Los últimos pueblos yaquis

En el desierto, entre el mar y la montaña

Un largo viaje del norte de Nayarit a la frontera de Sonora con Arizona, entre yonques, paisajes desérticos, montañas que parecen moverse y tumbas de chinos asesinados en los tiempos de la revolución.

Atalaya del cuartel

Tengo la sensación de haber estado aquí sentada por mucho tiempo. Las gigantescas rectas parecen infinitas. Es como si estuviera suspendida en medio de la carretera sin avanzar en dirección alguna. Surcando enormes extensiones en las que el paisaje se mueve de forma imperceptible. Campos abiertos, tan profundos, que sólo se detienen al topar con una cordillera que azulea a lo lejos. Entramos en una dimensión desértica, hacia el norte, con el verde de la Sierra Madre Occidental por un lado y azul del Pacífico por el otro.

Un retén militar nos da la bienvenida en la frontera entre Sinaloa y Sonora. No están los perros que olfatean exhaustivamente cada auto, cada bulto, a cada persona. Sólo unos jovencitos vestidos de verde oscuro, militares, que parecen no haber cumplido veinte años. Un soldadito moreno nos detiene y pregunta a dónde vamos. El casco le queda algo grande. Asume su papel y nos dice que vayamos con cuidado.

Estamos a la deriva. Rebasamos hace días la tierra de donde se dice que partieron los aztecas, Aztlán, en Nayarit. Pasamos una gran extensión de hondonadas cubiertas de agua que en algún punto conectan con el mar y que se asemejan a aquellas de donde un día salió aquella tribu.

Atrás quedó Quilá, un pequeño pueblo en Sinaloa, la tierra del Mayo Zambada. El primer pueblo que pasamos al llegar a Sonora es Navojoa, esparcido en la tierra. Quizá por ser 25 de diciembre parece un pueblo fantasma, terregoso y abandonado. Saltan a la vista cuadras de negocios de chatarra, deshuesaderos, piezas de autos, estructuras de metal aplastadas, viejas y oxidadas. Pilas y pilas de fierros de todos los colores, entre los que brilla el plateado y el dorado de polveras, espejos laterales, retrovisores o defensas. Volantes y rines se suceden, uno tras otro, abandonados, en espera de que alguien los necesite. Desechos de miles y miles de autos fabricados en Estados Unidos envejecen en los basureros del norte de México.

La carretera continúa y las grandes extensiones vuelven a aparecer en el horizonte. Campos verdes sembrados de trigo y arroz, tomate y maíz se extienden hasta perderse de vista. Las rectas se prolongan. Cuando parece que nunca vamos a salir de ahí, y que ahí hemos estado siempre, aparece un símbolo que se repetirá constantemente y que anuncia la llegada a otros dominios. El paisaje se barre detrás del hueco recortado en el centro de una placa de metal. El verde de las montañas y el gris de las nubes rielan tras la silueta de un hombre con cuernos, flexionado con las manos en las rodillas. Es un indio yaqui bailando la danza del venado.

El paisaje se barre detrás del hueco recortado en el centro de una placa de metal. El verde de las montañas y el gris de las nubes rielan tras la silueta de un hombre con cuernos, flexionado con las manos en las rodillas. Es un indio yaqui bailando la danza del venado.

Entramos a Obregón por el boulevard Miguel Alemán. La imagen del indio Cajeme, líder yaqui ejecutado en 1887, nos da la bienvenida. Parece que estamos en las afueras de la ciudad pero estamos ya en pleno centro. Las calles están semidesiertas. Cruzamos la avenida donde están las suntuosas casas de los acaudalados Bours, extendidas cada una en su manzana. La de la hermana del dueño de Bachoco, empresa avícola, se puede ver en el centro del terreno, rodeada de jardines. La reja de un metro de alto permite ver el nacimiento gigante cuajado de luces que ocupa el jardín frontal. En la siguiente manzana se planta la casa de otro Bours, no el gobernador de Sonora, Eduardo, sino su padre, tras un pequeño jardín exterior sin bardas ni rejas. Dos autos de lujo de idéntico color y modelo esperan en una cochera sin portón, en medio de pastos perfectamente cuidados. En sus placas de Sonora un yaqui rodeado de un halo naranja vuelve a bailar el venado. Sus jardines, ventanales y puertas de madera quedan a la vista de cualquiera. Sin demasiadas protecciones para ser una de las familias más ricas de Sonora, y de México, en una ciudad en la que de cuando en cuando se arma la balacera.

