Editorial

La belleza y la fealdad

Helena de Troya

Estos dos términos han acompañado a la humanidad desde sus mismos orígenes, y ha habido personajes legendarios e históricos por su belleza o por su fealdad. La guerra de Troya fue desatada por la hermosa Helena —hija de Zeus, según la mitología—, y el militar francés del siglo XIV, Bertrand du Guesclin, era tan feo que él decía de sí mismo: “Yo soy muy feo para ganarme el afecto de las mujeres; pero en cambio sé hacerme temer de mis enemigos”. Un cronista de aquellos años lo describía como “Aquel hombre de cabeza enorme, cuerpo grande, piernas cortas, ojos pequeños, aunque de mirar vivo y penetrante”. ¿Quién es feo y quién es bella? ¿Se trata solamente de facciones finas y perfectas? Hay hombres que causan el embeleso de numerosas mujeres y viceversa. Más allá del supuesto —e impuesto— canon occidental de belleza, las mujeres y los hombres considerados los más hermosos proceden de todos los países y tienen rasgos africanos, asiáticos, latinos o caucásicos, y lo que tendrían en común es la armonía y la perfección de sus facciones y cuerpos, según diversos autores.

En sus comentarios a Historia de la belleza, de Umberto Eco, el académico español José Fernández Vega escribe:

La belleza del cuerpo humano resulta por supuesto crucial para una aproximación no específicamente artística (aunque todos los ejemplos previos al final del siglo XIX sean para nosotros artísticos), en especial si recordamos que la hermosura femenina es uno de los temas más remotos y constantes en la tradición occidental desde Homero. Eco consagra abundante espacio a este tópico e incluye un abanico de imágenes que abarca desde estatuas antiquísimas que representan mujeres fellinescas (la por muchos motivos vertiginosa pieza denominada “Venus de Willendorf” data del siglo 30 antes de Cristo) hasta las más recientes y raquíticas chicas de calendario sin olvidar el esquizoide modelo de mujer típico del cine: la femme fatale y la vecina de al lado.
No es sólo que cada época tenga su ideal de belleza, sino que, al mismo tiempo, en cada una conviven muchas tendencias divergentes, incluso sin llegar a los extremos de profusión que distingue a la nuestra, en la que el propio ideal se halla asimismo cuestionado. La empresa en la que se embarcó Eco parecía por eso imposible puesto que debía conjugar un relato en sí mismo complejo y vinculado, además, a problemas mayores como los del bien y la verdad, siempre mezclados con lo bello por la filosofía y la religión. Sin embargo, logró sortear el abismo con sobrios movimientos. Su libro reserva un lugar para la inspiración pitagórica y para los oscuros impulsos hacia lo feo teorizados en el siglo XIX, para el resplandor divino que el catolicismo vio en las imágenes y para la fascinación romántica ante la muerte, la crueldad o el dolor. La armonía de la figura humana y su deformidad, la alegría y la melancolía, la rivalidad entre la jardinería barroca y la neoclásica, un mármol romano y una estación de subte parisina conviven en sus páginas. En esta parafernalia Eco consiguió imprimir un orden elegante y erudito. Que su repaso histórico no haya logrado iluminar direcciones decisivas para el presente cabe atribuirlo al hecho de que la belleza del mundo nunca parece suficiente. Y esto es casi lo único cierto que se puede decir sobre ella a través de los siglos.

Naief Yehya escribe en su ensayo “La belleza del cyborg” —en este dossier— que

La belleza humana es un mecanismo evolucionario, un sistema de selección de los mejores genes y de discriminación de los candidatos menos aptos. No obstante, resulta hasta cierto punto paradójico que la belleza tiene la singular responsabilidad de haber inspirado la creatividad humana, probablemente más que ningún otro estímulo, las grandes obras de arte y de la cultura, los sueños románticos, las ilusiones eróticas y un número inimaginable de actos de locura y delirio perpetrados a lo largo de la historia de la humanidad.

Dos nociones, belleza y fealdad, que aún provocan polémicas entre legos y letrados, entre políticamente correctos y quienes se lo toman en serio pero sin solemnidad, hurgando en las raíces históricas pero también en la biología, en la psicología y hasta en las proporciones matemáticas creadas por la misma naturaleza. Dice Yehya que “La belleza femenina es real y, aunque está rodeada de mitos, no es en sí un mito, como quiso hacernos creer Naomi Wolf en su rencoroso best-seller El mito de la belleza”.

No olvidemos un concepto intermedio y subjetivo, el de la controvertida “felleza”, a quien nuestro colaborador Juan Carlos Núñez dedica su artículo “Esbozo sobre la belleza”, en el cual afirma: “La felleza es personal e intransferible. No obedece a argumentos, simplemente se produce y quien no la experimenta difícilmente podrá entender por qué a alguien le puede gustar algo que ese mismo alguien reconoce como feo”.

¿Tiene usted otra opinión, querido lector? ®

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Publicado en: Destacados, Octubre 2012

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