Cuando una sociedad deja de exigir una educación sólida las consecuencias no aparecen de inmediato, pero terminan alcanzando a todos. Ahí está el verdadero problema, no en el ajuste de un calendario escolar, sino en habernos acostumbrado a que la educación deje de ocupar un lugar prioritario.

No es con quién estudias, sino quién dirige la escuela.
—Nick Giovanni.
Cada cierto tiempo surge una discusión pública sobre la educación en México. A veces es por los libros de texto, otras por los resultados académicos, por los paros magisteriales o por los cambios en los modelos educativos.
Esta vez la polémica aparece por la posibilidad de modificar el calendario escolar y reducir el tiempo efectivo de clases bajo argumentos relacionados con las altas temperaturas y ajustes administrativos.
La reacción fue inmediata, padres inconformes, críticas en redes sociales y reclamos a las autoridades educativas.
Sin embargo, detrás de toda esa discusión quedó expuesta una realidad mucho más profunda: la escuela en México dejó hace mucho de ser solamente un lugar para aprender matemáticas, historia o ciencias.
La escuela también sostiene la vida cotidiana de millones de familias, aunque desde el discurso oficial se insista en que las escuelas no son guarderías, la realidad social del país demuestra otra cosa.
La Suprema Corte de la Nación avaló disposiciones que impiden que las inasistencias sean motivo automático de reprobación en educación básica.
Para millones de madres y padres trabajadores el horario escolar representa la posibilidad de salir a trabajar con cierta tranquilidad, sabiendo que sus hijos permanecen durante varias horas en un espacio relativamente seguro, acompañados por adultos y alejados de muchos de los riesgos que existen fuera de las aulas.
Eso no significa reducir la función educativa de las escuelas. Al contrario. Significa reconocer la enorme responsabilidad social que históricamente han asumido.
En México la escuela cumple muchas funciones al mismo tiempo. Enseña contenidos académicos pero también socializa, forma hábitos, transmite valores, forma ciudadanos y genera convivencia.
Para muchos niños representa incluso el único espacio estable de disciplina, atención y acompañamiento cotidiano.
Por eso resulta preocupante que, mientras se minimiza públicamente esa función social, al mismo tiempo se hayan ido debilitando distintos componentes del sistema educativo.
En los últimos años desaparecieron las escuelas de tiempo completo, se flexibilizaron mecanismos de evaluación, se eliminaron criterios estrictos de asistencia y se redujeron diversas herramientas disciplinarias dentro de los planteles; más recientemente, la Suprema Corte de la Nación avaló disposiciones que impiden que las inasistencias sean motivo automático de reprobación en educación básica.
El argumento detrás de estas medidas suele centrarse en evitar la deserción escolar y garantizar el acceso a la educación; el problema es que muchas veces la discusión parece enfocarse más en mantener estadísticas de permanencia que en fortalecer realmente el aprendizaje.
Ahí aparece una contradicción difícil de ignorar: durante años, muchos cambios importantes dentro del sistema educativo generaron poca reacción social entre los que destacan:
- Pérdida de exigencia académica
- Desaparición de evaluaciones
- Reducción de herramientas disciplinarias
- Debilitamiento de la autoridad escolar
- Carencias materiales que enfrentan miles de planteles públicos
Pero cuando se habló de reducir días efectivos de clases la inconformidad explotó casi de inmediato.
Eso obliga a hacer una pregunta incómoda: ¿qué es lo que más preocupa realmente como sociedad? ¿La calidad educativa o el papel de la escuela como espacio de cuidado mientras los adultos trabajan?
La pregunta no pretende juzgar a las familias, sería injusto hacerlo en un país donde millones de personas enfrentan jornadas laborales extensas, bajos salarios y pocas alternativas de cuidado infantil.
Durante décadas, la figura del maestro ocupó un lugar central en la vida comunitaria y familiar, existía respeto, reconocimiento y respaldo social.
De hecho, precisamente por esas condiciones económicas la escuela pública se volvió una pieza indispensable para la estabilidad familiar y social, el problema es que pareciera que poco a poco se normalizó el deterioro educativo.
Hoy se habla menos de excelencia académica y más de permanencia, menos de aprendizaje y más de estadísticas, menos de formación y más de administración escolar. Mientras tanto, los docentes también enfrentan una realidad cada vez más complicada.
Muchos trabajan con grupos saturados, falta de materiales, exceso de carga administrativa y una creciente pérdida de autoridad dentro de las aulas. Durante décadas, la figura del maestro ocupó un lugar central en la vida comunitaria y familiar, existía respeto, reconocimiento y respaldo social.
Hoy, en muchos casos el docente enfrenta cuestionamientos constantes, desconfianza y responsabilidades que van mucho más allá de enseñar.
Se espera que la escuela resuelva problemas de conducta, violencia, desintegración familiar, salud emocional y rezago académico, aun cuando el propio sistema cada vez ofrece menos herramientas para hacerlo.
Por eso el debate educativo no debería agotarse en la discusión sobre si el ciclo escolar termina unos días antes o después.
La discusión de fondo tendría que centrarse en cómo recuperar la calidad educativa, fortalecer a las escuelas públicas, devolver condiciones dignas a los docentes y reconocer que la educación sigue siendo uno de los pocos mecanismos reales de movilidad social que existen en México.
Cuando una sociedad deja de exigir una educación sólida las consecuencias no aparecen de inmediato, pero terminan alcanzando a todos. Quizá ahí está el verdadero problema, no en el ajuste de un calendario escolar, sino en habernos acostumbrado poco a poco a que la educación deje de ocupar el lugar prioritario que alguna vez tuvo dentro de la vida pública del país. ®