Del otro lado de la Avenida Nainari —que, según dicen los cajemenses, en dialecto mayo significa piojo— se erigen fincas de extensión similar pero con diferencias esenciales. Su interior está completamente sellado. Es imposible ver lo que hay detrás de sus muros. Sus habitantes se resguardan tras grandes portones de metal, bardas de concreto y, sobre ellas, mallas de acero, coronados con alambres de púas. Sólo pueden mirar al exterior a través de pequeñas y escasas ventanas. No se vaya a colar una bala. Un estilo hermético aderezado con formas magnificentes, ornamentos y algunas con columnas que imitan a las que usaron los griegos hace más de dos milenios. Es el narcoestilo, abrillantado con luces navideñas que quisieran cintilar todo el año. Avanzamos por las manzanas aledañas a la Nainari y las narcocasas se multiplican. Las familias que viven del negocio de la droga no simulan demasiado. De vez en cuando cae alguno, cuya suerte estaba echada.

Salimos hacia el norte por la laguna Nainari, un lago de unos tres kilómetros cuadrados rodeado de pastos y árboles, orgullo de los cajemenses. Dicen que a los 50 grados del verano no hay mejor lugar para hidratarse vaciando ballenas (litros de cerveza).

Cócorit es quizá el más occidentalizado de los ocho pueblos yaquis, asentados en el cauce ya seco del antiguo río yaqui. Es casi parte de Ciudad Obregón, separado por unos diez kilómetros. Sus habitantes cada vez se mezclan más con los yoris, así llaman los yaquis al resto de los mortales que no pertenecen a la casta. Vícam es otro de los más grandes, lleno de tiendas en las que se pueden encontrar incluso rebozos de Oaxaca.

A Potam no hay que entrar de noche ni por error, y de preferencia tampoco de día. Dicen que se ha llenado de pequeños narcos y delincuentes que no respetan ni a la policía. Hace poco unos jóvenes pandilleros encerraron a un policía en una celda. Cuentan que a veces llegan militares o agentes “de uniforme negro” para poner un poco de orden. El 2 de enero un periódico local abre con el asesinato de un joven de Navojoa que vino al baile de fin de año y acabó desnudo y acuchillado, tirado en una calle.

Seguimos hacia el noroeste, en busca de los pueblos que se encuentran menos “civilizados”. Otro retén se planta en la autopista de cuota. Los autos y los tráilers se forman en largas hileras junto a la carretera en espera de ser revisados. Seguimos en el camino. Un señalamiento anuncia la Loma de Guamúchil, a donde algunos de los yaquis de Cócorit huyeron hace unos quince años, con sus costumbres y tradiciones. Construyeron cincuenta casas, en su mayoría de palma y carrizo, y una pequeña iglesia de cemento. Las calles son de tierra tan dura que tuvieron que romper la tradición yaqui de enterrar a sus muertos frente al templo. Sólo quedaron tres tumbas.

Don Juan

Iglesia de Pitahaya

Buscamos a Martín Matus, encargado del centro cultural de La Loma. Se fue a la ciudad, dice su mujer, a cargo de una pequeña tienda de abarrotes con piso de tierra. Sabe leer y hacer algunas cuentas. Se queja de no hablar yaqui porque su madre no les enseñó ni a ella ni a sus hermanos. “No quería que hablaran la lengua para que no sufrieran. A mí me maltrataron en la escuela porque mi padre era yaqui y yo hablaba la lengua. No quería hablar la castilla (español) y los niños me pegaban, me jalaban el pelo, no me dejaban jugar con ellos. Aguanté hasta sexto de primaria”, dice Clara, la suegra de Martín Matus, sentada en una silla, con su pelo largo y plateado, sin perder la sonrisa.

Está frente a un comal al que avienta discos de harina de trigo hechos con sus palmas. Tampoco pierde el humor cuando cuenta cómo tuvo que vender un cilindro de gas para comprarle a su hijo la ropa de su graduación de maestro en la escuela normal. “Nos vestimos, nos arreglamos, y ahí vamos mis hijos y yo hechos bola en un coche a la fiesta de graduación. Mi hijo me preguntaba si estaba orgullosa, y no podía responder porque se me salían las lágrimas. No podía creer que había estudiado en medio de tantos trabajos”, cuenta doña Clara con un destello en sus ojos. Que sólo se opaca cuando recuerda cómo una noche su hijo el graduado venía de un baile y no vio a un tráiler sin luces estacionado en la orilla de la carretera. Doña Clara se quedó por tercera vez huérfana. “Cuando vinieron a avisarme me quería volver loca. Desde que murieron mis padres y él ya no tengo ganas de ir para ningún lado.”

