Misha Tal, el paciente

El ajedrez antes de morir

Lo conocían como el Mago de Riga, destacó por su gran capacidad para crear combinaciones y ataques tácticos con sacrificios sorprendentes y a menudo muy arriesgados. Ganó el Campeonato Soviético seis veces. Ésta es la historia de sus últimos días.

Misha Tal en 1982.

No lograron despedirme, aunque sí reubicarme; me hicieron el juntacadáveres. Así llamaban a los médicos exiliados al área de desahuciados. Mi nuevo puesto era cuidar a medios hombres, tullidos, ancianos y vegetales. Pacientes terminales que insistían en tener a alguien que los viera irse al otro lado. En mis primeros días ahí vi morir a cuatro personas, ya no me sorprendía como cuando salí de la facultad en Moscú, pero sí me pareció extraño. Un doctor que no lucha por salvar una vida es parecido a Caronte, el que guía las almas al inframundo.

A finales de abril del noventa y dos llegó un paciente nuevo, su archivo decía que tenía insuficiencia renal y complicaciones hepáticas. Seguro era otro ebrio. Por lo general iba acompañado de alguna enfermera a la primera revisión; esta vez no, volteaban la cara cuando notaban que me acercaba, igual que los demás doctores. Abrí la puerta del cuarto de Mikhail Tal, el paciente que no me escuchó entrar. Estaba sentado en una silla junto a la ventana con un cenicero lleno de colillas en su pierna derecha.

Todos ahí tenían aspecto moribundo, pero había algo distinto en él. En lugar de mano derecha tenía un muñón partido a la mitad con un pulgar normal que resaltaba en la extremidad; el cabello que le quedaba a los costados del cráneo crecía vertical; estaba tan delgado que la piel de su cara descansaba en su cráneo desprovisto de músculo; su nariz era grande. No veía a alguien así desde que atendía campesinos en el hospital de Múrievo, sólo que había algo distinto en sus ojos, eran pícaros, casi felinos. Incluso ahí sentado con aspecto de cadáver tenía la mirada de un niño que planea una travesura, como si riera para sus adentros sobre algo ocurrido.

Le pedí que pasara a la cama para revisarlo, había un tablero de ajedrez, lo moví para que pudiera acostarse y lo desacomodé. Antes de que pudiera disculparme me dijo que no había problema. Noté que la tapa de una licorera se asomaba de una esquina bajo la almohada. Leí su expediente en voz alta por si no lo habían puesto al tanto, luego lo revisé. Le dije en un lenguaje formal y médico que ya tenía un pie en la tumba. Mientras yo hablaba, él acomodó las piezas como estaban, ni una fuera de lugar. Llamó mi atención. Estaba por irme, no me apetecía confiscar la petaca de un moribundo, le recomendé no beber en su estado de salud.

—Si me gana una partida le entrego mi licorera —el tono felino volvió a sus ojos cuando me propuso aquello.
—Tengo que ver a otros pacientes.
—Entiendo, seguro que si alguien muere por aquí es por culpa suya —me dijo con media sonrisa en su cara.

Al final del juego dejó que tomara su reina, en cuanto me sentí complacido por mi movimiento me ganó con un caballo, una de las dos piezas con las que terminó. Miré el tablero, no entendía del todo cómo había pasado aquello.

Acepté. Me ofreció las piezas blancas, su mirada era juguetona e intensa, tenía la vida que le faltaba en el resto del cuerpo. Era muy bueno, yo no jugaba desde que era adolescente, pero al menos sabía los principios, él los rompió todos. Parecía que cada vez que comía una de sus piezas mi posición empeoraba. Mikhail no dejaba de fumar, a la mitad de la partida comenzó a hacerlo con su mano derecha, la deforme, seguro se dio cuenta de que la observaba porque soltó una risita y me ofreció uno de sus cigarrillos, no me negué. Yo tenía el gesto de alguien que hacía un esfuerzo físico, él el de alguien que entretiene a un niño. Al final del juego dejó que tomara su reina, en cuanto me sentí complacido por mi movimiento me ganó con un caballo, una de las dos piezas con las que terminó. Miré el tablero, no entendía del todo cómo había pasado aquello.

—En el ajedrez hay dos tipos de sacrificios: los correctos y los míos —me dijo, complacido.

