La infancia invisible

El niño salvaje muestra una realidad vigente que muchas veces desconocemos, pues, como se nos dice en esta obra, el maltrato y el abandono infantil no son noticia, ya que se trata de cosas que suceden todos los días y en todas partes y muchas veces resultan invisibles para nosotros.

El elenco de El niño salvaje, egresados de la quinta generación del Laboratorio de Formación y Creación Teatral (LAB Capilla). Cortesía.
Gritas.
Más de prisa. Pus.
Golpes.
Gimes. La rodilla.
Atrás. Te arrastras.
Choza. Al instante.
Candil. Escarcha.
Tensar.
Esperas. Resistes.
Ratas. Único. Peor.
Gaspar, Peter Handke

El espectador es llevado a conocer la historia de este niño que no quiere hablar ni comer en un plato, como la gente “civilizada”. Se muestra a lo que se refieren cuando hablan de un niño salvaje: se trata de uno maltratado y dejado a su suerte, que se comporta como un animal por los traumas y abusos que ha sufrido.

El niño no está ahí, nunca lo vemos sobre el escenario, aunque todo el tiempo está presente. A través de lo que se nos dice sobre él, por medio de esas palabras, toma forma frente al espectador, quien puede descubrir la humanidad de esta persona que, para empezar, no es un niño sino una niña y que, aunque no puede comunicarse con palabras, sigue transmitiendo emociones por medio de su mirada; sentimientos que sólo pueden comprenderse al acercarse a ella e intentar conocerla.

En el teatro La Capilla, ubicado en el barrio de Coyoacán en la Ciudad de México, la compañía Los Endebles presenta El niño salvaje, obra escrita por la dramaturga belga Céline Delbecq, con traducción de Nadxeli Yrízar Carrillo y Humberto Pérez Mortera y dirigida por Boris Schoemann, quien además ha traducido y dirigido múltiples obras contemporáneas escritas en francés, así como también ha vertido textos de dramaturgos mexicanos a ese idioma.

Estos personajes han servido para pensar respecto a qué tanto de nuestra humanidad proviene de la naturaleza y qué tanto de la convivencia social. Además de que, a partir de ellos, se plantean profundas interrogantes sobre la otredad y nuestra dificultad para lidiar con ella.

La obra se nos presenta a través de un ensamble coral, el cual desarrolla una narración colectiva en la que cada uno de los personajes —que no se distinguen unos de otros por sus nombres, sino por las actividades que indican sus uniformes—, va contando la historia de El niño salvaje, comenzando por cómo fue encontrado, de manera accidental, camino a un restaurante en la plaza Jeu de Balle de Bruselas. Una escena que podría suceder en prácticamente cualquier gran ciudad del mundo. Creo que no se individualiza la voz de alguno de los personajes precisamente para dar a entender que cualquier persona puede encontrarse en la misma situación de hallar un niño abandonado, independientemente de la labor a la que se dedique.

Justo cuando la niña salvaje comienza a convertirse en alguien visible —ante los ojos de los personajes y ante los nuestros—, con un nombre y una historia, surge como un obstáculo la maquinaria burocrática que trata a los niños como “expedientes”, que tienen que cumplir con ciertas normas y fórmulas jurídicas.

La dinámica coral, además, se fundamenta en la interacción de los diversos personajes: el cocinero, el policía, la oficinista, la mesera, la doctora, el sacerdote, etc… Sus voces se conjuntan para formar un solo discurso. Éste es uno de los mayores aciertos de la dirección, pues gracias a esto la obra transita sin tropiezos, como un preciso mecanismo de relojería en el que se sincronizan los diálogos y los movimientos de los actores que llenan el escenario, en el que se prescinde de toda escenografía.

A pesar de la crudeza presente en el tema que aborda la obra, la historia se narra de una manera que combina momentos humorísticos que nos provocan algunas risas, con otros en los que sube la tensión dramática. Justo cuando la niña salvaje comienza a convertirse en alguien visible —ante los ojos de los personajes y ante los nuestros—, con un nombre y una historia, surge como un obstáculo la maquinaria burocrática que trata a los niños como “expedientes”, que tienen que cumplir con ciertas normas y fórmulas jurídicas y, de este modo, contribuye a mantenerlos en el anonimato y en el olvido. Así, la obra nos conduce poco a poco a una catarsis que nos deja con un nudo en la garganta y una serie de voces y reflexiones resonando en la mente.

Niña salvaje. Imagen creada con AI.

La figura del niño salvaje tiene una larga tradición en la cultura occidental, desde relatos míticos, como el de Rómulo y Remo, hasta las historias de niños criados por animales y casos históricos como los de Víctor de Aveyron o Kaspar Hauser, que inspiraron múltiples libros y películas. Estos personajes han servido para pensar respecto a qué tanto de nuestra humanidad proviene de la naturaleza y qué tanto de la convivencia social. Además de que, a partir de ellos, se plantean profundas interrogantes sobre la otredad y nuestra dificultad para lidiar con ella.

Más allá del mito, El niño salvaje logra mostrar una realidad actual y vigente que muchas veces desconocemos, pues, como se nos dice en esta obra, el maltrato y el abandono infantil no es noticia, ya que se trata de cosas que suceden todos los días y en todas partes y muchas veces resultan invisibles para nosotros.

El elenco está integrado por los egresados de la quinta generación del Laboratorio de Formación y Creación Teatral (LAB Capilla): Juan José Aguilera, Paula Herrada, Moramay Ovalle, Ragde Moreno, Andony Brey, Antonio Pina, Luiz Rivera de Lucio, Gio Mendoza, Lo, Aura Velázquez, Diana Martínez, Mónica Chávez y Fran Zepeda.

Esta puesta en escena tuvo una primera temporada que se presentó del 10 de abril al 12 de junio de este año en ese mismo recinto y, gracias al éxito que obtuvo, ahora tiene una segunda temporada, del jueves 30 de julio al 30 de agosto y dos domingos a las 12:30, el 23 y el 30 de agosto, por lo que el público tiene todavía la oportunidad de asistir a experimentar esta conmovedora experiencia teatral. ®

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