Quedamos a las seis de la mañana con Martín Matus para que nos guíe a la tumba de Tetabiate, un indio ejecutado en 1901 en su lucha contra el intento de exterminio yaqui durante el Porfiriato. Los yaquis huyeron a esconderse a la sierra del Bacatete, para llegar a la cual hay que cruzar una zona semidesértica y de difícil acceso. Las autoridades tradicionales yaquis, los gobernadores, son los que deciden las visitas a la tumba, que es casi sagrada. Se reúnen en consejo todos los domingos para discutir las peticiones. También hay caminos alternos y el tiempo se agota.

Salimos de la loma de Guamúchil clareando. Martín Matus consigue una pick up con llantas desiguales que nos espera a las siete de la mañana a la orilla de la carretera. Nos internamos en el desierto con destino a la sierra. A medida que avanzamos se revela lo que hay en esas extensas planicies que topan sólo con montañas. Los bosques de cactos presiden el paisaje. Se van haciendo más densos mientras más nos internamos. Las ramas de otros arbustos cierran el paso a la camioneta. Hay que abrir el camino con la lámina. En otros puntos la brecha está despejada. Parejas de liebres echan a correr cuando oyen el rugir del motor. Cruzan veloces una y otra vez el camino. Sus orejas están perfectamente erectas y extendidas, dice Martín Matus que para captar la mayor humedad posible del ambiente. Una vaca con pencas espinosas enterradas en la cara nos observa. Ante la falta de pastos más vale probar con los nopales.

Cruzamos el cauce de un río que baja de la sierra y que corre por el semidesierto. Va seco, pero cuando lleva agua arrastra piedras que bloquean el camino y que Martín Matus al volante apenas esquiva. No puede detener el auto porque el motor se apaga. Por ese camino la tumba está separada de la carretera unos treinta kilómetros y hemos recorrido quince en casi dos horas. Topamos con varias puertas pero ninguna tiene candado, Martín las abre una tras otra y las cierra de nuevo. “Hay que dejar todo como lo encontramos”, dice.

Los yaquis huyeron a esconderse a la sierra del Bacatete, para llegar a la cual hay que cruzar una zona semidesértica y de difícil acceso. Las autoridades tradicionales yaquis, los gobernadores, son los que deciden las visitas a la tumba, que es casi sagrada. Se reúnen en consejo todos los domingos para discutir las peticiones. También hay caminos alternos y el tiempo se agota.

Casi tres horas más tarde, entre gigantescos sahuaros que parecen custodiarnos, empezamos a subir la loma donde Tetabiate se encuentra sepultado. La vegetación es más pequeña y escasa. A lo lejos se ven las ruinas del cuartel militar que el ejército construyó junto a la sierra para perseguir a los indios que se habían escondido en sus alturas. Martín Matus reconstruye imaginariamente la finca. Había pasillos en los cuales se podían esconder los militares si los atacaban. Cientos de yaquis murieron durante la persecución y sus cuerpos se encuentran sembrados por toda la sierra. Algunos otros por el desierto, bajo tierra, unos con la cruz cristiana o cubiertos sólo por piedras. Tetabiate alcanzó tierra, piedras, cruz y hasta una placa. En 2001, al cumplirse los cien años de su muerte, hicieron aquella árida zona escenario de una peregrinación a la que acudieron gran parte de los habitantes de los pueblos yaquis, con danzantes, pascolas, venado, y todo tipo de bailes rituales. Dice Martín que lo que más costó es llevar el agua con la cual soportar los cuarenta y cinco grados de agosto sin donde resguardarse del sol.

Las únicas sombras se encuentran un kilómetro debajo del cuartel, junto a un pequeño ojo de agua por el cual pasa el río que baja de la sierra cuando trae líquido. En las orillas de su cauce crecen gigantescos álamos con unas raíces enormes que se retuercen por fuera de la tierra. Su sombra hace difícil creer que alrededor hay desierto. Afuera del agua se queda paralizada una serpiente larga y negra que sólo enseña de vez en cuando su lengua viperina.

