DIATRIBA PAMBOLERA VÍA USA

Una defensa del deporte ráfaga

No sólo se está jugando el Mundial. La final entre los dos equipos con más campeonatos de la NBA está resultando épica.

El futbol me resulta desde crío un misterio semejante al de la supuesta trinidad. Con una infancia rodeada de dojos y clases de natación que, lejos de convertirme en atleta, forjaron mi carácter solitario y escapista, mis recuerdos infantiles van de la televisión a la casa de unos tíos borrachines que gritaban mucho mientras leía el periódico esperando que la tortura acabase. Después al leer a Borges y la citadísima frase aquella donde se responde el porqué de la popularidad del futbol (el futbol es popular porque la estupidez es popular) corroboré que nunca sería futbolista. Y mucho menos literato, ni ajedrecista ni torero.

Borges podía darse el lujo de mostrar sus fobias y filias, siendo casualmente o no, como solía afirmar en diálogo con un taxista, Borges. Curiosamente Borges, el más argentino de los escritores y quizás de los más cercanos al orbe anglosajón, sentía un enorme desprecio por el deporte inglés. Como si culpara al imperio británico de haber peleado guerras inútiles y sembrar en el planeta cosas como el cricket o el futbol, circular y manejar desde la derecha y demás singularidades. Lo cual me hace suponer un mundo alternativo, distópico, donde el imperio británico sigue siendo el amo de los mares, a merced de que no hubo ni Primera ni Segunda Guerra Mundial, debido a la lógica derrota de Prusia en la guerra franco-prusiana, que, como sabemos, fue el germen de las guerras del siglo XX, con la consecuente postergación del imperio americano. En este mundo distópico Inglaterra exporta deportes que son vistos por las naciones periféricas como una forma de imperialismo cultural de la pérfida Albión. Las naciones coloniales y postcoloniales tienden a replicar los usos y costumbres de la metrópoli inglesa, pero son las minorías educadas, las élites las que que mayormente participan de ellos.

Por el contrario, las expresiones estadounidenses, más sencillas y brutales, son acogidas con menos resquemor por parte de las naciones iberoamericanas, que abrazan con alegría deportes más regionales como el beisbol —por ejemplo, Cuba.

Ésta es la inversión de la fantasía mexicana escolar por excelencia, comparable solamente a la otra fantasía que ubica a los Reyes Magos moralmente por encima de Santa Claus, donde los niños de clases humildes juegan soccer y las clases medias, beisbol (el mito de los deportes de ricos).

El futbol soccer es una cosa de ingleses petulantes y mamones, desde el punto de vista de las masas. En cambio, el basket es más neto y más popular, como lo saben los jefes de gobierno de la capital que hacen cualquier cosa por congraciarse con las masas populares antes que identificarse con los imperialistas ingleses y sus cofradías de Beckhams en esteroides que cubren las pantallas mundiales. México, fiel a sus características de resistencia cultural, ha permanecido más o menos inerme frente a los persuasivos ataques culturales de la isla, pese a que algunos sociólogos unameños escriban largas tesis sobre la conveniencia de adoptar con mayor fuerza el futbol en nuestro país, debido a sus costes reducidos. Aun así, parece difícil convencer a las masas sindicalizadas y teleadictas de que dejen de lado el beisbol y el basquetbol caguamero-llanero que tanto éxito tienen en países hermanos como Cuba, Corea del Norte y Venezuela. Países que, no sobra decirlo, son los líderes de la región frente al ostentoso  y brutal poder inglés. Caso singular, la experiencia argentina, que llevan años sin poder tener una liga más o menos regular del soccer, sobre todo a partir de la Guerra de las Malvinas. Brasil, otro gigante de la zona mucho más antibritánico que Argentina, tiene muy buenos jugadores, pero la mayor parte de ellos juega en Europa, donde el triunfo del futbol es espectacular, salvo en países antibritánicos, como Italia y España, que siguen de cerca las fiestas de toros y el futbol americano, que inusitadamente o quizás por razones de resistencia cultural, también fueron adoptados.

De manera un poco esquizoide, poblaciones enteras norteamericanas, conservadoras y republicanas, que añoran el pasado colonial, son los más adeptos al deporte de las patadas. Aunque es en territorio estadounidense donde, para ser sinceros, las quejas sobre el futbol son más disparatadas. Para la inmensa mayoría de ellos el soccer es un deporte aburrido de jugar, tedioso de mirar, socialistoide, prácticamente inventado por Obama, Mao y Marx en un día de campo. Algunas de sus (mis) quejas tienen algo de sentido, como veremos.

El soccer es una invasión foránea de los ingleses que atenta contra el sentido común capitalista estadounidense. Es una inversión de los principios capitalistas de producción, donde se aplica la menor cantidad de energía para optimizar la producción. La cantidad de tiempo dedicada al partido (90 eternos minutos) finaliza en ínfimos marcadores de 1-0 o en anticlimáticos empates a cero. De entrada, un juego que depende más del desempeño que del éxito tiene algo de raro. Y si el empate ya nos parece una inversión del cosmos que no acepta empates en ninguna situación, el fut presenta su comodín metafísico, sobre todo en países latinos.

