Christopher Nolan nos ofrece el resultado del mayor desafío de su carrera como cineasta, para ello utilizó la más preciada joya literaria de la humanidad: La Odisea, cuya estructura tiene todos los elementos que le encantan y de uso frecuente en su obra.

Es voluntad de los dioses
tejer desgracias a los hombres,
para que las generaciones futuras
tengan historias que cantar.
La Odisea / Canto VIII / Verso 580
Christopher Nolan continúa con esa tradición de la cultura occidental de reinventar este clásico tres veces milenario, acaso el mayor tesoro literario de la humanidad.
Para situar un contexto, los conteos más optimistas consideran que se ha perdido el 90% de la literatura de la antigüedad clásica grecolatina. De los 250 autores y más de 365 libros citados por Diógenes Laercio en su célebre Vida y opiniones de los filósofos ilustres, en más del 95% sólo quedan sus nombres y unos pocos renglones en el mejor de algunos pocos casos, y de la mayoría no queda nada de registro histórico directo.
En cambio, por alguna razón, la humanidad ha preservado con extraño fervor durante milenios la obra de ese conjetural rápsoda ciego. El erudito Philip H. Young, en The Printed Homer, registra, año por año desde 1470 hasta el 2000, exactamente 5,586 impresiones de la obra de Homero en orden cronológico.
Esta creación colectiva transmitida en forma oral por bardos trashumantes desde la Edad de Bronce fue mandada fijar en un texto único por el tirano Pisístrato de Atenas en el siglo VI a.C. Los filólogos de la Biblioteca de Alejandría, en especial Aristarco de Samotracia, le dieron a La Odisea su forma canónica definitiva en el siglo II a.C., con su actual división de 24 cantos en versos hexámetros con pies dáctilos y espondeos para este arcaico poema épico heroico, que, paradójicamente, también es la primera novela moderna no lineal, con audacias estructurales como la de comenzar in media res, avanzando y retrocediendo en el tiempo, con relatos anidados unos dentro de otros.
Casi tres milenios después, los ecos y reflejos de los avatares y penalidades del ingenioso y astuto rey de Ítaca —que también pudieran ser las mentiras y exageraciones que un marido le urdió a su esposa para intentar explicar la inexplicable magnitud de una ausencia—, siguen cautivando a las mentes humanas
Christopher Nolan nos muestra su personal versión de las desventuradas aventuras del ingenioso Ulises en la década que transcurrió desde la caída de Troya hasta su regreso a Ítaca. Añade su propia reinterpretación, otra más, a las muy numerosas y milenarias de Hesiodo, Esquilo, Sófocles y Eurípides, Píndaro y Apolodoro en la Grecia clásica. Y desde que, en la antigua Roma, Livio Andrónico la tradujera por primera vez al latín —incluso antes que La Ilíada—, lo mismo hicieron Virgilio en la Eneida, además de Horacio y Ovidio, Varrón, Cicerón y Séneca, Propercio, Plauto y Apuleyo, Marcial y Boecio, Plotino la analizó. Siguieron Dante en La Divina Comedia, Shakespeare en Troilo y Crésida, Pedro Calderón de la Barca en España, Fénelon en Francia y Lord Tenninson en Inglaterra. Ya en el siglo XX reinterpetaron a Odiseo sus ilustres compatriotas griegos Cavafis, Kazantzakis y Seferis, además de los italianos Cesare Pavese y Alberto Moravia. Robert Graves en La hija de Homero atribuye a una Nausicaa siciliana la autoría de La Odisea. Hasta Franz Kafka hace su variación en el microrrelato El silencio de las sirenas.
Para culminar en 1922 con el Ulysses de James Joyce, que inspirado en La Odisea rehizo los diez años del regreso de Odiseo en una sola jornada del 16 de junio de 1904 en Dublín, y además con este audaz texto vanguardista también revolucionó la literatura occidental entera.