Emprendemos el camino de vuelta. El sol está en el cenit. Los sahuaros, quietos, se erigen a nuestro paso. Algunos doblan a una persona en grosor y tamaño. Con sus brazos doblados hacia el cielo, verdes, bajo un fondo gris, parecen despedirse.

Martín Matus dice que es pariente de Don Juan, el maestro de Castaneda. Dice que para Las enseñanzas de Don Juan el escritor se refirió a usos de otras etnias del norte de México, entre ellas los huicholes, y no sólo de los yaquis. De lo que da fe Martín en su tribu es de los curanderos. María Matus ha cobrado fama incluso en Estados Unidos. Tanto, que los yaquis ya no le llegan al precio. Dice Martín que ella es descendiente más directa de Juan Matus, quien habría muerto hace ya muchos años. Se ha convertido en un mito para los propios yaquis. En parte porque a menudo llegan europeos o sudamericanos siguiéndole la pista, en busca del acceso a otro mundo, de sabiduría, donde el tiempo y el espacio son imaginarios.

Han pasado dos horas de camino. Aún no se ve ni se oye la carretera. Las llantas resisten el embate de las piedras, pero no los baleros. Se oye un chirrido y Martín para el auto. Sabe que no podemos continuar. Toma el gato, levanta la camioneta y quita la llanta. Estamos rodeados de una vegetación extraña. Arbustos y distintas especies de cactos que alcanzan a sentir la humedad del Pacífico, a unos cuarenta kilómetros hacia el otro lado de la carretera. El azote del calor se deja ver en los huesos del cráneo de un bovino, que descansa en la sombra de unos arbustos. Hay ruidos entre los matorrales pero no se ve nada.

Hay que reponer una pieza que se dañó. Es un aro con unos balines llenos de grasa que se zafaron. Por aquí no pasa ni Dios, y los caminos son difusos. Hay que esperar a que Martín vaya a buscar la pieza. Puede tardar una, dos, tres horas… Por suerte es invierno y el sol está cubierto por gruesas nubes. Y tenemos con nosotros Las enseñanzas… Abrimos el libro en cualquier página. En una de ellas Don Juan intenta enseñar a su narrador cómo alcanzar la sabiduría. “Eso no se aprende en un día.” Hay que pelear batallas contra el miedo, que paraliza. La claridad, que deslumbra. El poder propio, que destruye. Y la vejez, que no da tregua. En otras páginas el narrador está tirado sin saber dónde está ni qué ve, inmóvil.

Abro los ojos y veo un resplandor y un cielo gris encima. Las coralillo que rondan por esas arenas no aparecieron durante el sueño. Me despiertan los ronquidos del otro compañero de viaje. Han pasado tres horas desde que Martín se fue. Otra vez el tiempo se detiene. Las páginas son abiertas aleatoriamente.

Unas cinco horas más tarde se ve la tez morena de Martín a lo lejos, con otro hombre de botas picudas y sombrero. Traen una caja de herramientas. Sacan cada una de las piezas necesarias para que la llanta ruede. Le quitan las plastas de grasa, acomodan los balines y la colocan de nuevo. La luz comienza su descenso. Un coyote se mueve a lo lejos. El horizonte se oscurece.

Huesos en el desierto

Tumbas chinas

Las grandes extensiones vuelven a presentarse. Vamos camino a Torim, otro de los pueblos yaquis que se encuentra un poco más al norte. Dicen que en algún lugar a su alrededor hay un pequeño cementerio de chinos, los que fueron llevados durante el Porfiriato para construir las vías del tren y hacer otros trabajos pesados, y después muchos de ellos fueron ejecutados.

A la mañana siguiente abro los ojos en un lugar que no reconozco. Estoy dentro del auto, en el asiento delantero, con el cinturón de seguridad y una cobija sintética encima. Enfrente hay unas ruinas, de las cuales sale el piloto con un hombre que zigzaguea. Caminan en dirección al auto. El hombre sostiene una botella pequeña. Es un yaqui llamado Silverio que vive cerca de Torim. Ha estado bebiendo desde la tarde de ayer y lo hará durante todo el día de hoy. Se sube con nosotros al auto. Son las ocho de la mañana cuando entramos a Torim. “Unos yoris”, gritan niños yaquis al vernos entrar por una de las cuatro calles del pueblo mientras corren a esconderse tras unos arbustos.

