En el verano de 1980 Grace Jones visitó Guadalajara como parte de una gira para promover su álbum Warm Leatherette. Después de presentarse en la discoteca Osiris un grupo de jóvenes la invitaron a conocer los antros gays más emblemáticos de la ciudad. Una larga noche de mariachis y tequila.

Casi todos reconocen en Grace Jones a un icono de la cultura pop. A una mujer que con su estilo andrógino subvirtió las nociones de raza y género. A una artista arriesgada que rompió paradigmas en la industria de la moda y de la música.
Sin embargo, lo que pocos saben es que, en el momento más álgido de su carrera, cuando eran comunes sus presentaciones en el Studio 54 de Nueva York, en el Palace de París o en el Heaven de Londres, una noche, como cualquier parroquiano, visitó un par de cantinas para homosexuales en los bajos fondos del Centro Histórico de Guadalajara.
Vestidos al último grito de la moda, con ropa de diseñador y accesorios ostentosos, los artistas, empresarios, intelectuales y socialités que ahí se dieron cita, esperaron con impaciencia el espectáculo de la que fuera la musa absoluta de Thierry Mugler.
Esta increíble historia se remonta al verano de 1980, en plena transición de la era disco al new wave. La llamada “Reina disco”, con la firme intención de reinventarse y hacer a un lado el mote comercial que durante tres años la encasilló en las pistas de baile, lanzó un arriesgado álbum titulado Warm Leatherette. Grabado en las Bahamas, en este trabajo incursionó de lleno en los crudos y renovados sonidos del post–punk y el reggae. Para hacerle promoción, la estrella jamaiquina emprendió una gira por diversos países del mundo, incluido México.
Al saber de su paso por territorio nacional, el hijo de una acaudalada familia de la capital de Jalisco la contrató para musicalizar un evento privado en la famosa discoteca que puso a Guadalajara en el mapa del entretenimiento internacional: el club Osiris.
Esa noche, en el lujoso antro de temática egipcia, cuyos espacios eran célebres por su arquitectura vanguardista decorada con suntuosas pirámides, esfinges a escala y jeroglíficos estilizados, la crema y nata de la sociedad tapatía atiborró el salón. Vestidos al último grito de la moda, con ropa de diseñador y accesorios ostentosos, los artistas, empresarios, intelectuales y socialités que ahí se dieron cita, esperaron con impaciencia el espectáculo de la que fuera la musa absoluta de Thierry Mugler.
Un despliegue de luces estroboscópicas, efectos de humo y rayos láser de última generación anunció el momento de Grace Jones. La diva irrumpió en el escenario y, con su característica voz de contralto, potente y teatral, hizo un recorrido por los temas que le dieron fama internacional; un repertorio hipnótico en el que incluyó éxitos de su primera etapa como “I Need a Man”, “Do or Die” y, por supuesto, su icónico cover de Édith Piaf, “La Vie en Rose”.
Noche profunda
Pasaba la medianoche cuando finalizó el show de Grace Jones, dejando al público del Osiris en un estado de absoluta fascinación. Entre los asistentes se encontraba un joven creativo que, años después, fundaría la mítica agencia de modelos Maniquí y redefiniría las pasarelas locales: Óscar Lupercio, quien iba acompañado por su grupo cercano de amigos. Al calor de las copas y la música a uno de ellos se le ocurrió la descabellada idea de invitar a la estrella internacional a dar un paseo por el lado más salvaje de la ciudad, un trayecto que incluía dos cantinas para homosexuales y una parada final en la Plaza de los Mariachis.
Para acercarse a ella el joven se valió de una conexión clave: la amistad en común que tenían con un coreógrafo neoyorquino. Al mencionar el nombre del contacto a los elementos de seguridad, y tras una breve consulta, éstos los dejaron ingresar al camerino privado. Ahí dentro, los tapatíos hablaron largo y tendido con Jones sobre la espectacular presentación que meses antes ella había ofrecido en el Puerto de Acapulco. Acto seguido, le explicaron el plan de la ruta nocturna; al instante, la intérprete de “Love is the Drug” aceptó fascinada por la idea de conocer el México bárbaro. En dos vehículos último modelo la comitiva, en la que también figuraba el hermano gemelo de la artista, Bishop Noel Jones, se dirigió directo a la zona centro de la Perla Tapatía.
Después de unos tragos, el clan partió rumbo a otro bar frecuentado por los noctámbulos no heterosexuales: El Prado, donde la historia se repitió paso por paso. Incrédulos, los parroquianos habituales no daban crédito a la visita inesperada de una de las máximas estrellas pop del momento.
La primera parada la hicieron en la cantina Los Panchos, uno de los pocos refugios tolerantes para la comunidad homosexual en una Guadalajara sumamente conservadora. Nada más entrar, el impacto visual fue potente: varios clientes reconocieron de inmediato a la impresionante mujer afroamericana de 1.79 metros de estatura y facciones esculpidas que, con su corte de pelo militar y movimientos sofisticados, portaba con mucho glamour un abrigo de leopardo. Le pidieron autógrafos y le expresaron la enorme admiración que le profesaban como icono de la diversidad. Después de unos tragos, el clan partió rumbo a otro bar frecuentado por los noctámbulos no heterosexuales: El Prado, donde la historia se repitió paso por paso. Incrédulos, los parroquianos habituales no daban crédito a la visita inesperada de una de las máximas estrellas pop del momento.
Siempre accesible, completamente despojada de poses o actitudes de diva inalcanzable, la cantante saludó, platicó y brindó con cada una de las personas que se le acercaron. La tradicional Plaza de los Mariachis fue el punto geográfico en el que finalizó aquella aventura surrealista. En ese emblemático lugar del centro tapatío la femme fatal del Caribe bebió caballitos de tequila y, con auténtica euforia, se divirtió y bailó al ritmo de las trompetas y los violines de la música tradicional más mexicana: el mariachi. ®
Una versión de este artículo se publicó originalmente en el diario Milenio.
