Ésta es una historia insólita en la que se funden el realismo mágico, la política priista, la fantasía y la inteligencia artificial, además del amor adolescente del autor por el creador del universo de Macondo.

Mi relación y acercamiento con la obra de García Márquez siempre fue azarosa y extraña, medio esquinada y accidental. En aquellos años de la primera juventud, cuando la Feria del Libro de Saltillo era sólo un largo tendido de tablones bajo una carpa amarilla frente al Teatro de la Ciudad Fernando Soler, encontré entre el tiradero un pequeño libro que llamó mi atención por su título y su portada: Las aventuras de Miguel Littin, clandestino en Chile, de Gabriel García Márquez… así, sin estridencias y entre el fulgor modesto de los libros semiusados supe de las letras del colombiano. Lo curioso es que me topara por principio con su prosa periodística antes que con su narrativa; luego, que fueran primero sus obras menores o menos famosas antes que su novela toral: Crónica de una muerte anunciada, La triste historia de la cándida Eréndira, Ojos de perro azul, un Otoño del patriarca que me costó mucho leer; luego, un Amor en los tiempos del cólera que me gustó, un Coronel no tiene quien le escriba que, por el contrario, no me gustó y, finalmente, luego de muchos rodeos, una ajada edición en Diana de Cien años de soledad, que primero me deslumbró, luego leí, releí y fue pasando de mano en mano en mi casa, hasta que todos se hicieron admiradores del Nobel, hasta Armando, mi hermano mayor, el lector más acucioso de todos nosotros, que un día llegó a la casa de mi padre y me dijo: “Ya la terminé, tenga su novela pornográfica”.
Tan central fue esa novela en mi formación como lector cuasi–adolescente que hoy, varias décadas después, nadie me cree cuando me atrevo a contar que una vez tuve el ímpetu, la paciencia y la ingenuidad de leérsela completa en voz alta a aquella mi primera novia, a la que veía cada sábado, después de salir del taller. Lector obrero, sin carro ni perspectiva alguna del esparcimiento habitual, mi único recurso para entretenerla se agotaba en aquellas largas caminatas con ése y otros libros. Nos íbamos caminando hacia y desde los parques, hasta el centro o hasta la falda de la sierra, o debajo de un árbol, a la orilla de un campo de beisbol vacío… En la banca de algún árido parque o junto a la acequia de Arteaga, a la que nos íbamos en una lentísima combi, como si viajáramos hasta el fin del mundo. Bajo los álamos de Arteaga comíamos una pequeña caja de pollo frito y media barra de pan. Un refresco familiar y luego nos sumergíamos en ese ámbito de mariposas amarillas, armaduras halladas entre el lodo y galeones encallados en medio de la selva.
Fueron muchos sábados, ahora no recuerdo cuántos, quizá agotarla tardó meses. Hoy me sorprende que aquella muchacha aguantara tantas horas y tantas tardes, incluso más que mi voz. Recuerdo que era callada y gentil. Algunas veces, mientras yo avanzaba sobre aquellas páginas leídas y vueltas a leer, la miraba de reojo y hay una sola imagen que guardo ahora…
Fueron muchos sábados, ahora no recuerdo cuántos, quizá agotarla tardó meses. Hoy me sorprende que aquella muchacha aguantara tantas horas y tantas tardes, incluso más que mi voz. Recuerdo que era callada y gentil. Algunas veces, mientras yo avanzaba sobre aquellas páginas leídas y vueltas a leer, la miraba de reojo y hay una sola imagen que guardo ahora: sus enormes ojos cafés fijos en la distancia, donde el polvo amarillo casi naranja del atardecer hacía remolinos, quizá mirando para adentro, tratando de erguir en su mente las imágenes que mi lectura convocaba.
Luego ese libro se fue deshojando, como muchos, casi todos, de aquel tiempo que se perdió.
Fue en aquellos años cuando empecé a escribir textos breves, pequeñas prosas que un periódico publicaba en su sección de cultura. También por aquellos años, perdida entre las páginas de locales, surgió una breve y curiosa nota: una entusiasta reportera aseguraba haber visto al mismísimo Gabriel García Márquez en un mitin político en las periferias de Saltillo.
No había evidencia fotográfica alguna. Sólo el testimonio y la fe exacerbada de aquella lectora suya que contaba aquella aparición con visos de milagro. Luego, también eso se perdió. Quedó en el mito, la leyenda, una conseja o curiosidad. Como aquel otro dato inútil y extraño que me contó muchos años después mi amigo, el poeta Alfredo García Valdez: el novel alemán Gunther Grass, años antes del Nobel, dando una conferencia en alemán en el Recinto de Juárez, a un lado de la catedral, una remota noche de invierno de algún año de los ochenta.
Un Macondo sintético
Toda la evocación de aquel tiempo disuelto me la trajo la tardía serendipia que hace algunas semanas —con una diferencia de más de treinta años— al volver a encontrarme con aquella historia.
Esta vez no en la nota de un viejo periódico, sino en un post de Facebook.
Las décadas habían arrasado ya la emoción de la primera lectura o el interés en su persona y su obra, el desencanto de su ambigüedad política —sus fotos lo mismo con Fidel Castro, Bill Clinton o Carlos Salinas— y mis últimas lecturas en el recuerdo: sus Doce cuentos peregrinos, sus Noticias de un secuestro o su cuasi–plagio a La casa de las bellas durmientes, de Yasunari Kawabata.
Hoy puedo decir que ya no me sobrecoge la belleza de aquella muchacha, apenas el borrón de su efigie en la memoria. Sí su silencio cómplice, su suprema empatía ante la estupidez y el fervor del muchacho aquel. En cambio, hoy soy lo suficientemente adulto para notar la enternecedora ingenuidad del cinismo. El descaro y la torpeza de quien subestima la memoria y el criterio de sus semejantes lectores. Lo digo porque leo un texto atribuido a un exlíder estudiantil, exmilitante de la izquierda universitaria, exsenador del PRI, exmilitante del PRD y luego de Morena y hoy militante del MC, donde se recrea la milagrosa y entonces inadvertida visita del Gabo a la colonia Francisco Villa en Saltillo, en el remoto año de 1990.

