El péndulo del hechizado

De la denigración de Carlos II a la leyenda rosa

Se plantea aquí una discusión historiográfica sobre Carlos II de España entre la tradicional “leyenda negra”, que lo retrata como un rey débil y un imperio en decadencia, y corrientes modernas que destacan la entereza, el buen gobierno y la integridad territorial de la monarquía hispánica.

Retrato ecuestre de Carlos II, obra de Luca Giordano, 1650.

¿Un monarca necesitado de exorcismos? En el siglo XVIII a los Borbones y sus partidarios les interesaba cargar las tintas en la época de Carlos II. Cuanto peor estuviera España, más mérito tenía la dinastía reinante como reconstructora del país. Más tarde, en el siglo XIX, se tomaron estos argumentos. Cánovas del Castillo, sin ir más lejos, da una imagen profundamente negativa del último de los Austrias. Su gobierno habría consistido en una etapa “infeliz”, con España cada vez más débil frente a la pujante Francia de Luis XIV. En el plano interno, el país habría sufrido una total anarquía en medio de continuas pugnas por el poder. El monarca se distinguía “por su falta de vigor y frescura”. Carecía de virtudes elevadas, aunque también de vicios.

Precisamente porque su visión de Carlos II es tan crítica, el líder decimonónico llama nuestra atención cuando le dedica algunos elogios. Dice, por ejemplo, que su ausencia de formación resulta “tanto más sensible cuanto que poseía claras luces”. Nos encontramos, por tanto, en un retrato que se aparta del tópico rey tonto. Por otro lado, aunque Cánovas nos habla de un hombre débil y poco trabajador, también apunta que era “incapaz de consentir nada injusto”.[1] En cuanto al reinado, presenta una España que sufría males que venían de mucho antes, incluso desde el tiempo de Felipe II. No obstante, en cuanto al tema de la despoblación, cree que la situación bajo Carlos II, con ser grave, resultaba algo menos dramática que con su bisabuelo.[2] De esta forma, Cánovas parece anticiparse a los historiadores que hablan del inicio de una recuperación en los últimos años del siglo XVII. De todas formas, su opinión respecto a la Casa de Austria en general sigue siendo tajante: sólo habría dejado a España superstición y miseria. Pero el verdadero problema, en su opinión, no era ése: los malos reyes sólo constituían el reflejo de una nación que no era mejor que ellos. El país, en definitiva, habría recibido lo que merecía.

También suena muy moderna su defensa de una historia que vaya más allá de la figura del monarca: quiere tener en cuenta a los ministros, a los Consejos, a los militares y a los diplomáticos. Tampoco olvida al pueblo, “galería que aplaudió muchos dislates y estorbó no pocos aciertos”.

Gabriel Maura Gamazo, hijo del líder conservador Antonio Maura, también se muestra muy crítico en Carlos II y su corte. El primer volumen de esta obra hercúlea, que debía abarcar cuatro volúmenes pero acabó limitada a dos, apareció en 1911 y suscitó elogios unánimes por su asombrosa erudición. En este caso, se demuestra el aserto de Croce sobre el carácter contemporáneo de toda reconstrucción del pasado. El autor tiene muy presente a la España de su época, aún traumatizada por la pérdida de las colonias en 1898. Convencido de que la historia ha de ser maestra de la vida, vuelve sus ojos a la decadencia del siglo XVII para hallar las enseñanzas que permitan llevar a cabo la tan ansiada regeneración en el presente. Parte del supuesto de que, tanto en el tiempo de Carlos II como en el de Alfonso XIII, los políticos son culpables de las desgracias que afligen a la patria. Trata, en definitiva, de aprender de los errores. En cambio, desconfía de la historia que se complace en los relatos épicos por juzgar que puede dar pie a “peligrosos optimismos”.