Silverio nos guiará en busca de las tumbas chinas, aunque no sabe ni cómo se llama: cuando le pregunté me mostró una credencial con su nombre, sin más. Pasamos por la casa de su compadre con el que ha estado bebiendo desde un día antes. Lo encontramos afuera de la puerta de su casa de carrizo, sentado, bebiéndose una ballena. Ignora nuestros llamados. Silverio se baja del auto y vuelve con él. No está convencido de acompañarnos, pero al ver subir al auto a su compadre acepta sin entusiasmo y sube con su litro de cerveza en la mano.

Recorremos un camino pero no encontramos nada. Silverio reconoce que se equivocó y damos marcha atrás, otros veinte minutos de brecha. Arrastrando las palabras, el compadre nos dice que Silverio es el gobernador de Torim. Aunque no le queda mucho tiempo. Los primeros días de enero será elegido un gobernador nuevo.

Recorremos un camino pero no encontramos nada. Silverio reconoce que se equivocó y damos marcha atrás, otros veinte minutos de brecha. Arrastrando las palabras, el compadre nos dice que Silverio es el gobernador de Torim. Aunque no le queda mucho tiempo. Los primeros días de enero será elegido un gobernador nuevo.

Silverio y su compadre comienzan a hablar en yaqui. Parece que discuten. Llegamos a unos sembradíos y nos estacionamos. Uno se empeña en bajar del auto. El otro se molesta y le dice que no tiene idea de dónde están las tumbas. Se acusan mutuamente de ignorancia. Bajo un sol vertical Silverio se dirige a unos matorrales, cruza un descampado y unos surcos recién arados. Veo al compadre metiendo las botas hasta medio tobillo en el terreno de siembra. No queda otro remedio que introducir los pies en la tierra. Sólo dios sabe a dónde nos dirigimos. Cruzamos las tierras y llegamos a un matorral donde según el compadre están enterrados los huesos de los chinos. Los dos hombres se internan en la maleza, las botellas por delante, como quien llega a una fiesta. Mi amigo va detrás y yo espero fuera. Sólo oigo sus voces que se alejan. No se qué está pasando. Escucho mugidos y gritos como de chimpancés con los que Silverio y su compadre se comunican. Podrían estar simplemente llamándose en medio de un matorral laberíntico o planeando hacer cualquier cosa… Se han perdido de vista. Estamos lejos de todo.

Después de un largo rato de desconcierto oigo voces eufóricas. Encontraron las tumbas. Aparto las ramas del camino con los brazos. No veo más que arbustos, uno tras otro, e intento guiarme por el sonido. Están detrás de los matorrales. Me asomo y veo al compadre sostenido de una lápida, posando para una foto. Unas quince lápidas escondidas entre la maleza descansan en el lugar desde hace más de un siglo. Si bajo esas lápidas descansan restos de chinos o no, nadie lo sabe. Silverio y su compadre emprenden el camino de vuelta dando traspiés entre las matas.

Volvemos a Torim. Silverio y el compadre nos invitan a la boda del pueblo. Será una fiesta tradicional yaqui. Silverio se baja en su casa con la intención de acicalarse para la fiesta. El compadre insiste en ir en busca de otro litro de cerveza. El pueblo entero gira en torno a la boda entre dos yaquis. En la mañana se celebró una misa por el rito católico con un sacerdote que vino de fuera. Y el resto el día se dedica a los preparativos para el rito yaqui, que tendrá lugar en cuanto la novia llegue a la casa de sus suegros. El novio espera pacientemente durante todo el día.

En la casa toda la gente trabaja en torno a la fiesta. La cocina está llena de mujeres que terminan de preparar la birria, el cocido, los tamales, ollas de frijoles, tortillas. Bajo una palapa los danzantes de Pascola, una danza autóctona, empiezan a calentar los músculos para el rito. Un violín y un arpa les marcan el ritmo. Hay caracoles amarrados a sus pantorrillas y cascabeles que cuelgan de sus cinturones. Sus pies descalzos golpean una y otra vez la tierra. El baile previo dura unas seis horas, amortiguadas por tragos de bacanora. El novio, paciente, espera en una silla aislado de la fiesta durante seis horas.

