Es casi inevitable que la mente lea este poema de Elena Garro en clave biográfica, persiguiendo la identidad de esa “O.” que lo titula.

O.
Todo el año es invierno junto a ti,
Rey Midas de la nieve.
Huyó la golondrina escondida
en el pelo.
La lengua no produjo más ríos
atravesando catedrales ni eucaliptos
en las torres.
Huyó por la rendija la ola azul
en cuyo centro se mecía la paloma.
El cielo blanco bajó para ahogar
a los árboles.
El lecho es el glaciar que devora
los sueños.
Surgió el puñal de hielo
para cercenar minuciosamente
la pequeña belleza que defiendo.
El sol se aleja cada día más
de mi órbita.
Sólo hay invierno junto a ti,
amigo.
Elena Garro
El estudio preliminar de Patricia Rosas Lopátegui en Cristales de tiempo (2023)[1] y A mi sustituta en el tiempo (2024)[2] nos ha mostrado muy bien el contexto en que el poema se escribió y lo que esa “O.” representaba para Elena Garro.
Pero propongo otro camino: dejar de lado el referente biográfico y centrarnos en lo que el poema produce en quien lo lee y en cómo cartografía el cuerpo que siente de la voz lírica.
Sin estridencias —no hay gritos, no hay exclamaciones, sólo una constatación que va calando—, el poema consigue lo que ninguna otra forma de lenguaje conseguiría: que se apodere de nosotros una desolación profunda que nos deja sin aliento.
Elena Garro expresa con sus metáforas la huella corporal, la sensación aún no nombrada como emoción. Si atendemos a esas huellas, vemos que no son emociones ya etiquetadas —“tristeza”, “rabia”—, sino el movimiento que una sensación imprime a nuestra potencia vital: encogerse, vaciarse, quedarse sin respiración…[3] El poema no nombra emociones: las produce en quien lee. Nos arrastra a experimentar un devenir–menos, una pérdida creciente.
Sin estridencias —no hay gritos, no hay exclamaciones, sólo una constatación que va calando—, el poema consigue lo que ninguna otra forma de lenguaje conseguiría: que se apodere de nosotros una desolación profunda que nos deja sin aliento.
Con la metáfora del rey Midas invertida, “Rey Midas de la nieve”, aparece la primera huella: podemos sentir el cuerpo contraído, replegado por el frío. El poema entero es invierno. “Todo el año es invierno junto a ti”. No hay primavera, no hay cambio. La voz lírica no puede expandirse: la nieve impide su avance.
Aparece después el vaciamiento que despoja. Todo lo vital huye. Primero, lo íntimo: “Huyó la golondrina escondida en el pelo” —esa golondrina que trae la primavera, que estaba refugiada en un lugar íntimo, se va. La palabra calla, desaparece. “No produjo más ríos / atravesando catedrales ni eucaliptos / en las torres”. Después, lo vital: “Huyó la ola azul” en cuyo centro se mecía la paloma. La “ola azul” sugiere un impulso vital; la “paloma” meciéndose en su centro, la armonía con la naturaleza. Pero todo ello se va por una rendija, por una abertura mínima. Y finalmente, lo cósmico: el sol mismo se aleja de la órbita de la voz poética, acercándonos de nuevo al encogimiento producido por el frío y dejándonos, además, sumidos en la oscuridad. El vaciamiento avanza en círculos concéntricos: del cuerpo al mundo, del mundo al universo. No es que estas cosas desaparezcan de golpe; se alejan, huyen, y dejan tras ellas un vacío que pesa. El cuerpo queda deshabitado.
Una breve frase le basta luego para transmitirnos la sensación de asfixia. “El cielo blanco bajó para ahogar a los árboles”. El cielo, que debería ser libertad, se vuelve una losa. Los árboles, que crecen hacia arriba, son ahogados por una presión descendente. El cuerpo no puede respirar. Siente la opresión asfixiante de la losa que desciende sobre él.
El vaciamiento avanza en círculos concéntricos: del cuerpo al mundo, del mundo al universo. No es que estas cosas desaparezcan de golpe; se alejan, huyen, y dejan tras ellas un vacío que pesa. El cuerpo queda deshabitado.
Llega entonces el verso más cruel: “El lecho es el glaciar que devora los sueños”. El lecho —espacio íntimo del amor y del descanso— se convierte en un glaciar que avanza implacable: devora. Se come los sueños. Los aplasta con la fuerza de su propio avance.
Inmediatamente aparece una profundización de la sensación, que añade la lentitud y la precisión con que experimenta el proceso de desintegración. Sentimos cómo el frío bisturí incide en el cuerpo dejándolo sin lo esencial. “Surgió el puñal de hielo / para cercenar minuciosamente / la pequeña belleza que defiendo”. La palabra clave es minuciosamente: no es un tajo rápido, es un desmembramiento lento, casi quirúrgico. Y lo esencial, lo que se defiende, no es una gran obra, no es un gran amor: es la pequeña belleza. Un gesto mínimo, un instante de dignidad, algo frágil que ella intenta proteger. Pero el puñal la va cortando, pedazo a pedazo.
Y, por último, la ironía helada. El poema cierra: “Solo hay invierno junto a ti, / amigo”. Amigo. No lo llama enemigo, no lo llama verdugo. Amigo. Esa palabra, puesta al final, sola en su verso, es demoledora. Porque la amistad o el amor deberían dar calor, y aquí sólo dan invierno.


Estas huellas no actúan por separado. Se acumulan, se potencian. Y lo más devastador: la violencia no es explosiva, es endémica, cotidiana, helada.
Elena Garro nos ha dejado un texto que no acusa, sino que expresa. Expresa un cuerpo que se encoge, que se vacía, que se ahoga, que es devorado y cortado, que pierde su órbita y su sol, y que al final nombra “amigo” a quien le ha traído el invierno.
Ese cuerpo es el suyo. Y al leerlo así, centrándonos en las huellas corporales, en las intensidades, en el proceso de lo que le ocurre a su lengua y a sus sueños, le devolvemos algo que la crítica le ha negado muchas veces: el protagonismo. Ella no es la esposa de. ®
Junio de 2026
[1] Garro, Elena. Cristales de tiempo. Poemas. Edición, estudio preliminar y notas de Patricia Rosas Lopátegui. Cáceres: La Moderna, 2023, p.121.
[2] Garro, Elena. A mi sustituta en el tiempo. Poesía. Edición, estudio preliminar y notas de Patricia Rosas Lopátegui. México: Gedisa, 2024, pp. 98–99.
[3] Para la noción de afecto como variación de la potencia de obrar, recojo aquí la estela de Spinoza, Deleuze y la teoría de los afectos contemporánea (Sara Ahmed, Lauren Berlant, entre otras).
