Federico Lorenz evoca aquella época mediante la historia de Ismael, nombre de guerra de un montonero, en la que se hace memoria de su lucha, de la represión de la dictadura y del fracasado intento por recuperar las islas Malvinas, en el que coinciden algunas víctimas y victimarios del horror del régimen militar.

Entre los años más duros de la historia de Argentina se encuentran los que vivió entre los años setenta y ochenta del siglo pasado, con el golpe de Estado que condujo a la dictadura militar y después la guerra por las Malvinas, una etapa en la que también actuó la organización guerrillera conocida como Los Montoneros.
En su novela Montoneros o la ballena blanca (Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2025) el historiador Federico Lorenz evoca aquella época mediante la historia de Ismael, nombre de guerra de un montonero, en la que se hace memoria de su lucha, de la sevicia represora de la dictadura y del fracasado intento por recuperar las islas Malvinas, en el que coinciden algunas víctimas y victimarios del horror del régimen militar.
Sobre este ejercicio de memoria vale citar la reflexión del personaje de la novela: “Pensé: a lo mejor la revolución se hace con esta materia, con las tripas, y después viene otro y la escribe. Si se gana, todos los argumentos son pruebas de lo acertado de la idea y de las convicciones. Si se pierde, acaso ni siquiera se pueda contar por qué combatimos”.
Esta novela es la historia, afirma Lorenz, del fracaso de un par de proyectos: tanto el revolucionario como el nacional.
Lorenz (Buenos Aires, 1970) es doctor en Ciencias Sociales por la Universidad Nacional de General Sarmiento y licenciado en Historia por la Universidad Nacional de Luján. Ha sido jefe del Departamento de Historia del Colegio Nacional de Buenos Aires e investigador independiente del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, además de becario de la Fundación Guggenheim. Autor de quince libros, la mayoría de ellos de historia reciente de su país, y de cinco novelas. Obtuvo el premio Eugenia Meyer de la Red Latinoamericana de Historia Oral y mención de honor del premio Isay Klasse al libro de educación de la Fundación El Libro.
—¿Por qué un libro como el suyo, una muy interesante mezcla de hechos como la dictadura militar de los años setenta en Argentina, la guerrilla de los Montoneros y otra experiencia muy dura como fue la guerra de las Malvinas?
—El interés tiene dos planos: uno, personal, son temas que yo he indagado toda mi vida como investigador y, posteriormente, o en paralelo, como novelista. En segundo lugar, porque creo que tanto la violencia política de los años setenta como la represión posterior, y la derrota en la guerra de las Malvinas son hechos que marcan una crisis: el final de un modelo de país o una transición a otro, que no sabemos aún muy bien cuál es, pero en cuyos orígenes están las consecuencias de la guerra y de la violencia estatal, que fueron los cimientos de la actual democracia.
Me parece que eso le da actualidad. Son temas que, además, por las distintas connotaciones que tienen en distintos momentos de la historia argentina las hemos pensado separadamente: un asunto era la violencia política y el terrorismo de Estado, y otro la guerra de las Malvinas, que confluyen en mi novela.
—¿Cómo combina en esta novela literatura, la historia y la memoria? ¿Qué posibilidades le dio, en este caso, un género como la novela, para expresar otros aspectos de la realidad?
—Algo importante es que los momentos más delirantes o aparentemente más “fantásticos” de la novela son creación literaria, tanto como el modo en el que están organizados los hechos y el relato, pero muchas de las situaciones que suceden son hechos que me contaron personas que entrevisté en mi carácter de historiador.
Además, la novela también contiene documentos; algunos los escribí yo, pero otros son originales de la época, y sucede que en ocasiones no se distinguen. Me han escrito personas sobrevivientes de aquellos años diciéndome que tal o cual documento no lo conocían, pero era uno escrito por mí con la lógica de las organizaciones armadas y que, de algún modo, llegó al punto.
La ficción da una posibilidad que no ofrece la historia: volver a darle la vida, al menos en la novela, a personas que aún extrañan mucho la gente que vive hoy. Es muy lindo poder hacer eso, es muy reparador, no sé si para ella, pero para mí, que la escuché, sí.
