Una crónica familiar

¿Es tu hijo?

«Todas las familias felices se parecen unas a otras, pero cada familia infeliz tiene un motivo especial para sentirse desgraciada», escribe Tolstoi en Anna Karenina. ¿Qué tiene que ver esto con este relato? Mucho, o tal vez nada…

«La tarde de febrero de 1991 que llegó a Cancún no pudo contener la risa al salir del aeropuerto…». Ilustración creada con IA.

La rubia se puso de pie en cuanto vio quién iba al volante. No quería que se fuera sin escucharla, sin que lo recordara. Estaba en un restaurante con vista a la calle, salió tan rápido como pudo, el bulto ya pesaba unos kilos más. Cuando llegó a la puerta del conductor metió el bebé que llevaba en brazos por la ventanilla.

Amaro, el sujeto que manejaba el coche con el aire acondicionado descompuesto, soltó el volante y contempló al nene unos segundos. Vio que lo sostenían unas manos familiares, su mirada se desplazó a toda velocidad hasta llegar al rostro de la mujer que no dejaba de gritar que era el padre de su hijo.

Intentó subir la ventana, le dio un par de giros a la palanca que estaba en la puerta del Tsuru, pero cambió de idea. Temió que la rubia dejara caer al bebé en su regazo. Puso la primera velocidad y aceleró poco a poco. La mujer regresó al niño envuelto a su pecho, caminó junto al auto unos metros. Aprovechó esos pasos para insultarlo a gritos. ¡Cabrón! ¡Puto! ¡Pendejo! ¡Irresponsable! ¡Hazte cargo! Amaro exhaló cuando dejó de verla en el espejo retrovisor, luego volteó a ver al asiento del copiloto, su prometida iba sentada ahí.

—¿Qué le dijiste? —le pregunté cuando volví a la terraza con más gin tonics.
—Pues que era una loca y que el bebé no es mío —me respondió Amaro.

Después se acomodó en la silla de plástico y se tomó medio vaso de un trago.

—¿Te creyó? ¿Así nada más? —continué.
—Pues ahora no sé, pero ya no me preguntó nada —dijo Amaro.

Dejó de verme a los ojos por unos momentos, tocaba uno de los hielos con el dedo índice.

Antes de eso, en 1990, Amaro Fraga aún vivía en Morelia, su esposa era mayor que él. Se casó con Romina antes de haber terminado la universidad, él tenía veintitrés y ella treinta. Su familia, sobre todo los más viejos, no estaban de acuerdo con la unión por la diferencia de edad, los estudios inconclusos y porque esperaban que el “más guapo de los hermanos” contrajera matrimonio con Barbie o la princesa Diana, no con una mujer normal.

Fueron marido y mujer poco más de un año. La madre de Amaro, a quien visitaban con frecuencia, no tenía empacho en hacer comentarios por los que se ganó el apodo de “bruja” entre las esposas de sus hijos. “¿De verdad lo dejas salir solo?” “Hombre, que una nace como nace, pero hay que sacarse provecho”. “En su salón hay unas niñas tan guapas”. “Te juro que en otro país serías preciosa”. “Mira, que mis amigas aún me lo piden para sus hijas”.

Su familia, sobre todo los más viejos, no estaban de acuerdo con la unión por la diferencia de edad, los estudios inconclusos y porque esperaban que el “más guapo de los hermanos” contrajera matrimonio con Barbie o la princesa Diana, no con una mujer normal.

—¿Y qué hacías cuando tu mamá empezaba a hablar así? —quise saber.
—Nada, ésa era la peor parte. A Romina siempre le molestó que Amaro nunca le haya puesto límites a su madre —intervino su cuñada.

Amaro estaba de visita en Guadalajara, esa noche nos reunimos en la terraza de su hermano para ponernos al día.

—O sea sí, no podíamos ir a comer sin que a Amaro se le fueran los ojos cada que pasaban las meseras. Una no nace celosa, pero mi suegra siempre fue una bruja maldita —continuó su cuñada, con las mejillas rojas por la bebida.