Devolví el tablero a la mesita junto a la cama y salí del cuarto. Me topé de frente con una enfermera cuando di unos pasos fuera, creo que ya me esperaba, era joven, al menos más que yo. Señaló uno de los letreros de “prohibido fumar” que habían puesto en los pasillos hace poco tiempo. Le pregunté si era el jefe de medicina interna, la dueña del hospital o mi madre, respondió que en negativo a todo. No dijo más, se dio la vuelta y se fue. Algunas colegas suyas que presenciaron ese intercambio me miraban con odio, incluso una que tenía un cigarrillo en la boca. Escuché una risa detrás de mí, era Mikhail, me hizo un gesto de brindis con su licorera.

Volví al día siguiente para otra revisión. Antes de entrar al cuarto vi que había alguien más ahí, era un periodista, tenía una grabadora en la mesita junto a la cama y una libreta en las manos. Gracias a eso me enteré de que no había perdido la partida contra un campesino raro y agonizante, sino contra un campeón mundial. Permanecí pegado al marco de la puerta para escucharlos.

—En la historia del ajedrez sólo tres campeones mundiales vivieron con sus padres durante la infancia. Los tres retuvieron el campeonato por un año. ¿Le parece una coincidencia? ¿Quizá le faltó esa fuerza que sólo tienen los pobres? —preguntó el tipejo de la revista.

—Hace tiempo escribieron un libro sobre mí, El enigma de Tal, en el que el autor tiene una hipótesis parecida. Soy el hijo de una familia sin problemas que vivió una vida relativamente tranquila. La Segunda Guerra Mundial no me afectó mucho en realidad, así que tengo un estilo de juego. La vida de Tigran Petrosian fue más difícil, complicada, eso también impactó su estilo. Me parece una hipótesis válida, pero sólo eso: una hipótesis.

No dejó de fumar ni de reírse durante toda la conversación. Casi se carcajeaba de sus mejores sacrificios y que cuando era mucho más joven era tan bueno que a las autoridades soviéticas no les importó que fuera judío. El periodista oprimió un botón de su grabadora, la guardó en su portafolio junto con su libreta. La entrevista había terminado, le agradeció antes de avisarle que su texto se publicaría unas semanas antes del Torneo de Ajedrez Rápido de Moscú. Salió. 

Al entrar Mikhail me preguntó qué opinaba sobre lo que había escuchado. Cuando le reproché haberme ocultado el detalle de su título mundial antes de nuestra partida replicó que de lo contrario me habría cohibido al momento de jugar o no lo habría hecho. Admití que tenía razón. Esta vez fui yo quien le dio un cigarro. Mientras lo inyectaba, él quiso saber dónde aprendí de ajedrez.

—Mi padre me enseñó de niño, luego me inscribió en una de las escuelas soviéticas durante un tiempo —le comenté.
—¿Por qué dejó de jugar?

Antes de que pudiera explicar cualquier cosa se retorció en la cama, eran los dolores que lo habían traído al hospital. Recobró el control de sí cuando le administré morfina, tuve que usar unos miligramos más de lo necesario. Exhaló luego de unos segundos, se relajó. El campeón mundial de ajedrez tuvo el mismo espasmo en los músculos, la respiración entrecortada y los dedos contraídos de todas las personas antes de morir. En ese momento fue muy obvio lo parecidos que lucen los desahuciados, no importa si se trata de un hombre común o de alguien extraordinario, al final todos se van igual.

El campeón mundial de ajedrez tuvo el mismo espasmo en los músculos, la respiración entrecortada y los dedos contraídos de todas las personas antes de morir. En ese momento fue muy obvio lo parecidos que lucen los desahuciados, no importa si se trata de un hombre común o de alguien extraordinario.

Lo ayudé a encender otro cigarrillo, sus manos aún temblaban. Me preguntó si le podía dar un poco más de anestesia sólo por gusto, se rio cuando me negué y le dio unos tragos a su petaca. Estaba a punto de decirle, otra vez, lo malo que era el alcohol para un paciente con insuficiencia renal, pero me interrumpió.

—No me dijo por qué dejó de jugar.

