En una zona montañosa del país donde la presencia de la violencia se ha vuelto evidente, Yolanda encuentra a un soldado herido tras un enfrentamiento entre el Ejército y el crimen organizado y decide ayudarlo, aun cuando hacerlo implica ponerse en peligro.

Para Alejandra, su nieta, cuyos padres están ausentes, conocer a ese hombre marcará su manera de mirar el mundo. Se trata de Una torreta en llamas, cortometraje de Humberto Flores Jáuregui.
A propósito de haber sido nominado al Ariel a Mejor Cortometraje de Ficción —tras su paso por festivales como los de Morelia, Guadalajara, Guanajuato y Huesca—, compartimos la entrevista con el director, quien habló acerca de de la libertad creativa frente a las restricciones económicas del cine independiente y de la pérdida de la inocencia en entornos donde la maldad se ha normalizado, además de la libertad creativa frente a las restricciones económicas del cine independiente.
—Recientemente vi una entrevista que te hicieron en la revista Encuadres, en la que mencionas que con Una torreta en llamas buscabas hacer una reflexión en torno a la maldad como un agente que contamina todo a su paso. Es algo que ya ocurría en tu cortometraje anterior, Cinco de junio (2021), aunque en éste, por la propuesta misma, se percibe principalmente a través del sonido: después de que la policía detiene arbitrariamente a un grupo de manifestantes la historia pasa al punto subjetivo de uno de ellos, que tiene el rostro cubierto. Platícame un poco sobre el interés de hablar de la maldad y, por extensión, de la violencia.
—En algún momento me puse a pensar qué es aquello que une mis trabajos. Y creo que todavía no tengo una respuesta del todo clara, pero sí siento que uno no sólo habla de las cosas que le gustan y que le llaman la atención, sino también de lo que no conoce o no comprende. También he notado cómo mi tesis alrededor del cortometraje ha ido cambiando desde que lo escribí hasta ahora. Eso es algo muy interesante; no sé si le pasa a todos los directores. Al principio, yo pensaba que la tesis era que la maldad es una fuerza natural con la que tenemos que convivir y aprender a sobrellevarla, desde un lugar más metafórico que literal. Pero creo que eso le quita mucha agencia a la gente que hace el mal de manera deliberada, con dolo y para su beneficio personal. En el cortometraje quise hablar acerca de cómo las personas cumplen un papel que les tocó y que no necesariamente escogieron —el soldado, el halcón que merodea la zona y las dos mujeres que quedan en medio y que solamente están sobreviviendo—. Es una situación en la que intervienen muchos factores y que termina siendo un cóctel muy complejo.
Yo pensaba que la tesis era que la maldad es una fuerza natural con la que tenemos que convivir y aprender a sobrellevarla, desde un lugar más metafórico que literal. Pero creo que eso le quita mucha agencia a la gente que hace el mal de manera deliberada, con dolo y para su beneficio personal. En el cortometraje quise hablar acerca de cómo las personas cumplen un papel que les tocó y que no necesariamente escogieron.
Aunque nací en Guadalajara, mi infancia la pasé en Nuevo Laredo, y hay algo de cómo crecí en ese lugar con mi familia que también está presente en mi trabajo. Tuve una niñez muy feliz, muy plena. Sin embargo, nos tuvimos que mover de ahí por el inicio de la guerra contra el narcotráfico. Hay anécdotas que mis papás me cuentan, pero que yo no recuerdo. Y es interesante pensar que viví en un ambiente que era peligroso sin saberlo. Para mí era una ciudad bonita y tranquila, pero cuando regresé recientemente, estaba destruida. Quizás por eso en mis historias hay niños o adolescentes que se enfrentan a esos contextos de violencia.

—Cinco de junio está inspirado en un caso real (la ejecución extrajudicial de Giovanni López Ramírez en Ixtlahuacán de los Membrillos, Jalisco, en 2020, y las posteriores protestas en el estado). En esta ocasión, ¿hay un referente similar?
—Me parece muy interesante que menciones Cinco de junio, porque ese cortometraje fue lo opuesto a Una torreta en llamas. Se trató de un hecho que a todos en el estado nos pegó, pero, como ocurrió durante la pandemia, no se habló tanto de ello. Hubo más de cien personas detenidas ilegalmente durante las protestas, y entonces surgió la necesidad de hacer ese cortometraje para denunciarlo. Tres meses después de los hechos, ya estaba terminado.
Una torreta en llamas, en cambio, es un ejercicio más cercano a lo literario, la ficción y la abstracción. Para mí fue muy importante no situarla nunca en un tiempo ni en un espacio determinado. Gente que lo ha visto en festivales de otros países y en otros contextos se identifica con la historia. Yo quería explorar esta manera de narrar. Cuando veo una película, me pierdo un poco si los personajes utilizan una tecnología sólo para recordar que ésta ocurre en un año específico. Me interesaba hablar del sentimiento de vivir con miedo, de la falta de empatía y del ambiente pesimista que prevalece en el país desde hace muchos años, al que también ha contribuido el más reciente fracaso de la estrategia de seguridad.
—El cortometraje fue filmado en Veracruz, específicamente en Xico Viejo. ¿Cómo llegaste a esa locación y qué te llamó la atención de ella?
—Escribí Una torreta en llamas pensando en filmarla en Jalisco. Mis cortometrajes los he hecho con amigas y amigos con quienes estudié o fui creciendo en el estado. Sin embargo, durante el scouting hubo un incidente: la productora, Mónica Velasco, fue hostigada y seguida por unos hombres a bordo de unas camionetas en una ranchería, cerca de Guadalajara. Después de eso, hablamos y coincidimos en que las cosas estaban muy calientes en esos momentos, sobre todo para el tipo de producción que queríamos hacer: una filmación en una locación aislada, en medio de la nada.
Por eso, desde Contratiempo Cine, nuestra compañía productora, empezamos a buscar otras posibilidades. Fue así como conocimos a Luis Cruz Tenorio y a César Herrera Víquez, de Terco Films y Pura Fiera, respectivamente, gente de Xalapa, muy movida, muy prendida, con muchas ganas de hacer cine, pero frustrada porque en Veracruz se produce poco. Nosotros compartíamos esa frustración. Nos dijeron: “¿Por qué no vienen? Les hacemos un tour y ven las locaciones que hay aquí”. Y es increíble porque desde Xalapa todo está muy cerca: playa, desierto, bosque.
Hicimos dos días de scouting. La segunda noche vimos un lugar que nos atrajo, pero estaba lloviendo mucho. Era una zona montañosa y tenía un paisaje muy particular. Al día siguiente, muy temprano, antes de irnos, decidimos volver porque habíamos pensado: “Ahí hay algo”. Nos dimos cuenta de que ése era el lugar en el que íbamos a hacer el cortometraje. Se trataba de Xico Viejo. Además, la gente de la comunidad estaba muy interesada en ver cómo se filma una película. El cambio de locación no implicó que aumentara el presupuesto. Todo se dio de una manera orgánica. Ésa fue la génesis del proyecto en el plano de producción. Yo no conocía esa zona, así que descubrirla fue increíble. Creo que cuando estás haciendo cine también es muy importante ir a lugares que no conoces y verlos como los va a ver la audiencia.