El punto de quiebre fue una tarde en la que Amaro salió a tomarse una cerveza con una de las “niñas más guapas” de su clase de expresión oral. Estaban sentados en una de las pequeñas mesas redondas con sombrilla afuera del local cuando un auto se frenó en seco al otro lado de la banqueta. Romina se bajó del coche, a él le gritó infiel y a la chica le dijo puta.

Esa noche discutieron, pelearon y se insultaron hasta que el chico pidió el divorcio. Metió algo de ropa junto a los cuadernos de su mochila antes de salir a la calle. Le bastaron unos minutos para acordarse de que no tenía a dónde ir y de que el domicilio donde vivía estaba a nombre de Romina, una herencia en vida. Llamó a un amigo para preguntarle si podía dormir en su sillón, pero no contestó la llamada. Volvió a casa de sus padres.

—¿Planeabas acostarte con la chica de esa tarde?

Su hermano, sentado junto a Amaro, se rio al escuchar mi pregunta.

—Romina llegó tan rápido que ni me dio tiempo de decidir —alegó. 
—¿Pero te gustaba? —insistí.
—Juanito, me encantaba —exclamó.

Quitó los brazos de los descansos de la silla y los apoyó en sus rodillas cuando recordó eso.

Odió los meses del trámite de divorcio, pasó ese tiempo en la casa donde había crecido. No le gustaba haber vuelto a su cuarto de la adolescencia, donde aún tenía unos juguetes que jamás tiró, unos pósters y las revistas que escondía bajo su cama. Tampoco disfrutaba que su madre lo felicitara una y otra vez por haber dejado a “esa horrible mujer”.

Una noche en la que Amaro no podía dormir tomó uno de los periódicos que su padre dejaba cerca de la estufa. Leyó un reportaje sobre cómo desde los setenta el Banco de México y el gobierno invirtieron millones de pesos para convertir a Cancún en un paraíso turístico. Uno de los últimos párrafos era el testimonio de un joven que, en más o menos palabras, explicaba cómo cualquiera podía conseguir un trabajo en un hotel cercano a la playa.

Amaro dedicó los siguientes quince días a pedir prestado a sus parientes y amigos. Como todos pensaron que era para recuperarse de los gastos del divorcio o para un departamento en la ciudad, le daban el dinero sin demasiadas preguntas de por medio. Consiguió lo suficiente para un boleto de avión y sobrevivir mientras encontraba un trabajo en un resort.

La tarde de febrero de 1991 que llegó a Cancún no pudo contener la risa al salir del aeropuerto. Aún le faltaba una materia por cursar en la universidad y no le avisó a nadie de su viaje. Caminó unas horas, entró a pedir trabajo a un par de hoteles que lo rechazaron, luego se fue a la playa. Conseguir empleo no era su mayor prioridad en su primer día ahí.

Transcurrieron unas semanas más sin que consiguiera el trabajo que pensaba, al final de cada entrevista le preguntaban por sus referencias. El dinero también comenzaba a ser algo de qué preocuparse, es probable que sus ahorros le hubieran durado un poco más si no hubiera pasado noches enteras en discotecas para conocer gringas. Llegó un punto en el que se dijo a sí mismo que si no tenía un puesto en algún hotel, volvería a Michoacán.

—¿Entonces te pusiste a buscar trabajo como nunca antes? —le pregunté y saqué una cajetilla de Faros de mi bolsillo.
—Pura madre, me la pasé de fiesta como otros veinte días —admitió antes de pedirme un cigarro.

Le llamó la atención que fuera mayor que él, tenía treinta y dos; que pudiera tolerar los tequilas sin perder el equilibrio como las gringas que iban de vacaciones. Sobre todo le encantó ese detalle que sólo es visible para las personas que han vivido algo parecido. Ella también tenía poco de haberse divorciado…

Una semana antes de que se cumpliera el plazo para volver a casa, Amaro fue al Señor Frog’s del bulevar Kukulcán, la primera sucursal que esa franquicia construyó en la zona hotelera de Cancún. No tenía ánimos de ir, pero le gustaba que el lugar tuviera una vista panorámica a la Laguna Nichupté y a los concursos de camisetas mojadas.