Casi tres milenios después, los ecos y reflejos de los avatares y penalidades del ingenioso y astuto rey de Ítaca —que también pudieran ser las mentiras y exageraciones que un marido le urdió a su esposa para intentar explicar la inexplicable magnitud de una ausencia—, siguen cautivando a las mentes humanas siempre ávidas de los ensueños y fantasías que los distraen del hastío del tedio cotidiano.
Decía Borges: «La Odisea, que cambia como el mar…». También Nolan nos ofrece su muy personal versión del relato homérico, del que, por un lado, intenta replicar la estructura original de avances y retrocesos pero, a su vez, integra pequeñas pero significativas variaciones; aparte de las necesarias omisiones para ajustar el tiempo, que con todo y las elipsis argumentales dura casi tres horas que, la verdad, se pasan rápido.
El núcleo central en el que gira la película es el remordimiento y el sentido de culpa que arrastra Odiseo durante todo el relato por haber transgredido la xenia, el divino mandato de Zeus de la sagrada hospitalidad con los extraños y los extranjeros, al haber destruido a Troya y masacrado a sus habitantes con el ardid del gigantesco caballo de madera, utilizando con engaños a un inocente joven itacense.
Pues bien, en los 12,110 versos de La Odisea original sólo se describen 27 modelos de comportamiento en los que se alude a la xenia. de esos sólo nueve tipos se refieren a xenias disfuncionales, a violaciones a ese sagrado código de hospitalidad. Y, a su vez, de esos nueve, sólo uno en particular, la abusiva estadía de los pretendientes en el palacio de Odiseo, es la única violación al protocolo de la Xenia que aparece mencionada repetidamente en trece de los 24 cantos. Los restantes ocho son muy breves, de unos cuantos renglones (Steinhäuser, 2020). Conclusión: en todos los versos de La Odisea jamás aparece señalada como xenia disfuncional la traicionera artimaña del fatídico equino de madera ofrecido como falsa ofrenda a Atenea y que causó el holocausto de Troya. O sea, el eje central, la pesadumbre por su transgresión que carga Odiseo en su escabroso retorno a su reino de origen, el pivote en el que gira toda la película de Nolan es una reinterpretación y aportación personal del cineasta británico, jamás mencionada por los arcaicos aedas protohistóricos que nos legaron ese poema heroico.
Ese personal añadido está tan bien hecho y meditado, tan bien integrado, que parece original y cantado por el mismísimo Homero. Nolan puso como tesis central este fenómeno actual: el maltrato y el abuso, la violencia y el odio hacia los empobrecidos migrantes por parte de los poderosos de las naciones más pudientes. Es la negación de lo mejor que tiene la humanidad: el respeto a la sagrada hospitalidad con el viajero extranjero que perseguido, exhausto y famélico, busca refugio, alimento y descanso; fenómeno manifestado en casi todas las culturas del planeta, no sólo en la de la Antigua Grecia. Me parece muy brillante y artísticamente bien integrado ese personal giro argumental que Nolan le da a La Odisea.
Ya lo había señalado Aristóteles en La Poética, al inicio del capítulo XXIV, que La Ilíada era simple y trágica, y que La Odisea era compleja y ética.
En el episodio del cíclope Polifemo se omiten la serie de marrullerías utilizadas para vencerlo: el uso del nombre falso de ‘Nadie’, la borrachera con el potente vino dulce, el escape de la cueva atados a los vientres de las ovejas. O muy apenas se muestra la tan celebrada elocuencia del héroe desplegada en el poema para evadir con elegancia torera el capricho amoroso de las poderosas deidades Circe y Calipso.
Matt Damon interpreta con su habitual oficio y maestría a un Odiseo oscuro, melancólico y agobiado por la culpa; muy lejano del Ulises homérico tan astuto (πολύμητις – polýmētis) y elocuente, tan lleno de trucos y artimañas (πολύτροπος – polýtropos). Incluso, la cinta de Nolan —aparte del ardid del caballo— no muestra la muy amplia panoplia de argucias del protagonista en las que abunda el poema. Verbigracia, en el episodio del cíclope Polifemo se omiten la serie de marrullerías utilizadas para vencerlo: el uso del nombre falso de ‘Nadie’, la borrachera con el potente vino dulce, el escape de la cueva atados a los vientres de las ovejas. O muy apenas se muestra la tan celebrada elocuencia del héroe desplegada en el poema para evadir con elegancia torera el capricho amoroso de las poderosas deidades Circe y Calipso. Aparte de lo anterior, Matt Damon desarrolla un creíble y memorable Odiseo con particulares matices sombríos y nostálgicos.
