se abrieron, Adriana salió disparada.

—¿Es cierto que eres mexicana? —le preguntó Aldo a sus espaldas.
Algo tenían sus palabras, quizá el sonido o la familiaridad con la que pronunció “mexicana”, o la audacia de hablarle así sin haber sido presentados… Adriana se detuvo y volteó a ver a Aldo, sonriéndole.

—¿Eres de Mexico? —le preguntó con voz clara y acento chilango.
—Sí, bueno, viví muchos años ahí, me siento mexicano.
—Qué buena onda, yo también soy mexicana. Llevo ya cuatro meses aquí y no puedo aprender ni una palabra de inglés, soy medio bruta para los idiomas, y a los que hablan español aquí no les entiendo nada, peor que jarochos. Me muero de ganas de hablar chilango con alguien. Me llamo Adriana Chávez Solís, ¿y tú? —le dijo, extendiéndole la mano.

Aldo no sabía qué decir, había pasado todo el día tratando de descifrar la actitud hostil de la modelo, sin saber cómo romper el hielo, y de pronto ya era su mejor amiga.

—Me llamo Aldo, Aldo Matos, trabajé contigo todo el día, soy el asistente de Yuri.
—¿Ah sí? Qué padre, mucho gusto —le dijo.

Era evidente que Aldo había pasado completamente inadvertido para Adriana durante toda la jornada. Nueva York, sin duda, es el lugar perfecto para aplastar el ego.

Salían del edificio cuando Aldo le dijo.
—Yo también soy fotógrafo y quiero hacer mi propia carrera, ¿me dejarías tomarte fotos para mi portafolio?
—Sí, claro, manito, habla con mi agente, se llama Kate, estoy en Fords, yo le digo que vas a hablar, ¿Aldo, verdad?
—Sí, Aldo Matos, asistente de Yuri Milano —le dijo, parados en la acera—. Me despido, tengo que caminar diez cuadras para dejar la película.

Con la inocencia que caracterizaba a Adriana cuando bajaba la guardia y se relajaba le preguntó.
—¿Te puedo acompañar? Hace mucho que no hablo con nadie.

11

La relación de Adriana y Aldo pronto se convirtió en una profunda conexión amistosa. Más allá de la belleza de la modelo, Aldo ahora la conocía más como persona, como una colega en quien podía confiar y con la que podía identificarse en medio del contraste cultural y los sueños de Nueva York, de las aspiraciones y los infortunios de la vida, lo nuevo, lo diferente, el pasado, México…

Todas esas cosas habían dado lugar a una relación amable que tanto Aldo como Adriana buscaban; ninguno buscaba pareja, los dos venían de relaciones fracasadas y, por ahora, ser amigos era la mejor fórmula para una amistad larga y positiva.

Adriana, con su belleza y magnetismo, era invitada a los eventos más importantes de la ciudad, como Barney’s Prada o Burbery’s, y ahí también estaba Aldo, charlando con los editores, con la chica de Marie Claire que conoció trabajando para Yuri, con la diseñadora amiga de Patrick.

Aldo había tomado a Adriana como su musa; Bloomingdale’s le daba dos mil dolares al día y él la fotografiaba gratis esa tarde en su casa. Cada vez que Aldo mostraba su portafolio la gente inmediatamente notaba las fotos de Adriana. Con esta colaboracion profesional también llegó una familiaridad personal; al trabajar el uno con el otro Adriana se sentía protegida. Mientras Aldo estuviera ahí, con gente o solos, a ella no le importaba cambiarse de ropa o posar desnuda; para ella Aldo representaba la amistad platónica que siempre la eludió, y para Aldo era un placer estar con ella y trabajar en algo que lo hacía crecer.

Cuando Aldo la veía a través de la cámara se transportaba a universos lejanos, pero en persona era casi como una hermana, alguien con la que remotamente establecería una relación romántica; su sociedad profesional les brindaba oportunidades únicas a los dos.

Adriana y Aldo tenían vcada vez más comisiones de trabajo para revistas. Ella vivía en un estudio en unas torres nuevas, con portero y elevador de lujo. El estudio era minúsculo pero tenía un baño bien iluminado, una cocina compacta, TV por cable, interfón y, lo más importante: estaba en el piso 24 con dos enormes ventanales con vista al río Hudson, y sobre la avenida Madison con su río eterno de luces al fondo y una invasión de luz blanca en las mañanas.

Es ese pequeño apartamento Aldo hizo las mejores fotografías de su vida.

Adriana conseguía maquillistas famosas, peinadoras de París y con sus amigos conseguía ropa de los diseñadores de moda. Aldo la fotografiaba de día y de noche, con las luces de Nueva York de fondo, con la intensa luz de la mañana o en la suave luz de la tarde. Aunque a Adriana la fotografiaba alguien distinto cada día, nada le daba más placer que Aldo le tomara fotos, él era el único que sabía capturar la belleza externa e interna que ella proyectaba, y eso la hacía sentir segura, real, viva.