Mi gran preocupación como novelista, sobre todo cuando trato temas históricos, es la verosimilitud: el relato tiene que ser creíble, aunque parezca increíble lo que sucedió. Lo que permite la memoria es entender, a la literatura en este caso, como un terreno en el cual vos podés plantear discusiones que quizás no se puedan hacer en el plano político e incluso en el académico, porque a veces somos más cerrados.
La mayor parte de las cosas que hacen los personajes de la novela son reales, son cosas que sucedieron, porque entrevisté personas vivas. La ficción da una posibilidad que no ofrece la historia: volver a darle la vida, al menos en la novela, a personas que aún extrañan mucho la gente que vive hoy. Es muy lindo poder hacer eso, es muy reparador, no sé si para ella, pero para mí, que la escuché, sí.
—Lo que también me llamó mucho la atención es que en el libro hay partes en las cuales se convierte en una novela de aventuras. ¿Cómo la utilizó para desarrollar estos temas?
—Entré en la literatura como lector, leyendo novelas de aventura. Estoy hablando de cuando era un niño, y me gustan mucho, tanto que las sigo leyendo y las disfruto hoy.
Fue un recurso para sacarle cierta solemnidad a temas que son pesados y que muchas veces son tristes, pero sin perderles el respeto. Me gustaba mucho la lógica de novela de aventura, como vos decís, y también tiene mucho de road movie.
En la novela hay un gran recorrido por la ruta del sur, que es una forma de dar cuenta de algo que a mí me conmovió mucho: las primeras veces que pude recorrer las rutas patagónicas, lo que es una experiencia. Esto era algo que yo también quería transmitir.
Por supuesto, lo anterior permite ir cambiando situaciones e ir acercándose a territorios cada vez más cercanos en donde las situaciones más disparatadas pueden ser posibles. Además, el sur argentino, patagónico, es una suerte de frontera utópica del país, y lo sigue siendo hoy. No casualmente, ahí está el territorio usurpado por los británicos.

Así, confluye todo: una causa con un territorio donde todavía se imagina un futuro nacional. ¿Qué mejor que una novela de aventuras que lleve hacia allí?
—En la historia hay un personaje muy importante, el antihéroe: un policía apellidado llamado Romualdes, un perseguidor cruel y despiadado contra la guerrilla. En ese sentido, ¿qué nos dice de la dictadura, de sus fuerzas de seguridad, de los horrores de aquellos años?
—Romualdes me permite mostrar dos asuntos: primero, el nivel de barbarie que aplicó la dictadura y algunos de sus actores rompiendo todos los límites de la ley y de los derechos humanos para combatir lo que ellos llamaban “la subversión”. En eso Romualdes es muy bueno haciendo su trabajo.
Segundo, la situación particular de que muchos de los integrantes de las Fuerzas Armadas que participaron en la represión ilegal, en el terrorismo de Estado, después combatieron en las Malvinas.
Para el relato patriótico nacional eso es una contradicción: ¿haber peleado contra los británicos en las Malvinas redimía de los crímenes contra la humanidad que aquellos personajes cometieron antes de esa guerra? Es decir, ¿haber defendido a la patria en las islas los volvía menos asesinos o torturadores? Ésa es una tremenda pregunta porque nos obliga a posicionarnos, no a Romualdes, quien tiene una posición clara: estaba salvando a la patria tanto cuando perseguía “terroristas”, como los llamaría, como cuando combate a los británicos.
—Me parece que también es la historia de un triunfo propagandístico de la dictadura porque los guerrilleros, en un afán nacionalista, terminan sumándose a las fuerzas estatales para hacer frente al Reino Unido.
—No hay que subestimarlo; creo que las personas se mueven por distintas causas, pero sin duda hay una pregunta muy grande acerca de si en nombre de la patria se puede hacer cualquier cosa o juntarse con cualquiera.
Si vos te fijás, Montoneros o la ballena blanca es también una gran reivindicación —por lo menos yo la viví así— de la épica de la solidaridad. Son personas que han encontrado su sentido actuando en grupo y en función del conjunto, del bien común, de un proyecto.
Cuando llega el momento de ver qué hacer en ese dilema puntual frente a los británicos, algunos de ellos tienen cierto prurito: ¿por qué ponerse espalda contra espalda con quien, si hubiera podido, los hubiera matado?
—También me llamó mucho la atención la parte cuando están ya guerreando en las Malvinas y hay uno de ellos que reivindica a los Montoneros; sin embargo, hay otra persona que reclama: “No, a mí me mataron a mi hermano”. ¿Que nos dice también de esta otra parte?
