La indiferencia y las elecciones

Apariencias en un país en ruinas

No hay política posible si no hay un espacio público en el cual se hospede al otro; no nos conviene elegir el voto por cuestiones individuales. Es necesario crear un espacio social incluyente. Ésta es la tarea de los ciudadanos: hacer lazo social. Para ello habrá que cuidarnos cuidando al otro. Cuestionemos las ilusiones y las apariencias.

¡Cuánta sangre y horror hay en el fondo de todas las “cosas buenas”!…
—Friedrich Nietzsche

Spot electoral de AMLO

Entre setenta mil muertos aparecieron cuatro candidatos que quieren ser presidentes. El optimismo de las campañas electorales es una muestra de la insensibilidad que la clase política tiene por la compleja situación del país: el entusiasmo en tiempos de desgracia es indiferencia y banalidad de mal gusto. Podemos describir a los candidatos a partir del eslogan de cada uno: la diferente, el cumplidor, el amoroso y el ciudadano. Si todos prometen ser tan buenos, ¿de qué preocuparse?

En Introducción a la metafísica Heidegger dice que el problema entre ser y apariencia no es una cuestión que pueda resolverse de una vez por todas. El mundo mismo es un devenir entre ser y apariencia. Lo que parece ser luego es apariencia y viceversa. En esta elección los mexicanos nos enfrentamos a un problema con pocas posibilidades para resolverlo adecuadamente: las campañas políticas transcurren en el campo de la creencia. En este ensayo pretendemos realizar una reflexión psicoanalítica sobre este problema.

A pesar de vivir en una democracia cada candidato se propone a sí mismo como un salvador que desea gobernar en una monarquía: cada uno se presenta como redentor que eliminará el hambre, la inseguridad, el desempleo, el deterioro ambiental, el sufrimiento… El escenario de las elecciones es la televisión: la tele es un juego de apariencias; la pregunta por la verdad no importa. Las campañas políticas se rigen por la imagen. Los discursos son cortos y las efigies impactantes: se presentan de un modo absoluto que no dan lugar a la duda. La promesa pasa por la imagen; no importa preguntar cómo, no vale cuestionar por lo posible. La sucesión de escenas imaginarias son brillantes, puras y pretenden transmitir certeza. El spot, los escenarios televisivos, los espectaculares producen un mundo sin referencias. Las imágenes y las frases cortas sustituyen el diálogo reflexivo. Televisa y Televisión Azteca ―apoyadas por algunas radiodifusoras y periódicos― pretenden erigirse como amos absolutos de la opinión nacional.

La creencia es una denegación de la realidad: la fe pretende suspender el juicio y anexar la voluntad a la decisión de un grupo. La creencia exige repetir enunciados y adherirse a un discurso. Francisco Pereña [2012] dice que la principal característica de la creencia es hacer pertenencia grupal.

Para enfrentar al famoso duopolio televisivo se nos dice que contamos con las redes sociales. Una red consiste en la transmisión de mensajes entre actores análogos sin que exista un discurso que oriente el sentido de estas relaciones. Uno de los problemas de la red está en su pobreza para plantear un fundamento que pueda soportar las preguntas trascendentales. La pregunta por el ser y la apariencia no puede ser abordado por la red. De modo horizontal, sin el soporte de un discurso con contenido, la red se compone de afirmaciones y no de preguntas. El resultado es una multiplicación de mensajes: un tweet no vale por su contenido sino por la cantidad de veces en que ha sido retuiteado. En la ráfaga de múltiples mensajes, en la interconexión cibernética no hay tiempo para pensar. En la red todas las opiniones son igualmente valiosas, sin importar su procedencia y sus caminos. En una red el oficio de pensar es poco valorado: en internet se privilegia la fuerza reproductiva de los mensajes. Hay grupos de presión que pretenden instaurar enunciados como verdad a fuerza de su repetición. En vez de cuestionar la apariencia la red la multiplica.

Schopenhauer [2009: 72] dice que a la comprensión de la realidad se le opone la ilusión como engaño del entendimiento. La ilusión es una apariencia. Según Freud [AE XXI], la ilusión tiene dos características: deriva de los deseos humanos y exige creencia. Si las ilusiones devienen de los deseos que se figuran como cumplidos, entonces otorgan placer. Sin embargo, la ilusión no considera la factibilidad de su realización. En ello radica la diferencia entre ilusión y proyecto: un proyecto hace comprender la historia, la situación, las posibilidades fácticas (¿A dónde ir? ¿Para qué? ¿Y luego qué?) e invita a actuar; una ilusión es un sueño en vigilia.