Si de por sí La Odisea es un poema heroico en el que las mujeres desarrollan un papel muy importante, esa característica se acentúa más en la película de Nolan, que se inspiró en la traducción de la académica oxoniense Emily Wilson, la primera mujer en traducir La Odisea al inglés, y quien conservó los 12,110 versos del original pero vertidos en pentámetros yámbicos en lugar de los hexámetros dactílicos homéricos. La simpatía de Nolan no fue mutua; la doctora Wilson publicó una puntillosa crítica en contra en la prestigiada London Review of Books.
La historia de las traducciones de la obra de Homero es todo un capítulo aparte. El insigne Jorge Luis Borges abunda sobre el tema en su ensayo Las versiones de Homero (1932), en el que describe la de Samuel Butler como una «irónica novela burguesa», y dictamina que «No es imposible que la versión calmosa de Butler sea la más fiel». Por cierto, Butler en su ensayo La autora de la Odisea (1897) fue el primero en aventurar que la autoría de la obra corresponde a una mujer. Basado en esa hipótesis el poeta Robert Graves escribió su novela La hija de Homero (1955).
Nolan continúa y acentúa la tendencia de enfatizar la sensibilidad y especial impronta femenina que caracterizan a La Odisea y que la diferencian del derroche de violencia y testosterona que se prodiga en La Ilíada.
Lo anterior se muestra en la convincente Penélope de Anne Hathaway, que con suave fortaleza reinterpreta a la reina de Ítaca, según el giro que le da Nolan al personaje: más poderosa, más firme y sólida; sin abandonar el matiz afectuoso, entrañable e inteligente del milenario arquetipo encarnado por la cónyuge de Ulises. La consistencia y resiliencia de su comportamiento se muestra no sólo frente a las sórdidas amenazas de los pretendientes que la acosan, sino, también, ante su hijo, Telémaco, que en el texto original la llega a callar en público y a relegar a un papel secundario.
Además de la relevancia dramática de esta Penélope de Anne Hathaway —que evoca a la de Irene Papas en la versión italiana de 1968— destacan, también, la actuación de Zendaya como una Atenea que aparece más bien como una especie de visión intermitente, como un diálogo interior lleno de simbolismos con una alucinación, más que las interacciones tan realistas de la diosa en el poema original.
Si bien es claro que La Odisea no es un poema con contenidos eróticos, sí aparecen descripciones de acciones que implican sexo. Se pueden dividir en tres: la relación Penélope–Odiseo, las prolongadas relaciones íntimas de Odiseo con las ninfas Circe y Calipso y los intercursos entre los pretendientes y doce de las siervas.
En La Odisea homérica se manifiestan alrededor de una decena de divinidades olímpicas, pero en esta cinta nada más aparecen tres: la mencionada Atenea de Zendaya y dos deidades más, la hechicera Circe, interpretada por Samantha Morton, y la seductora ninfa Calipso, por Charlize Theron. La doble y breve interpretación de Lupita Nyong’o es quizá la más conspicua y audaz licencia poética que se permite Nolan en la cinta: el divino anátido que inseminó a Leda, la reina de Esparta y madre de Helena y Clitemnestra, era un cisne negro.
En la reformulación de la personal Odisea de Nolan y respecto a lo que se aparta del texto homérico, dos variaciones destacan: por un lado, el remordimiento de Ulises por la estratagema del caballo que aniquiló a Troya, y por el otro, la supresión casi total de escenas de amor sexual. Si bien es claro que La Odisea no es un poema con contenidos eróticos, sí aparecen descripciones de acciones que implican sexo. Se pueden dividir en tres: la relación Penélope–Odiseo, las prolongadas relaciones íntimas de Odiseo con las ninfas Circe y Calipso y los intercursos entre los pretendientes y doce de las siervas.