Maura es un historiador positivista tradicional. Sin embargo, como señala Luis Ribot, adelanta a su tiempo al señalar la Corte como objeto de estudio historiográfico. También suena muy moderna su defensa de una historia que vaya más allá de la figura del monarca: quiere tener en cuenta a los ministros, a los Consejos, a los militares y a los diplomáticos. Tampoco olvida al pueblo, “galería que aplaudió muchos dislates y estorbó no pocos aciertos”.[3] En esta desconfianza hacia lo popular se refleja el conservador partidario, como su padre, de la revolución desde arriba.

Parecido enfoque regeneracionista lo encontramos en Julián Juderías, que un año después publica España en tiempos de Carlos II el Hechizado. El autor prescinde de los hechos militares propios de la historia tradicional para centrarse en la sociedad de la época. Es su funcionamiento deficiente, más que los errores de los estadistas, lo que explica la decadencia hispana: “Los planes mejor concebidos y los propósitos más loables en materia de Gobierno fracasan irremisiblemente desde el punto y hora que la masa del país no responde a ellos”. Juderías afirma que bajo el reinado de Carlos II no hubo, de todas formas, planes capaces de levantar a la nación. Si alguien los hubiera trazado, no habrían servido de nada porque el pueblo, sumido en la indiferencia y la desmoralización, tampoco los habría secundado. Esta visión de la desidia popular se inspira, obviamente, en el trauma del 98. De ahí el interés en mostrar los devastadores efectos que tiene para una comunidad el dejarse arrastrar por el pesimismo. No obstante, también apunta que la situación a finales del siglo XVII también era mala en términos objetivos, no sólo subjetivos. El país, en medio de la pobreza, ofrecía un aspecto poco agradable para los visitantes extranjeros.[4]

Esta visión negativa del reinado carolino ya no puede defenderse en idénticos términos. La era carolina, en efecto, ha sido objeto de numerosas investigaciones que la han sometido a una fértil revisión. La historiografía ya no acepta sin más que Carlos II fuera un deficiente mental ni que su reinado fuera el punto más bajo de la decadencia española. Su etapa, por el contrario, asistió a una recuperación a partir de 1680. Lo primero que llama la atención, en efecto, es cómo una potencia en declive consiste resistir las acometidas de Luis XIV y llegar a 1700 razonablemente intacta. De hecho, como señaló Cristopher Storss, pese a pérdidas territoriales tan graves como la de Portugal, la monarquía hispana llega al siglo XVIII con la incorporación de nuevos dominios. La clave está en contemplar el imperio no sólo en su dimensión europea sino desde una perspectiva global. Pensemos, sin ir más lejos, en la incorporación de las islas Marianas y Carolinas en el Pacífico.

No obstante, Storrs también advertía que no debemos exagerar en la revalorización del periodo: “El afán revisionista exige mesura, de modo que es preciso tener cuidado para no pintar la realidad de España y de la monarquía en tiempos de Carlos II con colores excesivamente brillantes”.[5] En una importante monografía, La resistencia de la monarquía hispánica, 1665–1700, el historiador británico, al mismo tiempo que destacaba el éxito hispano en la tarea de sobrevivir, también ponía de manifiesto las limitaciones de ese esfuerzo.

En cuanto a la actuación de Carlos II, Storrs señala que el monarca podía tener un gran protagonismo político. La mayoría de las veces, sin embargo, se limitaba a ordenar que se aplicaran las propuestas de sus consejeros. No podemos estar seguros, por desgracia, de hasta dónde llegaba su voluntad en el proceso de gobierno: “Desafortunadamente, no siempre están claras las influencias del monarca, los motivos por los que tomó ciertas decisiones o cuándo una decisión era verdaderamente suya”.[6]

La monarquía ya no poseía el inmenso poder de otros tiempos, pero, aun así, exhibió una tenaz voluntad para sobrevivir y adaptarse a unos tiempos difíciles.

¿Se puede hablar entonces de decadencia? Aunque Storrs relativiza mucho este concepto, reconoce que la España del último Austria “ya no ostentaba la hegemonía en Europa” y “sufrió grandes reveses y pérdidas territoriales en el marco europeo —sobre todo en los Países Bajos— así como en las Indias”.[7] Desde la óptica de este especialista, no exagerar las derrotas es una cosa y no reconocerlas es otra distinta.