Le conté de cuando fui expulsado de una de las escuelas soviéticas de ajedrez por golpear a uno de mis compañeros. Mikhail frunció el ceño, parecía confundido. Una riña entre alumnos no ofendía a nadie, era algo común, el problema fue que le di el primer puñetazo antes de terminar una partida.

—¿Pero por qué lo golpeó?
—No jugaba, sólo forzaba empates —respondí.
—Entiendo. Buscar un empate, sobre todo con las blancas, es un crimen contra el ajedrez.

Le agradecí por ser más comprensivo que mi padre en su momento, luego le pregunté si a él le había pasado algo así. Me dijo que sí, pero no tal cual. En el sesenta y seis, la noche antes de comenzar la olimpiada de ajedrez de Cuba, salió con unos compañeros de equipo a tomar unas copas. En el bar conoció a una mujer de La Habana, conversaron toda la noche hasta besarse recargados en la barra. Fueron interrumpidos cuando llegó el marido de la cubana y le rompió una botella de ron en la cabeza.

—Me hospitalizaron, me perdí de las primeras cuatro rondas del torneo. Mi esposa no podía con la preocupación —añadió.

Había perdido la noción del tiempo, me di cuenta cuando dejé caer la quinta colilla en el cenicero. Tomé mis notas y me ajusté la corbata de nuevo. Abrí la puerta, me faltaba un paso para salir, pero me detuvo. Se ofreció a enseñarme de ajedrez todos los días después de revisarlo. Por un momento pensé que no debía descuidar mi trabajo por un juego de mesa, luego vi pasar a uno de los doctores que me miraba fulminante desde hacía un tiempo, también me acordé de que los pacientes de esa ala iban a morir con o sin mi ayuda.  

Volví al día siguiente. Mi paciente ya tenía las piezas listas sobre el tablero. Fui más cuidadoso con mis movimientos, me enfoqué en resguardar a mi rey, sabía que no podía ganarle, pero quería resistir un poco más que la vez anterior. En la parte final de la partida miré a Mikhail, esta vez no tenía la expresión traviesa de la otra tarde, ni siquiera cuando me acorraló en la casilla G7. Le pregunté si había hecho algo mal. Me felicitó por jugar como todo un soviético: responsable en la defensa, falto de iniciativa, precavido, insípido. Aburridísimo.

Quiso saber por qué no moví el caballo a una casilla donde hubiera sido devorado por un peón. Alegué que eso sólo me habría dejado con menos material. Sacó su petaca de bajo su almohada, le dio un trago largo y me llamó idiota.

Tomó las piezas, las devolvió a los cuadros que habían ocupado a la mitad del juego, lo hizo sin verme de reojo. Estoy seguro de que, al menos por un momento, se olvidó de que yo estaba frente a él. Tomó su cigarro con su mano de tres dedos y lo usó para señalar la posición que había recreado. Quiso saber por qué no moví el caballo a una casilla donde hubiera sido devorado por un peón. Alegué que eso sólo me habría dejado con menos material. Sacó su petaca de bajo su almohada, le dio un trago largo y me llamó idiota.

Me mostró una secuencia en la que el peón se comía al caballo, como anticipé, gracias a ese sacrificio la fila E del tablero quedaba abierta para que mi torre apuntara a su reina a la distancia de seis casillas. Ni siquiera se me había ocurrido. Me enseñó más series de ataques elaborados que en un principio parecían no tener sentido, pero terminaban en victorias. Unas eran aplastantes, donde todas las piezas se coordinaban entre sí; en otras la victoria era cuestión de un movimiento de apariencia insignificante.

—Debes llevar a tu oponente a un bosque oscuro y profundo, donde dos más dos sea cinco y la salida sólo tenga espacio para una persona —me dijo cuando yo había dejado de asentir y sólo miraba aquellas sesenta y cuatro casillas.

Fui a revisarlo a diario durante el tiempo que estuvo internado. No dejaba de sorprenderme la forma en que contrastaba su aspecto deplorable con su estilo de juego. A menudo se retorcía de dolor, sus cabellos estaban más dispersos, caminaba con dificultad, temblaba cada que encendía un cigarrillo. La muerte era un accesorio que llevaba puesto. Sin embargo, tenía algo alrededor suyo al momento de jugar, destreza en las manos al mover las piezas y el ardor de mil soles en la mirada. Lucía imponente en esos momentos. Me sentí intimidado frente a él en más de una ocasión; en algún momento me hizo gracia pensar que tal vez el mismo diablo era quien me enseñaba ajedrez.

