Turismo fúnebre en París

Otro país en el corazón de la capital europea

“París es la ciudad de los crímenes en la calle Morgue, del spleen, de las Quimeras de Nerval, Bola de Sebo, Céline y el vértigo, la crueldad de Villiers de l’Isle-Adam, pero, sobre todo, de los cantos de Maldoror”, dice el autor, y dice más: “París es un enorme cadáver. Para adentrarse en él hace falta el lúgubre ceremonial del médico forense: seccionar, extirpar, pesar, coser, con ayuda de cuchillos, sierras, pinzas”, y eso es lo que hace aquí.

Cementerio de Montparnasse

La tumba siempre comprenderá al poeta
—Charles Baudelaire

© Francesca Phillips

Una tarde, mientras hacía mi paseo habitual por el cementerio, los hechos me vinieron de golpe a la mente: en 1849 Françoise Bertrand, de veinticinco años, licenciado en filosofía y portador de cierto prestigio militar, horrorizó a sus contemporáneos cuando confesó ser el autor de varias profanaciones de tumbas en el cementerio de Montparnasse. Aficionado a la carroña, El Vampiro entraba por las noches a la necrópolis asaltando sarcófagos, extirpando cadáveres.

Algunos peritos subrayaron que era después de arrancarle los miembros y las entrañas cuando llegaba al “goce sexual”. Otros precisaron, desde la trinchera de lo estrictamente científico, que se trataba de un ejemplo “de monomanía destructiva, agudizada por monomanía erótica que, a su vez, debía su origen a una monomanía triste”; todo esto es, aseguraban, muy “común, pues la mayor parte de los monomaníacos destructivos comienzan por ser hipomaníacos”.

La figura de Bertrand simbolizó la necrofilia del siglo XIX francés. En 1884, bajo la pluma de Maufrigneuse, apareció un cuento titulado “La tumba”, inspirado en los hechos. Años más tarde se descubriría que el autor era Guy de Maupassant, apegado a los pseudónimos.

Françoise Bertrand, de veinticinco años, licenciado en filosofía y portador de cierto prestigio militar, horrorizó a sus contemporáneos cuando confesó ser el autor de varias profanaciones de tumbas en el cementerio de Montparnasse. Aficionado a la carroña, El Vampiro entraba por las noches a la necrópolis asaltando sarcófagos, extirpando cadáveres.

El juicio, en medio de una gran expectación popular, fue polémico: en la época, el derecho francés castigaba con un año de prisión a los raptores de tumbas. Sus accesos de vampirismo estaban precedidos de fuertes crisis de agitación. Ante un público rigurosamente selecto, integrado por médicos, escritores, artistas y damas elegantes ávidas de emociones, El Vampiro describió: “Cuando me introduzco en un cementerio es una rabia, una locura que me posee. Me ha dado por desenterrar en una misma noche de diez a quince cadáveres. Después de haberlos mutilado con mi sable, los regreso a su lugar sin importar su sexo. No puedo dar cuenta de las sensaciones que experimenté al esparcir los pedazos de esos cadáveres”. La confesión publica íntegra fue editada por el doctor Ambroise Tardieu con el sugerente título de Extrait d’un manuscrit autographe du nommé Bertrand, déterreur de cadavres.

Finalmente el tribunal condenó a Bertrand a un año de prisión. El fin de sus días es incierto: para algunos, huyó a Illinois; otros creen que murió en el este de Francia.

Actualmente el Cementerio de Montparnasse alberga los restos mortales de personalidades célebres. Entre los vecinos figuran monstruos de la literatura como Charles Baudelaire o Maupassant. También descansa el esqueleto del pequeño Napoleón del pensamiento, Jean Paul Sartre, y de Emil Cioran, dandy de la depresión. Pero no todo es bellas artes en el osario, ahí también está enterrado el dictador mexicano Porfirio Díaz.

Proseguí con mi paseo. Me perdí buscando la tumba de Huysmans diez minutos antes de que cerrasen. Las campanillas que anuncian el cierre definitivo de las puertas ya no se escuchaban. Finalmente, un guardia me encontró un tanto pálido.

—¿Qué hay? —dije en tono familiar. Me echaron del lugar contra mi voluntad.