En una línea similar, Davide Maffi, al estudiar los tercios de la época de Carlos II, ha destacado su contribución a la hora de frenar el expansionismo de Luis XIV en colaboración con los ejércitos de otras potencias. La monarquía ya no poseía el inmenso poder de otros tiempos, pero, aun así, exhibió una tenaz voluntad para sobrevivir y adaptarse a unos tiempos difíciles. Eso implicó ejercer “las más fuertes capacidades logísticas”, de forma que pudieran ser atendidos a la vez diversos frentes. Este esfuerzo no dejó de afectar a una España que atravesaba una grave crisis demográfica. De ahí que los poderes locales intentaran resistir las peticiones de hombres de la monarquía. La Corona, sumida en continuos problemas económicos, tenía cada vez más difícil el reclutamiento de nuevos soldados.[8]

Maffi también cuestiona la idea de que los generales al servicio de España, lo mismo que el conjunto de la oficialidad, fueran incompetentes, cobardes y corruptos. Si no se arriesgaban a una batalla campal no era por falta de resolución sino por una prudencia común en todos los ejércitos contemporáneos: un ejército era algo demasiado valioso como para arriesgarlo a tontas y a locas. Respecto a la nobleza, Maffi encuentra que se ha exagerado su desinterés por la carrera de las armas.

Esta historiografía favorable a Carlos II no dejó de suscitar críticas. Para Antonio Espino López, los revisionistas defendían lo indefendible contra el parecer de los protagonistas de la época: tanto españoles como extranjeros estaban de acuerdo en mostrar un país en una situación penosa. Sin embargo, esta objeción pasa por alto la subjetividad de las fuentes. Cuando existe una crisis, los protagonistas no siempre perciben un cambio desde Guatemala a Guatepeor. Si en la actualidad encontramos a gente que no percibe gran diferencia entre el franquismo y la democracia actual, ¿qué nos autoriza a pensar que nuestros antepasados fueran más objetivos?

No era la primera vez, por otro lado, que se escuchaban voces lastimeras. En 1598, a la muerte de Felipe II, ya se decía que “si el rey no muere, el reino muere”. Pocos años después, en 1605, el embajador inglés, Cornwallis, presentaba un cuadro tenebroso de la vida bajo Felipe III. El gobierno era débil y ni siquiera poseía fuerzas militares con las que asegurar la defensa de la península y de América. El tesoro se hallaba exhausto. Las gentes sufrían un estado de “necesidad extrema”. Si obedecían a las autoridades lo hacían por miedo, no por respeto. España no era sino un “valle de miseria” y un “lugar de tribulaciones y peligros”.[9]

Cornwallis carga las tintas. ¿Era objetivo? Sabemos que España conservó aun su posición hegemónica varias décadas e incluso tuvo momentos de resurgimiento bajo Felipe IV, como muestra el annus mirabilis de 1625, en el que se sucedieron las victorias militares. El pesimismo, contra lo que pretende un mito persistente, no siempre equivale a lucidez ni objetividad.

Al igual que Cornwallis, Espino López vuelve al tópico de la España desarmada y se pregunta, retóricamente, por qué España perdió la guerra contra Francia en 1659. Pasa por alto que las cesiones territoriales fueron mínimas y que la derrota militar no implica la completa ausencia de cualquier capacidad bélica. Cita, en apoyo de su tesis, un informe del embajador inglés, Stanhope, de 1694, en el que el diplomático afirma que los franceses podían invadir Castilla y llegar hasta Madrid sin oposición. El hecho es que esto nunca sucedió y los historiadores deben explicar cómo es que una monarquía supuestamente tan débil no se derrumbó ante Luis XIV. Según nuestro autor, España aguantó gracias a sus aliados, interesados en que ninguna potencia absorbiera sus inmensos territorios. Pero el caso es que no había ningún ejército extranjero en la península que pudiera impedir el paso a los franceses. En otra ocasión, Espino López sostiene que la monarquía resistió sólo porque tenía muchos territorios de los que extraer hombres y dinero. Pero, si extraía esos recursos, es que algún poder le quedaba. Un Estado fallido, como supuestamente sería la España de Carlos II, ni siquiera puede hacer eso.[10]

