Hay novelas que pueden explicarse desde su argumento y otras cuya singularidad nace de la experiencia de su lectura. Sus silencios, sus ritmos y la sutileza de su escritura despiertan una fascinación que desborda la trama. La policía de la memoria, de Yōko Ogawa, pertenece a esta segunda categoría.

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El relato puede conducir fácilmente hacia una lectura distópica: en una isla sin nombre, una autoridad represiva impone la desaparición de objetos, cuerpos, conceptos y recuerdos, mientras persigue a quienes conservan aquello que debe ser eliminado. La dimensión política resulta evidente. Sin embargo, reducir la novela a una alegoría del poder y la vigilancia dejaría en la sombra una zona esencial de la escritura.
En la novela de Ogawa la desaparición no es únicamente un mecanismo de dominación. Es una transformación lenta de la relación entre los seres humanos y aquello que los rodea. La pregunta profunda de la novela no es solamente qué ocurre cuando algo se pierde, sino qué sucede con la experiencia sensible cuando aquello que otorgaba familiaridad a la existencia comienza a desvanecerse.
Los objetos no son símbolos abstractos destinados a representar una idea: han formado parte de una vida concreta, han sido tocados, utilizados e incorporados a los gestos cotidianos. Ogawa describe ese proceso a través de imágenes de gran fuerza evocadora: «El perfume, propiamente dicho, es invisible. No obstante, puede conservarse en el interior de un frasco» (Ogawa, p.7).
Los objetos no son símbolos abstractos destinados a representar una idea: han formado parte de una vida concreta, han sido tocados, utilizados e incorporados a los gestos cotidianos.
La desaparición no irrumpe como una destrucción inmediata, sino como un debilitamiento progresivo de la presencia: «…el recuerdo de cada uno de esos objetos va escurriéndose poco a poco de nuestra memoria y desbordándose, como gotas de agua, para precipitarse al profundo pozo del olvido» (Ogawa, 2021, p.4). Aquello que desaparece pierde primero intensidad, proximidad y espesor. La ausencia no deja simplemente un vacío: transforma nuestra relación con el mundo.
I. Dos horizontes de lectura: Japón y Occidente
La recepción de La policía de la memoria (Hisoyaka na kesshō, 1994) revela cómo una misma obra puede abrir diferentes caminos de lectura según el contexto cultural en el que circula.
En Japón la novela de Yōko Ogawa se inscribe dentro de una sensibilidad atenta a las transformaciones silenciosas de la vida cotidiana, a la fragilidad de los vínculos con las cosas y a la relación íntima entre los seres humanos y su entorno. La desaparición no aparece solamente como un acontecimiento político, sino como una modificación gradual de la percepción.
En Occidente, a partir de su traducción inglesa como The Memory Police (2019) de Stephen Snyder, la obra recibió con mayor énfasis una lectura distópica. El propio título orienta la atención hacia la institución represiva y hacia el conflicto entre individuo y poder.
«Aunque en aquella época podíamos percibir todo un abanico de olores y dejarnos maravillar por una gran variedad de matices, hoy nada de aquello forma parte de nuestras vidas, y nadie ha vuelto a recordarlo.»
Sin negar esa dimensión, la singularidad de Ogawa reside en mostrar cómo los mecanismos de control alcanzan la percepción misma: «Aunque en aquella época podíamos percibir todo un abanico de olores y dejarnos maravillar por una gran variedad de matices, hoy nada de aquello forma parte de nuestras vidas, y nadie ha vuelto a recordarlo» (Ogawa, p.7).
II. El mundo de la isla
La isla de Ogawa no es solamente el escenario donde transcurre la acción. Es un mundo de caminos cotidianos, casas conocidas, pequeños rituales y objetos familiares.
Ogawa presenta ese territorio desde una mirada atenta a sus cualidades sensibles: «La propia isla, flotando en aquella vacía inmensidad que era el océano, representaba a la perfección, en su aislamiento, lo que en ella acaecía a diario» (Ogawa, p.11). La descripción convierte el espacio en una experiencia vivida.
La isla revela así una fragilidad particular: el territorio permanece físicamente reconocible, pero la manera de percibirlo se transforma:
Y así transcurrieron dos o tres días durante los cuales una enorme cantidad de peces murieron, de modo que una espesa capa de un hedor nauseabundo fue desplegándose y extendiéndose sobre la superficie del agua, ante la más absoluta indiferencia de la población, cuyo sentido del olfato había quedado notablemente deteriorado (Ogawa, p.7).
III. La casa
En La policía de la memoria la isla conserva sus calles, sus edificios y sus límites visibles. La transformación ocurre en otra dimensión: los lugares cambian cuando cambian las relaciones que los sostienen.