Extraños frutos de la razón

Me aburro en Francia, sobre todo porque todo el mundo se parece a Voltaire.
—Charles Baudelaire

Emil Cioran vivió, murió y escribió gran parte de su obra en la capital mundial de los fracasados, esto es, París; en sus conversaciones afirma que “la vanidad es el defecto nacional de Francia”. Rúbrica, sin duda, de consideración; sin embargo, habría que añadir: “y la guillotina su afición favorita”.

En la época de “la terreur”, abstracción sin duda reprochable, la cantidad de ejecuciones en París no tuvo parangón: más de dos mil setecientas. En todo el país, cercioran los especialistas, es imposible saber un monto preciso de víctimas.

La guillotina funcionaba alrededor de seis horas diarias en la plaza de la Revolución, actual plaza de la Concordia. Fue en ese lugar donde el patíbulo vio sus días de magnificencia: en 1793, dos años después de que el Dr. Guillotin propusiera a la Asamblea un “pequeño mecanismo” para decapitar criminales, la ley francesa previó que “la pena de muerte consistirá en una simple privación de la vida” —el lenguaje de las luces es decisivo.

Exclusivamente Henri Sanson, famoso verdugo, cortó mil ciento diecinueve cabezas, entre las que destacan las de algunos famosos como María Antonieta y Philiphe Égalité o los intransigentes Danton y Robespierre. En sus cuadernos, este macabro personaje del cadalso describió un incidente laboral con ribetes tétricos: el 13 ventosa del año II, cuando se ha basculado al último de los usuarios del castigo, el ayudante de verdugo había olvidado levantar el cuchillo de la guillotina lastimando la cerviz del atormentado. “Ha gritado de manera terrible… yo creí haber elevado el cuchillo. El condenado trepidaba entre las ataduras espeluznantemente. El pueblo nos apedreó”.

Emil Cioran vivió, murió y escribió gran parte de su obra en la capital mundial de los fracasados, esto es, París; en sus conversaciones afirma que “la vanidad es el defecto nacional de Francia”. Rúbrica, sin duda, de consideración; sin embargo, habría que añadir: “y la guillotina su afición favorita”.

Tiempo después, cuando la guillotina, lúgubre y terrible máquina del horror, fue transferida “por razones de higiene” a la plaza de la Nación, fue condenada una niña endeble que trabajaba como empleada doméstica. El cruel Sanson relató: “Parecía que sus grandes ojos negros me decían: tú no me matarás. La gente inquieta alrededor de la plaza murmuraba y más de alguien gritó: ¡No niños! Escuché su voz débil y aflautada que me murmuraba: ¿Ciudadano, estoy bien así? Me aparté precipitadamente… mis rodillas temblaban”. El ayudante, al percibir su titubeo, apuró la ejecución. De regreso a su casa, refiere Sanson, preso de alucinaciones: “Mis piernas temblaban y creí caerme de bruces por el temor a un mendigo que me pedía limosna”.

A partir de 1794 se instaura un debate entre médicos peritos sobre el tema. Se discute si la cabeza separada del resto del cuerpo pierde inmediatamente la conciencia después de la ejecución y con ella la personalidad y el “yo”. Algunos opinaron que “es evidente que la sensibilidad puede durar un cuarto de hora… [y] visto que la cabeza no pierde inmediatamente su calor y que si el aire circula aún regularmente por los órganos de la voz, la cabeza hablará”. Según otros, “el paciente” no tendría el tiempo siquiera para apreciar esa “sensación de frescura en la nuca”.

Eulalio Ferrer, especialista en pompas fúnebres, alega que “los cementerios y los modelos generales de redacción de sus epitafios y leyendas, tal y como los conocemos hoy en día, son hijos legítimos de la Revolución Francesa”. El espíritu ilustrado alteró e influyó el sentido de los rituales fúnebres. A fines del siglo XVIII, el escalofriante gobernante francés Joseph Fouché, aquel pequeño Calígula, ordenó que la frase “La muerte es un sueño eterno” figurase en el porche de todo cementerio. A nadie convenció y la frase encontró en el exaltado Robespierre su adversario cementerial más locuaz. “La muerte no es un sueño eterno”, escribió Robespierre, “borrad de las tumbas esta máxima impía […] que es un insulto a la muerte. Es mejor que grabéis las palabras: La muerte es el comienzo de la inmortalidad”. Baudelaire no se equivocaba al advertir irónicamente que “Robespierre sólo es estimable por el hecho de haber producido unas cuantas bellas frases”.