¿Cómo es que el decadente reinado de Carlos II se logró lo que se pudo conseguir en periodos más afortunados? La crítica hispanófoba es a menudo tan exagerada que el lector puede preguntarse si detrás no hay una agenda favorable a las tesis del soberanismo catalán.

El tono de Espino López hacia Storrs es con frecuencia irrespetuoso. Por ejemplo, cuando se refiere irónicamente a una de sus “perlas”. A su parecer, la tesis del británico sobre la expansión hispana en América no puede tomarse en serio. Para minusvalorar la conquista de la última ciudad maya aún libre nos invita a preguntarnos por qué se tardó casi ciento cincuenta años en anexionarla desde el inicio de las operaciones en Yucatán. Éste es un argumento al que se le puede dar la vuelta con facilidad: ¿Cómo es que el decadente reinado de Carlos II se logró lo que se pudo conseguir en periodos más afortunados? La crítica hispanófoba es a menudo tan exagerada que el lector puede preguntarse si detrás no hay una agenda favorable a las tesis del soberanismo catalán. No en vano, el “proceso” estaba en auge cuando se publicó Fronteras de la Monarquía. España, por definición, lo hace todo mal.   

Pese a éstas y otras críticas, como las de I. A. A. Thompson, la corriente revisionista prosiguió su desarrollo. Otra de sus aportaciones importantes es Bifronte imperio de dos mundos, un hercúleo trabajo colectivo que reúne estudios sobre el mandato del último de los Austrias en cada uno de sus dominios, con lo que tenemos una amplísima panorámica que introduce elementos de complejidad en una historia que se ha tendido a identificar, simplistamente, con la de Castilla.

En contra de la costumbre de ver todos los acontecimientos desde Madrid, aquí se nos recuerda que la monarquía de Carlos II poseía diversos corazones, indispensables para la movilización de recursos a gran escala. Uno era el reino de Nápoles, de donde salía el dinero para costear los gastos en otros territorios italianos. A su vez, los impuestos de los milaneses permitieron sufragar a los ejércitos del rey en distintos puntos de Europa.

La fiscalidad resultaba cada vez más onerosa. Las élites locales aceptaban contribuir con dinero y hombres a las necesidades bélicas de la monarquía porque, a cambio, esperaban ser recompensadas con honores. Títulos nobiliarios, por ejemplo. Existía, por tanto, una lógica de dar para recibir. Todo en el marco de una permanente negociación con la autoridad real. La Corona fue muy hábil para alternar la coacción y el pacto en su trato con los representantes de las periferias. De esta forma, aunque Carlos II fuera, personalmente, un soberano débil, el poder de la monarquía como institución se vio paradójicamente reforzado.

En medio de los continuos conflictos, el soberano se planteó modificar los sistemas de gobierno en algunos territorios que se habían rebelado. Eso sucedió, por ejemplo, en Mesina, Sicilia. El que se aplicaba a partir de entonces, según la terminología de la época, era una “Nueva Planta”. Como el lector ya habrá adivinado, encontramos aquí el precedente de lo que se haría en Cataluña tras el 11 de septiembre de 1714 con el fin de la Guerra de Sucesión. En Mesina, como más tarde en Barcelona, se construiría una fortaleza militar para desincentivar posibles sublevaciones.