Pues bien, excepto la púdica escena horizontal entre los cónyuges protagonistas y un raudo ósculo entre el pretendiente Antínoo y la traidora criada Melantho, no hay sexo en La Odisea de Nolan a pesar de su clasificación R. Pero, atención, si nos fijamos bien, es que no hay sexo en la totalidad de la obra de Christopher Nolan, con la única y solitaria excepción de una escena sexual explícita en Oppenheimer entre Jean Tatlock y Robert Oppenheimer ¡y leyendo el Bhagavad Gita!
Sobre los protagonistas masculinos, se puede decir que el Telémaco de Tom Holland quizá sea la interpretación menos consistente de ese casting de lujo. El príncipe de Ítaca de la cinta deja una impronta de debilidad y blandura que no se advierte en la epopeya escrita, aunque sí su inexperiencia y juventud.
El Antínoo de Robert Pattinson es una cátedra de cómo interpretar la ruindad y la vileza con unos pocos gestos despectivos y destilar la vesania en los escasos segundos de una helada sonrisa y torcida mirada. La memorable actuación de este colaborador habitual de Nolan destaca como el líder de los pérfidos pretendientes que, abusando de la sagrada ley de la hospitalidad, conspiran para apoderarse del trono de Ítaca ante la ausencia del errante rey guerrero.
El resto del crew de actores no se queda atrás: Benny Safdie como el hierático Agamenón el Atrida, rey de Micenas. John Bernthal como Menelao, el cornúpeta soberano de Esparta, cuyo honor mancillado por el rapto de Helena fue el casus belli de la expedición punitiva. También relevante es Himesh Patel como un convincente Euríloco, el compañero y cómplice de las azarosas aventuras del protagonista. John Leguizamo prueba que no hay papel pequeño, con su Eumeo, el fiel porquerizo invidente (discapacidad cortesía de Nolan). Elliot Page como Sinón, el joven e inocente soldado itacense cuyo sacrificio es decisivo en la trampa del caballo, y que tampoco aparece en La Odisea original al ser un añadido que Nolan tomó prestado de La Eneida.
A petición del propio Nolan, Göransson prescindió de la orquesta tradicional y utilizó 35 gongs de bronce, además de liras griegas de cuerdas semejantes a las antiguas, y lo más difícil, el uso del aulos, la antigua flauta doble utilizada en la Grecia clásica que desapareció y hubo de ser reconstruida para su uso.
Pasando al capítulo de la música, realizada por el multipremiado compositor sueco Ludwig Göransson —quien viene de triunfar con el excepcional soundtrack de Sinners—, hay varios elementos muy destacados. Para empezar, el formato IMAX hace que los scores retumben en las tripas. Qué impresionante y visceral inmersión sonora sucede durante las tres horas de proyección. Asimismo, a petición del propio Nolan, Göransson prescindió de la orquesta tradicional y utilizó 35 gongs de bronce, además de liras griegas de cuerdas semejantes a las antiguas, y lo más difícil, el uso del aulos, la antigua flauta doble utilizada en la Grecia clásica que desapareció y hubo de ser reconstruida para su uso, lo anterior amalgamado por sintetizadores y coros tradicionales de Albania, para crear algo realmente novedoso al intentar reproducir la música griega de la Edad del Bronce; muy atrás quedaron las exuberancias sinfónicas de Hans Zimmer…
Si Christopher Nolan ofreció una innovadora propuesta en música y sonido, en lo que respecta a la imagen y fotografía se aventó una verdadera proeza técnica, y con el apoyo de su director de fotografía, el neerlandés Hoyte van Hoytema, concretó la arriesgada e inédita decisión de filmar toda la cinta en IMAX con salida en 70 mm, el primer largometraje comercial jamás realizado en su totalidad en ese formato. Tuvieron que superar una buena cantidad de problemas técnicos: para empezar el elevado peso, tamaño y nivel de ruido de la cámara. Y por si fuera poco, sólo tiene capacidad para tres minutos de filmación y hay que volverla a cargar, interrumpiendo la secuencia. En total utilizaron 610 kilómetros de película. Fueron 91 largos días en locaciones reales de Grecia, Sicilia e Italia continental, Marruecos, la costa escocesa y los páramos de Islandia, ademas de rodar en un drakkar vikingo en alta mar. Además, no se usó pantalla verde y las animaciones digitales (CGI) se redujeron al mínimo, en su lugar se utilizaron trucos de perspectiva, pinturas y telones pintados. Al filmar en IMAX el proceso es analógico. Para el cíclope Polifemo se construyó una marioneta real de 18 metros de altura al interior de una cueva en Grecia, inspirada en el Saturno devorando a su hijo, de Goya. Para las escenas nocturnas fabricaron mil paneles con leds que simulaban el parpadeo del fuego real. Dato relevante: la paleta de color es influida por el daltonismo que sufre Nolan entre el rojo y el verde.
