RoboCop 1987

Mis primeros días en Nueva York

El autor, mexicano, fotógrafo de moda y de modelos, recaló en Nueva York en la década de los ochenta y en esa ciudad se quedó a vivir. No fue tan difícil adaptarse, más bien fue de sorpresa en sorpresa. ¿Y qué tiene que ver RoboCop en esto?

RoboCop va al cine. Imagen creada con Meta AI.

Recién había llegado a Nueva York. Todo era un desastre tras otro, pifia tras pifia. Después del éxito y la fama en México —las marcas y agencias con las que trabajaba, la Bienal, etc.— me involucré con una chica que me sedujo y mi matrimonio se acabó. Puff.

Tenía dinero ahorrado, pero mi esposa me quitó la mitad y se fue a España y a Londres. Como ella no me quería cerca, opté por Nueva York. Me animó un modelo neoyorquino que se parecía a James Dean y que había tenido mucho éxito en México y Japón. Viajamos juntos a una hacienda en Querétaro para hacer un editorial para la revista Vogue con Héctor de Anda, que era el editor.

Yo estaba en un buen momento para ese shoot: tenía equipo, dinero y Vogue cubría la estancia y los alimentos. Era un excelente trato, sobre todo por salir publicado en esa revista. Pasamos un par de días muy productivos y nos hicimos amigos. Él me contaba que venía de las afueras de Nueva York, donde “había vacas pastando” cuando nació. Lo decía con ironía y buen humor. Había conseguido marihuana y fumábamos por las tardes después del shoot.

Fui a comprar el Vogue México a un Hudson News en Broadway y la 8th. Mientras lo hojeaba se acercó una chica pelirroja que vio la revista conmigo y me dijo que las fotos eran muy buenas. Le respondí que yo las había hecho y le mostré mi crédito.

La hacienda en Querétaro se prestaba para muchos cambios y combinaciones. Eran tres modelos: el gringo, un mexicano muy amable y una chica esbelta, guapísima y con excelente actitud. Ese editorial fue clave en mi viaje a Nueva York. Ya vivía allí desde ese verano, y en septiembre fui a comprar el Vogue México a un Hudson News en Broadway y la 8th. Mientras lo hojeaba se acercó una chica pelirroja que vio la revista conmigo y me dijo que las fotos eran muy buenas. Le respondí que yo las había hecho y le mostré mi crédito. Se sorprendió, se presentó y resultó ser una célebre maquillista. Así empezamos una buena amistad.

El gringo me hablaba de sus temporadas en Tokio, donde le pagaban muy bien y tenía campañas importantes. Me contaba de sus novias japonesas; tenía mucho éxito allí. “Gringo, güero, grande, blanco, rubio, peludo y vergudo… cosas que no tienen en Tokio”, decía riendo. Recordaba con nostalgia haber visto sangre en las sábanas un par de veces.

Me dio una lista amplia de contactos. Sacó de su maleta un roller desk lleno de tarjetas sujetas con una liga y me empezó a dictar todos sus contactos en Nueva York. Fueron contactos originales que realmente me ayudaron a llegar bien y establecerme.

En México había conocido a las hijas del agregado cultural de la embajada de México en Nueva York. Fuensanta y su hermana me rentaron un cuarto en su departamento compartido durante seis semanas. Una de ellas era la Gordita, rubia y muy amable. Su cuarto daba a la calle. Recuerdo llegar un sábado en la noche y encontrarme con ella y su novio, un chico negro grandote, muy guapo y amable. Ambos estudiaban en Columbia University. Me ofrecieron cocaína que habían conseguido. Yo no tenía el hábito, pero hicieron unas líneas en la mesa y nos pusimos a entrarle. Welcome to New York.

Penny tenía el cuarto de atrás, que siempre mantenía cerrado. Ella pasaba mucho tiempo en el parque que estaba a media cuadra. El departamento estaba en Columbus y la 69, en una zona muy agradable. Mi cuarto estaba en medio del departamento, frente al baño, con una ventana que daba a un jardín precioso. Ahí dormía Fuensanta con su novio, que tocaba el piano. Me encantaba el barrio: Columbus Avenue con sus restaurantes y cafés. Había un deli coreano que para mí era toda una novedad: todo organizado, fruta, ensaladas… Iba por las mañanas a tomar café e integrarme al sistema gringo de consumo eficiente.