En la Ilustración, era de penumbra poética, todo se analiza, todo se explica, todo se clasifica y se ordena. Nace Pascal y el método de razonar y el “yo” pensante. Junto al Templo de la Razón, y al margen de la Enciclopedia o diccionario razonado de las ciencias, las artes y los oficios, se yergue escrupulosamente el fantasma de la guillotina: colosal contribución de las luces a la humanidad.

París de los animales

animalidad, s. Cualidad de la naturaleza humana en el que nos preciamos de parecernos a las “bestias que perecen”.
Diccionario del Diablo

Tumba de Baudelaire

En la Francia medieval no era raro encontrar cerdos vagando libremente por las calles y vulnerando con frecuencia las leyes. Los cerdos llegaron a ser flagelados públicamente a manera de escarmiento por crímenes cometidos. Más de algún porcuno fue colgado por devorar a un niño. Esto cambió a finales del siglo XII, cuando Luis VI, El Gordo, prohibió “la divagación de puercos en París” a raíz de una contingencia desafortunada, deliberadamente rabelesiana, entre el príncipe Philippe y un marrano que lo precipitó de su caballo.

El deambular de las bestias salvajes en las calles fascina a los parisinos y es un tema recurrente en las crónicas de sucesos extraordinarios: en julio de 1906 durante la fiesta des Gobelins, un oso café de gran tamaño escapa de su jaula y aterroriza a la masa. Degüella a un asno y muerde la pierna izquierda a un empleado de limpieza. La policía arrasa al animal ardientemente y la loca juerga termina.

El río Sena tiene el semblante marcado por los desenfrenos parisinos que relata: cadáveres en putrefacción, vapores de la orgía nocturna, sangre y vértigo han recorrido su monotonía lúgubre durante siglos. En 1438 una helada descomunal congela el Sena: una jauría de lobos merodea extramuros; las fieras hambrientas entran a París discretamente por las aguas entumecidas y comen a un niño. A finales del mismo año, en lo que hoy es rue de la Bastille, otro grupo de caninos irracionales embiste al ganado y devora a catorce parisinos. Días después, la enorme carroña de uno de los carnívoros será exhibida y paseada por toda la ciudad. Escarnio de los tontos.

El río Sena tiene el semblante marcado por los desenfrenos parisinos que relata: cadáveres en putrefacción, vapores de la orgía nocturna, sangre y vértigo han recorrido su monotonía lúgubre durante siglos. En 1438 una helada descomunal congela el Sena: una jauría de lobos merodea extramuros; las fieras hambrientas entran a París discretamente por las aguas entumecidas y comen a un niño.

Un malhumorado Baudelaire, amante de lo violento y anormal, escribió: “Ven, bello gato, a mi amoroso pecho; / Retén las uñas de tu pata y deja que me hunda en tus bellos ojos”. Ahora sabemos que, fuera de su pretensión estética, los gatos no le importaban en lo más mínimo, incluso los odiaba y lastimaba cuando cabía ocasión. Hacia 1572 el rey Carlos IX, en plena celebración de Saint Jean, hace suspender sobre fuego un saco lleno de gatos dentro del cual se introduce un zorro. Los gritos de sufrimiento de los animales divierten alocadamente a su majestad. Seis años más tarde numerosos testigos atisban un dragón que vuela de manera vertiginosa sobre la iglesia de Saint Paul. Los declarantes discrepan en el número de cabezas del animal fabuloso, pero aseguran de manera unánime que medía unos diez brazos de largo. En la misma tónica deben examinarse los episodios extraordinarios perpetrados por un monaguillo vecino, Marcel (ahora conocido como Saint Marcel), que además de convertir en vino el agua del Sena, acto por cierto irreprochable, confrontó en los confines de la ciudad a un peligrosísimo dragón que, sometido y con la moral baja, prefirió nadar pacíficamente en el Sena que atormentar a sus contemporáneos.

Sin embargo, el acaso más espeluznante de los relatos de la animalidad en la ciudad lo encontramos en abril de 1871, cuando París y la Comuna se hallaban en estado de sitio. El hambre empujó a los parisinos al zoológico, donde quizá se podría hallar algún animal que hubiera escapado a los terribles bombardeos. En la mayoría de los casos, los parisinos tenían que conformarse con carnes en avanzado estado de putrefacción.