El tema común de nuestras sesiones eran los sacrificios, era el estilo que él quería enseñarme. Esto no siempre llevaba a ganar todas las partidas, pero cuando funcionaba el resultado era asombroso. Una cosa bella. Usaba sus juegos por títulos mundiales y campeonatos soviéticos como ejemplo, los recordaba a la perfección. Una tarde le pregunté si podía platicarme de un error de cálculo que le hubiera costado una pieza importante. Pensó unos segundos 

—El primero que me viene a la mente es el de mi primera esposa.

* * *

En 1964, casi treinta años antes de que fuera mi paciente, Mikhail fue en persona al comité central del Soviet de su natal Riga para repetirles a los ministros que su vida privada no era asunto de nadie más que suyo. Le respondieron que, a final de cuentas, era él quien estaba a cargo de sus decisiones. Al día siguiente su madre llegó a la cocina donde Tal desayunaba con su esposa Sally, pasó sin tocar la puerta. Tenía un sobre abierto en la mano, lo había sacado del buzón antes de entrar, leyó la carta en voz alta:

Camarada Tal, los ajedrecistas son figuras importantes para el país y la familia tradicional un pilar fundamental de una sociedad obrera. Un hombre que es un sabido adúltero no representa el estándar de valores esperados de un atleta soviético. Es por eso que no tiene permitido participar en el Torneo Interzonal de Amsterdam.

Mikhail y Sally Landau se casaron cinco años antes de recibir esa carta, cuando él estaba a punto de convertirse en campeón mundial. Ella lo amaba, pero era como un adolescente al que tenía que cuidar. Desde entonces sufría de complicaciones renales y dolores constantes, su tratamiento para ello era beber desde temprano, borracheras que duraban días y muchos amoríos. Por lo general sus infidelidades pasaban inadvertidas, pero esa vez había mantenido una relación de más de un año con una actriz. Salían juntos a bares, cenaban en restaurantes y paseaban juntos por las calles de la capital de Latvia, se había vuelto algo tan notorio que se enteraron las autoridades soviéticas y su esposa.

Se sirvió un poco de café en su taza con brandy, se lo terminó de un trago, se acomodó el cabello con su mano de tres dedos, luego se sirvió otro igual.

Tal de por sí no hablaba mucho antes sus primeros tragos del día; esa mañana estaba mudo, al igual que las dos mujeres que lo acompañaban en la cocina de su casa. Se sirvió un poco de café en su taza con brandy, se lo terminó de un trago, se acomodó el cabello con su mano de tres dedos, luego se sirvió otro igual. La madre de Mikhail fue quien rompió el silencio, le dio la vuelta a la silla donde estaba sentado su hijo, se dirigió a su nuera, le puso una mano en el hombro.

—Tesoro, tienes que hacer algo que no te va a gustar —sentenció.

Dos días después, el ajedrecista fue convocado por los ministros del Soviet, le pidieron ir solo. Cuando entró tenían las caras duras, miradas severas, lo llevaron a una oficina pequeña uno de ellos se sentó detrás del escritorio, los otros dos estaban de pie a su lado. Estallaron en risas cuando cerraron la puerta, cada vez que alguno intentaba decir algo se lo impedía una carcajada. Así transcurrió un minuto.

El que estaba sentado fue el primero en recobrar el control de sí, se acomodó la corbata antes de abrir un cajón del escritorio, sacó un documento firmado por la esposa de Tal. Era una carta en la que Sally Landau decía ser una pareja terrible que había orillado a Mikhail Tal, “un padre y esposo maravilloso”, a buscar a alguien por fuera del matrimonio. Al final imploraba lo dejaran competir en el Torneo Interzonal de Amsterdam.

—¡Lo felicito, camarada Tal! Por lo general recibimos correspondencia de esposas que piden castigos para sus maridos infieles —dijo el que estaba sentado.
—Me encantaría enmarcar esta carta y colgarla en mi oficina —añadió uno de los que estaba de pie.

