Prefiero que sepan, dice la autora, que, en un rincón del mundo, hay un hermoso lugar donde lo más preocupante es una gatita que no puede bajarse de un árbol.

Cuando vivía en Nueva Zelanda, en 2012, un día me llamó la atención una noticia publicada en la tapa de un diario. Me acuerdo de la foto: dos camiones de bomberos, varios autos de la policía y rescatistas con bandas reflectantes y sogas colgándose de un árbol. En negrita y bien grande, el título decía: “La gatita Río no puede bajar del árbol”.
Yo era mesera de un restaurante mexicano y estaba en mi descanso; tenía que cenar antes de que arrancara el turno fuerte de clientes. Dos compañeras neozelandesas pasaron cerca de mí:
—Oh, pobre Río, espero que esté bien —dijeron, muy delicadamente, en inglés.
Yo trataba de leer el diario, comer lo máximo posible de una quesadilla y bajarla con una Coca–Cola, intentando descifrar qué carajo estaba leyendo, o qué carajo me pasaba a mí con lo que leía. Era imposible traducir esa noticia en mi interior, y no hablo de problemas con el idioma ni con lo raro que era para mi cuerpo cenar a las seis de la tarde.
Enfrente, mi compañero mexicano me miraba mientras pulía las copas con una servilleta enorme y blanca. El agua bien caliente con vinagre hacía que el vidrio se secara al instante, sin marcas. Terminé de comer, me ajusté el delantal y volví al salón.
Los neozelandeses son educados y, si lográs entenderles el inglés cerrado, les interesa mucho charlar con una latina. Esa noche descubrí que el tema central en muchas de las mesas era la gatita.
Trabajé una hora más sin parar; me dolían los arcos de los pies y las rodillas me crujían. A pesar de ser sábado, a eso de las siete, la gente terminaba la sobremesa y me pedía la cuenta. Los neozelandeses son educados y, si lográs entenderles el inglés cerrado, les interesa mucho charlar con una latina. Esa noche descubrí que el tema central en muchas de las mesas era la gatita. La pobre Río, que hacía dos días no podía bajar del árbol, ni ser acariciada, ni dormir en su camita acolchonada. Sí, pobre Río, decía yo.
Cuando regresé a la mesa de servicio el diario seguía ahí, intacto. Decidí leer rápidamente los dos párrafos que me habían faltado. Mi compañero mexicano se acercó. Sólo los latinos que vivimos en otra cultura conocemos el lenguaje implícito de dos cuerpos latinoamericanos. El entendimiento es instantáneo, es como volver a estar con un hermano. Son los movimientos de las manos, o no, es la mirada. Los ojos que dicen. Las cosas que vimos, las cosas que sabemos. Lo que estamos dispuestos a hacer; sobre todo, eso.
—¿No lo puedes creer, verdad? —me preguntó.
—La verdad que no —le contesté—. Todo bien con la gatita, igual.
Él se rio, pero en un segundo la sonrisa se le puso al revés. Sacó su celular —uno de esos con pantalla táctil e internet que allá todos tenían y que hacían ver a mi viejo Nokia 1100 con teclas como una reliquia— e intentó recuperar la amabilidad:
—Neta, vamos a hacer una cosa. Vamos a ver qué dicen nuestros diarios hoy.
Nos reímos cómplices. Mi garganta se relajó de toda la tensión que me daba hablar bajito y en inglés; esa risa compartida, el español con un buen volumen, era lo mejor que me había pasado en toda la noche. Buscamos las noticias de Rosario y de Monterrey.
Los titulares que leímos… La risa nos duró poco. No lo voy a decir, no los quiero atormentar; aparte son las cosas que ya saben.
Prefiero que sepan que, en un rincón del mundo, hay un hermoso lugar donde lo más preocupante es una gatita que no puede bajarse de un árbol. ®