Si nos detenemos un poco podemos comprender que todas las campañas políticas están compuestas de vanas ilusiones: Prometer no empobrece, dice el dicho. Si el hombre es un animal de promesas [Nietzsche, 2004], cada candidato hace una campaña publicitaria basada en ilusiones. En un país con tantas necesidades como México prometer es la actividad más rentable para los políticos. Sin embargo, hay un problema: todos los candidatos prometen lo mismo (disminuir el sufrimiento), así que la oferta de ilusiones no puede ser un criterio para diferenciar un candidato de otro. En la promesa todos se parecen: todos los candidatos son ciudadanos comunes interesados por el bien nacional (cumplidores y amorosos). En el aparecer todos dicen que son diferentes y a la vez todos son iguales: todos prometen, todos pretenden ilusionar. Debido a que en la promesa no hay distinción alguna, ahora los partidos políticos pretenden ganar las elecciones en el campo de la creencia: ¿Qué candidato puede sumar mayor número de creyentes? ¿Cuál es el más creíble?

La creencia es una denegación de la realidad: la fe pretende suspender el juicio y anexar la voluntad a la decisión de un grupo. La creencia exige repetir enunciados y adherirse a un discurso. Francisco Pereña [2012] dice que la principal característica de la creencia es hacer pertenencia grupal. Frente al futuro incierto en un país de hambre y pobreza, de asesinos y muertos, la creencia hace soñar. Lo opuesto a la creencia es la soledad y la puesta en cuestión. Aquel que no pertenece a una comunidad de creyentes existe en la angustia de la marginalidad, la exclusión, el rechazo y la incertidumbre. La militancia política saca al sujeto de su angustia y de su desamparo; lo cubre con el velo de las ilusiones.

Roustang [2002: 30] dice que la fe supone una incondicionalidad basada en este supuesto: De antemano, te creo; pase lo que pase, te serviré porque tú eres el que sabe y el que tiene razón. Los partidos políticos demandan creyentes, no ciudadanos reflexivos. Una de las características de toda comunidad de creyentes es la necesidad de exorcizar el malestar de las propias filas. Para ello es necesario designar chivos expiatorios a los cuales se les pueda hacer representantes del mal. El resultado es un maniqueísmo de la situación nacional: nosotros somos buenos, los demás son malos. El culpable de la desgracia nacional es el otro. Para todo grupo de creyentes es necesario designar un enemigo a quién atacar: el odio común cohesiona a los feligreses. Así, se crean campañas de entusiasmo y de odio: los creyentes de López Obrador verán como peligro a Peña Nieto (súbdito de Televisa y Salinas de Gortari), los creyentes en el PRI dirán que López obrador es el Chávez mexicano, los fanáticos del PAN apuntarán sus armas contra cualquier propuesta fuera de la doctrina cristiana. En estas elecciones, similar a lo sucedido en 2006, vemos que el PRI y el PAN se unen para designar a López Obrador como un peligro para México; por su parte, la llamada izquierda mexicana insiste en una interpretación simplista de la situación nacional (los malos son los de arriba). De este modo, la ciudadanía comienza a rechazarse y a etiquetarse a sí misma: nombran pejezombis a aquellos que votarán por López Obrador; ectivistas estúpidos por Peña Nieto; yunquistas por Vázquez Mota. Los integrantes de cada grupo designan a sus enemigos, afilan sus armas en Facebook y Twitter, hacen proselitismo en las conversaciones de sobremesa. No hay diálogo, sino paranoia: se cree que se avecina el final del mundo si el adversario gana las elecciones del 2012.

El espacio social está destruido; de esto se deriva el aumento de la endogamia en las familias mexicanas: los hijos ya no salen de casa y los padres los retienen para ellos. ¿Y para qué salir de casa si no hay espacio social que se pueda habitar?

Al final, el resultado (cualquiera que sea) es una sociedad fragmentada, enfrentada, que se odia a sí misma. Los grupos se atomizan y el lazo social queda destrozado. En esta perspectiva puede suceder que el nuevo presidente necesite de la fuerza pública, de las armas, para volverse a instaurar en la silla presidencial. En este sexenio ya fuimos testigos del modo en que la creencia se alimenta de sangre… ¿queremos repetir el mismo acto?