—Me pareció muy interesante revivir esta otra parte: la gente que perdió tal vez algún familiar por la acción de los Montoneros. Creo que ésa es la cuestión de la propia responsabilidad y de cómo tenemos que dar ciertas discusiones.
Uno de los grandes problemas para discutir el pasado reciente argentino —y añadiría los pasados violentos en general— es que en una opinión contra dolor no hay discusión posible. El dolor tiene toda la legitimidad, no hay explicación racional que lo justifique. Pero eso no nos exime a nosotros, los que heredamos esas violencias, de dar discusiones políticas sobre cómo contarlas. Son dos asuntos diferentes: uno es la pérdida individual y otro es una pérdida individual inserta en una lucha colectiva. O sea, en términos personales puedo tener la mayor de las empatías con alguien que pierde un hijo y no soy quién para juzgarlo acerca de cómo construyó el sentido de esa pérdida y de su culpable, pero la discusión política, la interpretación histórica es otro tema.
La ficción permite, en mi caso al menos, señalar esas contradicciones sin pretender resolverlas, que es un poco como las personas actúen también. ¿Qué voy a hacer yo en un momento concreto? Es algo que puedo planificar mil veces, pero cuando llega el momento ahí está.
También estaba el problema de estar dispuestos a tomarse una pastilla para morir por el miedo a delatar y a perder a sus compañeros, lo que genera una discusión: uno dice que no la va a tomar porque no luchan para morir sino que luchan para la vida.
—En esa dirección destaco los diversos dilemas éticos que tienen que enfrentar los Montoneros, que van desde las posibilidades de la delación bajo la tortura, hasta sus relaciones de pareja, incluyendo la infidelidad. ¿Cómo los resolvió?
—Por suerte, yo en lo personal no he tenido que resolver ninguno de esos dilemas éticos. También alguien me podría decir: “Es muy sencillo escribir sobre esos temas”. Pero no lo es porque todo el tiempo yo tenía presente que eran asuntos que a mí me habían contado: la gran mayoría de los hechos y personas que aparecen u ocurren en la novela son reales, son sus vivencias y que en distintas circunstancias me relataron.
Por ejemplo, para esa situación que vos mencionás, la de la infidelidad dentro de la clandestinidad, qué cantidad de capas de secretos, de organización logística, del tiempo y de ruptura de barreras han tenido que hacer algunas personas. También estaba el problema de estar dispuestos a tomarse una pastilla para morir por el miedo a delatar y a perder a sus compañeros, lo que genera una discusión: uno dice que no la va a tomar porque no luchan para morir sino que luchan para la vida.
Yo nací en el setenta y empecé a investigar en los noventa; soy hijo de la democracia y tuve que hacer un gran esfuerzo para entender los valores que orientaban a las personas en el contexto del país en el cual me crié. Fue muy difícil escribirlo porque lo hacía pensando en casos concretos, reales. Entonces, hay un reconocimiento de mi parte al peso de esas historias, así como un agradecimiento por haberlas escuchado, por lo que traté de ponerlas sin juzgar y en su dimensión humana.
La lectura de la novela puede generar juicios y posicionamientos, pero no es un posicionamiento como tal, aunque sí sobre algunos temas políticos o valores que me parecen importantes: el compañerismo, la lealtad. Pero no es un juicio, sino que trato de entender.
—Ahora que lo menciona, en el libro no está presente la democracia: no es un tema que aparezca reivindicado ni por parte de los guerrilleros —sólo una mención a la “democracia burguesa”— ni de quienes defienden la dictadura militar. De los Montoneros hay apelaciones al pueblo, hay críticas al vanguardismo de la dirigencia, pero no está la democracia. ¿Cuál fue su papel en esta historia?
—En la época en que estos hombres actúan, ninguno. Mi primer año de clases fue 1976, el año del golpe militar; los adultos que me educaron o los protagonistas de esta novela prácticamente no habían vivido en democracia.
Si pienso generacionalmente, mi ingreso a la adolescencia tiene que ver con la consolidación de la democracia, y había que aprender qué era eso. Así, es lógico que para los protagonistas de aquella época no tenga ningún valor o muy poco. Después fue toda una tarea hacer que la democracia se valorizara, y ahora estamos en un contexto en el que hay que hacerlo de nuevo.
