No digas nada

¿No tienes nada para leer?

Una tremebunda historia de ficción que bien podría ser realidad, ¿o es al revés? La realidad que viven miles de presos inocentes en las cárceles mexicanas, donde impera la ley del más cruel.

¿Tienes algo para leer? Ilustración creada con IA.

Le cerraron la puerta. Pasó uno o dos días allí, durmiendo en los retretes. No se atrevió a levantarse por miedo a que se lo comieran las ratas. Hasta ese momento sólo había luchado contra sí mismo, recluso, arrancándose el cabello por la impotencia, mientras reventaba su cerebro diciéndose: Mejor que ahora mueras tú para que al menos te entierren con ella, bicho asqueroso. Eh, Ramírez, ¿no tienes nada para leer? Cierra la puerta, le dijo sin mirarlo.

Ni él mismo comprendía por qué aquellos reclusos lo controlaban todo. Absolutamente todo. En cuanto a los otros, en seguida se acostumbró a ellos, a su hedor a hacinamiento, a sus sonrisas perversas y a sus enfermedades.

La vela que alumbraba el hoyo se apagó. Las tinieblas se lo tragaron con ferocidad. Luego despertó. La voz de un celador, que salía de atrás de la puerta, le habló de muchas cosas, a veces incompletas. Le dijo que el hecho de que no recordara mucho de lo que vio reflejaba bien el trauma que había sufrido, y que era mejor así, no recordar nada. Él, a su vez, le gritó lo primero que le vino a la memoria: ¡Son todopoderosos! ¡Sólo querían que dijera la verdad! ¿Y luego? En cada uno de nosotros no paran de descubrir mentiras, mentiras y más mentiras. ¡Y cada vez ellos responderán peor!

Al principio creyó que lo había secuestrado una banda de delincuentes. Pero el carro donde se lo llevaron se dirigió al ministerio público, en donde lo interrogaron a golpes dentro de una sala con olor a excrementos. Estaba leyendo un libro que se llevó de su casa para pasar la noche en la caseta cuando los vio estacionarse a un lado de la carretera, sin que nadie los viera.

Sin embargo, antes, entre tantos sueños deformes, Ramírez volvió a verse en el momento en que estaba con las manos esposadas a la espalda, sentado en una silla dentro del ministerio público donde vivió otro trauma, una tortura tan ingeniosa, tan lograda, que no pudo imaginarse después nada semejante. Volvió a verse siendo electrocutado en los genitales, las orejas y los tobillos. Estos sueños no se olvidan con facilidad. Es más, su sueño le mostró detalles que ya había olvidado, cuando les decía, con una intensidad tal que su voz se fracturaba, que era su primera noche, que él no lo había hecho, que lo estaban confundiendo, que no era el tipo que ellos buscaban. O quizá sí. No lo sabían. Eran cuatro, tres de ellos con placas de judiciales y el otro con pinta de guacho. Eso ocurrió unas semanas antes de que lo encerraran en el hoyo. Al principio creyó que lo había secuestrado una banda de delincuentes. Pero el carro donde se lo llevaron se dirigió al ministerio público, en donde lo interrogaron a golpes dentro de una sala con olor a excrementos. Estaba leyendo un libro que se llevó de su casa para pasar la noche en la caseta cuando los vio estacionarse a un lado de la carretera, sin que nadie los viera, a los cuatro, sacando armas de la cajuela y dándose prisa para esconder a Ramírez dentro del carro, forcejeando y golpeándolo.

Lo dejaron allí, inhumanamente allí, contemplando su desnudez. Entonces no había llorado. Pensó que, si le ganaba el llanto, tan sólo si se le salían las lágrimas, sería aniquilado, no sólo por ellos, sino por la situación. No llegó a entender lo que sucedió cuando perdió el conocimiento. Tuvo la impresión de que algo le habían hecho decir o hacer. Abrió la boca para decir algo; sin embargo, cuando se dio cuenta de que le faltaban algunos dientes, cerró lentamente los labios y engulló los coágulos de sangre que se acumularon en sus mejillas. Pero tampoco lloró. No podía darse ese lujo. Ni cuando lo llevaron al penal, junto con la población de reos malolientes y pervertidos. Ahí también se aguantó las ganas de llorar.