Estaba también una chica fresa del Upper West Side. Me preguntó qué hacía en Nueva York y le dije que quería trabajar como fotógrafo para desarrollar mi carrera. Me preguntó si tenía visa —le dije que sí, una B–2— y luego si no me sentía mal por “quitarle el trabajo a un americano”.

Mi objetivo final era encontrar un departamento en SoHo, tal como me había recomendado Enrique Badulescu. Durante esas semanas, el novio de una de las roommates me recomendó con una pareja gay de músicos que vivía en un penthouse con terraza en la calle 92. Tenía una vista espectacular del Hudson y de los atardeceres veraniegos. Podía rentarlo por un mes. Recuerdo cenar una noche con ellos para entregarles el dinero. Estaba también una chica fresa del Upper West Side. Me preguntó qué hacía en Nueva York y le dije que quería trabajar como fotógrafo para desarrollar mi carrera. Me preguntó si tenía visa —le dije que sí, una B–2— y luego si no me sentía mal por “quitarle el trabajo a un americano”. Le expliqué que en fotografía profesional lo que importa es la imagen, no la nacionalidad del fotógrafo. Me miró con mala cara y se acabó la conversación.

El departamento estaba en un hotel antiguo en la calle 92 (Uptown West), en una zona judía tradicional y agradable, pero ya en la frontera con Harlem. El hotel era un tanto creepy, como el de The Shining, con elevador viejo y alfombras rojas. Aunque el estudio era pequeño, la terraza tenía muchas plantas y mi misión diaria era regarlas.

La cocina era mínima: sin quemadores, sólo microondas. Ese mes comí afuera. Tenía ahorros y ya contaba con una comisión de Vogue. Había excelentes restaurantes chinos baratos con menús de lunch y cena para llevar —cómo los extraño; con la explosión inmobiliaria en Nueva York prácticamente desaparecieron. También había un restaurante indio muy rico y económico; recuerdo ir ahí con Héctor Infanzón, el célebre músico.

En esa época las películas tardaban en llegar a México, y yo era un apasionado del cine desde mis años en Europa: vi El último tango en París cuando se estrenó en la capital francesa (1974), El exorcista en Londres, Amarcord en Roma y Cinema Paradiso en Milán años después.

Era un domingo por la tarde cuando caminé rumbo a Broadway. Había un Cineplex grande, moderno, con techos altos y aire acondicionado a todo dar. Proyectaban varios blockbusters de ese verano irrepetible: RoboCop, Lethal Weapon, Full Metal Jacket, The Untouchables. Las vi todas. En esa época las películas tardaban en llegar a México, y yo era un apasionado del cine desde mis años en Europa: vi El último tango en París cuando se estrenó en la capital francesa (1974), El exorcista en Londres, Amarcord en Roma y Cinema Paradiso en Milán años después.

Ese domingo me tocó RoboCop. El 99% del público era afroamericano y la sala estaba llena. Era un espacio grande, fresco, con asientos cómodos de varios niveles. La gente llegó bien equipada con sodas y palomitas, lista para disfrutar. Yo también llevé mis provisiones y conseguí un buen lugar en medio de la sala.

En Londres y en México estábamos acostumbrados a ver las películas en absoluto silencio. Pero esto era otra cosa: era como estar en un estadio de fútbol o básquetbol lleno, con el público explotando en cada jugada. Cuando RoboCop sacaba la pistola y ¡boom!, aniquilaba a los malos en una explosión espectacular, la sala rugía: “¡Yeah! ¡Baaam! ¡Fuck!”. Y así cada vez más. Yo estaba transportado a otra dimensión, más real, más intensa. La tensión subía, la música creaba anticipación —excelente director, por cierto—, y de repente ¡Pow! La sorpresa, la explosión y el sonido surround vibrando. La pantalla se iluminaba y todos gritábamos “¡Wow!”. A esa altura yo ya gritaba con el mismo entusiasmo que el resto. Fue muy divertido. Nunca había visto una película en una sala llena de afroamericanos: fuertes, grandes, ruidosos, culturalmente conectados. Fue una experiencia casi religiosa, como cuando canté godspell en Harlem años después. Definitivamente algo nuevo.

Al salir me sentía ligero, como si me hubieran quitado un gran peso de encima. Todos mis problemas y angustias se olvidaron por un rato. Todavía había luz. Era un largo día de verano. Caminé más tranquilo y relajado hacia el restaurante indio. Ese día había descubierto lo que en pocos años se convertiría en el nuevo Black Power en América, ahí en Broadway y Harlem. ®

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Publicado en: Apuntes y crónicas

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