Minina barreña llega a mi puerta y maúlla
anunciando el fin del mundo allá afuera.

Minina barreña llega a mi puerta y maúlla
anunciando el fin del mundo allá afuera.
Pide entrar.
Ruega.
Los tonos del maullido prometen buena conducta.
No le abro.
Entonces desaparece.
Un segundo después está arriba de la barda.
Tres metros.
Sin impulso visible.
Decidió que la gravedad no aplica si soy testigo.
Me mira desde lo alto con la cara exacta de una víctima.
Maúlla distinto.
Ahora su voz dice:
mira, soy una pobre indefensa gatita
que no se puede bajar.
Le hablo.
Le pregunto cómo le fue en el vuelo.
Le tomo una foto porque los milagros deben documentarse.
Ella insiste.
Interpreta el papel con disciplina teatral.
Ni un músculo delata que sabe bajar.
La dejo ahí.
Entro a la casa.
Adentro, el aire es otro.
Más real.
Más doméstico.
Minina aparece junto a mí ronroneando
como si siempre hubiera estado ahí,
como si la barda hubiera sido una idea mía.
Entiendo entonces que no sube ni baja: se desplaza.
Que la barda no es un obstáculo, es un escenario.
Que no quiere entrar ni salir, quiere ser vista dos veces.
Que Minina no pide mi atención: la administra.
Y que cuando no la miro no se va, simplemente cambia de plano.
¡Pero Minina! ese truco lo conocemos desde mil novecientos treinta y cinco.
¡Superposiciones cuánticas a mí! ®