Christopher Nolan, con su obra, personifica una curiosa paradoja, por un lado prefiere trabajar en escenarios naturales con película analógica más que en estudio con video digital, un tradicionalista que prefiere el sonido directo al doblaje y los efectos teatrales mejor que imágenes generadas por computador, y por el otro es proclive a audacias conceptuales de lógica, matemáticas y física tales como teseractos, mise en abyme, banda de Möbius, escaleras de Penrose, tonos de Shepard, palíndromas y música retrógrada, inversiones de la línea de tiempo… un insólito nerd haciendo cine.
Nolan le añade sus peculiares ideas fijas del remordimiento y la culpa, la causalidad, la codicia y el miedo, la ambigüedad moral y las audacias argumentales, la naturaleza del tiempo, poco o nada de sexo… Y para ello utilizó inéditos recursos creativos y tecnológicos jamás usados antes a ese grado en la historia de la industria cinematográfica.
Concluyendo: Christopher Nolan nos ofrece el resultado del mayor desafío de su carrera como cineasta, para ello utilizó la más preciada joya literaria de la humanidad: La Odisea, cuya estructura tiene todos los elementos que le encantan y de uso frecuente en su obra: guión complejo con avances y retrocesos en el tiempo y en el espacio, analepsis, elipsis y metaficción, historias anidadas, la pérdida de la memoria y la identidad personal, moralidad, corrupción y luchas de poder, nostalgia y el regreso al origen, sino y venganza, destino y mucha acción. Nolan le añade sus peculiares ideas fijas del remordimiento y la culpa, la causalidad, la codicia y el miedo, la ambigüedad moral y las audacias argumentales, la naturaleza del tiempo, poco o nada de sexo… Y para ello utilizó inéditos recursos creativos y tecnológicos jamás usados antes a ese grado en la historia de la industria cinematográfica.
Queda muy claro que La Odisea de Christopher Nolan fue creada para ser una obra maestra, pero, como dice Borges, éste es un género que requiere cierta inocencia de parte del autor.
Si se quisiera etiquetar a la cinta con una sola palabra, ésta sería ambiciosa. Que, por cierto, me recuerda un concepto muy griego, el de la hybris. La principal falta en la cosmogonía griega: la del orgullo y la transgresión de los límites, la arrogancia y la desmesura.
¿Estamos ante una verdadera obra maestra? El mejor juez es el tiempo. No soy quién para dictaminarlo, pero sí puedo decir que me impactó sobremanera y es lo más abrumador e imponente que he visto en los últimos años. ¿Acaso no es ésa la finalidad del Arte? La Catharsis de Aristóteles, transformar al espectador y hacerle ver al mundo de diferente manera. Como decía Kant del Arte: «El macrocosmos penetra en un cerebro humano, se manifiesta en él y revela la ley profunda y misteriosa de las cosas…».
Para terminar, no puedo dejar de mencionar que la escena que más me impresionó fue la del canto de las sirenas y la síntesis de Odiseo.
Sentí que me la cantaban a mí…
