El pasado 4 de septiembre murió Felipe Souza, guitarrista de la longeva banda de rock El Tri. El autor recuerda cómo un disco de este grupo, y sobre todo los solos de Souza, lo hicieron pensar seriamente en la música.

Habría que remontarnos al periodo de 1991 a 1993 a fin de entender mejor la cuestión. Mientras cursaba la secundaria en Campeche descubrí, junto con el rock, tres cosas importantes acerca de la música. La primera es que la música —o cierto tipo de música al menos— une a las personas y no solo las aísla, un problema que había desarrollado en mi niñez por culpa de los clásicos (durante mucho tiempo tuve una terrible fobia social y apenas un tomo de la Enciclopedia Larousse para encontrar recomendaciones).
Debo a Brahms y a Beethoven invaluables momentos de placer e introspección, pero, entrado en la adolescencia, representan más un estorbo que un vehículo para hacer amigos (a mi madre, por otro lado, le horrorizaba que, si ponía demasiadas veces esa “música de funeral”, como le llamaba a la obertura Egmont, los vecinos terminaran fisgoneando desde sus ventanas).
A inicios de los noventa, cabe recordar, hubo sucesos importantes en la historia de la música, entre ellos, que los machos hipersexuales de pelo encordado, nacidos al calor del heavy metal, empezaron a ceder los reflectores a las desaliñadas estrellas del grunge, menos preocupadas por hablar de chicas como de sobrellevar la depresión.
La segunda es que la música está en constante movimiento, desplazándose entre el pasado y el presente, entre el gusto privado y el furor colectivo, y que, dios mío, más vale no tomarse las cosas demasiado en serio. En aquella época yo iba y venía de los clásicos al rock, pero —incluso dentro del rock— había fuerzas por todos lados disputándose mi atención. A inicios de los noventa, cabe recordar, hubo sucesos importantes en la historia de la música, entre ellos, que los machos hipersexuales de pelo encordado, nacidos al calor del heavy metal, empezaron a ceder los reflectores a las desaliñadas estrellas del grunge, menos preocupadas por hablar de chicas como de sobrellevar la depresión. Esa sensación de que todo estaba cambiando a un ritmo acelerado tenía muchas caras: a) el ascenso y caída de Kurt Cobain; b) los videos que, en lugar de mostrarte a unos rufianes sobre el escenario, encadenaban escenas pretendidamente metafóricas que casi nadie entendía, y c) las constantes apariciones de los grupos mexicanos, algunos recién nacidos, otros en estado de preservación y no pocos en proceso de resurrección. De lejos, todo parecía un carrusel de ruidos e imágenes en una rotación enloquecida.
Por último, y aquí es donde El Tri se vuelve relevante, aprendí a hacerme preguntas acerca de la forma.
Puedo recordar el momento exacto en que descubrí a El Tri: 10 de marzo de 1992, en la casa de mi amigo Tirzo, quien hasta no hace mucho hacía cápsulas de economía y finanzas en la televisión campechana, pero que en ese entonces era un rebelde que conducía una motoneta y que, en los partidos de fut, tiraba unos pelotazos que te cagabas. Tirzo era muy fan de El Tri y muy fan también de una película porno que se llamaba El hospital del amor, pero ésa es otra historia. La cuestión es que Tirzo me enseñó el disco ¡¡¡En vivo!!! Y a todo calor que El Tri había grabado durante un concierto en el Hollywood Palladium de Los Ángeles y que era, si mal no recuerdo, su novedad discográfica de aquel entonces.
El casete incluía, además, una serie de recortes de prensa que daban cuenta de un motín por parte de los asistentes, con titulares como “El Tri convierte el Hollywood Palladium en un hoyo fonky”, acompañados de fotos en las que se veía a los guardias de seguridad que intentaban contener a la multitud.
Aquellas doce canciones resultaron ser una maravilla para alguien, como yo, que había pasado buena parte de su niñez memorizando El Cascanueces. A lo largo de una hora con quince Alex Lora recurría, cada que le alcanzaba el oxígeno, a alguna expresión altisonante o nacionalista para animar al público y, tras el último corte, un griterío iba desbordándose hasta ahogar los llamados de paz de uno de los organizadores. El casete incluía, además, una serie de recortes de prensa que daban cuenta de un motín por parte de los asistentes, con titulares como “El Tri convierte el Hollywood Palladium en un hoyo fonky”, acompañados de fotos en las que se veía a los guardias de seguridad que intentaban contener a la multitud. Malas palabras, letras inconformistas y disturbios en la recta final: aquel concierto era un coctel de estímulos para cualquier adolescente de trece años, pero ninguna de esas cosas me interesaban de verdad.