¿Cómo penetrar tales sucesos en esta quimérica ciudad? Imposible no volver a ese desconocido de glauca piel, Isidore Ducasse, conde de Lautréamont y sus feroces Cantos de Maldoror. Lautréamont descubrió la poética en el lúgubre aullido de los perros abandonados que chillan detrás de las carretas, transporte de sus amos guillotinados. Para el poeta, el Sena de los lobos transgresores es “un negro abismo donde los peces muestran su negro lomo antes de hundirse”. En el París de Lautréamont los monstruos corretean a su antojo y se entregan desenvueltamente a la virilidad del crimen. El poeta, con salvaje rareza, yergue su satánica cabeza sobre París: en sus arterias, bestias “se desgarran en mil jirones con inmensa rapidez”, “lobos de monstruoso hocico” violan la delicada virginidad de una niña; hombres numerosos como piojos ríen con cara de cabra, forma de rata y ojos de pescado.

Los seres de noche se dan cita en algún cubil.

París y el malevaje

Los hay que escriben para conseguir los aplausos humanos, gracias a las nobles cualidades del corazón que la imaginación inventa o que pueden poseer. Yo, por mi parte, me sirvo de mi genio para pintar las delicias de la crueldad.
—Lautréamont

La tumba de Maupassant

Capital de Francia, París lo fue igualmente de la infracción, la usura y el atropello. “Purgatorio, lupanares, infierno, hospitales, prisión. Toda desmesura florece allí como una flor”, escribe Baudelaire, quizá el más parisino de los poetas franceses.

Alrededor del siglo XVII en el centro de París existió la Zone de non-droit. Víctor Hugo la relataría en Les miserables. Laborioso conjunto de callejuelas impracticables, donde cada cosa ostentaba los peores estigmas de la pobreza, el crimen y el milagro, era un espacio de negocio expedito vetado a la policía. Un digno teatro para aquellos sórdidos peritos de la invención: los franc-mitons, simuladores de enfermedad; los callots, exhibiendo su espesa cabellera a fin de convencer que milagrosamente habían vencido a la polilla; los sabouleux, representando una sincopada crisis de epilepsia con jabón en la boca; los courtaud de boutangue, mendicantes estacionales activos en invierno; los mercandiers, que operaban en pequeños grupos, fomentando la generosidad entre la muchedumbre al exhibirse como honestísimos comerciantes arruinados calamitosamente por las guerras; los narquois y los drilles, soldados desertores que exigían limosna con una mano sobre el arma. Inexplicablemente, también había catedráticos y hombres de ciencia con vocación didáctica que conferenciaban a la multitud, en argot de contenidos heterogéneos que se ocupaban del reciclaje o cursos de formación; eran conocidos como cagous o archi-suppôts.

Abundante en detalles picantes, París, esa “enorme ramera cuyo encanto infernal rejuvenece mi vida” (insiste Baudelaire), sirvió de testigo durante el siglo XIX a terribles sucesos en los que la extravagancia y el derramamiento de sangre eran habituales: la palpable presencia del vencedor gusano.

El lunes 14 de abril de 1834 la tropa del general Bugeaud reprimió violentamente una huelga que promovía el alza al salario. Ocultos en una casa fueron encontrados doce cadáveres: viejecillas, mujeres jóvenes y un bebé de algunos meses de nacido. Uno de los cuerpos lucía cincuenta y un heridas de bala y bayoneta. El pintor y escultor Honoré Daumier inmortalizaría el crimen en una de sus obras. El autor directo de la masacre sería promovido a general. Un par de años antes una fuerte epidemia de cólera cobró un saldo de diecinueve mil muertos en París.

Abundante en detalles picantes, París, esa “enorme ramera cuyo encanto infernal rejuvenece mi vida” (insiste Baudelaire), sirvió de testigo durante el siglo XIX a terribles sucesos en los que la extravagancia y el derramamiento de sangre eran habituales: la palpable presencia del vencedor gusano.

En pleno éxtasis de romanticismo, a fin de ser redimidas por un hombre de la inaplazable muerte, las jóvenes solteras solían estimular, mediante una pequeña ingestión de arsénico, una suave sensación de palidez moribunda en su rostro. De 1864 a 1914 los parisinos hacían voluntariamente sus paseos dominicales hasta la morgue para ver los cadáveres expuestos sobre doce mesas de mármol negro inclinadas detrás de un aparador. Curiosus nemo est quin sit malevolus, dice Plauto: Nadie es curioso sin ser malévolo.