Ahí tenés una lectura posible de la novela, la que no existía cuando yo la escribí, que es que una forma de cuidar a la democracia en riesgo es pensar los extremos a los que a veces se llega cuando esa democracia es un disvalor. Pero yo no tenía eso en mente cuando escribí la novela.

Afortunadamente mis actuales alumnos son la segunda o tercera generación ya nacida en democracia. Es una enorme diferencia con mi infancia y adolescencia.
—En la novela hay unas figuras que están siempre detrás de la lucha de este grupo de Montoneros: sus muertos, sus desaparecidos. ¿Cuál es su peso en esta historia?, ¿para qué sirven los muertos?
—¿Para qué sirven los muertos? Ahí tienes un título de una novela, ¿eh? Creo que, en un sentido cínico, que no es el mío ni el que le quiero dar a la respuesta, para nada, pero, precisamente como no sirven para nada, nuestro gran esfuerzo es quererle dar un sentido a esas pérdidas.
En tanto vuelta mercancía o instrumento de cambio en una lucha política, la vida humana nos borra como personas. En cambio, ubicarla dentro de un linaje histórico familiar de un proyecto político hace que mucha gente no haya muerto porque sí.
Entonces, no vale nada cuando no hay una explicación histórica para entender esa pérdida. Estamos hablando de los usos públicos de los muertos: si vos dijiste para qué sirven, yo digo: usos públicos. El individual es todavía peor: no puede haber nada más duro para una persona que no saber dónde está su familiar, no poder ir a algún lugar a recordarlo o no entender por qué lo mataron, o no entender por qué los padres que no conocieron privilegiaron un proyecto colectivo antes que llevarlos a la escuela, por ejemplo.
Estamos obligados a dar respuestas. Ahí tenés: ¿para qué sirven los muertos? Porque nos obligan a dar respuestas.
—La novela es la historia de una derrota: la de la guerrilla, debida, por una parte, a la terrible represión, pero, por otra, también por sus propios errores. Hay una frase lapidaria del personaje principal: “Nos habíamos preparado para morir, pero no para la derrota”. ¿Qué nos dice también la novela acerca de este aspecto?
—Que la novela es la puesta en acto de eso: aun los que esperaban la muerte se imaginaban vencedores, pero no por ellos sino por su proyecto. También hay un personaje que en la novela dice: “Mi sueño era que en algún momento una columna, una agrupación, llevara mi nombre”. Ése es el sentido: el sacrificio era en función de un proyecto. Por eso es interesante que confluyan los proyectos revolucionario y nacional, porque el tema del sacrificio en nombre del país o de la revolución tiene muchísimas semejanzas.
A mí me interesaba que las Malvinas y la violencia política confluyeran en una novela, porque los dos cimientos de nuestra democracia son dos derrotas: la de los proyectos revolucionarios y de la movilización social, no definitiva pero que fue un golpe muy duro.
Precisamente eso es lo que le da un sentido a la historia, y es el problema que nosotros tenemos como país: nacemos de dos derrotas: las de un proyecto de país y de un proyecto revolucionario. No hemos pensado tanto en eso; estábamos ocupados en consolidar la democracia, en ubicar a los muertos, en identificar a los niños.
Aunque medio siglo parezca un montón y en términos de vidas individuales lo es, en términos de procesos sociales no es tanto tiempo. Por eso a mí me interesaba que las Malvinas y la violencia política confluyeran en una novela, porque los dos cimientos de nuestra democracia son dos derrotas: la de los proyectos revolucionarios y de la movilización social, no definitiva pero que fue un golpe muy duro, y la de una autopercepción como país. Es difícil arrancar desde ahí sin victimizarse.
—En ese sentido hay una frase del personaje llamado el General, que le pregunta a Ismael, el protagonista: “¿Tanto dolor para qué?” ¿Qué respondería usted?