Sería una tentación imaginar que existió una política común desde Madrid para sus amplísimos dominios. No fue así. El gobierno imperial actuaba en cada uno de sus territorios en función de las circunstancias, con criterios más o menos centralizadores. En el caso de Cataluña, está claro que las autoridades reales desconfiaban de las élites del Principado. Otro asunto es que supieran exactamente lo que tenían que hacer. El conde de Chinchón comentó en 1689, a propósito de la revuelta de los barretines, un alzamiento campesino, que ningún camino ofrecía garantías plenas: “el castigar y el no castigar todo tiene inconveniente”.[11]

El vínculo centro–periferia hay que pensarlo a distintos niveles, no sólo dentro de un marco europeo. Uno de los muchos méritos de Bifronte imperio es la forma en que pone en relación dos campos que con frecuencia viven de espaldas: la historia moderna y la historia de América. El lector profano averigua así que en las Indias era normal que los obispos ejercieran de virreyes, al contrario de lo que sucedía en Italia, donde no necesitaban al monarca para su promoción.

Otra cuestión interesante es la del idioma. En tiempos de Carlos II se intentó promocionar el uso del castellano entre las comunidades indígenas, a través de la enseñanza. Con escaso éxito, por lo que parece, a juzgar por las repeticiones de la misma disposición. En la práctica, el multilingüismo pervivió, aunque es cierto que el castellano ganó posiciones. No tanto porque fuera impulsado desde el poder como por el pragmatismo de ciertos sectores sociales que encontraban ventajosa su utilización.

Por desgracia, la reivindicación, si se lleva al extremo, puede degenerar en hagiografía. Comparemos dos estudios muy diferentes, el primero con matices y el segundo con incienso. En 2025, Luis Ribot publicó Carlos II. El final de la España de los Austrias (1665–1700), un libro muy detallado que culmina muchos años de dedicación al último Habsburgo hispano. Su libro reacciona contra lo que él denomina “modelo historiográfico de la decadencia”, entendiendo por tal una visión sumamente catastrofista. Rechaza, por tanto, que el país estuviera sumido en el más profundo de los abismos. Pero especifica que eso no implica negar la existencia de una decadencia, una realidad obvia, papable si comparamos el papel internacional de la monarquía carolina con el que desempeñaba, un siglo antes, Felipe II. Un exagerado optimismo historiográfico se opondría así a la vivencia de los contemporáneos, tanto españoles como extranjeros.[12]

Carlos “tuvo una difícil primera infancia a causa de diversos problemas de salud y un lento desarrollo”. En otra ocasión, afirma que los “años previos a su mayoría de edad estuvieron plagados de enfermedades”.

Ribot matiza la historiografía crítica con Carlos II sin irse al otro extremo. En cambio, en el libro de Alberto Bravo, Yo, el Rey, sí encontramos una reacción de péndulo. El autor afirma que no se propone caer en la leyenda negra pero tampoco en la rosa. En la práctica, lo que propone es un contramito blanqueador. Reacciona contra las exageraciones críticas de la historiografía tradicional con una versión de Carlos II que, por movimiento de péndulo, cae en lo apologético. Lleva así demasiado lejos la idea, en principio positiva, de rescatar su reinado de los viejos tópicos caricaturescos y tremendistas.

Bravo cuestiona, por ejemplo, algo tan palmario como la escasa fortaleza del monarca. Sin embargo, él mismo admite que Carlos “tuvo una difícil primera infancia a causa de diversos problemas de salud y un lento desarrollo”. En otra ocasión, afirma que los “años previos a su mayoría de edad estuvieron plagados de enfermedades”.[13] En cuanto a sus últimos años de vida, indica, correctamente, que resultaron muy problemáticos desde un punto de vista médico. Las evidencias son, por tanto, claras. Como indica Alain Bègue, los españoles de la época “debieron tener la extraña y angustiosa sensación de que la Corona española descansaba sobre la cabeza de un rey en constante peligro de muerte”.[14]

Otra cosa es que nuestro historiador prefiera minusvalorarlas. Para justificar su teoría, argumenta que el último Austria vivió más que algunos personajes cuya vitalidad nunca se puso en duda. El razonamiento no es, en realidad, demasiado bueno: una persona puede sentirse siempre bien y morir a la primera enfermedad mientras que otra, en medio de continuos achaques, puede ver cómo su vida se alarga.