No hay que ser un lector afiebrado del colombiano, ni un experto corrector de texto para darse cuenta inmediatamente de esa factura tan impecable como edulcorada —sospechosamente simétrica en sus dobles negaciones— de una redacción generada por inteligencia artificial. Un texto que corre con esa monótona fluidez de la prosa programada para complacer: un tono seudoheroico, pero institucional, largos listados de siglas consensuadas (PRI, PSUM, PMT, PCM, PRD), la clásica adjetivación predecible (“mosaico humano”, “Tiempo de tensiones humanas, “realismo mágico sin artificio”) y ese remate lírico de manual sobre un Nobel sentado en la loma pelona de un cerro observando “cómo un pueblo escribe su propia epopeya”.
Si Gabo estuvo o no entre los matorrales de la colonia Pancho Villa durante la Primera Nacional de Solidaridad, aquel remoto 1990 (el mismo año en que un ayudante de enderezador de carros chocados, al otro lado de la periferia, también le leía en voz alta uno de sus libros a una muchacha ensimismada) importa ya muy poco…
Mirándola bien, con la distancia que dan los años, prófugo de aquella sensiblería militante de toda juventud, es notorio su interés persuasivo, lo apócrifo de su aliento dramático. Más que a marismas y al picor dulzón y exuberante de aquel río con piedras como huevos prehistóricos, se trata de un texto que huele a silicio y a prompt, un taimado algoritmo entrenado en sintetizar una falsa retórica de la reconciliación social con la mística de un periodismo latinoamericano trasnochado. Si Gabo estuvo o no entre los matorrales de la colonia Pancho Villa durante la Primera Nacional de Solidaridad, aquel remoto 1990 (el mismo año en que un ayudante de enderezador de carros chocados, al otro lado de la periferia, también le leía en voz alta uno de sus libros a una muchacha ensimismada) importa ya muy poco; lo significativo —vagamente conmovedor— es cómo la narrativa política contemporánea necesita una red neuronal sintética para fabricar sus mitologías y así insuflar a la historia de Coahuila una épica que la misma realidad le ha escamoteado.
En el prólogo a su novela El reino de este mundo, publicada en 1949, Alejo Carpentier describió primero que nadie sobre lo “real maravilloso”: América es un continente donde lo extraordinario, lo insólito y lo mítico no necesitan ser inventados mediante artificios literarios, sino que forman parte de su tejido cotidiano. El sentido de lo real maravilloso —precursor del tratamiento literario del realismo mágico— surge de la fe colectiva, más que técnica literaria inventada por cualquier autor para adornar un texto, trata de una condición ontológica del continente y la cosmogonía americana.

Así, resulta providencial que justo en este nudo temporal de memoria, impostura y mitos cibernéticos, esta crónica apócrifa aparezca en el mapa del algoritmo justo cuando la prensa internacional nos refiere a un glitch en la máquina: un afamado detector de IA acaba de diagnosticar que el mismísimo arranque de Cien años de soledad contiene un 84% de texto generado por inteligencia artificial: una estadística que haría palidecer al mismísimo Alejo Carpentier. La sola imagen del coronel Aureliano Buendía frente al pelotón de los servidores, erguido por el cedazo de un software que descalifica la imaginación que lo dibujó recordando la tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo, convierte este hito cibernético en un episodio inusitado de un realismo mágico 2.0.