—¿Tanto dolor para qué? Yo ahora le agregaría algo que ellos no han tenido posibilidad de ver, que es una pregunta que muchas veces me hice después de la pandemia. No es irrespetuoso el salto que quiero hacer, porque las sociedades tienen que preguntarse cuál es el sentido de haberla pasado tan mal, de haber perdido tanta gente. Si no hacen eso, si siguen su camino y rápidamente dan vuelta a la página y no ven cómo seguir con eso, lo van a seguir arrastrando. Eso va desde las mismas desigualdades hasta los mismos valores, porque cada situación violenta nos afecta con un daño mayor. No somos los mismos después de ir a la muerte y sobrevivir, o de ver cómo muchos mueren. Para eso no se necesita ni la represión estatal ni una guerra.
Si vos te ponés a pensar en que salimos de dos derrotas y no las pensamos mucho, por lo menos en mi país termina no siendo asombroso que, una vez que pudimos volver a la “normalidad” de la pospandemia, nos importara un carajo la vida del otro. Ahora te das cuenta de que preservándote por cuestiones sanitarias, diciéndole a tus alumnos que tomaran las clases virtuales, que no salieran y que cumplieran con las restricciones, sin quererlo y porque de verdad estabas actuando por fines nobles, les enseñaste a un no mirar a los demás que, en realidad, se venía construyendo desde mucho antes.
Lo que a mí más me gusta de la novela es ese espíritu de lucha en término de confrontación, pero también de solidaridad, porque es un grupo muy solidario. Para eso sirve tanto dolor: otra vez, para darle un sentido y para construir un futuro en el que a lo mejor no haya que hacerse ese tipo de preguntas tan dilemáticamente. Pero tu pregunta me hace pensar en eso, y lo estamos viendo en múltiples aspectos hoy no solamente en mi país. Estamos hablando de una novela de un escritor argentino, pero es como un clima mundial: nos tocó una época muy egoísta. Vos recordarás que el gran dilema era salir o no mejores del aislamiento. Creo, contra lo que pensé en aquel momento, que lamentablemente salimos mucho peor. Me quedan dos cuestiones: resignarme o entender que hay mecanismos que me llevaron a hacer las cosas de una manera.

—En la novela también se hace cierto paralelismo de la militancia con la religión, en una parte que llega a ser muy divertida, cuando los guerrilleros se hacen pasar por un grupo religioso. ¿Cuáles son los paralelos que se pueden trazar entre la religión y la militancia?
—El grupo es el Ejército de Salvación, que tienen presencia en mi país como en muchos otros. En la cuestión religiosa, la militancia revolucionaria y el culto patriótico tienen mucho que ver lo sacrificial y, en este caso, lo marcial, lo jerárquico, en el que el tema de los mandamientos no se discute. A mí me parecía muy importante mostrar eso.
Lo anterior tiene mucho de la cuestión de la entrega, del martirio. Es interesante señalar que los Montoneros de la novela, en definitiva, son una agrupación del peronismo, que tiene un libro muy breve que escribió Perón, que se llama Las 20 verdades, una de las cuales es que el peronismo tiene héroes y no mártires. Pero si vos te fijás, en ambos casos el militante muere, ya sea como héroe o como mártir. Para mí, ahí hay toda una cuestión, que, de algún modo, traté de mostrar, porque lo que yo recogía en las entrevistas que he comentado es que, aun en las peores circunstancias, esta gente apostaba a la vida; a la vida, no la vida. La vida la arriesgaba.
—Me parece interesante la ventaja que obtuvo finalmente la dictadura sobre los Montoneros: aunque algún día hubo apoyo social para ellos, la gente terminó entendiendo que ellos eran los que mataban, no los represores. En una parte de la novela una señora dice: “Lo que más me duele es que una no se explica por qué se hacen matar”. ¿Cómo fue también esta otra parte de la derrota?
—Ahí hay una explicación más histórica que literaria, en cómo contamos el pasado de los años ochenta en la Argentina. Hay una generalización muy grande sobre la violencia política, y sobre la guerrilla en particular: durante muchos años nadie hablaba de movimiento revolucionario, sino directamente de “terroristas” porque así lo hacía la dictadura, que aludía a un momento muy concreto del accionar de esas organizaciones. Pero éstas no actuaron siempre igual, sino que fueron cambiando su metodología y estrategia, y aislándose tanto por sus propias decisiones como por un mecanismo represivo muy eficaz que los llevó a hacerlas.
Hay que decir que en 1973, en los grandes centros urbanos, más del 40 por ciento de la población apoyaba las acciones de la guerrilla. La pregunta, entonces, es que cambió del 73 al 76, por ejemplo, y es esto que te estoy diciendo.