La casa de la narradora, que es escritora, constituye el ejemplo más significativo de esta metamorfosis. Continúa trabajando en una novela mientras las desapariciones alteran progresivamente el mundo que habita. Al comienzo es un espacio doméstico ligado a la escritura y al recuerdo de la madre. Más adelante R, el editor que conserva aquello que corre peligro de desaparecer, se instala en el refugio oculto en el subsuelo; la vivienda adquiere una nueva profundidad. La casa deja de ser únicamente un ámbito privado. Se convierte en un lugar donde una existencia amenazada puede continuar. Este nuevo modo de habitar la casa no adopta la forma de una resistencia heroica. Lo que allí surge es más frágil y más íntimo: un espacio secreto donde aquello que no encuentra lugar en el mundo exterior puede todavía encontrar refugio.
La casa deja de ser únicamente un ámbito privado. Se convierte en un lugar donde una existencia amenazada puede continuar. Este nuevo modo de habitar la casa no adopta la forma de una resistencia heroica.
En un mundo donde todo puede desaparecer, la intimidad continúa construyéndose a través de pequeños gestos sensibles. El hogar también está formado por ecos mínimos:
—Mamá guardaba en sus cajones sus pequeños objetos personales —expliqué. —¿Objetos personales? —Sí, pero ¿cómo puedo expresarlo? Eran cosas desconocidas para mí —dije, incapaz de encontrar palabras con las que ofrecer siquiera una somera descripción (Ogawa, p.5).
La casa no se define únicamente por sus paredes, sino por aquello que sucede entre ellas: silencios, ritmos compartidos y una presencia cotidiana.
IV. Los objetos
En La policía de la memoria el objeto perdido no desaparece por completo. Una cualidad sensible —la temperatura, la textura, el olor— puede convertirse en el último espacio donde algo continúa existiendo:
El segundo día, las personas que cultivaban rosas en sus jardines se acercaron al arroyo con las que conservaban todavía, y, de pie sobre su orilla, las deshicieron con los dedos, lanzando los pétalos sobre la corriente a modo de último homenaje (Ogawa, p.51).
La belleza del mundo no desaparece junto con las cosas. Al contrario, adquiere una intensidad particular porque está atravesada por la conciencia de su fragilidad. Todavía es posible detenerse en aquello que permanece: «Las sábanas y la colcha, recién lavadas, relucían sobre la cama mullida; las sillas y la mesa olían a madera todavía fresca, y la tenue luz naranja de la bombilla iluminaba suficientemente todo el refugio» (Ogawa, p.72).
V. La escritura
En La policía de la memoria la escritura se convierte en una de las últimas formas de relación con el mundo. La narradora continúa escribiendo una novela cuyo horizonte se vuelve cada vez más incierto.
La novela establece una cadena silenciosa entre tres figuras: la madre, la narradora y R, el editor, que conserva aquello que corre peligro de desaparecer. La madre protege aquello que no debe olvidarse. Ese mismo gesto se desplaza hacia la escritura: lo que antes encontraba refugio en las cosas encuentra ahora un lugar en la palabra. R, a su vez, comparte ese cuidado mediante la lectura.

La materialidad de la escritura aparece en la atención que Ogawa concede al acto mismo de escribir: «Escribía sin prisa y encontrando especial deleite en ir completando cada línea de manera pausada y sosegada, seleccionando meticulosamente cada palabra, eximida de todo apremio y fatiga» (Ogawa, p.18).
R permite que una experiencia continúe más allá de quien la produjo. Su lectura es una forma de cuidado: «Al principio me fijaba en sus cubiertas y pasaba los dedos entre las páginas a modo de despedida, pero no tardé en limitarme a repetir la misma acción mecánicamente, una y otra vez» (Ogawa, 2021, p.237).
La novela lleva esa relación entre escritura y materia hasta una de sus escenas más significativas:
—Supongo que tienes razón —dijo—. La memoria asusta porque es invisible.
Mirad —tomó un fajo de folios de mi manuscrito, que descansaba sobre la mesa—. ¿Lo veis? Es real. Existe aquí. Las palabras de cada línea existen. Tienen una autora: tú. No podemos ver tus recuerdos ni tu mente, pero han creado algo que sí podemos ver y tocar (Ogawa, p.240).
Leer implica aquí una relación corporal. La palabra no es solamente significado, es materia, superficie y contacto. La poética de Ogawa reside precisamente en esa frágil persistencia.
Al leer La policía de la memoria volví varias veces sobre algunos pasajes por el puro placer de la lectura. Como sucede con la poesía, la belleza de sus imágenes excede la intensidad de lo sensorial. Pocas novelas despiertan el deseo de regresar inmediatamente a una página ya leída. En ese gesto de volver encontré una de las mayores virtudes de la escritura de Yōko Ogawa. ®
Referencias
Ogawa, Y. (2021). La policía de la memoria (J. F. González Sánchez, Trad.). Tusquets Editores.