Una cosa sí: las propias canciones. Armado ya con los casetes que mi amigo Tirzo me había grabado, descubrí que ¡¡¡En vivo!!! Y a todo calor sonaba diferente a cualquier otra cosa que El Tri hubiera grabado antes y, ya entrados en materia, a cualquier otra grabación que El Tri tuviera en el futuro. Los cientos de veces que había puesto el casete habían logrado que mi curiosidad se desplazara de todo aquello que supuestamente significaban los temas de El Tri hacia eso que, en opinión de medio mundo, no eran: obras al fin y al cabo estéticas, el resultado de una serie de decisiones formales. Pronto descubrí que el responsable de ese milagro se llamaba Felipe Souza, un guitarrista de sesión que había entrado a la banda unos meses atrás y que, gracias a su talento melódico, conocimientos técnicos en materia de distorsiones y creatividad para trabajar con canciones ajenas, había transformado algunos de los acordes de acompañamiento más reiterativos del repertorio nacional en piezas a las que podías prestar atención y salir con preguntas acerca del timbre, el ritmo o la estructura.
En sus arreglos para los temas clásicos de Alex Lora, Souza había logrado resolver una serie de tensiones con mano maestra. La principal: conciliar su propia sofisticación artística con la malhechura musical, marca de casa de El Tri. El mejor ejemplo es “Millones de niños”, una canción no especialmente compleja, en la que Souza crea sobre dos acordes un solo que, si lo comparamos con la versión original del disco Una leyenda vida, es casi un prodigio de la imaginación: sorprendentemente sobrio pero que, al mismo tiempo, logra elevar la temperatura del tema más allá de donde el cantante la había dejado, que es, a mi entender, para lo que sirven los solos de guitarra a mitad de las canciones.
En una época, los ochenta para ser exactos, la banda de Lora te zampaba el solo de saxofón, luego el solo de armónica y más adelante el solo de guitarra, dando lugar a un material tan amorfo que el único cierre digno para una pieza que habría sobrepasado los seis minutos era que el cantante terminara gritando “¡Dios bendiga a la banda y al rocanrol!”
El conjunto de decisiones que toma un guitarrista para enfrentarse a un acompañamiento fue de las primeras cosas que me obsesionaron. Cómo empezar, hacia dónde avanzar; usar éste y aquel recurso para lograr cuáles efectos. Las partes instrumentales pueden llegar a ser predecibles cuando te dedicas a componer canciones populares y con El Tri, a veces, daban la impresión de ser innecesariamente largas. En una época, los ochenta para ser exactos, la banda de Lora te zampaba el solo de saxofón, luego el solo de armónica y más adelante el solo de guitarra, dando lugar a un material tan amorfo que el único cierre digno para una pieza que habría sobrepasado los seis minutos era que el cantante terminara gritando “¡Dios bendiga a la banda y al rocanrol!” Las partes instrumentales de ¡¡¡En vivo!!! Y a todo calor mostraban una lógica distinta: todo parecía más pensado que el mero regodeo con el propio virtuosismo. Además de una técnica impecable, los solos y arreglos de Felipe Souza buscaban decir algo. De adolescente, uno quiere tocar cada vez más rápido o usar, aquí y allá, trucos que acaba de descubrir como el tapping, pero escuchando a Souza uno podía entender, incluso a los trece, que detrás de éste o aquel solo alucinante había una idea en desarrollo.
Poco a poco le perdí la pista. Dejé de escuchar a El Tri por una larga temporada y me interesé en otras cosas. No obstante, ya en la adultez, con alguna frecuencia volvía a ese disco y a los solos de Souza para seguir haciéndome preguntas sobre la estructura y las decisiones formales. De vez en vez veía sus entrevistas o les ponía atención a otros álbumes suyos, a fin de terminar —convertido por azares del destino en “alguien que escribe sobre música”— un ensayo sobre lo mucho que había aprendido de él. Al principio buscaba solazarme en el placer de decir que mi ídolo era un músico no demasiado conocido, pero, tras su muerte el pasado 4 de septiembre, descubrí que tenía muchos más admiradores de los que yo habría imaginado. Muchos, de verdad. Casi todos lo llamaban “maestro” en sus condolencias y algún medio lo describió como “mítico guitarrista” en su titular. Yo lo único que tengo para decir es que fue el señor que me hizo pensar en la música. Y no es tanto, me temo, y no es poco, quiero creer. ®