Hacia 1894 fue detenida por prostitución una niña de diez años de edad. En un tribunal parisino relataría el humano motivo que alegó para justificar esta singular conducta:

Hace un año mamá perdió un amigo que le ayudaba a vivir y se encontró muy alarmada. Entonces, ella me ha explicado que había que buscar señores por las calles y dejarse besar. Como era por necesidad, no había nada de malo. Ella me ponía a rezar por la mañana y la tarde y me llevaba a confesar. Un día se lo dije a mi confesor. Me dijo que era muy malo, un pecado grave que no había que volver a hacer. Pero como mi mamá decía que estábamos forzadas a hacerlo para vivir, yo lo volvía a hacer de todas formas.

La chiquilla permanecería encerrada en una casa correccional hasta alcanzar su mayoría de edad. Un crimen tan sórdido que, sin duda, Bataille moriría de envidia.

Pero no todo es venganza y desamparo. Aquel romántico siglo XIX también concibió el famoso burdel ubicado en el 6 de la rue des Moulins frecuentado, entre otros, por Lautrec. El Grand Six —que así se llamaba el lugar— era célebre por su especialidad: conseguir la erección por medio del ahorcamiento más o menos controlado. Evidentemente, el número de “incidentes” era alto: la voluptuosidad igualmente ostenta sus mártires.

En París la desdicha es diversa. La desgracia cunde multiforme y resalta su semblante luctuoso. Una crueldad inescrutable ulula malignamente en cada uno de sus relatos. El 6 de septiembre de 1933 Sonia Rozencwajg, de trece años, envía a su hermano menor Lazare al zapatero de la rue Letort para recoger un par de zapatos recompuestos. Estando el zapatero ausente, es Thiolas, el patrón del café vecino, quién recibe al niño. Una bella ocasión para divertir a su clientela. Presa de una maldad inquietante, quizá alimentada por la ginebra o el ron, el sujeto hostiga al impúber violentamente; le pregunta por qué habla tan mal el francés: “¿Eres idiota o vienes de otro país?” Lo sujeta y despoja fanáticamente de sus calzoncillos “a fin de revelar su religión”. Los testigos se recrean locuazmente. Minutos más tarde, la pequeña Sonia encuentra al tiñoso empresario de alimentos y bebidas y lo trata de “¡cerdo nauseabundo!” Crispado en exceso por la insolencia de la jovencilla, Thiolas la coge por el brazo y la lleva a rastras a la comisaría donde sufre una amonestación. Aún eufórico de odio, el tabernero trae de vuelta a Sonia vociferando en clave de amenaza: “¡Eso les va costar muy caro! ¡Al menos 500 francos, y si tu madre no puede pagar, todos irán a la cárcel!” Sonia se refugia en su casa, esboza una esquela de adiós a su madre y se tira al Sena.

En Palacio Real, hacia 1440, se exhibió desnuda, piernas abiertas, recostada sobre una mesa de mármol, criatura lamentable, una falsa Juana de Arco: de este modo el pueblo podía comprobar que no era virgen, desenmascarando la grotesca representación.

“Te quiero, ¡oh infame capital! Vosotras, cortesanas, y vosotros, bandidos, a menudo brindáis placeres que el vulgo profano no sabe comprender.” Así hablaba Baudelaire, quien nos recuerda que la emoción, como Satán, no es definible y el corazón humano está lleno de secretos.

II. Nuevos apuntes sobre turismo fúnebre

El espectáculo: entre hospital y circo

Si la violación, el veneno, el puñal, el incendio,
Todavía no han bordado con sus placenteros diseños
El canevás banal de nuestros tristes destinos, Es porque nuestra alma, ¡ah! no es bastante osada.
—Baudelaire

Lo macabro, lo espectral, lo demoniaco, lo erótico, lo perverso. Cadalsos, tumbas, puñales y ocurrencias lúgubres. Todo se encuentra, oculta o manifiestamente, como se quiera, en las calles y muros de la ciudad: vasto tapiz acuñado por siglos de crimen, severidad, juerga frenética, ensañamiento. Para el ávido observador, aquel que sepa sondear con mirada zorruna este golfo desmedido, no será extraño incorporarse al espectáculo que se ofrece: aquel que se creía amante afortunadísimo abre los ojos debajo del patíbulo, entre cadáveres y buitres. Al hacinamiento de tullidos, leprosos y ulcerosos se le da el nombre de iglesia y escuela al mascar bestial de lagañosos asesinos pueriles. Pasadizos, escaleras, galerías, impasses y puentes habitados por cuerpos descoyuntados, por rostros marcados por las verrugas y las viruelas. Es necesario saborear con voluptuosidad todos estos deleites.