Bravo tampoco está de acuerdo en que la educación del último Austria fuera descuidada. Sabemos, por la documentación de la época, que se previó que estudiara historia, geografía, lenguas y otras materias. Ahora bien: ¿se deduce de eso que el joven rey fue un buen alumno? Respecto de los elogios que le prodigó su preceptor, Ramos del Manzano, en una obra que publicó, sólo cabe interpretarlos como alabanzas cortesanas. ¿Qué otra cosa podía decir el maestro en público? Según Ribot, diversos testimonios acreditan la defectuosa formación de un monarca que a los nueve años aún no habría aprendido a leer y escribir.[15]

Carlos II habría sabido ser un buen rey. Lo curioso es que Bravo, al mismo tiempo que hace esta afirmación, reconoce que no le tenía demasiado amor al trabajo y trataba de evitar el despacho siempre que podía. ¿Cómo podía ser un buen monarca si no cumplía con la principal de sus obligaciones, la de ocuparse de los asuntos de Estado?

Todo, al parecer, iba tan bien que Carlos II habría conseguido “mantener unos ejércitos de un tamaño similar al de sus antecesores”.[16] Esto no es lo que dice Storrs, que señala, de modo mucho más razonable, que los ejércitos del monarca hispano “eran, desde luego, menos dignos de admiración en muchos aspectos que los de algunos de sus predecesores”. Uno de esos aspectos era, precisamente, el numérico: “Los ejércitos de Carlos II eran más pequeños que los de algunos monarcas españoles anteriores y que algunos de los de sus contemporáneos”.[17] Reparemos, pues, en la diferencia entre ambos historiadores. Storrs cuestiona el mito de la España desarmada sin perder el sentido de la proporción. Bravo, por el contrario, da la espalda a la realidad.

Carlos II no se anticipó a su época en ningún sentido. Si eligió a un francés como sucesor, simplemente fue porque deseaba que sus dominios permanecieran intactos. Se limitó así a actuar como un aristócrata cualquiera, obsesionado con que sus tierras no se dividieran a su muerte.

Por otra parte, nuestro autor no parece haber comprendido bien en qué consistía la monarquía hispánica. Niega, por un lado, la pertinencia de la expresión “imperio español” porque “imperio”, en propiedad, sólo había uno, el Sacro Imperio. Eso es olvidar que el término también puede utilizarse para cualquier potencia que ejerza un dominio sobre otros territorios, aunque sea una república. Por otra parte, se nos dice que no existía una relación jerárquica de dependencia entre España y los otros dominios del soberano. Eso implica pasar por alto que los territorios italianos o americanos tenían virreyes españoles, nombrados en Madrid y al servicio de los intereses hispanos. Bravo rechaza tajantemente la existencia de colonias, aunque las riquezas iban de América a España y no en dirección opuesta, hecho que por sí solo ya denota la subordinación del Nuevo Mundo al Viejo. La condición jurídica era una cosa, otra muy distinta la realidad del poder. De ahí que un gobernador de Milán dijera, en 1570, que los italianos, aunque no eran indios, debían ser tratados tales. Tenían que aprender que eran los españoles los que les mandaban a ellos y no ellos a los españoles.[18]

Pero no habría “imperio español”, según Bravo, porque el imperio, a quien de verdad pertenecía, era al rey, no a España. El problema de esta tesis es que no tiene en cuenta la evidencia documental, en la que el país aparece como sujeto. Francisco de Quevedo escribió, dirigiéndose a España, que lo que ésta le había quitado a todos sola, todos a ella sola se lo podían quitar. Si cierta historiografía tuviera razón, el sujeto de esa frase sería el rey. Consideremos otro ejemplo: en 1682 Antonio de Santa María publica un libro, España triunfante y la Iglesia laureada. Aquí se afirma que la posesión de Jerusalén, la Ciudad Santa, “le pertenece a España”.[19]