Los políticos nos llamarán a creer en ellos; el asunto es cómo responder a esta demanda. En este contexto es importante hacernos esta pregunta: ¿Cómo participar en la vida democrática del país sin anularse a sí mismo y sin convertirse en creyente? Schopenhauer y Freud coinciden en esto: la única ética posible es la desilusión. Si queremos hacer posible la restauración del lazo social cada uno de nosotros tendría que hacer el trabajo de desilusionarnos.

La principal ilusión que es necesario cuestionar es el peligro supuesto en un candidato. La creencia es ciega para poder ver aspectos positivos de un candidato que se opone a las propias preferencias electorales: la visión maniquea se impone y la creencia siempre designa en el exterior la causa del malestar interior. Con la ilusión del peligro para México o del peligro para la democracia la creencia se traduce en una demanda de protección: Voto por ti, pero protégeme de “los de arriba”, cuídame del “Chávez mexicano”, defiéndeme del “diablo”…

Otra ilusión que hay que poner en cuestión es la fantasía de una existencia sin dolor. En la experiencia humana, la felicidad es irrealizable: el cuerpo, la naturaleza y la cultura misma nos imponen sufrimientos inevitables. La ilusión pretende ser admitida denegando la realidad efectiva. Denegar es negarse a ver. La denegación funciona porque cercena aquella realidad que es decepcionante y dolorosa. En el campo de la creencia la política se parece a la religión: se basa en un sistema de ilusiones de deseo con desmentida de la realidad efectiva [Freud, AE XXI: 43]. Para desmantelar la ilusión habrá que dudar de todos los spots, las fotografías y los escenarios que nos presenten un futuro paradisiaco. Allí está hablando la ilusión, no un proyecto de nación.

No podemos seguir creyendo en el neoliberalismo y en las fantásticas reformas estructurales. El neoliberalismo establece como motor de la sociedad la voluntad de saciar la propia voracidad: La propia maldad natural del hombre ha encontrado un sistema social que ha puesto los vicios de la envidia, el miedo y la vanidad, de la concupiscencia, al servicio de la propia organización social” [Pereña, 2008: 218]. Este sistema se sostiene sobre la insensibilidad y la indiferencia hacia el otro: se le emplea en espacios de sometimiento institucional, se le adiestra en el acatamiento de creencias ciegas, se le explota con la simulación del pago de pseudo-sueldos, se le domina en el aprovechamiento de su fuerza de trabajo, su dolor y su sufrimiento. Hoy en día ir al espacio social significa ir al lugar de la estafa, de la explotación, del rechazo, del sometimiento, del secuestro, de la masacre y de la muerte.

Josefina Vázquez Mota

El pacto social está roto porque hay indiferencia al dolor humano: no se hospeda a los niños y a los jóvenes en escuelas públicas para transmitirles el mundo que no puede ser propiedad privada de nadie, no se acoge al enfermo en hospitales que puedan otorgarle descanso a su dolor corporal, no hay trabajos dignos que efectivamente paguen y otorguen seguridad laboral para ejercer un oficio creativo y productivo, no hay hospedaje al anciano que se enfrenta al final de sus días en la tragedia de su soledad, no hay espacio a la cultura y a la filosofía que otorguen la posibilidad de hacernos más sensibles y reflexivos… El espacio social está destruido; de esto se deriva el aumento de la endogamia en las familias mexicanas: los hijos ya no salen de casa y los padres los retienen para ellos. ¿Y para qué salir de casa si no hay espacio social que se pueda habitar?

Al ver al humano que devora al humano emerge la ilusión del comunismo. Freud [AE XXI: 110] dice que las doctrinas comunistas están fundadas en esta premisa: “El ser humano es íntegramente bueno, rebosa de benevolencia hacia sus prójimos, pero la institución de la propiedad privada ha corrompido su naturaleza”. Por lo tanto, la ilusión correspondiente es ésta: retirando la propiedad privada se elimina la crueldad del humano sobre el humano. Sin embargo, la historia ha demostrado que prohibiendo la propiedad privada la crueldad deviene del Estado hacia los ciudadanos. Las dictaduras comunistas en la historia mundial así lo demuestran.

