Los crímenes de odio contra personas de religión diferente a la nuestra son delitos repudiables, se trate de cristianos, budistas, judíos o musulmanes. Lo grave es que hay grupos que culpan a los judíos de odiar a los cristianos. Nada más falso.

Hay una nueva moda en los rincones más oscuros del internet: falsos cristianos que comparten citas del Talmud y versiones recicladas de los Protocolos de los Sabios de Sión para demostrar cuánto odian los judíos a los cristianos, y de ese modo inclinar el tradicional apoyo cristiano a Israel en Estados Unidos hacia el lado contrario, contribuyendo con ello a propiciar un nuevo Holocausto.
Saben que la probabilidad de que algo así ocurra se vuelve mucho más alta si Estados Unidos retira el apoyo a Israel. Y eso es exactamente lo que desean.
Lo hacen con fervor evangélico, convencidos de estar revelando una conspiración milenaria. Y aquí está el primer problema: tienen una pizca de razón. Suficiente para que el argumento parezca sólido a los ojos incautos. Insuficiente para que no sea una mentira.
Es decir, que la religión judía rabínica, la que sobrevivió a la destrucción del Templo y se consolidó a través del Talmud, se construyó en parte en polémica con el cristianismo naciente. El rechazo de Jesús como mesías no es un detalle periférico, sino un elemento constitutivo de esa tradición. Señalar es simple historia de las religiones, no antisemitismo. De hecho, es, también, una verdad de Perogrullo, pues una religión que no acepta las premisas de otra no es necesariamente su enemiga, sino simplemente otra religión. Lamentarse porque el judaísmo no reconoce a Jesús tiene la misma lógica, pues, que escandalizarse porque los budistas no rezan el rosario.
El judío que pateó a una monja francesa en Jerusalén, el que destruyó una efigie cristiana en Líbano, el que profiere insultos contra Jesús en un video viral: todos reales y repudiables. Todos, también, absolutamente minoritarios dentro de una comunidad de quince millones de personas.
Digamos que, hasta ahí, el argumento neonazi tiene cierta base. El problema es lo que hace después con ella. La estrategia es sencilla y antigua: tomar lo que hacen una fracción marginal —los ultraortodoxos más radicales, una minoría dentro de la minoría— y extenderlo como caracterización de todo el grupo. El judío que pateó a una monja francesa en Jerusalén, el que destruyó una efigie cristiana en Líbano, el que profiere insultos contra Jesús en un video viral: todos reales y repudiables. Todos, también, absolutamente minoritarios dentro de una comunidad de quince millones de personas. Presentarlos como muestra representativa del judaísmo mundial es tan riguroso como definir al catolicismo por sus sacerdotes pederastas, o al protestantismo por los pastores charlatanes que estafan a sus fieles. Pero ahí sí que no les gusta. Y eso que lo que ellos hacen es estadísticamente más grave, porque los sacerdotes pederastas son, según ciertos estudios, hasta un 4% o 5% del total. ¿Y qué porcentaje de pastores “protestantes” son charlatanes? Mucho más de ese porcentaje. En cambio, los judíos que cometen actos violentos contra cristianos difícilmente creo que lleguen a uno de cada diez mil, y, además, normalmente cometen el acto una sola vez en su vida, porque de inmediato suelen ser arrestados y procesados. Por no mencionar que el acto delictivo en cuestión no llega ni de lejos a los grados de maldad de los crímenes de los sacerdotes pederastas, o de los musulmanes terroristas. Suele quedarse en lesiones menores, daños a estatuas, escupitajos, gritos, insultos. Está mal y son auténticos delitos, eso no se discute. Pero, ¿quién queda peor parado en una comparación seria? ¿Quién comete más gravemente la calumnia llamada “falacia de composición”?
Durante los últimos dieciséis siglos, fueron las iglesias —y no las sinagogas— las que organizaron masacres, expulsiones y hogueras. Los judíos estuvieron casi dos milenios sin ejércitos o policías con los que perseguir a nadie.
Por si esto no bastara, hay además una inversión histórica que estos “cristianos” prefieren no recordar, y es que, durante los últimos dieciséis siglos, fueron las iglesias —y no las sinagogas— las que organizaron masacres, expulsiones y hogueras. Los judíos estuvieron casi dos milenios sin ejércitos o policías con los que perseguir a nadie. Sí, en el pasado las autoridades saduceas y fariseas persiguieron física y sistemáticamente a cristianos. Sólo que la última vez fue por ahí del año 60 d.C. Desde entonces, los rarísimos casos de violencia anticristiana perpetrada por judíos son anecdóticos, documentables uno por uno, procesados por los propios tribunales israelíes con toda dureza —cuando ocurren ahí, y que yo sepa sólo ocurren ahí—. La violencia en sentido contrario tiene, en cambio, nombre de ciudades: York, Granada, Estrasburgo, Kiev, Varsovia, Auschwitz. Y tiene seis millones de muertos tan sólo en el último siglo.
San Pablo lo vio venir. La epístola a los Romanos —texto fundacional del que estos neonazis dicen nutrirse— advierte explícitamente, en el capítulo 11, contra la arrogancia de los gentiles hacia el pueblo de Israel. El versículo 18 es suficientemente claro como para no requerir ninguna aclaración: “No seas arrogante para con las ramas (el Israel no cristiano); pero si eres arrogante, recuerda que tú no eres el que sustenta la raíz, sino que la raíz es la que te sustenta a ti”. Que quienes invocan ese mismo texto para justificar el odio no lo hayan leído hasta esa página dice todo lo necesario sobre la calidad de su fidelidad exegética y moral.
El resultado final es una paradoja perfecta: gente que dice defender a los cristianos del odio judío reproduce, punto por punto, la misma lógica que denuncia, y multiplicándola al máximo. Generalización del grupo, uso selectivo de casos extremos, descontextualización histórica, citas manipuladas. De modo que el verdadero fariseo del siglo XXI, y el que puede causar genocidios atroces y reales, no está en ese rabino loquito y podrido, con sombrero negro y rizos, que maldice a los goyim, y al que le hacen caso treinta judíos alrededor del mundo. Está frente al espejo. ®