No deja de ser curioso que, después de insistir una y otra vez en que el mundo de los Austrias era dinástico, no nacional, Bravo alabe a Carlos II por anteponer, en su testamento, “el bien de la patria” a los intereses de su dinastía. Eso convertiría su testamento, a su parecer, en un documento “adelantado a su tiempo”.[20] Es una conclusión, en cierto sentido, lógica: puesto que el autor se ha enamorado de su personaje, ha de acabar diciendo que era un pionero, un visionario. Pero no. Carlos II no se anticipó a su época en ningún sentido. Si eligió a un francés como sucesor, simplemente fue porque deseaba que sus dominios permanecieran intactos. Se limitó así a actuar como un aristócrata cualquiera, obsesionado con que sus tierras no se dividieran a su muerte.

Carlos vivió en un periodo en el que la palabra “patria”, de claro carácter polisémico, lo mismo se utilizaba para la ciudad de nacimiento que para el conjunto de España. Cosa, en realidad, abrumadoramente lógica. Si los reinos fueran solamente las fincas privadas del monarca, la noción de “cosa pública” nunca hubiera existido. En el Antiguo Régimen, lo público y lo privado se mezclaban de una manera que resultará difícil de entender a partir de 1789. No hay contraposición entre los intereses de la dinastía reinante y los de la nación. De ahí que un poema de Somoza y Quiroga hable de un aristócrata que “a servir a su rey y patria aspira”.[21] El soberano se justifica en la medida en que es capaz de procurar el bien de sus súbditos, tal y como manifestaban unos versos de 1696: Y tú, Carlos, dueño mío, vivas muy largas edades para socorro de España y de sus necesidades”.[22] España, por tanto, no es un simple concepto geográfico. Es una entidad que requiere que velen por ella y con la que sus gentes se identifican en términos identitarios. Veamos un poema de la época: “El amor hace valientes España diciendo está y más cuando de la patria llama el amor natural”.[23] Como acabamos de ver, España y patria son términos intercambiables.

Con respecto a la cuestión sucesoria, Bravo llega al extremo de sostener que Carlos II sí tuvo un heredero antes de 1700. Veamos: en caso de necesidad, cualquier monarquía puede nombrar rey a un pariente más o menos remoto del soberano difunto. Pero no se trataba de eso. En la España de la época se deseaba que el monarca engendra un hijo y se vivía por angustia la falta de ese príncipe. Esta inquietud queda patente en un poema de la época, en el que el autor reclama la ayuda divina: “Vuelve los ojos a esta Monarquía sin sucesión, Señor, desconsolada”.[24]                                                                                                                                    

Yo, el Rey, concluye con otra tesis discutible: Felipe V sería, en realidad, un Austria. Si Bravo hubiera dicho que era un Borbón con sangre austríaca, su formulación habría sido impecable. Pero no. Tenía que buscar la novedad a toda costa. Si el propio interesado se presentó a sí mismo como un Habsburgo, fue por una necesidad propagandística frente a su rival por la Corona de España, el archiduque Carlos. Eso fue todo. Sin embargo, en X, el antiguo twitter, el autor ha insistido en que el primer Borbón español descendía de los Austrias por vía matrilineal. Aunque su abuela María Teresa y su bisabuela Ana fueran antepasadas de su padre, no de su madre.