Una tarde Aldo se encontró con Adriana para ir a la presentación de un libro de moda en la Biblioteca Central. Ella lo esperaba sonriente. Lo tomó del brazo y le dijo.

—Qué bueno que llegaste, manito, hay un ruco que ya me trae hasta la madre, no para de tirarme la onda… dice que me invita a los Jantoms el fin de semana y que no sé qué rollo, bien pesadito.

Para Aldo no era nada nuevo, solamente un hombre distinto. Vio a su amigo Patrick, quien le dijo.
—Qué gusto verte, te deje un recado en tu máquina, quiero invitarte a cenar, vengo con una pareja de amigas de la embajada.
—Gracias por la invitación —le dijo Aldo—, pero vengo con mi amiga Adriana, la modelo mexicana, ¿te acuerdas que te conté de ella?
—¿Ella está aquí?
—Sí, te la presento.
—Finalmente conozco a la famosa Adriana —le dijo Patrick de manera amigable, en inglés claro y comprensible.
Adriana, un poco insegura, le respondió con una media sonrisa y le extendió la mano.

Aldo platicó brevemente con las chicas danesas de la embajada, una charla casi protocolaria, mientras Patrick platicaba con Adriana Unos minutos después Patrick se le acercó a Aldo y le dijo.

Por la Quinta Avenida. Foto Meta AI.

—Qué agradable tu amiga, pero ¿no quieres venir con nosotros a cenar? A poco no estan lindas tus expaisanas… igual nos las llevamos al departamento después, no creo que tu mexicanita se moleste si la dejas aquí…
—Suena tentador, pero tengo trabajo mañana temprano y no se me hace correcto dejar sola a Adriana. Además, ella fue la que me invitó, y no traigo plata…
—De acuerdo, pero si no vienes con nosotros déjame invitarte a cenar, llévate a tu amiga a algún lugar a comer algo que no sea lechuga con nicotina —le dijo mientras deslizaba dos billetes de cien dólares en el saco sport de Aldo.
—Es mucho dinero, no necesito tanto —le dijo Algo.
—Para nada, hoy hice mucho dinero en la bolsa, cortesía de tu padrino Patrick —le dijo con ternura, despidiéndose de él.

12

Así pasaron los meses de otoño y poco a poco el clima se comenzaba a enfriar. Una tarde Aldo pasaría al laboratorio a buscar las últimas fotos que le había tomado a Adriana; cuando las vio quedó fascinado, era lo mejor que había hecho en varios días y se moría de ganas de mostrarlas. De camino al estudio de Adriana checó los mensajes en la máquina contestadora, y ahí estaba éste.

“Hola, Aldo, soy Elena Corsano, de la revista Elle, vimos tus fotos en una revista y nos gustaron mucho los retratos que hiciste con la modelo Adriana. Queremos contratarte para un editorial de belleza, llámanos mañana, 212 334 8302. Gracias.”

Aldo no lo podía creer, la revista Elle lo estaba buscando, gracias a las fotos de Adriana… si acaso hubieran visto éstas últimas hasta le darían la portada.

Corriendo, Aldo llegó al estudio de Adriana, quería compartir la noticia con su mejor amiga. Cuando entró al estudio Adriana podía percibir la chispa de alegría, algo pasaba, ya lo conocía bien.

Adriana vestía una camiseta sencilla y unos pantalones rayados de franela, tenía la cara recién lavada; la televisión estaba prendida en VH1, sin volumen.

Aldo le sonrió y sacó las fotos de su bolsa.

—¡Qué bárbaro! —le dijo ella—. Las fotos son increíbles, ¡me veo mejor que nunca! Eres el mejor fotógrafo que conozco, te juro que te va a ir increíble…
—¿Tú crees? —le preguntó Aldo.
—Estoy segura…
—¿Tú crees?
—Claro, manito, te lo aseguro.

Aldo se quedó callado, mirándola a los ojos con una sonrisa diferente, pícara.

—¿Qué onda, qué pasa? —le preguntó Adriana, intrigada.
Aldo le dijo.
—Me llamaron de Elle, vieron las fotos que te hice y quieren darme un editorial de belleza…
—Oh ¿me lo juras? ¿No me estás cotorreando, verdad?
—Te lo juro, te lo prometo, tú me trajiste suerte.

Adriana comenzó a gritar de alegría y a dar brincos el estudio. Lo abrazó y comenzaron a dar de vueltas, celebrando, gritando…
—Te lo dije, manito, te lo dije, si eres un buenazo. Qué gusto, qué gusto, hasta me dan ganas de llorar de la alegría.