El penal

Esto es, como todos sabemos, una suerte de volado cósmico, muy parecido al duelo decimonónico, pero sin el humo de una pistola, y en cambio con la rechifla sobre el arquero. Es uno de los momentos que más desasosiego le causa a varias sociedades estáticas-estatizantes donde permea más el sentido de la fortuna que de la habilidad —sociedades de la experiencia versus sociedades de la esperanza. Un juego católico en toda la extensión de la palabra.

Afortunadamente, México no ha caído rendido del todo ante el futbol inglés, pero la idea del penal afianzado en una psique estoica que parece obsesionada con el peso del destino parece más una probable fuente de pesares que de alegrías. Algo tétrico hay en el futbol una vez que se adapta a las costumbres locales.

Quizás esa sea la razón secreta de que las mujeres no gusten del futbol. Algo en sus mentes les dice que por mucho que gocen de las caricias del foreplay, en alguna parte del combate debe haber anotaciones. Noventa minutos paseando entre los pezones y caderas, por muy Ruy Sánchez que seas, no genera la oxitocina de los orgasmos-goles. Quizás las adeptas al sexo tántrico gusten más del futbol en sus larguísimas exploraciones por el arco y el área chica. ¿No gain, no pain?

En el argot estadounidense se le llama “score” a ligar, a flechar o al lance furtivo exitoso con las hembras alfa. Luego entonces, un partido con scores de 0-0 tiene por fuerza que ser anticlimático. Algo tiene de coitus interruptus, por continuar con las forzadas y poco lubricadas metáforas sexuales.

Al carecer del uso de las manos y depender de los pies, el deporte se aleja de lo que los antropologos denominan escala evolutiva en razón del empleo de las manos, verbigracia el pulgar oponible que nos separa de nuestros ancestros homínidos y demás parientes de cuatro patas. En prácticamente todas las culturas abrahámicas las manos se consideran de origen divino. No así los pies, que siempre necesitarán de redención. En las escrituras se menciona esto en los lavatorios de pies. Los pies, en esencia, nos remiten a esa parte antigua y animal que busca humanizarse por medio del trabajo, la oración, la guerra, la caza y el arte o el tomar cerveza y vino. Tan es así que decimos de algo malhecho que está hecho con las “patas” —beg your pardon. Las manos son la herramienta evolutiva. Un deporte que intencionalmente abjura del empleo de éstas es un deporte que inconscientemente reniega de millones de años de evolución. Se afirmará que es un doble esfuerzo psicomotriz emplear las piernas para los trances y dribleos del juego, o se me dirá que entonces el baile es un rescoldo de animalidad. No haría eso. Afirmo una percepción y una suspicacia que le es común a muchos, como yo, que sienten desconfianza ante el futbol. Y por decirlo sucintamente, es un argumento que parece científico y no lo es. Suponiendo que en un nivel inconsciente los 22 tipos que juegan sean lisiados de la cintura para arriba, esto tendría el mérito de generalizar una discapacidad y nulificar las aristas agresivas del juego. Quizás por eso sea que los futbolistas hacen tanto espectáculo al recibir golpes y ofrecer las actuaciones gimnásticas que les conocemos a muchos. Y al mismo tiempo, es el sueño igualitario de quien no cree en la meritocracia ni en el desempeño individual. El futbol es un colectivismo donde no importan tanto las cualidades atléticas ni el temple o fuerza física. Prácticamente todos lo pueden jugar. No tiene la brutalidad física del futbol americano, no es intimidante como el beisbol, con sus mares de estadísticas, bates y periferia aritmética. No necesita la estatura ni la fortaleza o el tiempo para desarrollar a un buen basquetbolista. Es democrático en oposición a cierta aristocracia del gimnasio. Es poco espartano y tiene un tufillo populista cesarista. En el americano se avanza por yardas, todo es mesurable y la cantidad de estamina destinada a derribar al oponente es mucha más de la que se acumula en el soccer durante una liguilla entera. He aquí varios puntos. Muchos más de los que la selección local o tu equipo anotarán en la siguiente ronda.

No es casual que el juego haya sido inventado por patrones ingleses para pacificar (¿anestesiar?) a los obreros de la industria textil. Mientras en Alemania y Rusia se cocinaban agendas marxistas para conquistar el mundo, los flemáticos británicos encontraron la manera más sutil de apaciguar las demandas laborales con un opio que resultaba una excelente válvula de escape, y al mismo tiempo los mantenía hipnotizados por el azar y sinsentido de una pelota que gira. Más barato que publicar millones de copias de Das Kapital con el beneficio marginal de que los obreros se ejercitaban  corriendo sin dirección alguna. Aunque, pensándolo bien, quizás el deporte lo inventó Chesterton con la firme intención de darle motivos a Borges para que en un futuro inmediato éste lo encontrara en una hipotética cancha literaria, donde Borges podría responderle como en la consabida escena del doctor Livingstone en medio de la sabana africana de un texto imposible sin la alquimia del futbol.

—¿Es usted, por casualidad, Borges?

—No sé si por casualidad, pero sí soy Borges. ®

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Publicado en: Barra brava, Junio 2010

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