Esa noche conoció a Abigaíl Brausen. Le llamó la atención que fuera mayor que él, tenía treinta y dos; que pudiera tolerar los tequilas sin perder el equilibrio como las gringas que iban de vacaciones. Sobre todo le encantó ese detalle que sólo es visible para las personas que han vivido algo parecido. Ella también tenía poco de haberse divorciado, así que no salía a bailar, beber y a encontrar muchachos porque sí; lo hacía con el desenfreno de alguien que estuvo confinada por años a las restricciones de una pareja que no la amaba, de la institución familiar, de una argolla dorada.

Como faltaba muy poco para que Amaro tuviera que volver a casa, pasó todas las noches que pudo con ella. Abigaíl era la única hija de un empresario de bienes raíces, tenía un departamento en Villas Marlin, una de las zonas más exclusivas de Cancún en ese entonces. El piso era de mármol, las sábanas de seda y las botellas de vino español. Le dijo que la amaba en la terraza con vista al mar.

—¿De verdad te enamoraste en cuatro días? —quise saber después de que logré no escupir el trago de gin tonic.
—Claro que no, pero ella me lo dijo primero, y según yo, me iba a regresar. Pensé que ya no la iba a volver a ver. Se me hizo fácil —respondió después de exprimir medio limón en su sexto vaso.

A la mañana siguiente Abigaíl llamó a un conocido de su familia, consiguió un trabajo en un resort para el chico que aún dormía en su cama. En esa costa sobraban los meseros, animadores y salvavidas, lo que muchos hoteles necesitaban era a alguien que supiera usar una computadora para programar bases de datos sobre los huéspedes. La carrera que Amaro nunca terminó era ingeniería en sistemas.

En unos días ya tenía un trabajo cerca de la playa, como el que había leído en el periódico un mes antes. También consiguió un lugar dónde vivir, la familia de Abigaíl tenía otro departamento en el mismo edificio que ella. Era más pequeño, con menos muebles, pero se lo rentaban por un precio simbólico. El único problema, inconveniente, tal vez obviedad, fue que Amaro empezó a conocer más personas en su nuevo puesto.

Él no lo sabía, pero algunas amigas de Abigaíl iban de visita al puerto y se alojaban en el hotel donde trabajaba. En una cena, una de ellas se dio cuenta de que el empleado del resort que coqueteaba con turistas en el lobby era el mismo chico que llegó de la mano con la mujer recién divorciada.

Nadie hizo ningún alboroto hasta que tuvo más de tres citas con una chica que trabajaba con él. A pesar del turismo internacional, Cancún era un lugar pequeño, no muy distinto a un pueblo donde todos se conocen. Hasta hoy no está seguro de si quienes “lo espiaban” eran sus colegas, las amigas de sus novias o los locatarios.

—Por favor dime que también te fue a gritar de cosas mientras estabas en una cita —dije.

Para ese punto de la noche la música se había detenido, la bocina apoyada junto a la mesa ya no tenía batería, nadie hizo nada al respecto. Todos escuchábamos atentos a Amaro. Yo sólo me servía agua mineral con limón sin decirle a nadie.

—No, Abigaíl era más discreta, en general. Más privada —me respondió Amaro.

Me asombraba lo sobrio que parecía, se tomaba dos vasos en el tiempo que yo bebía medio.

Un día que regresó antes de trabajar encontró todas sus cosas tiradas en la sala y a Abigaíl de pie en medio de todo el desastre. En cuanto Amaro comenzó a gritar sobre cómo no podía entrar sin su permiso, ella le recordó que todo era suyo, ese lugar, los trastes, el shampoo, las llaves, los muebles. Todo menos el bebé que tenía en el vientre…

Empezó a notar cosas fuera de lugar en su departamento. Primero algunos objetos del baño que cambiaban de lugar y la puerta sin seguro al volver a casa. Un día que regresó antes de trabajar encontró todas sus cosas tiradas en la sala y a Abigaíl de pie en medio de todo el desastre. En cuanto Amaro comenzó a gritar sobre cómo no podía entrar sin su permiso, ella le recordó que todo era suyo, ese lugar, los trastes, el shampoo, las llaves, los muebles. Todo menos el bebé que tenía en el vientre, eso sí era de los dos. Tomó sus pertenencias y salió, no volvió a saber de ella hasta que metió al niño a la ventana de su coche.