París es la ciudad de los crímenes en la calle Morgue, del spleen, de las Quimeras de Nerval, Bola de Sebo, Céline y el vértigo, la crueldad de Villiers de l’Isle-Adam, pero, sobre todo, de los cantos de Maldoror, donde aquel que, con idiota orgullo, cubierto por un sudario hecho con las sábanas sin lavar del hospital, sentado sobre su trono de excremento y oro, se hace llamar así mismo el Creador. Quienes supusieron otra cosa están equivocados.

París es un enorme cadáver. Para adentrarse en él hace falta el lúgubre ceremonial del médico forense: seccionar, extirpar, pesar, coser, con ayuda de cuchillos, sierras, pinzas. Vivir en esa ciudad es una especie de punición; un abominable castigo que se termina asimilando de la misma forma que se asimila el infierno cuando se sabe que no es posible salir de él. Una pesadilla infinita e imposible de abandonar. Una mezcla de hospital y circo.

Marie R.

Antaño, si mal no recuerdo, mi vida era un festín donde corrían todos los vinos, donde se abrían todos los corazones.
Una noche, senté a la Belleza en mis rodillas. Y la encontré amarga. Y la injurié.
Me he armado contra la justicia.
Me he fugado. ¡Oh brujas, oh miseria, odio, mi tesoro fue confiado a vosotros
—Rimbaud

Admirador de Hoffman, maestro involuntario de Baudelaire, figura pre parnasiana, factor de la belleza pura, del arte por el arte, Théophile Gautier, fraguó, con fuertes acentos de romanticismo fantástico, uno de los más inquietantes y sublimes relatos donde se revelan, entre otras cosas, la devoción pasional a la mujer terrible, la aprobación del vampirisimo, la juerga frenética, la culpa atroz, el terror al más allá y, sobre todo, la insuficiencia del amor de dios.

Con el tiempo, el oscuro párroco rural se convirtió en el juguete de una ilusión singular y diabólica: ocupaba el día visitando moribundos, velando cadáveres desconocidos. Repartía limosnas, se entregaba, febril, a la oración y a la castidad, al martirio. Apartado de la belleza, con los ojos arrancados. En la fría sombra del claustro, llevando sobre sí el duelo de la negra sotana.

El cura Romualdo quiso cambiar el triste sudario negro por ropas de seda y el terciopelo escarlata, la burda biblia y el rosario por cadenillas de oro y espadas. La vergonzante tonsura que censuraba su cabeza por ondeantes rizos y un bigote resplandeciente. La pusilanimidad de la oración por la valentía del hermoso y joven caballero. Todo eso a causa de una sonrisa que provocaba hoyuelos en las mejillas, una piel brillante en cuyos hombros semidesnudos jugueteaban perlas y rubíes, una belleza sin relación alguna con la grosera costilla de Eva. Por una bella mujer, ángel o demonio, quien le prometió: “Si quieres ser mío te haré más dichoso que el mismo Dios en su paraíso; los ángeles te envidiarán. Rompe ese fúnebre sudario con que vas a cubrirte, yo soy la belleza, la juventud, la vida; ven a mí, seremos el amor. ¿Qué podría ofrecerte Yahvé como compensación?” Se llamaba Clarimonda, reputada cortesana, mientras vivió, la más bella del mundo. ¿Cómo reprochar a Romualdo, alma tímida?