Pese a su utilización de archivos, Yo, el Rey, no aporta, en la práctica, nada nuevo. Lo válido que pueda decir lo han dicho ya otros antes. Lo que hace el autor es exagerar e idealizar a Carlos II y perderse en pequeños detalles, como cuando concede un espacio desmesurado a los viajes que hizo prácticamente a la vuelta de la esquina. Es cierto que su libro ha tenido un impacto mediático superior al de estudios más equilibrados, pero, aparte de eso, no hay nada más. Bravo se presenta como el restaurador de la verdad frente a una persistente mitología, frente a una leyenda negra que haría necesario un estudio como el suyo. Pero las leyendas negras no se combaten con la creación de una leyenda rosa. Si España iba tan bien, no se comprende la razón de tantos fracasos. De igual manera, si España iba tan mal, lo lógico es que se hubiera desmoronado. Un optimismo moderado, sin exageraciones, que reconozca las limitaciones del periodo, es la teoría que mejor contribuye a explicar lo que sucedió. ®


[1] Cánovas del Castillo, Antonio. Bosquejo histórico de la Casa de Austria en España. Pamplona, Urgoiti Editores, 2004, pp. 212–213.

[2] Cánovas del Castillo, Bosquejo histórico de la Casa de Austria en España, p.245.

[3] Maura Gamazo, Gabriel. Carlos II y su corte, vol. I. Madrid, Boletín Oficial del Estado/Real Academia de la Historia, 2018, p.7.

[4] Juderías, Julián. España en tiempos de Carlos II el Hechizado.  Madrid, 1912, pp. 5–6, 12.

[5] Storrs, Cristopher. “Nuevas perspectivas sobre el reinado de Carlos II (1665–1700), dentro de Saavedra, Mª del Carmen (Ed.). La decadencia de la monarquía hispánica en el siglo XVII. Viejas imágenes y nuevas aportaciones. Madrid, Biblioteca Nueva, 2016, pp. 20–21.

[6] Storrs, Cristopher. La resistencia de la monarquía hispánica, 1665–1700. Madrid, Actas, 2013, pp. 49, 277.

[7] Storrs, La resistencia de la monarquía hispánica, p.380.

[8] Maffi, Davide. Los últimos tercios. El ejército de Carlos II. Madrid, Desperta Ferro, 2020, pp. VII–VIII, 197–199, 230.

[9] Thompson, I. A. A. “Sir Charles Cornwallis y su Discurso sobre el Estado de España (1608), dentro de Sanz Camañes, Porfirio (Coord.). La monarquía hispánica en tiempos del Quijote. Madrid, Sílex, 2005, pp. 68, 69, 72, 74.

[10] Espino López, Antonio. Fronteras de la Monarquía. Guerra y decadencia en tiempos de Carlos II, 1665–1700. Lleida, Milenio, 2019, pp. 11–38.

[11] Véase la contribución de Eduard Martí–Fraga sobre el neoforalismo en Álvarez–Ossorio Alvariño, Antonio; Bravo Lozano, Cristina y Quirós Rosado, Roberto (eds.). Bifronte imperio de dos mundos. La monarquía de Carlos II en Europa y América. Madrid, Iberoamericana, 2025, pp. 301–325.

[12] Ribot, Luis. Carlos II. El final de la España de los Austrias (1665–1700). Madrid, Marcial Pons, 2025, pp. 17, 455–456.

[13] Bravo, Alberto. Yo, el Rey. Barcelona, Ático de los Libros, 2026, pp. 68, 101.

[14] Bègue, Alain. Monarquía y Parnaso. La invención literaria de Carlos II. Madrid, CSIC, 2025, p.71.

[15] Ribot, Carlos III, p.53.

[16] Bravo, Yo, el Rey, p.592.

[17] Storrs, La resistencia de la monarquía hispánica, pp. 47, 49.

[18] Elliott, John H. El Viejo Mundo y el Nuevo, 1492–1650. Madrid, Alianza, 2011, p.113.

[19] Santa María, Antonio de. España triunfante y la Iglesia laureada. Madrid, 1682, p.547.

[20] Bravo, Yo, el Rey. p.582.

[21] Bègue, Monarquía y Parnaso, p.15.

[22] Bègue, Monarquía y Parnaso, p.347. 

[23] Arellano, Ignacio (Ed.). Poesía clandestina y de protesta del Siglo de Oro. Madrid, Cátedra, 2025, p.270.

[24] Bègue, Monarquía y Parnaso, p.347.

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Publicado en: Política y sociedad

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