* * *

Cuando contó esa parte de la historia nos callamos, su hermano, su sobrino, su cuñada y yo. Rompió el silencio cuando dijo que el niño que metieron por la ventana de su auto hacía más de treinta años sí era suyo “después de todo”. Amaro sacó su celular, nos mostró una fotografía de ellos juntos. Tenían la misma mandíbula cuadrada, los ojos color miel y la nariz grande. Cuando le devolví su teléfono nos contó que su hijo lo había contactado para invitarlo a su boda.

—No chingues, Amaro— dijo su cuñada.

Parecía como si la borrachera se le hubiera bajado de golpe.

—¿Cuándo es la boda? —preguntó su hermano.
—Fue el mes pasado.

Amaro se reunió con él quince días antes de la ceremonia. Su hijo perdido le dijo que no quería su dinero ni golpearlo, sólo conocerlo, invitarlo y decirle que tenía una nieta. Conoció a la niña después de la misa, ahí también se reencontró con Abigaíl Brausen.

—¿Qué te dijo ella? —pregunté mientras encendía otro cigarro.
—¿Te mentó la madre? —inquirió su hermano.
—¿Te tiró una copa en la cabeza? —quiso saber su cuñada.
—No, pues nada. Platicamos de esos tiempos y me disculpé —dijo Amaro.
—¿Así nada más? —insistió su cuñada.
—No sé. Como me lleva diez años, creo que lo ve con más madurez que yo —reflexionó.

Entiendo que la edad y la experiencia dan sabiduría, pero cuando se reencontró con ella, Amaro tenía más de cincuenta años.

—Y pues eso. Al final me dijo que ella “se hizo cargo” —concluyó.

Amaro se metió a la casa, se quitó los zapatos y se durmió en el sillón de la sala. Quienes quedamos en la terraza tardamos unos segundos en retomar la conversación. Estuvimos en silencio hasta que su hermano dejó escapar una risilla, hice lo mismo, más por nervios que por otra cosa. Me levanté de mi silla y fui a la cocina, necesitaba tomar unos vasos de agua antes de irme.

Volví a la terraza para despedirme. El matrimonio lucía más tranquilo, ya habían digerido la noticia. El sobrino de Amaro estaba pálido, del mismo color que las sillas de plástico blanco. Me llamó la atención que pareciera más sorprendido que sus padres.

—Y éste es del que sabemos, seguro hay más por ahí regados —dijo el hermano de Amaro.

Eran casi las dos de la mañana, me habría gustado hacer más preguntas sobre la historia y por qué creían que había más “Amaritos”, pero los demás ya bostezaban por sueño y para que me fuera. Cuando me despedí de Ariel Fraga, el sobrino de Amaro, le pedí vernos otro día para platicar, él era el integrante de esa familia a quien le tenía más confianza.

Nos reunimos en un bar del Centro de Guadalajara a unas calles del Templo Expiatorio, una semana después. Decidí esperar a la tercera cerveza para indagar más. Me dio tiempo de ver que Ariel se parecía más a su tío que a sus propios padres, tenían los mismos ojos miel con las cuencas hundidas; el cabello claro, ondulado, y la nariz grande, el rasgo del que ningún hombre de esa familia lograba escaparse. Verlo y oírlo me hacía pensar que hablaba una versión joven de Amaro. Era de esas veces en que la genética se asemeja más al tiempo reflejado en un cristal, un aleph.

Terminamos la tercera cerveza, pedimos la cuarta. Le pregunté cómo era su tío. En las historias que yo había escuchado parecía ser un agente del caos, pero esos sólo eran sus momentos destacados. Sus mejores hits. Me respondió que era muy cariñoso y que leía mucho. Callado hasta que se emborrachaba, entonces se convertía en un gran conversador.