Con el tiempo, el oscuro párroco rural se convirtió en el juguete de una ilusión singular y diabólica: ocupaba el día visitando moribundos, velando cadáveres desconocidos. Repartía limosnas, se entregaba, febril, a la oración y a la castidad, al martirio. Apartado de la belleza, con los ojos arrancados. En la fría sombra del claustro, llevando sobre sí el duelo de la negra sotana. Durante la noche jugaba de manera infernal. Se convertía en un experto de mujeres, perros y caballos. Bebedor inveterado, blasfemo. Vivía de forma disipada entre estafadores, parásitos e hijos de familias arruinadas. Entre mujeres de teatro y la más alta sociedad. Saciándose con la infernal e irrefutable voluptuosidad de Clarimonda, que no se cansaba de requerirle: “Derrama el vino de ese cáliz y serás libre, te llevaré a islas desconocidas, dormirás apoyado en mi seno en un lecho de oro macizo bajo un dosel de plata. Te amo y quiero arrebatarte a tu Dios ante quien tantos corazones nobles derraman un amor que nunca llega hasta él”. ¡Oh qué noches! ¡Qué noches!

A causa de las intrigas de un maldiciente y viejo sacerdote, al desdichado Romualdo se le revela que su enamorada está muerta. Serapión, el imprecatorio clérigo, tras una amenaza reprobatoria, lo dirige hasta la tumba de su amante a manera de constatación. Contrariamente al vaho lánguido de esencias orientales, el aroma tibio, incitante, que suavizaba la atmósfera en el aposento de la amante, reconoció entre sus dilatadas fosas nasales el aire fétido y cadavérico que hallaba en sus constantes visitas a los velatorios. La media luz buscada para entregarse a la voluptuosidad se había convertido en un amarillo reflejo temblando sobre el cadáver. Las blancas y perladas manos que antes besó eran pellejos lacerados por la fría piedra de la lápida. Todo esto causó una muy fuerte impresión en el joven cura que, en ensueños, escuchó decir a su amante en tono imprecatorio: “¡Infeliz! ¡Infeliz! ¿Qué has hecho? ¿Por qué has escuchado a ese cura imbécil? ¿Acaso no eras feliz?”

En el ocaso de sus días, el infeliz Romualdo comprendió que no era suficiente el amor de Dios para reemplazar al de la hermosa cortesana.

Una aciaga tarde parisina recordé el relato de Gautier. Me lo recordó una francesa llamada Marie R. de belleza terrible. Tumbada sobre el sillón, desnuda como una divinidad desdeñosa, me dijo: “¿Por qué rechazas tanto placer que te doy? ¿Acaso alguien puede ofrecerte más? ¿No te es suficiente este cuerpo?”

Había conocido a Marie cierto tiempo atrás, una noche en la que yo bebía vino malo con un grupo de falsos epicúreos. Me hablaron de ciertas festividades divinas, de placeres ocultos, de dioses cuyos sentidos son infinitamente superiores a los del hombre, de dioses cuyos placeres son más prolongados y menos estériles. En medio de la noche apareció Marie con vestiduras oscuras, velada como una luna púdica que se esconde tras el raso de los nubarrones. ¿Qué puedo decir de aquella noche fatal, en la que agoté las delicias y los placeres?

Resulta difícil, por lo borroso que aparece en mi memoria y lo sobrecogedor del argumento, recordar el tiempo transcurrido al lado de esa mujer. Aspirantes a todos los vicios, para nosotros no había voluptuosidad inexplorada, ni juerga con fin. Algo espléndido. Sin embargo, yo tenía la certidumbre de que todo aquello era inexistente, de que el contacto con Marie era ilusorio, que estábamos como separados, aun en el momento más íntimo, por un cristal. Pero el costo de todo aquello se tradujo en celos vampíricos, venganzas extravagantes y crueles resentimientos. El sabor de todas las cosas era atroz.

La noche en que Marie R. se sintió rechazada se suicidó en su tina de baño. Su último gesto me causó una profunda impresión.

París furtivo

La tumba de Gainsbourg

Una vez que se ha comprometido a no invocar ni a dioses ni a semidioses, a no enunciar ninguna palabra beatífica, a no tener miedo y nunca revelar el secreto, pero sobre todo, una vez que se ha garantizado el pago de una considerable cantidad de monedas, el incrédulo podía adherirse a un lúgubre y escalofriante festín con Belcebú.

