“¡Vamos por todas las mujeres!”

Crónica de una ciudad incel

Un Torreón ensombrecido y enlutado. En Coahuila, durante el sexenio calderonista los grupos criminales lo doblegaron. Otrora ejemplo de superación y resiliencia nacional, a inicios de octubre un par de jóvenes delincuentes amenazó: “¡Primer aviso: vamos por todas las mujeres!” Después perpetraron en su ex escuela un sanguinario ataque.

En el sepelio de la profesora Nedi Edith Nevárez González, en Torreón. Fotografía de Proyecto Puente.

La mañana clareaba. Mis padres y yo nos despertamos muy temprano para acudir al último adiós de la profesora Nedi Edith Nevárez González, programado para las 10 am, y a quien habíamos conocido a finales de los años noventa como familiar político. La fecha: 3 de octubre. Se asomaba el otoño. Esa semana se habían disipado los calores veraniegos y ahora llegaban las pertinaces lluvias que la convirtieron en una auténtica Comarca Lagunera.

¿Existen realmente las casualidades para adornar un escenario social tan lóbrego? Las calles anegadas no obstaculizaron la llegada a la lejana agencia de Gayosso a la altura del periférico local que, pese a la hora y el clima, se encontraba repleta.

Cuando las noticias sobre la inseguridad en México parecen distantes, como el feminicidio de la estudiante española Claudia Tacoronte en Cuautla, a mediados de septiembre, resulta muy desconcertante que la siguiente bala roce a sólo dos grados de separación.

La prensa nacional e internacional se enfocaron en los gemelos Carlos y David como los asesinos, quienes hirieron a otros dos alumnos, Romina y Alexis, y a profesores, entre ellos Ricardo Quintanar, con petardos y armas blancas. Esto en la Escuela Núm. 13 del Ejido La Unión, en la periferia, a pocos kilómetros del Territorio Santos Modelo.

“Eso no me va a pasar”, es lo que la mente se inventa para anestesiarse ante la incertidumbre y el dolor. En este caso, fue mi madre quien me dio la noticia el mediodía del jueves 1, de que la única víctima mortal era Nedi, hermana de uno de mis tíos políticos, tras ver las noticias en un noticiero local. La prensa nacional e internacional se enfocaron en los gemelos Carlos y David como los asesinos, quienes hirieron a otros dos alumnos, Romina y Alexis, y a profesores, entre ellos Ricardo Quintanar, con petardos y armas blancas. Esto en la Escuela Núm. 13 del Ejido La Unión, en la periferia, a pocos kilómetros del Territorio Santos Modelo, donde se aloja el equipo de futbol.

La última vez que recuerdo que mi ciudad estuvo en la agenda urbi et orbi había sido por asuntos muy distintos, como el eclipse solar de abril de 2024.

Dos años más tarde, un día fúnebre y húmedo.

La verdad es que Torreón arrastra un pasado sangriento en sus aulas. En enero de 2020, poco antes de la pandemia de covid–19, José Ángel, un niño de once años, les disparó a seis alumnos en el Colegio Cervantes, asesinando a una maestra y después suicidándose al estilo “Jeremy” —en alusión a la canción de Pearl Jam sobre el caso de Jeremy Wade Delle, un jovencito de quince años que pereció violentamente de forma similar en 1991 en Texas.

Según la prensa local, José Ángel tomó como ejemplo la masacre de Columbine de 1999. Una nueva generación de chicos nacían y crecían en un ambiente plagado de balaceras, zozobra y organizaciones delictivas como Los Zetas, que trastocaron su cotidianeidad; algo que no se vivía hasta antes de 2007.

Ese fin de semana las acompañé al sepelio matutino, cuando las lluvias arreciaban debido a la cercanía del huracán “Polo”. Con lágrimas y ovaciones, el gobernador Manuel Jiménez aportó una corona fúnebre, lo mismo el alcalde Miguel Riquelme Solís —Coahuila es el único estado del país gobernado por el PRI.

Quien escribe estas líneas había conocido a Nedi, a sus hermanos y padres en la temporada navideña de 1998, con quienes se fraguó un enlace familiar y fraternal desde entonces. Pese a que sólo habían coincidido en algunos eventos sociales, siempre la consideré una mujer sobresaliente y profesional, con un posgrado, muy esmerada en su trabajo, proveniente de una familia con vocación de enseñanza. Ese fin de semana las acompañé al sepelio matutino, cuando las lluvias arreciaban debido a la cercanía del huracán “Polo”. Con lágrimas y ovaciones, el gobernador Manuel Jiménez aportó una corona fúnebre, lo mismo el alcalde Miguel Riquelme Solís —Coahuila es el único estado del país gobernado por el PRI.

Al salir de la ceremonia fui abordada por la corresponsal Carolina Lomas, del noticiero de Nacho Lozano en Imagen Televisión:

—¿Tú conociste a la maestra?
—Sí, éramos familiares políticos.
—¿Qué nos puedes decir al respecto?
—¡Que se denuncie con perspectiva de género, esto fue un total feminicidio! —dije con vehemencia.