Detrás de la casa, cercada por varas de carrizo, está el cauce del antiguo río Yaqui, que fue secado en los cincuenta para construir la presa Lázaro Cárdenas, dejando a los yaquis con su río sólo en la memoria. Pero la tierra también parece tener recuerdos. En la cuenca ya sin agua crece un pasto parejo flanqueado por gigantescos álamos que se sostienen de gruesas y protuberantes raíces al descubierto. La luz que se filtra entre las nubes hace resaltar el verde del paisaje. Algunos caballos pastan en las orillas del río, entre ellos uno completamente blanco que parece un pegaso. Las horas transcurren en el paraje aún nostálgico de su río hasta caer el sol. Lo único que queda del afluente son historias. Los más viejos todavía lo lloran.

En la casa los bailarines y los músicos están mucho más entonados. No han parado de bailar mientras esperan a la novia. Después de una eternidad se corre el rumor de que ha llegado. Afuera la reciben otros bailarines de Pascola, uno vestido de hombre y otro disfrazado de mujer, con un rebozo cubriendo su cara. Representan una pareja que dialoga en yaqui, como en los avatares cotidianos del matrimonio. La gente ríe a carcajadas. El hombre vestido de mujer sólo se descubre la cara para dar profundos tragos a la botella de bacanora. El bailarín que representa al hombre es su hijo, de apenas veinte años, considerado uno de los mejores danzantes de Pascola y de Venado.

Aunque la base de su religión es la cristiana y asisten a misas tradicionales en latín y yaqui, conservan tradiciones sincréticas, como la de los curanderos y los maestros, que están íntimamente ligadas al espíritu.

Los danzantes, la novia y el grupo que los observa se van acercando poco a poco a la casa donde los esperan el novio y el banquete. En la entrada los recibe una larga fila de hombres y mujeres a quienes la novia y sus acompañantes dan la mano, uno por uno, como muestra de reconocimiento social. En otra etapa un maestro tradicional efectúa un ritual con ofrendas alimenticias, botellas de coca cola incluidas, para que nada les falte. El tiempo no corre. Los alimentos se colocan en el suelo y a su alrededor la novia y otras personas permanecen inmóviles durante más de una hora, mientras el maestro reza. A unos metros los danzantes continúan golpeando el suelo. El bacanora se consume en grandes cantidades. Hay cola para entrar en las letrinas. Otros prefieren irse a lo natural, pero afuera de la casa la oscuridad impide ver dónde se va a dar el siguiente paso. Los que vinieron de pueblos cercanos no tienen transporte para regresar a sus casas. Alguno opta por acostarse en cualquier lugar, sin cama ni techo. Van cayendo uno tras otro y sólo unos pocos se quedarán hasta que amanezca. La tensión sube. La mayoría de las mujeres que durante toda la tarde pasaron amasando discos de harina de trigo y lanzándolos por el aire a un comal convexo se han ido.

Salimos de ahí contra la voluntad de los danzantes de Pascola, que se han tomado un descanso. Casi en el auto nos alcanza un invitado con dos platos repletos del guiso con carne, arroz y frijoles, algunas tortillas y un tamal de los que sólo comieron los privilegiados. Está cansado y más tarde tendrá que volver andando. Algunos irán tan borrachos que no verán los autos ni los conductores los verán a ellos, como ocurre cada fiesta. Otros llegarán con la luz del día.

Tomamos carretera hacia el norte, parando en Huíribis, el último pueblo yaqui. Nos encontramos a Jesús, un joven mitad yori y mitad yaqui, que llevó a los músicos en su camioneta la noche anterior. Nos invita al mar, que se encuentra a veinte kilómetros cruzando el desierto. La vegetación es escasa. El trayecto es largo y tan desolado que tenemos que seguir las huellas de los autos que circulan por ahí para no perder la dirección.

Tomamos carretera hacia el norte, parando en Huíribis, el último pueblo yaqui. Nos encontramos a Jesús, un joven mitad yori y mitad yaqui, que llevó a los músicos en su camioneta la noche anterior. Nos invita al mar, que se encuentra a veinte kilómetros cruzando el desierto. La vegetación es escasa. El trayecto es largo y tan desolado que tenemos que seguir las huellas de los autos que circulan por ahí para no perder la dirección. Jesús cuenta que en esos parajes con frecuencia aterrizan avionetas cargadas de droga. “No hay que meterse con ellos”, advierte. Llegamos a un brazo de mar pero ya es más de medio día y el nivel del agua es demasiado bajo para el motor de la lancha. Remamos en dirección al mar en la panga de su competidor en esas aguas, de quien ese día no se ve ni la sombra. Jesús nos cuenta sus aventuras en Phoenix, donde ha encontrado trabajo los últimos años. Una de las veces que se fue llegó tras una travesía de dieciséis horas por el desierto de Arizona, amenazado más por la deshidratación que por los numerosos helicópteros y patrullas que peinan continuamente la zona.