—Ahorita ya está más grande, pero en sus fotos de joven tenía cara de niño bueno. Estaba tan bonito que no se le notaba lo cabrón —describió Ariel.

No sé si se daba cuenta de esto o no, pero al hablar de su tío, parecía como si se hubiera descrito a sí mismo. Sobre todo en que había una parte de su personalidad que por lo general no mostraba y sólo salía cuando estaba borracho.

—En la escala del uno al diez ¿Qué tan intoxicado te sientes? —le pregunté.
—Un… cuatro, un cuatro —respondió Ariel.

Podía verlo, se reía con más soltura, hacía comentarios más sarcásticos y su mirada se iba por segundos hacia una chica que estaba sentada a unas mesas de nosotros. Como lo vi más desinhibido que cuando llegamos, pregunté qué opinaba sobre la historia de su tío. Me respondió cualquier cosa. “Qué fuerte”, “está cabrón”, no recuerdo con exactitud, pero no combinaba con su expresión. Volvió a abrir los ojos como lo hizo en la terraza. No podía dejar de pensar en que había algo que no me decía. Llevaba un porro en la mochila, le dije que saliéramos del local a fumarlo.

—Así, yo también quiero ser papá. ¡Imagínate! Un día llega tu hijo, un adulto al que nunca le cambiaste el pañal ni le pagaste una sola colegiatura que sólo quiere llevarse bien contigo —parloteé.

Ariel empezó a hablar menos y a fumar más. Ahora sí estaba convencido de que se guardaba un dato de la historia, de Amaro o de ambas cosas y no iba a irme sin que me lo dijera.

—Lo peor del caso es que tu tío se ve normal, como si le hubiera llegado una compra de Temu de la que se había olvidado. Sólo que en lugar de meses, tardó treinta y cuatro años en llegar —dije para provocarlo.

Ariel lucía alterado, no molesto. Podía ver cómo en los momentos en los que rompía el contacto visual conmigo algo le daba vueltas en el cráneo. Tenía la expresión de los que guardan un secreto que nunca pidieron tener.

—Eso no es lo peor del caso. ¿Quieres saber qué sí es lo peor del caso? —escupió Ariel.
—¡Sí!

Volteó a un lado, luego al otro, como si alguien nos espiara de cerca.

Eran pareja desde los primeros semestres de la facultad de cine, de ésas que, aún de estudiantes, parecían un matrimonio de años. El sobrino de Amaro no se negó, tampoco accedió, sólo desvió la conversación hacia otro tema y puso manos a la obra.

—Lo peor del caso es que a mí me acaba de pasar lo mismo.

Se quedó un momento en silencio, parecía como si se le hubiera desinflado el pecho. No dejaba de verme. Yo no esperaba escuchar eso, pero entendí por qué parecía el más alterado la noche de la terraza.

—¿Te vino a buscar tu hijo? —le dije para que el silencio terminara.
—No, imbécil —respondió en una bocanada de humo.

Le quité el porro de la mano, quería escuchar su historia. Necesitaba que él pudiera hablar en oraciones completas, sin que lo distrajeran las luces del bar.

—Dejaste un hijito allá, ¿verdad? —asumí.
—La respuesta corta es sí. La respuesta completa es que sí, pero no sé —contestó Ariel.

Ahora fui yo quien tomó el porro, le di unas fumadas largas hasta llegar al filtro, luego me dijo que volviéramos a nuestra mesa para que me contara todo. Lo único que sabía era que Ariel tenía unos meses de haber vuelto de un intercambio en Chile.

* * *

Una tarde de domingo, la novia de Ariel Fraga le dijo que quería casarse con él al terminar la universidad. Eran pareja desde los primeros semestres de la facultad de cine, de ésas que, aún de estudiantes, parecían un matrimonio de años. El sobrino de Amaro no se negó, tampoco accedió, sólo desvió la conversación hacia otro tema y puso manos a la obra. Aplicó a diez becas para poder irse a estudiar a otro país, la mayoría eran destinos en Europa del Este y en América del Sur. Hizo esos trámites poco antes de que se cerraran las convocatorias, pensó que sería más sencillo ser aceptado en uno de esos países que uno más competido como España.