En algún momento, lo que alguien podía reivindicar es que le sacaran plata a una multinacional, por ejemplo, y una parte la repartieran, una lógica de Robin Hood que muchos veían en la guerrilla. Hay que decir que en 1973, en los grandes centros urbanos, más del 40 por ciento de la población apoyaba las acciones de la guerrilla. La pregunta, entonces, es que cambió del 73 al 76, por ejemplo, y es esto que te estoy diciendo.
Cuando la gente no entiende lo que una fuerza política le propone y cómo lo hace, y encima es violenta, la empieza a ver como delirante. Si además hay una propaganda eficaz que la estigmatiza y si encima es peligroso seguir siendo solidario, el resultado para los integrantes de aquellos grupos era el aislamiento y la derrota.
—La ballena blanca aparece en unas cuantas páginas, una aparición hasta fantasmal y tenebrosa por los arpones, los cables y las figuras que va arrastrando. De alguna manera, ¿es la dictadura con los efectos tan devastadores del horror? ¿Qué simboliza la ballena?
—Varias cosas, y puede ser la dictadura, pero me atrevería a decir que más mi país. Es, sin duda, el proyecto de las personas que la ven, por lo cual son los fantasmas de la nación, que no se van a ir nunca, pero lo que no pueden hacer es organizarte la vida. Tenés que aprender a hacer que te acompañen y honrarlos. El mecanismo represivo, con su metodología, buscó asustar y disciplinar. La respuesta fue la demanda de justicia y cierto relato sobre las víctimas.
Sobre la elección de la ballena, no diría que Moby Dick es mi novela favorita, aunque está entre ellas, y claramente tiene que ver con mi opción porque la de Melville es sobre la autodestrucción, pero también acerca de la supervivencia y la superación. Por eso el nombre de guerra de mi narrador es Ismael, que es quien narra la ballena blanca en esa novela.
Así, la ballena es un montón de cosas. Yo diría que cada uno tiene su propia ballena blanca y hay que aprender a convivir con ella, pero en términos nacionales esa ballena es muy concreta: ¿cómo aprender a convivir con eso en lugar de que eso decida cómo vivimos? Son esas marcas que digo que todavía no hemos resuelto del todo, y si ahora le seguimos agregando peso cada vez va a ser más difícil. Te lo dice alguien que ha organizado todo su trabajo intelectual en función de trabajar esos temas.
—La novela empieza y termina con un enfrentamiento a muerte. Por ello quiero preguntarle: en 2026, ¿en qué ha acabado —si es que ya acabó— la disputa entre el represor y el guerrillero?, ¿qué queda de ella hoy?
—Quedan algunos personajes vivos, a los que uno elige hacerlos sus amigos o no. Claramente, yo no sería amigo de Romualdes, pero tengo muchos amigos que perfectamente podrían haber sido parte del grupo del General, lo que me honra.

Pero creo también que lo que queda de ese enfrentamiento tan feroz son dos preguntas: ¿qué sentido le damos a ese pasado y qué país queremos construir? A lo mejor no se parece en nada al que aquellas personas querían. Si a mí me preguntás, claramente no quiero que sea el que buscaba Romualdes, pero creo que el que proponía aquella gente, que es tan entrañable para mí, hay que revisarlo bastante, tanto en lo que ofrecían como en la metodología. Pero las preguntas son las mismas: ¿cómo se construye una patria donde entren todos y tengan las posibilidades de ser felices?
Eso es utópico, enorme, muy general, pero hay que empezar a darle cierto contenido. Por eso digo, como historiador, la novela me permitió avanzar muchas cuestiones. Quizás porque no soy tan buen historiador como me gustaría serlo, pero yo creo que el registro ficcional es muchísimo más desprejuiciado, fortalecido por la verosimilitud y que puede ser un instrumento de intervención muy potente. Lo que sí considero es que escribir una novela o cualquier cosa no es un mero acto de deleite intelectual, ni tampoco creo en la organicidad política del que escribe ficción, aunque hay gente que lo hace y muy bien.
En el contexto actual, cuando cualquiera puede decir cualquier cosa muy rápido y publicarlo, ser anacrónico, traer relatos del pasado puede ser hasta revolucionario, entendiendo por esto traer viejas preguntas y volverlas actuales. ®