Frente a la decadencia emergen discursos puristas que pretenden re-establecer la moral cristiana y la familia patriarcal. El discurso religioso siempre aspira al control total. La religión es un delirio que se alimenta de sangre. Isaac Asimov ha demostrado que el catolicismo siempre ha designado a un sector impopular de la población al cual poder acosar y usar como pararrayos para canalizar las insatisfacciones de sus creyentes: herejes, judíos, leprosos, árabes, brujas, indígenas, han alimentado las hogueras de esta institución asesina. Con el mote de “valores universales” ahora el cristianismo pretende imponer su doctrina a los no creyentes. Los fanáticos rechazan a la comunidad lésbico-gay, a las familias alternativas y a las mujeres que desean suspender el embarazo. A través de la televisión, la radio, la privatización de la educación, la fuerza y el presupuesto del Estado, el cristianismo pretende imponer su doctrina a los ciudadanos de este país.

El comunismo y el cristianismo son discursos trasnochados que tienden al fundamentalismo (exigen el sometimiento a una doctrina o práctica establecida); el neoliberalismo no puede re-establecer el pacto social porque su fuerza está en la atomización de los individuos. Vemos que los candidatos no son ciudadanos reflexivos y autocríticos, sino personajes que pretenden llegar al poder, hacer negocio y declarar que son impunes. A ellos, como a todo humano, les motiva la ambición; para obtener el poder pretenden hacerse de una comunidad de creyentes que los exorcice. ¿Cómo responder a esto?

Schopenhauer [2009] reconoce que hay un problema sustancial en el hombre: mientras que cada individuo se toma a sí mismo como voluntad y representación, sólo puede tomar al otro como representación; por ello, cada humano, diminuto, se convierte para sí mismo en el centro del mundo y se pone a sí mismo por delante de todos los demás. Cada persona actúa negando la voluntad en el otro y afirma su propia voluntad en retraimiento del mundo y de los demás. La voluntad es autoafirmación del propio cuerpo sin miramiento por el otro. Por ello, la voluntad es canibalismo y tiende a la injusticia (arrebatarle el trabajo al otro). El pacto social no puede fundarse en una supuesta bondad del “pueblo” o de “la gente”, sino en el reconocimiento de nuestra angustia y de nuestra ambición de apropiación. El pacto social sólo puede hacerse en el reconocimiento del dolor y no en la ilusión del amor. En Psicología de las masas y análisis del yo Freud demostró que el amor al jefe y el odio a quienes no son sus miembros es el principal factor de cohesión en la Iglesia y en el Ejército. En el poder el amor es una exigencia de fe que no necesita de argumentos: no hay república amorosa que no devenga república religiosa.

No hay política posible si no hay un espacio público en el cual se hospede al otro; no nos conviene elegir el voto por cuestiones individuales. Es necesario crear un espacio social incluyente. Ésta es la tarea de los ciudadanos: hacer lazo social. Para ello habrá que cuidarnos cuidando al otro.

El pacto social sólo puede re-establecerse en la comunidad civil. El lazo social es una preocupación por el otro: ¿cómo cuidar al otro del propio afán de posesión, de explotación, de destrucción? El lazo social se crea cuando nos esforzamos por pensar en el otro.

Mirar al otro significa reconocemos en nuestro ser y no en nuestra apariencia. Al extraño se le hospeda porque se comprende que ―en el fondo― todos compartimos el mismo dolor y la misma angustia. El espacio social requiere un esfuerzo por reconocer el deseo de hacer lazo con el otro en la propia desazón.

El pacto social no puede realizarse en el odio al otro, en la designación de los peligros para México y en la euforia de los futuros paradisiacos. El espacio social no puede ser de un candidato, de un grupo de personas o de un partido político. Lo social es un espacio de hospedaje para el dolor humano; se trata de un espacio colectivo (no apropiable) en el cual se pueda dar palabra a las diferentes voces y a los distintos modos de pensar.

Freud reflexionó sobre la constitución del pacto social a través de la tragedia de Edipo. En Introducción a la metafísica Heidegger realizó esta reflexión: Edipo, rey y dueño de la ciudad, había salvado a Tebas de sus epidemias; sin embargo, este brillo era sólo una apariencia. Al poner en cuestión la apariencia emerge la pregunta por el ser: Edipo se mira a sí mismo como aquel que asesinó a Layo (su padre) y cohabitó con Yocasta (su madre). A pesar de que se arranca los ojos (“Quizás el rey Edipo tenga un ojo de más”, dice Hölderlin), Edipo es el hombre que avanza hasta el último extremo de su comprensión: mira el desvalimiento de su ser. Así, exiliado de Tebas, horrorizado de sí mismo, cojo, viejo y ciego, Edipo arriba a Colono. En la comprensión de su angustia emerge el hombre Edipo: Cuando ya no soy nada, entonces resulta que soy persona”. Frente a su muerte inminente Edipo pide morada. Teseo le ofrece hospedaje a aquel que ha sido rechazado de todas las ciudades. Hospedado, Edipo puede morir.

