El problema no es que la FIFA genere recursos, toda organización requiere financiamiento para operar, el problema surge cuando los principios deportivos parecen ceder terreno frente a los intereses económicos.

Aquel hombre que pierde la honra por el negocio, pierde el negocio y la honra.
—Anónimo
Cada cuatro años la Federación Internacional de Fútbol Asociación (FIFA) nos recuerda que el fútbol es mucho más que un deporte; nos habla de unión, de convivencia entre los pueblos y de la capacidad de un balón para derribar fronteras que la política se empeña en levantar.
Sin embargo, cuando observamos con detenimiento la organización de esta Copa del Mundo resulta inevitable preguntarnos si la FIFA aún cree en ese discurso o si simplemente lo utiliza como una eficaz estrategia de mercadotecnia.
El Mundial de 2026 es hasta el momento el más grande de la historia. Más selecciones, más partidos, más patrocinadores, más transmisiones y, por supuesto, más ingresos.
Nunca antes una Copa del Mundo había representado una oportunidad económica tan grande para la FIFA y sus socios comerciales.
La ampliación a 48 equipos fue presentada como una medida de inclusión que permitiría a más países vivir la experiencia mundialista, aunque detrás de ese discurso también existe una realidad innegable: que nunca antes una Copa del Mundo había representado una oportunidad económica tan grande para la FIFA y sus socios comerciales.
El problema no es que la FIFA genere recursos, toda organización requiere financiamiento para operar, el problema surge cuando los principios deportivos parecen ceder terreno frente a los intereses económicos.
La elección de Estados Unidos, México y Canadá como sedes conjuntas pretendía enviar un mensaje de integración regional, pero los tres países enfrentan desafíos sociales y políticos importantes.
A ello se suma una realidad particularmente delicada de algunas selecciones que están compitiendo en un entorno marcado por tensiones diplomáticas ajenas al fútbol.
Es innegable que durante los últimos años el gobierno estadounidense ha mantenido una postura especialmente rígida frente a diversos países con los que sostiene conflictos políticos o estratégicos.
Las declaraciones y políticas migratorias dirigidas a ciertas naciones han generado dudas razonables sobre las condiciones en las que sus representantes participan en el torneo.
La igualdad deportiva no comenzó cuando el árbitro pitó el inicio del encuentro, debería haberse iniciado mucho antes, desde la planeación logística, la movilidad, la concentración y las condiciones de estancia de cada delegación.
Si algunos equipos enfrentaron obstáculos adicionales derivados de decisiones políticas de uno de los países anfitriones, mientras otros disfrutan de condiciones normales de preparación, difícilmente puede hablarse de una competencia plenamente equitativa.
El fútbol nació como un espacio de encuentro entre pueblos, la Copa del Mundo representa —al menos en teoría— una tregua simbólica donde las diferencias políticas quedan fuera de la cancha.
Resulta llamativo que una organización que suele proclamarse neutral haya permanecido prácticamente en silencio frente a estas situaciones que pueden haber afectado el desarrollo deportivo del torneo, más aún cuando la propia FIFA ha demostrado en otras ocasiones que sí está dispuesta a intervenir cuando considera que factores políticos interfieren con el fútbol.
La contradicción se vuelve todavía más evidente cuando recordamos la cercanía institucional que la FIFA ha buscado mantener con los líderes políticos de los países anfitriones.
Mientras se celebran ceremonias, reconocimientos y discursos sobre la grandeza del deporte, pocas voces dentro del organismo parecen dispuestas a cuestionar decisiones gubernamentales que pueden afectar directamente a algunas selecciones nacionales.
La paradoja resulta más que evidente, el fútbol nació como un espacio de encuentro entre pueblos, la Copa del Mundo representa —al menos en teoría— una tregua simbólica donde las diferencias políticas quedan fuera de la cancha.
Sin embargo, en la práctica la FIFA parece cada vez más preocupada por garantizar contratos, audiencias y ganancias que por defender las condiciones de igualdad que deberían regir la competencia.
Ningún país está libre de conflictos, y tampoco puede exigirse a la FIFA que resuelva los problemas geopolíticos del mundo, lo que sí puede demandársele es congruencia.
Si el organismo insiste en presentarse como un promotor de la paz, la inclusión y la fraternidad entre las naciones, entonces debe actuar en consecuencia cuando esas ideas se ven amenazadas.
De lo contrario, el Mundial dejará de ser la fiesta universal que promete ser para convertirse en algo mucho más simple: el evento deportivo más rentable del planeta; esa diferencia, aunque parezca pequeña, cambia por completo el sentido del juego.
Porque no debe olvidarse que la verdadera medida de una organización que gobierna el deporte más popular del planeta no está en los ingresos que genera, sino en la diferencia que hace para acercar a los pueblos que dice representar. ®