Tal era el singular ofrecimiento del truculento embustero llamado César. Este último hacía entrar a su víctima en una caverna y, enseguida, dibujaba círculos al tiempo que profería terribles plegarias compuestas por algunos vocablos bárbaros. Apenas terminado el discurso se escuchaba el remover de grandes cadenas y bestiales aullidos. Si el curioso no mostraba hasta este punto signos de horror, el espectáculo continuaba: adentrándose más en la caverna, el invocador reiniciaba los balbuceos espantosos seguidos de gritos furibundos. Pequeñas flamas aparecían alrededor de los imprudentes y, entre ellas, ataviado con un traje de cadenas color bermellón, como velado entre flamas, aparecía un plácido cabrito. Grandes mastines apostados en la oscuridad, con sus cabezas dentro de instrumentos de madera a fin de lograr una combinación sonora espantosa, aullaban tétricamente incitados por hombres que, en el secreto de la gruta, provocaban los gruñidos aguijoneando sus cuerpos.

En la humedad de su mazmorra, el bellaco César, a quien adivinamos con labio leporino, revelando una terrible dentadura lobuna, confesó: “El ruido era tan espantoso en la profundidad de la caverna que algunos cabellos se me erizaban de horror aunque yo supiese bien de qué se trataba. El cabrito, que había vestido de manera conveniente, por su parte, removía sus cadenas, meneaba sus cuernos y jugaba su personaje tan bien, que no hay nadie que no haya creído que se trataba del diablo”. Gracias a la luz mortecina del lugar, dos de los hombres al servicio del bribón César, llevando su papel a la perfección, disfrazados, “venían a atormentar al miserable curioso golpeándolo por todo el cuerpo con costales rellenos de arena, al punto en el que debían sacarlo a rastras de la caverna, casi desfallecido. Habiendo recuperado un poco el aliento, le expongo lo peligroso e inútil que constituye la curiosidad de ver al diablo y le ruego de olvidar un deseo semejante”.

En la humedad de su mazmorra, el bellaco César, a quien adivinamos con labio leporino, revelando una terrible dentadura lobuna, confesó: “El ruido era tan espantoso en la profundidad de la caverna que algunos cabellos se me erizaban de horror aunque yo supiese bien de qué se trataba.

Muerto en Bastilla a principios del siglo XVII, César era uno de los muchos farsantes de la época que operaban en las cavernas subterráneas parisinas y que mostraban el diablo a quien quisiera pagar por verlo. Las grutas eran utilizadas con fines comerciales por traficantes con el fin de introducir a la ciudad, entonces amurallada, mercancías ilegales para su ulterior comercio. Igualmente servían para abrigar asociaciones secretas, ocultistas, brujas y sabios de lo paranormal. Kilómetros de grutas, cavas, escondrijos, criptas, serpentean subterráneamente la ciudad. Pasadizos románicos, medievales, modernos, concebidos para transportar materiales o gente, socavan el subsuelo. Posteriormente, como portentoso proyecto de urbanización, se convirtieron en catacumbas, creación forzosamente ligada a la saturación de los cementerios.

En el célebre Cimetière des Innocents, a manera de ejemplo, se concentraron durante diez siglos los despojos fúnebres de casi toda la urbe: parroquias, hospitales y morgues lo alimentaron por cientos de años. Hacia el siglo XVIII la acumulación de cadáveres en el exiguo cementerio era tal que su superficie se alzaba más de dos metros en relación con el nivel de la calle. El terrible perfume de la carne en descomposición se mezclaba con el efluvio aromático producido por el vecino mercado de Les Halles. Ante la nocividad del lugar por riesgos de epidemia, un acalorado debate puso fin al osario que finalmente fue clausurado. Sin embargo, fue justamente en ese cementerio donde el joven Andreas Vesalio revolvía huesos o disputaba restos sepulcrales con perros hambrientos. “Ya no guardaré en mi dormitorio durante varias semanas cuerpos tomados de las tumbas o que me hayan sido entregados después de una ejecución pública”, confesó Vesalio recordando su vida como estudiante en París.

Los restos mortales de Lautréamont se perdieron en el osario de Pantin y los esqueletos de Perrault, Marat o Rabelais, por mencionar algunos, yacen en algún antro del sótano parisino. Debajo de ese emporio de las pompas, de ese falso jardín de las satisfacciones y de las sirenas, de ese océano de la simulación, nilo de cortesanas, palacio de la absurdidad, un meandro de intrigas se ignora con plenitud: el subsuelo parisino constituye una necrópolis desaforada. ®

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Publicado en: Agosto 2011, Crónicas antiturísticas, Destacados

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