Este sexenio está terminando con más de setenta mil muertos (entre ellos hay más de 1,400 niños), miles de exiliados, cientos de desaparecidos y millones de marginados. La guerra sucia del 2006, la sospecha del fraude electoral, la instauración de un gobierno cuasi-militar nos pone en la situación de un país en decadencia. La historia nos debe hacer comprender que repetir el esquema de la guerra sucia, de la paranoia, del odio al otro, de los tambores de guerra, nos orilla a la aniquilación del lazo comunitario. “La pasión en medio de las desgracias no es oportuna”, dice Sófocles [2002: 535]. Si hemos caído en una comunidad de creyentes podemos rectificar. Más que fe y fanatismos nos hace falta reflexión que no niegue la soledad, el desconcierto y el dolor. Es necesario pensar en el desvalimiento y en el duelo; no en el frenesí de la salvación. Dejar de ser creyentes es denunciar los abusos de poder, cualquiera que sea el candidato ganador. Votar a favor de un candidato o una candidata no significa dejar de ser crítico con él o con ella. Debemos apartarnos de una visión maniquea que crea políticos puros contra políticos peligrosos. La bi-partición del mundo entre buenos y malos no es un lugar habitable. No podemos seguir juzgando a un ciudadano por sus preferencias políticas; no nos podemos permitir el uso de motes que denigren al otro. No hay política posible si no hay un espacio público en el cual se hospede al otro; no nos conviene elegir el voto por cuestiones individuales. Es necesario crear un espacio social incluyente. Ésta es la tarea de los ciudadanos: hacer lazo social. Para ello habrá que cuidarnos cuidando al otro. Cuestionemos las ilusiones y las apariencias: caídos los velos, si nos hallamos mortales y desconcertados, si nos miramos en el dolor del otro y en el propio, en lo más familiar y en lo más extraño, si nos sabemos angustiados y voraces podremos comprender que el espacio comunitario está más acá de todo entusiasmo por “todas las cosas buenas” que el “comprometido”, la “diferente”, el “amoroso” y el “ciudadano” prometen para todos los mexicanos… ®

—Guadalajara, Jal. a 12 de junio de 2012

Referencias bibliográficas
Freud, S. Obras Completas, Ordenamiento, comentarios y notas de James Strachey, con la colaboración de Anna Freud, 24 vols. (Designamos con la abreviatura AE las citas tomadas de esta edición y con un número posterior el volumen referido). Traducción directa del alemán: J. L. Etcheverry, 2ª ed. 8ª reimp., Buenos Aires: Amorrortu, 2001. Textos tomados de esta edición: Psicología de las masas y análisis del yo (AE XVIII); El porvenir de una ilusión (AE XXI); El malestar en la cultura (AE XXI).

Heidegger (2003), Introducción a la metafísica, Trad. Ángela Ackermann, 5° reimp. Barcelona: Gedisa, 2003.

Nietzsche, F. (2004), La genealogía de la moral, Introducción, trad. y notas de Andrés Sánchez Pascual, primera edición, revisada, en “Biblioteca de autor”, 5ª reimp. Madrid: Alianza Editorial, 2004.

Pereña, F. (2008), Fragmentos de la vergüenza. Madrid: Síntesis, 2008.

_________, (2012), ¿Qué es ser creyente?, inédito (texto leído en las Jornadas sobre la melancolía: México, 2012).

Roustang, F. (2002), Un funesto destino, Trad. Mercedes Agustí, México: Ediciones Coyoacán, 2002.

Schopenhauer, A. (2009), El mundo como voluntad y representación, Traducción, introducción y notas de Pilar López, 2° ed. Madrid: Trotta, 2009.

Sófocles (2002) Tragedias, Traducción y notas de Assela Alamillo, 1° ed. 4° reimp. Madrid: Gredos, 2002.

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Publicado en: Destacados, Elecciones y democracia, Junio 2012

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