Ojalá que estas conversaciones que aquí presento sirvan para que el aficionado encuentre un espejo y el detractor, quizás, una ventana abierta a un juego que, como el gol de Maradona, sigue ocurriendo cada vez que alguien decide recordarlo.

Escribir sobre fútbol es, en esencia, un ejercicio existencial: es hablar de todo —la identidad, el drama griego, la física de fluidos aplicada a un esférico— y, simultáneamente, de una absoluta y gloriosa nada. Existe esta dicotomía que divide a la especie en dos grupos irreconciliables. Por un lado, los que no solamente consumen el deporte, sino que lo habitan, exigiendo que cada bocado de realidad esté preaprobado por el filtro de su pasión, y, por otro, los ascetas de la intelectualidad, que despachan el asunto con el cliché del “opio del pueblo”, una frase que, por cierto, es el equivalente retórico a tirar la toalla en un debate antes de que suene el silbato inicial.
Mi propio descenso —o ascenso, según la escala de dopamina que utilicemos— hacia esta locura ocurrió en 1994. Yo tenía doce años, una edad en la que el cerebro es una esponja ansiosa de mitologías. Hasta entonces, el fútbol me producía un tedio casi catatónico. Recuerdo México 86 no como un evento deportivo, sino como una serie de estímulos visuales inconexos: una mujer anunciando cerveza con sus senos y las contorsiones acrobáticas de Hugo Sánchez, un hombre que parecía desafiar la gravedad y, al mismo tiempo, vendía chocolate Milo. Para el 90 mi desinterés era tal que la final entre Alemania e Italia me resultó menos estimulante que el patrón de la alfombra de mi cuarto. Pero entonces llegó Bulgaria. Y llegó Jorge Campos.
El futbol dejó de ser una epifanía para convertirse en un horario de entrega. El desencanto fue tan orgánico que, cuando mi esposa sugirió que nuestro hijo creciera en un hogar “libre de fútbol” —para evitar que terminara discutiendo si los de las Chivas son o no “nacos”…
Ver a Campos en el 94 fue, para millones de nosotros los mexicanos, una epifanía estética. No era sólo un portero, era un error en la Matrix, un estallido de colores fluorescentes que juraban que el orden establecido era una sugerencia opcional. La tanda de penales contra los búlgaros fue el evento iniciático. A partir de ahí mi vida se convirtió en una base de datos de onces iniciales y resúmenes nocturnos. Incluso cuando la economía de mi familia colapsó —ese tipo de hundimiento financiero que te quita la tele y el pan—, yo seguí fiel.
Recuerdo la Copa América del 97 como un ejercicio emocional. Para el partido contra Brasil me conseguí un aparato de televisión blanco y negro portátil, que era TV y radio a la vez. Tras un primer tiempo de ensueño —México 2, Brasil 0—, decidió inmolarse. La pantalla se fundió a negro y tuve que escuchar la remontada carioca a través de la radio. El 3–2 final, narrado con ese estoicismo burocrático de quien te da una mala noticia médica —“Brasil no la pasó bien”, dijo el locutor en el eufemismo más violento de la historia del periodismo—, fue mi primera ruptura amorosa real y mi primer acercamiento a una frase que nos ha acompañado a los mexicanos a lo largo de nuestras vidas: “Jugamos como nunca, perdimos como siempre”.
Mi hijo creció en un vacío futbolístico absoluto. Y, sin embargo, hoy es un adolescente que habita el jersey del Manchester City como una segunda piel y celebra sus cumpleaños corriendo tras un balón.
Los años siguieron de frente y yo me hice periodista, y este oficio, que tiene una carga enorme de ironía, me hizo fotógrafo de cancha. Y ahí, a ras de pasto, el mito se desintegró en logística. El futbol dejó de ser una epifanía para convertirse en un horario de entrega. El desencanto fue tan orgánico que, cuando mi esposa sugirió que nuestro hijo creciera en un hogar “libre de fútbol” —para evitar que terminara discutiendo si los de las Chivas son o no “nacos”—, acepté con el alivio de un soldado que recibe la baja honrosa.

Pero el fútbol es un virus con un periodo de incubación infinito. Mi hijo creció en un vacío futbolístico absoluto. Y, sin embargo, hoy es un adolescente que habita el jersey del Manchester City como una segunda piel y celebra sus cumpleaños corriendo tras un balón. Es un recordatorio de que el fútbol no se enseña, se padece o se goza por generación espontánea.
He vuelto a charlar con amigos —académicos, activistas, gente de una gravedad intelectual incuestionable—, escritores, y siempre, invariablemente, terminamos en el laberinto de una jugada de 1986 o un chiste de vestidor. El fútbol es el pretexto para hablar de la vida sin que la vida nos duela tanto. Ojalá que estas conversaciones que aquí presento sirvan para que el aficionado encuentre un espejo y el detractor, quizás, una ventana abierta a un juego que, como el gol de Maradona, sigue ocurriendo cada vez que alguien decide recordarlo. ®