Eufóricos, seguían dando vueltas hasta que tropezaron con el futón y cayeron sobre él, todavía abrazados.

Aldo la miró a los ojos y le dijo.
—Eres tú, hermanita, tú me has traído suerte, te lo debo a ti.

Los dos se miraron a los ojos por un instante que pareció eterno. Aldo se acercó y la beso despacio, profundamente, mientras Adriana abría sus labios y correspondía con la misma ternura y cariño.

Nunca se habían besado, ni siquiera levemente.
Adriana lo miró a los ojos y le dijo.
—Se siente raro… ¿tú crees que está bien? Somos amigos…
—No sé, también siento raro, pero creo que me gustas mucho —le respondió tímidamente, y la besó de nuevo.

Así siguieron, besándose despacio. Aldo exploró el cuerpo de Adriana, discretamente, con prudencia; nada lo había preparado para este momento, habían sido amigos durante seis meses.

Adriana no lo detenía, al contrario, le correspondía con la misma dulzura y suavidad, como si apenas se hubieran conocido.
Aldo se detuvo y la miró a los ojos.
—Eres hermosa, mil veces más linda que en las fotos, tu imagen en este momento se va a grabar eternamente en mi mente.

Adriana lo miraba, sonriendo, con dulzura y un brillo nuevo en los ojos.
—Nunca imaginé que me ibas a besar —le dijo dulcemente.
—Yo tampoco…

Hubo otro segundo de silencio. Aldo quería guardar ese momento para siempre, no quería hacer nada más que rompiera el encanto de la culminación de un amor platónico; ya habría más tiempo, el futuro estaba frente a él y lucía maravilloso.

Se incorporó lentamente.
—Me marcho, te quería dar la noticia. Quédate así, en la cama, duérmete, descansa. Mañana te llamo y salimos a celebrar —se agachó y le dio un beso en la mejilla.
—Gracias, manito, te quiero mucho, gracias por venir, gracias por ser quien eres —le dijo Adriana.

Cuando Algo salió a la calle comenzó a correr, a sonreír, dando de brincos. Ahora las cosas sí que iban a estar bien; tanto sufrimiento, tanto dolor, ahora sí se abría un nuevo capítulo, las estrellas se alineaban a su favor.

En su cama, Aldo no dejaba de pensar en el futuro, en su musa; los dos trabajando en Nueva York, qué más podía pedir. Intempestivamente se levantó, sacó una hoja de papel y comenzó a escribir.

Adriana
El tiempo nos cruzó.
El destino, quién lo iba a pensar.
Aquella amiga inocente, mi socia, mi inspiración.
Y ahora sí, tú y yo, me has dado fuerza.
Las cosas cambian, ahora te conozco como alguien diferente.
Desde hoy eres una nueva persona en mi vida.
Lo quiero compartir todo contigo.
Esta noche, antes de conciliar el sueño, la última imagen en mi mente serás tú, sonriéndome dulcemente como lo hiciste esta tarde después de besarme.
Serás mi último pensamiento antes de dormir profundamente.
Ojalá que al dormir esta noche sea yo tu última imagen en tu mente.
Te amo.
Aldo.

13

El elevador marcaba el piso 24. Adriana descendió vestida con un abrigo largo de cashmere y zapatos bajos; eran las 9 de la noche. Subió al town car que la esperaba y en pocos minutos se encontraba frente los elevadores de un edificio de lujo, el portero le sonreía con familiaridad.

Apretó el botón con el número 32, salió del elevador con pasos decididos y empujó la puerta del apartamento 3204. Se quitó el abrigo, quedándose en sus pantalones de franela y su camiseta blanca, y se dirigió a la habitación del fondo.

Ahí un hombre en boxers y el torso desnudo la esperaba. Comenzaron a besarse con pasión, sin inhibiciones, con una familiaridad química, intensamente. El tiempo transcurrió sin interrupciones. Treinta minutos después Adriana miraba hacia las ventanas, el puente de Brooklyn al fondo, iluminado, mientras respiraba profundamente, intensamente, con ligeros gemidos, moviendo el cuerpo rítmicamente, con la espalda arqueada, mientras Patrick, parado al borde de la cama, la poseía por detras, deslizándose dentro de ella con fuerza y pasión al tiempo que Adriana sentía el clímax recorrer todo su cuerpo. Al terminar se tumbó en la cama, con los ojos cerrados, en medio de un placentero sopor, suspirando lentamente. Poco a poco se rendía al sueño cuando la imagen de Aldo apareció claramente en su mente.

Adriana sonrió y se durmió profundamente. ®

2008

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Publicado en: Apuntes y crónicas

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