Yo te aconsejo que no digas nada. Si te preguntan si tienes familia diles que no. Porque si les dices que sí, le van a pedir feria cada mes a tu familia para que no te partan la madre. A mí me tocó. Desde un principio les dije que no tenía familia ni nada. Me reventaron. Entraron a mi celda con unos pinches fierros mamalones y me pusieron en la madre. Pero a otros vatos que sí soltaron la sopa los detuvieron ahí y pues valió verga. Les chingaron dinero, casas y hasta se cobraron con sus morras en los días de visita con tal de que no se los putearan.

Los custodios, con una ignorancia y una vileza completas, lo fotografiaron, le tomaron los datos, para luego darle un uniforme anaranjado y echarlo al patio del penal. Y, una vez ahí, no pudiendo con su miedo, todos sus intentos de pasar inadvertido entre cientos de maleantes y psicópatas fracasaron. Pronto se fue a refugiar en un rincón de la prisión, pero ya demasiado tarde. Uno de los reos se acercó. Qué hay, carnal. ¿Cómo terminaste metido en este pedo? A donde quiera que fuese, Ramírez era siempre el centro de atención. Parecía que todos los presos lo reconocían. Pronto se acostumbraría a esa situación. Pero tampoco dejaba de pensar que, en cualquier instante, una jauría de ellos se le echaría encima para devorarlo. Me acusaron de pertenecer a una banda de secuestradores. Que porque les avisaron a los judiciales que ellos trabajaban en la caseta de cuotas. Pero lo que no quisieron entender es que era mi primer día chambeando ahí. Les valió. Me llevaron al ministerio público y me tuvieron ahí como día y medio de pura verguiza. ¿Una pinche verguiza mamalona? Sí, pues, para interrogar. Sí, pues es que los pinches ministeriales, le dijo, lo que quieren escuchar es algo a huevo. ¿Qué edad tienes, carnalito? Diecinueve. Chingao, estás bien morro. Vas a empezar como todos, carnal. Como cualquiera empieza. Hoy te van a poner en tu madre machín. ¿Ves aquel cabrón? Es el mero verga del penal. Cayó él, junto con cinco seis más. Son del cártel de aquí, de este estado. Te van a llevar a una celda y te van a preguntar de todo. De una verguiza no te vas a librar. Una verguiza es de ley. Debes tener cuidado. Si les das información y ellos ven que es mentira, te matan a la verga. Los directores del penal jalan con ellos. El que está encargado de esta madre le da línea al mero mero que es ese güey. Yo te aconsejo que no digas nada. Si te preguntan si tienes familia diles que no. Porque si les dices que sí, le van a pedir feria cada mes a tu familia para que no te partan la madre. A mí me tocó. Desde un principio les dije que no tenía familia ni nada. Me reventaron. Entraron a mi celda con unos pinches fierros mamalones y me pusieron en la madre. Pero a otros vatos que sí soltaron la sopa los detuvieron ahí y pues valió verga. Les chingaron dinero, casas y hasta se cobraron con sus morras en los días de visita con tal de que no se los putearan. Y tampoco se te ocurra ponerte al pedo. Te matan. Todo se puede aquí, güey. Todo. Hasta lo que no te imaginas. Hasta echarte como carne para sus perros. ¿Quién chingados les puede decir algo? Igual después puedes juntarte con algún vato que tenga ya algún hueso con ellos. Así puedes jalar con ellos aquí adentro. Te van a decir que hagas los mandados. Ve para allá, ven para acá. Tráeme esto, tráeme lo otro. Como un pinche chalán chambeándole machín. Son medio mamones, pero también saben que tratan con puro mañoso y con pinta de culeros.

Llovía cuando lo levantaron del piso donde dormía. Ni cuando empezaron a martirizarlo se atrevió a llorar. Sus ganas de sollozar eran evidentes, no había podido ocultarlas. Jamás pudo. Ni siquiera un tanto. Un día, pensó, tendré que derrumbarme, dejarlo salir, como efectivamente ocurrirá, y ni siquiera ese derrumbamiento mío será suficiente para permitirme llorar. ¿Qué onda con ese vato? Mándamelo para acá, escuchó decir. Lo arrastraron al interior de una celda vacía. La habitación estaba tan callada que sentía la respiración de los hombres que lo esperaban. Lo sentaron en una silla y le dieron una hoja y un bolígrafo. A ver, anótame la dirección de tu casa. No me la sé. Ah, ¿no te la sabes? Ahorita voy a hacer que te acuerdes, puto. Vas a ver. Ya casi empieza la fiesta. Casa. Esa palabra, al escucharla, le hizo desear estar en su casa. En casa no le bastaba, aunque precisamente ese concepto es todo lo que lo hacía feliz antes de pisar la cárcel. En realidad, quería estar en ese momento en su casa leyendo algo. Estaba enamorado, si no es que enloquecido, de esa imagen de sí mismo, en casa leyendo un libro con total tranquilidad, como hacía todas las noches después de recorrer las calles en busca de un empleo que nunca conseguía. Realmente podía decirse, en efecto, que sin duda Ramírez era infeliz en esa fantasía, pues era algo que nunca más volvería a ver. Sabía que no saldría vivo de ese lugar. Pero hubiera sido todavía más infeliz si se le hubieran salido las lágrimas, no por el dolor de los golpes, sino por la nostalgia de su casa, sus lecturas y la presencia de su madre.

A ver, tú, güey. Dame una pinche cinta. Ahorita vas a ver, hijo de tu puta madre, a ver si no me dices dónde está. Ahorita vas a ver. Pero aquel gandul se apiadó de él y le selló los labios con cinta americana, lo que evitó que sollozara, para después golpearlo en el vientre con un tubo de acero hasta que se le reventaron las tripas.

Apareció un hampón por detrás de él y lo comenzó a apabullar. Ramírez contuvo las lágrimas y sentía la presión del llanto tan intensamente en su interior que resultaba insoportable. Pero se había obstinado en reprimir sus lágrimas hasta el fin. Del techo de la celda emanaba una luz pálida azulada. A huevo tienes que hablar. Aquí hablas porque hablas. Si no, te vas a llevar tu buena chinga. La neta aquí pasan cosas que nadie sabe. Ni te lo imaginas. Lo único que había en la celda era la mesa, la silla, esos hombres y el piso, ensangrentado como un rastro. Mantuvo su mirada fija en el sangrerío del piso hasta que le dio la sensación de que sus ojos cansados habían sido absorbidos súbitamente por la pregunta del hombre frente a él. A ver, hijo de tu puta madre, ¿dónde está el dinero del secuestro? A ver, tú, güey. Dame una pinche cinta. Ahorita vas a ver, hijo de tu puta madre, a ver si no me dices dónde está. Ahorita vas a ver. Pero aquel gandul se apiadó de él y le selló los labios con cinta americana, lo que evitó que sollozara, para después golpearlo en el vientre con un tubo de acero hasta que se le reventaron las tripas. Podrán tomar todo o casi todo de mí, pensó, también todo lo que, desde luego, es propio de mí, pero no mi llanto. Que me quiten mis gritos, mi sangre, mi vida, muchas cosas que me son provechosas, pero no me van a quitar ni una sola lágrima. Para Ramírez llorar siempre fue perjudicial. Llorar era emular su situación. Aquel emulador lo empeoraba todo, hasta aquello que evidentemente lo destruía más. Y ese reproche que se hacía a sí mismo de mantener el aguante para no llorar no podía quitárselo de la cabeza mientras siguiera con vida.

Sabía que sería todavía más desgraciado si les decía algo. No digas nada, no digas nada, por favor no digas nada. Sin embargo, no fue fácil. No bastaba con sólo mantenerse callado. Pero tampoco pedían otra cosa de él. Ellos podían muy fácil encontrar el miedo que él sentía. Lo podían casi oler. Cámbiale la jeta a putazos. Por su cara lívida iban apareciendo cortes y hematomas. No, no pensaba decirles nada. Su madre estaría dispuesta a entregarlo todo con tal de verlo a salvo. Ella no tenía dinero para pagar las extorsiones. Trabajaba en la maquiladora durante todo el día, a pesar de su enfermedad. Pero Ramírez sabía que estaría convencida de endeudarse con tal de que dejaran tranquilo a su único hijo. Se aprovecharían del amor de madre. Pocos, o quizá ninguno de los que entran a la cárcel, conservan un poco de esa humanidad. Apelar a la humanidad es un error. Perfectos cabrones nos volvemos cuando somos engañados por la supuesta humanidad de los demás. Eso podía verlo en sus caras de sadismo puro, en sus infinitas sonrisas, que nunca pudo olvidar.

¿Por qué no admites que has perdido la fe en Él? Y ahí terminó la conversación. No dijo más. ¿Quién hubiera podido esperar un reproche de Ramírez contra Dios, replicando su sufrimiento con cuantas frases obscenas por haberlo dejado solo en ese infierno, sabiendo que su madre todavía conservaba intacta su fe en Él?

Días después, su madre, recién llegada, lo vio con los ánimos por el suelo. Preferiría que nunca se hubiera enterado de que estaba en el penal, pensó. Mejor que me hubiera dado por muerto o desaparecido y ya. No sólo era enterarse de su interminable condena de años. Se trataba del más obvio sistema de aniquilamiento. Ten, hijo. Te traje un libro para que mates un poco el tiempo aquí adentro. Siempre hice las cosas de manera ambigua, mamá, le hubiera gustado decir en ese momento, siempre de manera confusa, y por eso tantas veces fracasé, y cuando tenía éxito, no duraba tanto. Porque, de pronto, no conseguía trabajo, y cuando me dijeron que solicitaban a un nuevo vigilante en la caseta, que según porque los vigilantes previos ya no regresaron, me lancé para allá y ya tenía el trabajo, y no podía creer que tuviera tanta suerte. No tengo que ser un santo para ser digno de compasión, mamá. Porque la verdad no aguanto más aquí. Ya no me queda salud, ni paciencia, ni veo futuro ni razón alguna para permanecer en este lugar sufriendo y sin poder defenderme, pero tampoco morirme. Quisiera suplicarte que hagas todo lo posible por sacarme de aquí, mamá. Pero somos pobres y sé también cómo funciona todo esto. Tendré que volver a la celda. No te imaginas, mamá, la fatalidad que pesa sobre mi destino. Pero prefiero no decírtelo. No quiero mortificarte más. También, es algo que te puedes suponer. Lo que me desanima y asquea es que todo se vuelve siempre contra mí. Ramírez no pudo pronunciar ni una palabra. De súbito sintió que una sensación de odio hacia sí mismo le traspasaba el corazón al ver a su madre tan devastada. La situación se hacía insoportable. No sabía en dónde estabas. Te estuve buscando por todos lados, hijo. Hasta que me dijeron que estabas detenido. Pero ya vi a un abogado. Tu tío José me lo recomendó. Se ve que es un abogado muy bueno. Ya lo verás. Primero Dios vas a salir de aquí rápido. Y mientras le hablaba, se le fue quebrando la voz hasta que finalmente rompió en llanto. De pronto, Ramírez volvió hacia su madre el rostro, cubierto de una palidez mortal. ¿Qué te pasa, mamá? Nada, hijo. No te asustes. Es una tontería. No te atormentes. Ramírez no es que se odiara por lo que hizo. Es que estaba cansado de permanecer callado para no preocupar más a su madre, de aguantarse el llanto. Quería desahogarse. Estaba cansado de contenerse. Estaba cansado de no poder abrazarla y llorar por todo lo que había pasado. Pero lo que más le preocupaba es que ahora los del cártel ya sabían que sí tenía familia. Nada ocurre exactamente lo previsto. El abogado dijo que se necesita interponer un amparo. ¡Qué infamia! ¡Si tú eres inocente! Pero dijo que la víctima te identificó. Como yo no sé exactamente cómo funciona, me pidió un dinero para convencer al juez y a quien se encarga del caso aquí en el penal. Ya conseguí ese dinero. Tú no te preocupes, hijo. Tuve que empeñar la casa y pedir unos préstamos, pero vas a ver cómo todo esto se resuelve. Digan lo que digan, es un momento muy agradable, porque sé que estás vivo. No sé, mamá, le hubiera gustado responder. Un sarcasmo cruel parece ordenar nuestras vidas. A veces, la oportunidad de vivir acarrea consecuencias peores que la muerte. ¿Crees en Dios todavía, hijo mío? Naturalmente, mamá. ¿Naturalmente? Sí, sí, naturalmente. Sin saber explicárselo a sí mismo, una sensación de pureza y vitalidad ajena a sus emociones presentes en ese encierro le brotaron al decirle que sí, que todavía tenía fe en Dios. ¿Por qué?, le preguntó, sabiendo que lo que le decía era una mentira para mantenerla tranquila. ¿Por qué no admites que has perdido la fe en Él? Y ahí terminó la conversación. No dijo más. ¿Quién hubiera podido esperar un reproche de Ramírez contra Dios, replicando su sufrimiento con cuantas frases obscenas por haberlo dejado solo en ese infierno, sabiendo que su madre todavía conservaba intacta su fe en Él?

Ramírez siguió recordando los ojos de su madre, con esa mirada, que parecía captar lo que él realmente sentía. Más adelante, cuando recordaba ese momento, ya fuera mientras leía el libro que le fue a entregar, o mientras se rascaba los piojos y las liendres que infestaban las celdas, o mientras escuchaba los gritos de los otros reos, todo le parecía infame. ¿De dónde le había venido aquella certeza repentina de que seguir vivo le horrorizaba? Porque en modo alguno podía decir que había, por un instante, considerado colgarse del techo de alguna celda. Pero pensaba en su madre, en lo que sentiría ella. De ahí también su inquietud, su constante ir y venir en su mente, su deambular alrededor de su cerebro y no poder estar quieto. Los del cártel acostumbraban a decir que en el penal ellos controlaban al mil por ciento y que todo era posible para ellos, hasta la más negra, insospechada e inesperada fechoría. A Ramírez eso ya no le importaba. Gradualmente, mientras duraba su encierro, su amor propio lo iba abandonando a cada prueba de humillación. Pero, después de ese incidente, todo cambió.

Esa mañana alguien de afuera había pasado a arrojar algo al interior del penal. Había caído justo en el patio. Ramírez, cuando salió de su celda, vio a una muchedumbre de reos mugrosos rodeando a otro grupo, los del cártel, jugando al fútbol con lo que habían pasado a aventar desde el exterior. ¿Qué habría sentido Ramírez al ver que lo que ellos pateaban no era un balón, sino la cabeza cercenada de su madre? Y aquellos malandros desahogaban su infelicidad pisoteándola y pateándola, mientras gritaban, decían chistes estúpidos y reían repulsivamente.

Sin pensarlo, Ramírez se abalanzó hacia ella, la recogió y la cubrió con besos, para después guardarla entre su pecho. Finalmente logró quebrarse y lloró. Exprimió hasta sus últimos gimoteos. ¿No que no tenías familia, puto? Te lo dijimos, cabrón. Aquí todos pagan. Nada de mentiras. A dondequiera que mirara, todos los rostros eran los de su madre, pero en los cuerpos de cada uno de los reos. Ya tampoco le quedaba aquel escondrijo que estaba todavía en su posesión. Le habían arrancado hasta la última lágrima. De pronto, unos celadores lo cogieron de los brazos y le arrebataron la cabeza. Tuvieron que intervenir otros tres celadores más para poder controlarlo. Gritaba, pataleaba y luchaba con una fuerza que nunca vieron en otro reo. Lo llevaron al hoyo, un calabozo nauseabundo que usaban como celda de castigo. Ahí lo encerraron unos días.

Uno de aquellos celadores, uno que todavía conservaba un poco de humanidad, al día siguiente le fue a entregar el libro que solía leer. Eh, Ramírez, ¿no tienes nada para leer? Cierra la puerta, le dijo sin mirarlo. Estaba fuera de sí. Pero ya no tenía energías. En lugar de retorcerse de la desesperación, pensó en actuar.

Cuando lo sacaron del encierro volvió rápidamente a su celda y tomó una cubeta en donde defecaban los internos. Se dirigió hacia la zona donde los celadores estacionaban sus motocicletas y, de nuevo, volvió sobre sus pasos, dirigiéndose a la celda de la mafia. Ahí viene ese culeado. Vamos a ver a ese puto, a ver qué está haciendo. Estaban los catorce reunidos. Ramírez roció sobre la celda la gasolina que robó. La esparció por todos lados, cubriéndose él y a los demás. Hey, aguanta, aguanta. ¿Qué pedo? Chinguen a su madre, putos. Muéranse todos a la verga. Ahorita van a ver, jotos. Totalmente mojados de combustible sólo hizo falta un cerillo para que la celda bufara por la explosión y una pared tronara a causa de la presión. Justo por esa abertura salieron algunos de ellos, derritiéndose. Y, mientras Ramírez también era consumido por las llamas, tras los primeros momentos de lucidez dolorosa, la idea de volver a casa y leer tranquilamente en su habitación reapareció en su mente. ®

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Publicado en: Narrativa

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