Sally y su madre lo esperaban en casa, en cuanto llegó les dijo que el plan no había funcionado, después se fue a encerrar a su habitación con un tablero de ajedrez y una botella. Se quedaron solas en la cocina en silencio durante un rato, ninguna de las dos sabía qué más hacer para ayudarlo. Salió unas horas más tarde de su cuarto con la botella vacía y una idea; rodeó la mesa la mesa para acercarse a esposa, iba a pedirle otro favor que no le iba a gustar.

El acta que daba inicio al divorcio de Mikhail Tal y Sally Landau llegó a manos de los ministros del Soviet una semana antes del Torneo, no tuvieron otra opción que dejarlo ir. Llegó a Amsterdam sin más problemas. Envió un telegrama a casa cuando recién se instaló en su hotel, luego jugó las primeras rondas eliminatorias.

Envió un segundo telegrama a su esposa luego de pasar al grupo de los finalistas. Ese mismo día, Sally Landau fue al Soviet a anular el trámite de divorcio. Tal ganó el torneo y siguieron casados después de eso.

* * *

—Señor Tal, la verdad no entendí qué parte de ese sacrificio salió mal si llegó al torneo y no se divorció —le señalé después de que me convenciera de ponerle unos mililitros más de morfina.

—Se consiguió un amante después de anular nuestro divorcio, me dejó un año más tarde y se fue del país. Y, por favor, dígame Misha —me respondió en un suspiro, el medicamento hacía su efecto y consiguió relajarse.

Mis lecciones continuaron, llegó un punto en el que ese juego dejó de ser algo entre Misha y yo. Un día que usé una de sus tácticas para mejorar mi posición él me sorprendió con un jaque mate que descompuso el resto de mi jornada, tal vez de mi vida. Ya no escuchaba en su totalidad a mis demás pacientes por pensar en la apertura que había practicado esa semana; en cómo pude mover el caballo a un mejor cuadro; en los errores que cometí al final de la partida. El tablero había dejado de ser algo indispensable, de repente podía visualizar las sesenta y cuatro casillas sin tenerlas delante mío. Poco a poco me di cuenta de lo mucho que pensaba en ajedrez.

Comencé a leer revistas sobre el tema y compré el libro de fundamentos de ajedrez de Capablanca. A mi paciente le salió una risa llena de humo cuando se lo conté. Sospecho que por eso dejó que desarrollara mi juego en lugar de sofocar mi estrategia como solía hacer; esa mañana de finales de mayo le gané una partida. No tengo duda de que esa victoria fue un regalo de su parte.

—Veo que ya contrajo el virus.
—¿Misha, de qué está hablando?
—Usted es como alguien que acaba de contraer los microbios de una gripe china, porque va por ahí sin saber que ya está enfermo. Eso es lo que pasa con el ajedrez, uno aprende a mover un caballo, que a la reina le gusta empezar en su color, pierde varias partidas hasta que alguien tiene la bondad de dejarlo ganar; luego pasan unos días y se da cuenta de que sin el ajedrez hay una pieza que falta en su vida.

Mikhail Tal se había ido de su cuarto sin llenar papeles de alta. Lo busqué por un pasillo, pero después de dar unos pasos volví a donde había dejado mi maletín. La tarde anterior compré la revista en la que se publicó la entrevista que le hicieron unas semanas atrás, en la última línea decía la hora y ubicación del Torneo de Ajedrez Rápido de Moscú.

Al día siguiente caminaba por uno de los pasillos rumbo a mi lección diaria. Una enfermera me detuvo antes de llegar al cuarto. Me preguntó si yo sabía dónde estaba, creo que leyó en mi rostro que no tenía idea de a qué o a quién se refería. Gruñó que Mikhail Tal se había ido de su cuarto sin llenar papeles de alta. Lo busqué por un pasillo, pero después de dar unos pasos volví a donde había dejado mi maletín. La tarde anterior compré la revista en la que se publicó la entrevista que le hicieron unas semanas atrás, en la última línea decía la hora y ubicación del Torneo de Ajedrez Rápido de Moscú.