Recibió una carta de aceptación de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Habría preferido mantenerla en secreto, pero la institución necesitaba de la firma de sus padres para un seguro de viajes. Fuera de ellos, no le dijo a nadie hasta que estaba a punto de irse. A su novia le avisó cuando faltaban dos semanas para su vuelo.

—¿Querías terminar con ella? —le pregunté.

Ariel sí se distraía con las luces del bar y con la decoración de estilo prehispánico de las paredes, pero al menos lucía más tranquilo que unos minutos antes.

—Sí la quería, pero no me quería casar. Como no sabía cómo explicarle eso, se me hizo más fácil agarrar un avión y dejar que ella hiciera el resto —me explicó Ariel Fraga.

Al final de su semestre en Santiago conoció a Olivia. Ella tampoco era chilena, era una argentina que tenía días de vacaciones acumulados, el cabello rubio y treinta y cinco años. Se encontró por primera vez con Ariel al atardecer en una librería del centro, los dos iban a tomar el mismo ejemplar de Amor en tiempos del cólera y se tocaron la mano por accidente.

—¿Si escribes esto puedes decir que nos conocimos en una librería? Me da pena decir que hicimos match en Tinder—me pidió Ariel.
—Cuenta con ello —respondí sonriente.

Antes de aquel encuentro no tenía contemplado salir con alguien que fuera mayor que él, tampoco que le fuera a gustar tanto. Disfrutaba de su conversación, que no le importara encajar con un grupo de amigos y que le gustara viajar sola. En las tardes se encontraban en un bar cerca del hotel donde se hospedaba Olivia, platicaban un poco, luego se iban a su habitación, que era mucho más grande que el departamento que el chico de veintitrés años compartía con otros tres estudiantes.

Fue a verla un sábado para despedirse. Él volvería a casa al día siguiente. No habían hablado de encontrarse de nuevo ni de continuar con su relación, de todas formas, el chico no vio nada de malo en decirle que si algún día estaba de visita en México “podían ir a tomaralgo”. La expresión de Olivia dio un vuelco después de escuchar la oferta, le respondió que prefería “no ensuciar la experiencia con sus vidas reales”.

Ariel salió a la calle, caminó sin rumbo hasta que se cansó de dar vueltas. No recuerda haberse sentido triste, o feliz, más bien aturdido. El estupor le duró poco más de doce horas. Al día siguiente, durante el despegue, sintió algo que no pudo nombrar de manera precisa.

—Fue igual que cuando me fui de México, sólo que en lugar de escapar sentí que debía encontrarla —dijo.

Jamás le pasó por la mente que Buenos Aires tiene una diferencia horaria con México. Siempre la llamaba después de la media noche, así que el teléfono de Olivia sonaba de madrugada. Ariel calcula que en esos cuarenta y cinco días debió marcarle más de cien veces…

Cambió su postura: su espalda se relajó, se sumió un poco más en su silla, se tomó casi toda su cerveza en tres sorbos, sonreía sólo con el lado izquierdo de su boca. En ese momento, de no ser por la diferencia de edad, no habría podido distinguirlo de Amaro.

Su avión aterrizó para una escala en Bogotá seis horas más tarde. Cuando bajó le marcó por teléfono, no le contestó la primera vez, ni la segunda. Pensó que tal vez Olivia no había escuchado el tono de su celular, así que hizo un tercer intento por contactarla, que sólo sirvió para inflar el número de veces que oyó la grabación del buzón de voz.

Trató de comunicarse con ella por más de un mes, jamás le pasó por la mente que Buenos Aires tiene una diferencia horaria con México. Siempre la llamaba después de la media noche, así que el teléfono de Olivia sonaba de madrugada. Ariel calcula que en esos cuarenta y cinco días debió marcarle más de cien veces, pero menos de ciento cincuenta.