Que un software arroje un 84% de coincidencia de IA no demuestra que Gabo utilizara una supercomputadora en aquella Ciudad de México de 1965 —Vieja ciudad de la memoria, Pacheco dixit— sino algo mucho más inquietante: que los modelos de lenguaje han sido entrenados tan masivamente con la cadencia y la sintaxis del Nobel que ahora esos mismos detectores asumen que la genialidad humana es en realidad un defecto probabilístico.
Si el inicio de la historia de Macondo es clasificado por las herramientas digitales como una suerte de alucinación algorítmica, ¿qué impediría entonces que un programa similar redactara, con un par de variables locales, la crónica de un viaje secreto del Nobel colombiano a las áridas periferias de Saltillo?
El gobernador plagiado
Pero la locura no termina ahí, esto parece tratarse de un tiempo que corre en círculos, un futuro que se escribe incluso cuarenta años antes, o más. Esa crónica algorítmica no nace en el vacío. En Coahuila, la relación entre García Márquez y la autoría ajena tiene raíces más añejas, terrenales y ásperas. Los memoriosos del estado aún recordarán la versión antigua —mitad leyenda de cantina académica, mitad rencilla de café político— sin embargo consignada por el cronista Conrado Charles, biógrafo del aludido, en su libro La renuncia de Flores Tapia, publicado a mediados de los ochenta, que sugería que el Nobel colombiano habría abrevado con exceso en la prosa y vivencias del exgobernador coahuilense.
Flores Tapia personificaba ese barroco norteño en el que la política y la literatura se fundían en la misma fragua del autoritarismo y la lírica popular.
Personaje pintoresco, como salido de Los Supermachos de Rius, caudillo de una oratoria telúrica, cronista de la orfandad y el poder regional, defenestrado antes del término de su mandato por José López Portillo, Flores Tapia personificaba ese barroco norteño en el que la política y la literatura se fundían en la misma fragua del autoritarismo y la lírica popular. Así, durante décadas, circularon murmuraciones en los pasillos de dependencias y pasillos de café que señalaban cómo ciertos pasajes sobre el patriarcado, el desierto y la hegemonía provinciana en las novelas de García Márquez no eran sino una transposición estilizada de los escritos del mandatario, particularmente de su poco conocida novela La casa de la abuela.

La realidad, entonces, y el tiempo se tuercen. ¿Fue Macondo un reflejo distorsionado del Saltillo de Flores Tapia, o fue el caudillo priista el prototipo viviente de un patriarca decadente escrito por el Nobel colombiano?
Que mucha gente en Coahuila siga creyendo que el creador de Macondo deba sus cimientos y estilo literario al cacique saltillense parece querer corroborar lo dicho por Carpentier sobre lo real maravilloso: si Gabo le robó a un exgobernador la voz o los temas, que la IA clone la voz de un exlíder de izquierda para retrotraer al genio colombiano a una colonia popular de Saltillo no es más que una ajustada venganza poética; una portentosa máquina, como esos inventos del viejo Melquiades, vomitando los mitos que previamente masticó.
Al final, la crónica de la colonia Francisco Villa funciona como alegoría perfecta de nuestra condición hiperreal. Bendito Lipovetsky: la literatura convertida en un prompt de autojustificación histórica. Incluso existió un político que se presentaba a sí mismo como “Gabólogo”.
Es aquí cuando llego al spoiler y la revelación final sobre el origen del equívoco: una breve investigación hemerográfica me hace creer que no se trataba del Nobel colombiano, sino del secretario Carlos Rojas González, entonces titular de la Sedesol, asombrosamente parecido al Gabo, con sus rizos entrecanos, lentes, bigote poblado y su proverbial cosplay de militante popular de ahora y de entonces: la camisa de mezclilla o de franela a cuadros y el paliacate rojo, sudado. El colmo: el post de la seudocrónica altera las fotos originales con una superposición y filtro de IA, para hacerlo parecer aún más al personaje centro del mito.
Y así, como el viento bíblico que en la última página de la novela arrasa Macondo del mapa y de la memoria de los hombres, “porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tienen una segunda oportunidad sobre la tierra”, es como asistimos hoy a una paradoja a su vez idéntica y opuesta: no es aquel huracán bíblico el que borra la ciudad de los espejos, sino el algoritmo que la resucita, la clona y la sintetiza en cada pantalla —como la reciente adaptación de Netflix—. Macondo vuelve convertido en producto de streaming, en una condición tan hiperreal como la crónica apócrifa de la colonia Francisco Villa, y es en ese vértigo circular —donde el pasado no deja de regresar disfrazado de futuro, donde un exgobernador presta su voz a un fantasma literario y ese fantasma presta su rostro a un secretario de Estado— no puedo sino volver a pensar en el Ángel de la Historia de Benjamin, aquel que mira hacia atrás y sólo ve una catástrofe única que amontona ruina sobre ruina —la imagen perdida de la muchacha de los ojos cafés, los remotos álamos de Arteaga, una voz disuelta en el tiempo, un Saltillo que ya no existe— mientras una tempestad irresistible impide al ángel cerrar las alas para detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo destrozado; esa tempestad es lo que llamamos progreso y bajo su impulso Macondo no termina de borrarse nunca ni tampoco existir del todo: queda en un limbo suspendido, un limbo donde ya ni los recuerdos están a salvo, un limbo donde lo real maravilloso y lo real sintético ya no se distinguen y cada nueva generación sigue inventando sus mitos, bajo esta tormenta de silicio, que también se los habrá de llevar. ®