No sé si estos clamores vayan a escucharse…

Acudimos al cementerio Jardines del Parque. Hacía un viento helado. La prensa reportaba a metros de distancia, con un drón que sobrevolaba y registraba los hechos.

¿De qué servía ahora culpar solamente a los padres de familia, la señora Maribel Garza y un padre irresponsable, si a fin de cuentas los programas sociales federales no están arrojando resultados favorables? ¿Por qué si estos chicos de dieciocho años llevaban prácticamente la mitad de su vida viviendo de dádivas y dinero a cambio de nada no son felices? ¿Cuál es la razón de la existencia de la convocatoria “México canta” para “celebrar el amor”?, ¿y de las Becas Rita Cetina? ¿Son reamente éstos los “jóvenes construyendo el futuro”?

En Torreón la violencia extrema no sólo fue provocada con saña y crueldad por el crimen organizado hace menos de quince años, y aun antes. Esta periodista la había vivido ya en carne propia durante los últimos años de la primaria y los primeros de la secundaria en colegios privados y católicos: el extinto Colegio Torreón Jardín, a cargo de monjas teresianas, y la Escuela Carlos Pereyra, de jesuitas.

Durante los años 1994 y 1997, cuando “no pasaba nada” y el equipo Santos Laguna apenas comenzaba a destacar en los torneos futbolísticos, los incipientes incels —que entonces no eran llamados así—, hicieron estragos en mi salud mental infantil, cuando sus aberraciones aún se encontraban normalizadas. No sólo fui víctima de burlas e insultos constantes a través de apodos machistas y denigrantes que tenían que ver con ciertos rasgos físicos o mi timidez; internet no existía y había un fácil acceso a las armas, a diferencia de la actualidad; era una época en la que aún no había tumultuosas marchas feministas, mucho menos fuera de la capital. El #8M se vivía más como un segundo y caricaturizado 10 de mayo.

La periodista que esto escribe terminó por desertar de la escuela en junio de 1997. No volvió a saber de ellos ni de la prefecta “condescendiente”, y fue más feliz desde entonces.

En una ocasión, allá por 1993, cuando cursaba tercero de primaria, el niño Roberto Gutiérrez me empujó con fuerza contra el escritorio de la maestra; me lastimó un ojo y un labio. No entiendo cómo nunca se le expulsó y terminé conviviendo con él hasta el último día de clases. En el otoño de 1996, en la Escuela Carlos Pereyra, con alumnos de familias prominentes, me atreví a denunciar a otro prematuro agresor con la prefecta Miriam Batarse Bandak, el niño Conrado; cuando se le llamó la atención lloró de forma chantajista y a moco tendido diciendo “que sólo quería ser su amigo”.

El argumento de aquellos días era que “si los niños nos molestaban era porque les gustábamos” (sic), justificando así sus abusos machistas. De ese modo, mi cabeza quedó aún más confundida en medio de ese ambiente de violencia de género, aunque no se le catalogaba así en la agenda de la época.

En los meses posteriores hubo toda clase de represalias e injurias de parte de la cofradía de pubertones, quienes hicieron de mi vida una tortura mientras ellos reforzaban así su “pacto patriarcal”. La periodista que esto escribe terminó por desertar de la escuela en junio de 1997. No volvió a saber de ellos ni de la prefecta “condescendiente”, y fue más feliz desde entonces.

Desafortunadamente, treinta años más tarde, según algunas amistades, varios de esos niños, hoy mayores, no han abandonado su frustración y sus actitudes agresivas, sin importar su pujante clase social. Todos ellos comparten el desasosiego y la furia de personajes infames como los cuates Carlos y David —quienes vivían de forma muy humilde en un ambiente semi–rural y eran víctimas de las burlas de otros—; éstos sí tuvieron la suficiente sangre fría para asestar machetazos a dos maestros y dos estudiantes en la escuela en que estudiaron. Ahora se enfrentan a cargos que podrían sentenciarlos a sesenta años de prisión.

La violencia contra niñas e instructoras no es una novedad en 2026, sólo que ahora es ejercida con otras caras, nombres, edades, influidos por videojuegos, fanatismos e ideologías extremistas.

Al abrir la fosa para depositar el féretro de Nedi, su familia, maestros y asistentes arrojamos rosas blancas como despedida, en silencio. En un momento exclamé: “¡Justicia para usted, maestra!” Ahora Nedi duerme con la esperanza de encontrarla. Ese día debió ser un día laboral como cualquier otro, pero no, fue el sepelio de una mujer más asesinada en el brutal México feminicida.

Mi madre, mujer profundamente creyente, pide que no nos apartemos de Dios mientras en la ciudad campea un aire de malignidad y decadencia. ®

Compartir:

Publicado en: Apuntes y crónicas

Apóyanos:

Aquí puedes Replicar

¿Quieres contribuir a la discusión o a la reflexión? Publicaremos tu comentario si éste no es ofensivo o irrelevante. Replicante cree en la libertad y está contra la censura, pero no tiene la obligación de publicar expresiones de los lectores que resulten contrarias a la inteligencia y la sensibilidad. Si estás de acuerdo con esto, adelante.