—¿Crees que la habrías buscado tanto si no te hubiera dicho que ya no quería nada más de ti?
—Puede que haya algo de eso —admitió.

Ariel tardó unos segundos en hablar la noche en que escuchó la voz al otro lado de la línea, ya no esperaba una respuesta, llamarla se había vuelto una “costumbre más que nada”. El chico volvió en sí cuando Olvia amenazó con colgar. Le preguntó cómo estaba, ella respondió “en casa con mi esposo”; después le dijo que la extrañaba, ella le confesó que pensaba en él todos los días y que cuando estaba sola veía una foto que le había tomado una vez que se quedó dormido junto a ella.

—¿Es en serio? —pregunté.
—No. Me dijo pelotudo y que mejor extrañara “a la concha de mi madre”. También me contó que estaba embarazada.
—¿Y sí era tuyo?
—¡Güey, le pregunté lo mismo! —alegó Ariel Fraga.

Escuchó un sonido, como si Olivia hubiera estrellado su celular contra algo suave, supuso que lo había lanzado a la cama. La oyó a unos metros del micrófono, rugir que eso le pasaba por buscarse un “pendejito” en lugar de haber comprado un tour por el Palacio de Moneda, el Parque Bicentenario, o por “la concha de la lora”.

* * *

Hablaron otras dos veces por teléfono, pero Ariel no quiso compartir nada en específico sobre esa parte de la historia. Es posible que no hayan sido conversaciones agradables, porque su rostro, por momentos nervioso, pícaro, y seductor, se ensombreció cuando insistí en que me contara hasta el último detalle. Desistí, supuse que me lo diría una vez que el tiempo hubiera pasado, cuando se distanciara de ese capítulo de su vida y sintiera que eso le sucedió a alguien más.

—Bueno ¿y ya lo tuvo? —interpelé.
—Ni idea.

Ariel tenía las cejas y los párpados levantados. En ese momento él tenía veinticuatro años, pero con esa expresión parecía un niño al que acababan de atrapar a media travesura.

—Lo último que me dijo fue que ella se haría cargo —recordó.
—Igualito que…

Me interrumpí yo solo. A Ariel no le molestaba que recalcara todos los parecidos físicos que tenía con Amaro, no fui el primero ni el último en notarlos, pero no estaba seguro de cómo se tomaría si le señalara los de su vida personal.

—Sí, fue lo mismo que Abigaíl le dijo a mi tío.

Olivia no le respondió más llamadas y lo bloqueó de todas sus redes sociales. El bebé permanece como una incógnita hasta la fecha. Los dos nos quedamos en silencio por primera vez en toda la noche.

—¿Crees que lo haya tenido? —le pregunté.
—No lo sé.
—¿Alguien más sabe de esto?
—No, solamente tú.

Hablamos un poco más, esperaba un final más concreto para todo aquello, sin duda él también. En ese momento fue evidente que en ocasiones la vida puede ser una colección de historias sin desenlace, reflejadas las unas en las otras; también me acordé de una amiga cuya frase favorita es “todos son iguales”.

—¿Esto es un patrón familiar o era tu destino? —me atreví a preguntar.

No me respondió nada, dejó escapar una risa corta, un soplido que podría confundirse con un estornudo. Pagamos la cuenta, nos despedimos y salimos del bar. Lo detuve cuando estábamos por caminar a lados opuestos de la calle.

—¿Crees que en veinte o treinta años te venga a buscar tu hijo argentino?
—Sólo hay una forma de averiguarlo —respondió Ariel Fraga. ®

Compartir:

Publicado en: Narrativa

Apóyanos:

Aquí puedes Replicar

¿Quieres contribuir a la discusión o a la reflexión? Publicaremos tu comentario si éste no es ofensivo o irrelevante. Replicante cree en la libertad y está contra la censura, pero no tiene la obligación de publicar expresiones de los lectores que resulten contrarias a la inteligencia y la sensibilidad. Si estás de acuerdo con esto, adelante.