Fui al torneo más por curiosidad propia que por recuperar a mi paciente, yo no podía obligarlo a regresar, pero no podía quitarme la idea de que esos momentos junto con los que había pasado al lado suyo en el hospital eran los últimos de su vida. Quería saber en qué terminaba esa historia. Llegué cuando comenzaban las últimas rondas, había más gente de pie alrededor de unas pocas mesas. Cuando pasé frente a ellas vi que jugaban con relojes cuadrados que marcaban cuánto tardaban en hacer cada movimiento. Antes de recorrer toda la fila noté que de repente más gente se reunió en torno a una partida en específico.

Misha tenía las piezas blancas, un saco que sospecho le quedaba más grande que hace un mes y el ardor de la vida misma en los ojos. Yo había visto a su oponente en las portadas de algunas revistas que tenía en mi portafolio, era Gary Kaspárov, el actual campeón mundial. Tal empezó el juego con e4, el peón del rey en el centro; su rival respondió con c5, la defensa siciliana. En ese momento, cuando ambos estaban recargados al borde del tablero y sólo dejaban de ver las piezas para mirarse a los ojos, supieron que ninguno de los dos estaba ahí en busca de un empate.

Éste no era un torneo tradicional, en el que los jugadores podían pensar cada movimiento por horas y está el título mundial de por medio; aquí cada uno tenía cinco minutos en su reloj. Mi paciente me había hablado muchas veces de cómo hay que ver las jugadas en lugar de calcularlas como una operación matemática, pero nunca lo había visto en acción. Le tomaba segundos poner cada pieza en un punto que atacaba el centro del tablero. Tenía el ceño fruncido, media sonrisa y un cigarro que no dejaba de humear en su mano derecha, parecía estar más sano.

El campeón puso unos peones frente a su rey y quitó a su reina de una hilera que estaba bajo la amenaza de una torre blanca. Lo que hacía era correcto, pero tardaba demasiado en cada movimiento, con más tiempo habría sido una partida más cerrada. Reconocía la tensión en su mirada, era lo mismo que yo experimentaba al jugar con Misha. Kaspárov estaba sentado frente a alguien que no calculaba lo que hacía, no le importaba perder piezas, ni temía morir de insuficiencia renal frente a los demás ajedrecistas que lo miraban en su último torneo.

Dejaron de jugar después de diecisiete movimientos. Mi paciente parecía estar complacido, miraba el tablero como una presa que cayó en su trampa. Comprendí por qué cuando vi el reloj junto al cenicero que mi paciente había llevado consigo, decía que a Misha le quedaba poco menos de un minuto y a Kaspárov se le había terminado el tiempo. El campeón mundial había necesitado más segundos a lo largo de la partida para calcular contraataques, mientras que Tal hacía toda clase de maniobras y sacrificios sin pensar demasiado.

Misha se levantó de su silla después de darle la mano a Kaspárov, se alejó unos quince metros y se detuvo a fumar. Yo sabía qué decirle o si debía acercarme en primer lugar.

Nadie aplaudió, habría sido de mala educación hacer mucho ruido, pero escuché algunas voces bajas alrededor de mí, se preguntaban quién era el hombre, el sujeto de semblante espectral y una mano de tres dedos que acababa de vencer al mejor jugador del mundo. Misha se levantó de su silla después de darle la mano a Kaspárov, se alejó unos quince metros y se detuvo a fumar. Yo sabía qué decirle o si debía acercarme en primer lugar.

Caminé unos pasos hacía él, antes de poder alcanzarlo otro hombre llegó a darle la mano. Se presentó como un gran admirador de Tal y le dijo que lo había visto jugar en otro torneo diez años atrás, Misha lo escuchó con atención. El sujeto se despidió y le agradeció por los minutos de conversación.

—Por favor, gracias a usted por reconocerme —respondió Tal sonriente.

Decidí no abordarlo después de escuchar eso, no quería que nada, ni siquiera yo, le recordara su estado de salud. Ese día era para pensar en ajedrez nada más. Caminé hasta el hospital, quería perder un poco más de tiempo de esa jornada. Cuando regresé le dije a mis colegas que lo busqué por todos lados, pero que no logré dar con él. No hice nada más durante horas. Misha volvió casi al anochecer, tenía aliento alcohólico, las enfermeras que lo recibieron dijeron que se tambaleaba desde que bajó del taxi.

Mikhail Tal murió el veintiocho de junio de 1992, un mes después esa victoria en su último torneo de ajedrez. ®

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Publicado en: Apuntes y crónicas

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