La vulgaridad de una mañana llena de migraciones

Yo quería ser más clara, pero me salió esto. Yo quería tener una vida limpia, pero tengo una vida llena de migraciones. Magma sin rostro concreto. Quería dejar de partirme, pero cada cambio me abre otra puerta y otra herida. ¿El dolor vive en el presente o sobrevive en el tiempo?

«Sentarse junto al precipicio…». Imagen generada con AI.

Then he sat up and calmly placed the precipice beside him. Pienso en esa frase como si el miedo hubiera perdido su teatralidad. No pretendo vencerlo, ni olvidarlo, ni convertirlo en anécdota para después. Quiero dejarlo a un lado, con calma, como quien acomoda una silla, un vaso, una pistola descargada. Para muchos órficos y neoplatónicos, el nacimiento ya era una forma de exilio. Nacer es salir expulsada de algo que nunca terminamos de recordar. Una belleza anterior, una casa imposible, un estado semejante al sueño. Por eso ahí vivo. Por la belleza en sí misma. Por la belleza absoluta que no puede existir en la realidad y que, quizá por eso, se queda en la penumbra preguntando.

La poesía es la única luz que nos queda. Lo digo sin solemnidad, casi con vergüenza, como quien confiesa que todavía reza. ¿Por qué rezas? Porque a veces no sé qué hacer con las manos. Manos de mujer estéril. Manos como rayos de luna. Porque hay días en que todo se siente demasiado brillante. Luz etílica cáeme, tírame, dime que todavía puedo cruzar de un cuerpo a otro sin perderme del todo. Las palabras nos acercan y nos alejan. Me dejan en un soliloquio lleno de riesgos, un parquet de murciélagos, colores pusilánimes, luz de fonda y tres balas de almendra verde. Me dieron el sabor psicópata de las cosas, sin cuerpo ni perro que me defienda. Y aun así espero el mediodía sonoro, visceral.

En la ciudad nadie puede dormir con los recuerdos vivos: hacen demasiado ruido. En esta ciudad resulta extremadamente difícil hacer el amor.

Con furia en las lágrimas compactas de la soledad, pienso: la antesala de la felicidad es esto, tristeza y alegría. Después, un silencio me sepulta en la sombra de la noche. Combinación de fisiología y moral. Revolución, justamente eso. ¿Cómo quieres reconciliarte con la vida si no te has reconciliado con la muerte? En la ciudad nadie puede dormir con los recuerdos vivos: hacen demasiado ruido. En esta ciudad resulta extremadamente difícil hacer el amor.

Presiento que vivo en una especie de paréntesis, muriéndome dentro de la mujer que estoy tratando de ser. Sin estirpe ni prole, pero dispuesta. Ácido ribonucleico con algas elásticas en los ojos. Pero todo el mundo tiene un verano y un otoño en su vida, salvo el otoño del ochenta y dos. Añoro pasar horas muertas mirando la calle, procurando entrever un trocito de cielo, una tira de nubes que se estiran y se encogen. Ver el mundo pequeño y América como una sábana verde, en la que este país parece tan poca cosa que apenas se ve. Suspendida, volando en el límite del mapa que divide el día de la noche: un lugar sin destino, cruzando la nuit, cruzando el mar dormido.

Algo suena lejos, una canción nómade, una canción para olvidos, para cuerdas y olvidos. La primera lágrima del año.

La niña todavía quiere subirse al tren equivocado sólo para demostrar que puede. Todavía cree que la inmortalidad es una pregunta seria. ¿Qué es la inmortalidad? ¿Una obra? ¿Un cuerpo amado? ¿Una frase que alguien subraya? ¿Una simpatía, una nariz chistosa, una manera de decir no me quiero ir mientras las uñas se ponen cada día más rojas, más furiosas? Se me escapa todo como un pez, dejándome sólo el roce de las aletas suaves. Eso también es una forma de amar: tocar apenas lo que no puede quedarse. Es más fácil amar lo que no exige ni la vulgaridad de una mañana. Pero ahora estoy en otra cosa. En una vida que me mira de frente y me pide decidir. No sé dónde acaba la soledad y dónde empieza la autonomía. No sé si renunciar a ciertas fantasías es madurar o traicionarme. Es necesario sufrir para llegar a encontrar inútil el sufrimiento. Estoy empezando a creerlo.

El cielo está entreabierto y llueve la música del destello. Algo suena lejos, una canción nómade, una canción para olvidos, para cuerdas y olvidos. La primera lágrima del año. Me acuerdo de la piel obsidiana lamida por la noche, de las muertas casaderas que dan el sí, de esas mujeres que entran al destino vestidas de novia y salen convertidas en advertencia. Todo parece una señal y al mismo tiempo nada quiere decir nada. A veces la vida tiene esa crueldad: junta símbolos, nombres, ciudades, muertos, libros, canciones, y luego se niega a ordenarlos. Te deja ahí, con las botas de jesus freak y la sandía rockanrolera, tratando de entender si lo que estás viviendo es una revelación o simplemente cansancio.

Yo quería ser más clara, pero me salió esto. Yo quería tener una vida limpia, pero tengo una vida llena de migraciones. Magma sin rostro concreto. Quería dejar de partirme, pero cada cambio me abre otra puerta y otra herida. ¿El dolor vive en el presente o sobrevive en el tiempo? Me deshice de relaciones, de planes, de versiones mías que ya no me quedaban. Da de tu mar al sediento. No quiero. Hay días en que no sé si quiero morir o salir a matar. Quizá madurar sea eso: sentarse junto al precipicio sin confundirlo con una orden. Mirarlo, ponerlo al lado, rezar, no porque quiera salvarme, sino porque necesito escuchar que todavía hay algo latiendo debajo de tanta noche. ®

Compartir:

Publicado en: Narrativa

Apóyanos:

Aquí puedes Replicar

¿Quieres contribuir a la discusión o a la reflexión? Publicaremos tu comentario si éste no es ofensivo o irrelevante. Replicante cree en la libertad y está contra la censura, pero no tiene la obligación de publicar expresiones de los lectores que resulten contrarias a la inteligencia y la sensibilidad. Si estás de acuerdo con esto, adelante.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *