Una oferta que no podrás rechazar

Una fábula de escritores

Un escritor exitoso y otro frustrado. Uno vende miles de ejemplares de sus obras y el otro es ninguneado por los grandes editores. El fracasado, fan de El Padrino, convence al suertudo de participar en un complot…

El Padrino y los escritores… Imagen creada con AI.

Desde que me hice famoso publicar dejó de ser un problema. Cuando acababa un nuevo manuscrito sólo tenía que enviárselo a mi editor. Tengo uno sin otra obligación que atender mis deseos, igual que las mesas de los restaurantes de postín cuentan con un camarero particular, obligado a prestarles una atención exclusiva. Para mi amigo, en cambio, colocar sus libros constituía aún una odisea interminable y enojosa, que le resultaba cada vez más difícil de tragar. ¡Se sentía tan humillado! Repetía que ya estaba demasiado mayor para interpretar otra vez el papel de solicitante en aquella función sin principio ni fin. Había llegado ya el momento de que fueran detrás de él y no la inversa.

—Ya lo verás, Eduardo. Caerán rendidos a mis pies.

Mi amigo era así: le gustaba hacerse el interesante. No quise preguntarle por miedo a que me desarbolara con una historia donde, como siempre, no sabría diferenciar la realidad de la ficción. Una semana después los principales periódicos abrían con la foto de una cabeza ensangrentada de caballo. ¿O se trataba, tal vez, de una escultura hiperrealista? Para el caso, lo mismo daba. Federico Villasanta, el prestigioso editor, la había encontrado en su cama. Alguien la había colocado allí mientras dormía, en una de las muchas habitaciones de la mansión señorial que les había comprado, ya hacía algún tiempo, a los Beckham. Cuando despertó, su ataque de ansiedad hizo temer a los criados que algún dron lanzado por Irán hubiera hecho impacto. ¡Tal fue su manera de gritar! Aunque tenía muchos enemigos, sobre todo novelistas despechados, los “refusés”, no podía imaginar quién podía estar detrás de aquella maniobra de mal gusto. No había recibido ninguna amenaza, ni siquiera una nota explicativa. Yo sabía que mi amigo era un fanático de la saga de El Padrino, así que, por un momento, imaginé que él podía estar detrás de todo aquello.

—Noooooo —me dije a mí mismo sonriendo por lo que creía que era una idea tonta. Descabellada, hablando en propiedad. 

El día anterior mi amigo me había llamado para disertar sobre Coppola. Estuvimos hora y media diseccionando su filmografía con todo tipo de detalles. Empecé a sospechar entonces que aquella conversación no tenía nada de casual. Tenía que hacer algo, no podía permitir que aquel aspirante a Nobel de Literatura se sumergiera en aquella locura…

Pasaron cuatro días más y la operación volvió a repetirse. Esta vez el damnificado fue Carlos Sigüenza, el artífice del premio literario más prestigioso de España, tanto que ningún ganador del Planeta se atrevía a presentarse. El día anterior mi amigo me había llamado para disertar sobre Coppola. Estuvimos hora y media diseccionando su filmografía con todo tipo de detalles. Empecé a sospechar entonces que aquella conversación no tenía nada de casual. Tenía que hacer algo, no podía permitir que aquel aspirante a Nobel de Literatura se sumergiera en aquella locura que acabaría, sin duda, con desagradables consecuencias penales. Cogí su teléfono y decidí que no era el momento de andarse con rodeos.

—¿Qué has hecho?
—¿A qué te refieres?
—No me tomes por tonto. Sé que eres tú el de las cabezas de caballo.
—Esto no es para hablar por teléfono, Eduardo. Quién sabe si hay alguien escuchándonos. Todo es posible.

Así que lo reconocía. Cogí el coche y una hora después estaba en Torredembarra, su pueblo, un lugar encantador con una playa interminable. Tenía que poner un poco de sensatez en aquella mente desquiciada por el trabajo.

—Te noto cansado. Tienes los ojos mortecinos.
—Tanto mirar pantallas no es bueno. Hace escocer los ojos. Este sábado iré a revisarme la vista. Otra vez.
—Trabajas demasiado. Deberías distraerte.
—Ahora no, Eduardo. Alguien se me podría anticipar.
—¿Alguien? ¿Quién?
—Uno de ellos.
—¿De quién estás hablando?
—El sistema no dudará en enviar a uno de sus sicarios contra mí.

Desvié la mirada hacia su mesa atestada de papelotes. Uno de los capítulos de su libro se titulaba exactamente de esa forma. Había llegado el momento de confrontar a los hechos aunque fuera brutalmente. Quien bien te quiere te hará llorar. Los refranes siempre son verdaderos.

—¿No has pensado que sucederá si escribes 500 páginas y después te las tienes que comer? ¿Merece la pena todo esto?
—Esta vez será distinto. Voy a hacer a los editores una oferta que no podrán rechazar.
—Estoy empezando a pensar que has visto El Padrino demasiadas veces. ¿No se te ha ocurrido pensar que te puede ocurrir lo mismo que al bueno de don Alonso Quijano con los libros de caballería?
—Voy a vengarme. Por todas las veces que ni siquiera se han molestado en responder uno de mis emails. Por todos los derechos de autor que nunca he cobrado. Por todos los días del libro en los que nadie me ha pedido un autógrafo porque nadie me había invitado a firmar.

Si aquella escena hubiera correspondido a una película, ése era justo el momento de la fanfarria triunfal. Lo que pasó fue muy distinto. Sentí un escalofrío, una sensación cortante. Mi amigo parecía haberse vuelto loco. Tenía que convencerle de que retornara al camino de la sensatez. Saqué entonces toda mi artillería retórica.

—En la cárcel no vas a encontrar inspiración para escribir.
—Voy a hacerlo, Eduardo. Y tú me vas a ayudar.
—¿Yo? ¿Por qué debería hacerlo? Ahora soy un autor de éxito.
—Ahí está la cosa. Vendes miles de libros y te siguen ninguneando. Tú mismo me contabas el otro día que no has recibido los veinte ejemplares de tu última novela. Por no hablar de la forma en que te imponen los temas. En cambio, tu libro sobre el viaje a Iquitos, lo mejor que has hecho, lleva años cogiendo polvo en un cajón.

Palidecí de golpe. Iquitos, aquel viaje al interior de la selva en el que estuve a punto de morir. Nunca había vivido una aventura semejante. Cada vez que la recordaba la sensación de sentirme vivo oscurecía lo intolerable del peligro.

Mi libertad creativa brillaba por su ausencia y eso me dolía sobre todo cuando estaba en juego un episodio tan decisivo de mi vida. Si por un libro merecía la pena batallar, era por ése. Pero me había dejado domesticar. A medida que ascendía en la pirámide social notaba, como un Michael Corleone en pos de la redención imposible, que el ambiente se hallaba cada vez más enrarecido.

—No estuve allí. Pero siempre me has dicho que, de algún modo, aquello mereció la pena. Tu libro transmitía una poderosa sensación de serenidad frente a esa muerte que parecía, en aquellos momentos, inevitable. Todo lo que había dicho era cierto. Había creído, en los tiempos oscuros, que, si algún día disfrutaba de fama y fortuna, tendría la posibilidad de escribir lo que yo quisiera. En esto, mis sueños no se habían cumplido. Mi libertad creativa brillaba por su ausencia y eso me dolía sobre todo cuando estaba en juego un episodio tan decisivo de mi vida. Si por un libro merecía la pena batallar, era por ése. Pero me había dejado domesticar. A medida que ascendía en la pirámide social notaba, como un Michael Corleone en pos de la redención imposible, que el ambiente se hallaba cada vez más enrarecido. Demasiados trasuntos de los Borgia dispuestos a sacrificar la literatura con tal de vender tres ejemplares de más. ¡Así eran de insaciables! Me sentía estupefacto: ¿Yo también me había dejado arrastrar a la frontera borrosa entre ficción y realidad? ¿Me había contagiado mi amigo algo de su locura? Ensayé, de todas formas, un contraataque.

—Es el precio de…
—El precio de la esclavitud, Eduardo. Piénsalo bien.

De pronto se hizo una luz en mi cabeza. No podía creerlo. Me había convencido. Aunque pareciera satisfecho con mi rutina, yo también estaba harto de tanta servil reverencia al clickbait. De tanto sacrificio en el altar de la ignorancia y la vulgaridad. Así que hice lo que tenía que hacer cuando me anunció el plan.

—Vas a saber a quién le pondremos la próxima cabeza.
—¿Es necesario? —le pregunté con una expresión de fastidio infinito—. El caso es que le tengo alergia a la sangre.
—Yo también. No te preocupes por eso. Sólo tenemos que coger la que nos parezca y hacer una copia en 3D.

Lo miré incrédulo.

—¡Cómo se nota que no sabes de tecnología! —me regañó casi paternal.

Lo miré fijamente. Él insistió.

—¡Cuando tengamos la reproducción sólo tendremos que pintarla de color! Como esa estatua policromada del Museo de Módena. ¡Parecía tan real!

—¿Quieres decir que esos editores escandalizados no han sabido diferenciar un animal de carne y hueso de una burda imitación?
—Esa gentuza sólo busca notoriedad. Si para vender libros se tienen que hacer las víctimas, pues adelante.
—¿Te das cuenta de que, en ese caso, le estás ayudando a hacer negocio?

Mi amigo se quedó petrificado. Sin habla. Sin acertar a decirme ni adiós se marchó a su casa y estuvo una semana sin llamarme por teléfono. Durante ese tiempo mis ganas de pelear convivían con la sensación de que me había librado de una buena al detener un proyecto loco. Por suerte, en el día octavo, cuando volvimos a hablar, su voz sonaba con el acostumbrado entusiasmo con el que hacía fácil lo difícil en un audaz truco de prestidigitación.

—He revisitado, como dicen ahora los finolis, Caballero sin Espada. Capra tenía razón: las causas perdidas son las únicas por las que merece la pena luchar.
—¿Entonces otra vez al ataque? —le pregunté satisfecho por el destello de ilusión que desprendían sus ojos.
—Otra vez. No puedo dejar que Elon Musk se salga con la suya. Manipula los algoritmos para restarme lectores.

Sonreí. Mi amigo había vuelto. ®

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Publicado en: Narrativa

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