Ha trabajado en todo. Limpiando casas, dando mantenimiento a albercas y jardines de residencias y hasta cantando acompañado por su guitarra. Una vez unos chinos lo contrataron para vender cocos pequeños traídos de Taiwán en una fiesta de ricos. Le pagaron 65 dólares la noche, pero se divirtió. Le gusta hacer de todo y conocer gente. Se las ingenió para traerse dos autos. Por el primero tuvo que pagar casi 800 dólares sólo por circular en las carreteras mexicanas. “Cada federal que me veía me bajaba algo y luego avisaba a sus compañeros de más adelante. Si me los topaba en la carretera ellos yendo en el sentido contrario, aceleraban, daban la vuelta en U y me alcanzaban. Ya sabían cuál era el auto.” Al tiempo que habla desenreda una red de cien metros en el agua. Esperamos un poco a que circule la marea. Siempre tiene algo que contar. Se quiere llevar a su esposa a Estados Unidos “para que conozca”, pero ella se niega a dejar su pueblo.

Comienza a recoger la red, en la que se han atorado algunos pescaditos plateados que va desensartando y aventando a la parte delantera del bote. Algunos son regresados al agua. Se han atorado también varios camarones gigantes. Dice él que son pequeños y que es tiempo de veda. Da pena ver a los peces retorciéndose por la falta de agua, pero es la cena de esta noche. También se atora una jaiba lo suficientemente grande y hasta un callo de hacha. La luz comienza a bajar y emprendemos el camino de vuelta. Entendemos entonces por qué su físico corpulento. Hay que remar a contracorriente. Tardamos más de lo previsto y llegamos a la casa de su madre ya oscuro. Es de las pocas casas donde están torteando grandes tortillas de maíz. Ponemos los tres camarones en limón. Su madre fríe el pescado y saca una botella de salsa Puya y cervezas. El callo de hacha, la jaiba, los camarones y el pescado. La cena de año nuevo en Obregón puede esperar.

Donde la Tierra topa

Pascola

En medio de una caravana de mexicanos que comienzan su retorno a Estados Unidos seguimos hacia el norte. Pasamos San Carlos, con sus costas de agua verde casi vírgenes rodeadas de montañas repletas de cactos. Parece un paisaje diseñado. Cruzamos Guaymas abandonada, donde las montañas se unen con el mar. De los treinta y dos mil yaquis que aún se cuentan, algunos viven en pequeñas comunidades en la periferia de Hermosillo. Ahí la tribu se ha alejado bastante de sus principales pueblos y toma otro cariz difícil de comprender. Al final de un accidentado camino encontramos al maestro religioso de una comunidad muy pequeña y marginal. Es un hombre de menos de cincuenta años que parece un anciano. Vivía en la Guásimas, al sur de Hermosillo, pescando para una cooperativa, hasta que lo atropelló un autobús y lo dejó incapacitado. Dice que su mujer lo dejó por otro y sus hermanos se cansaron de cuidarlo. Se tuvo que ir a aquella comunidad alejada, donde la vida es más barata y la gente lo acepta. Casi no se mueve. No puede tomar el autobús y el taxi es demasiado caro. Tampoco sabe cómo usar su tarjeta del banco donde la cooperativa pesquera le deposita una pensión mínima. Su vecina le hace el favor, aunque se queda con parte del dinero. Está ansioso de contar su vida y contento porque, dice, este invierno tuvo suficientes cobijas.

Hacia el norte el éxodo de mexicanos va en aumento. La bonanza se mide por el tamaño de la carrocería. Algunas son adornadas por moños o coronas. Los autos, en su mayoría camionetas, cargadas hasta el techo muchas veces de comida, son escudriñados por soldados. Hay que asegurarse de que no lleven cosas que puedan causar algún problema del otro lado de la frontera. Parece que la tierra no termina, pero literalmente topa con la pared fronteriza. En Nogales la tierra se parte. Sonora y Arizona. Algún día fueron parte de un todo, pero ahora estas tierras están separadas por una línea y pertenecen a dimensiones distintas. ®

[Publicado originalmente en Replicante no. 4, 2005]

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Publicado en: Agosto 2011, Crónicas antiturísticas, Destacados

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