—En el cortometraje vemos una normalización de esa maldad y violencia. Por ejemplo, Yolanda mantiene una relación cotidiana con el halcón, mientras que tampoco parece sorprenderse demasiado ante la presencia de un militar herido, como si este tipo de enfrentamientos fueran algo habitual en la zona. ¿De qué manera, como guionista, abordaste este aspecto?
—Creo que fue una apuesta por el lenguaje, considerando las limitaciones que te da el formato del cortometraje. Siento que la audiencia entiende lo que está pasando. No necesita que se lo expliquemos a través de un diálogo súper obvio y soso como: “¿Recuerdas cuando tus papás murieron y quedaste a mi cargo?” Pienso que una parte valiosa de las películas es dejar espacios para que el público haga sus propias conexiones, diga algo como: “Ah, veo una fotografía en la que hay un hombre. ¿Quién es? ¿Qué pasó con él?”, y rellene ciertos huecos con su imaginación.
Una de las cosas que hablé con los actores fue sobre algunos elementos de la historia que no quedan explícitos en el cortometraje, pero que eran importantes para construir a los personajes. Por ejemplo, para trabajar la relación entre el halcón y Yolanda, la abuela, hablé con Ernesto Meléndez y Guadalupe Ortiz sobre cómo Yolanda lo conoce desde que él era un niño, y la familiaridad que existe entre ellos, basada en el respeto, a pesar de que ella sabe a qué se dedica él. Y eso es parte de esa normalización.

Cuando se habla de estos temas en los medios de comunicación yo veo una cosa muy en blanco y negro: los villanos y los inocentes. Y creo que no. Yolanda rescata al soldado, pero se arrepiente todo el tiempo de esa decisión que tomó, de ese gesto noble que tuvo. No es una figura cuidadora e inmaculada. Yo siento que, si se lo volviera a plantear, no lo haría. Y Alejandra, la nieta, está alejada de ese panorama y conserva una mirada más sencilla, más propia de los niños. Creo que en términos del guion fue muy interesante explorar estos contrastes en una situación tan compleja.
—Hablando justamente de la decisión de Yolanda, tenemos a una mujer que realiza un gesto empático al ayudar al militar herido, esto en un contexto de desconfianza hacia instituciones como el Ejército, la Marina o la policía. ¿Qué opinas de ese distanciamiento hacia la autoridad?
—Creo que tiene que ver con cómo hemos crecido durante generaciones en este contexto. No es algo que aprendamos solamente por lo que vemos a nuestro alrededor —por ejemplo, que la policía es corrupta o puede ser violenta—, sino también por lo que nos transmiten nuestros padres y nuestros abuelos, quienes también han tenido esa desconfianza. Y creo que eso lo hace muy complejo.

—La película también habla acerca de la pérdida de la inocencia. El final representa un punto de quiebre para Alejandra. ¿Qué significaba para ti ese momento?
—Sí, creo que Una torreta en llamas también habla de eso. Es muy chido que lo menciones. Alejandra conserva su inocencia durante buena parte del cortometraje. Creo que Yolanda intenta protegerla, aunque, al mismo tiempo, le advierte que tiene que estar alerta, que tiene que “ponerse viva” frente al contexto en el que viven. Y al final, algo cambia en ella.
La escena final, cuando ella corre por la carretera y encuentra roto el frasco donde tenía a la tarántula que le había regalado al militar apenas unas horas antes, con una intención muy tierna, es el momento en que se enfrenta de manera directa con las consecuencias de la violencia. Mi fotógrafo, Bruno Herrera, y yo pensamos mucho esa escena, porque queríamos que comenzara con Alejandra sola, luego llegara Yolanda y terminara con las dos mirando hacia el frente, ante una imagen terrible que todavía no alcanzan a comprender y que tendrán que asimilar juntas.
Hace poco vi en Letterboxd a alguien que decía algo muy interesante: “Tengo miedo de pensar lo que les pasará por haber ocultado al soldado”. Entonces también pienso en la responsabilidad que tenemos como guionistas con los personajes. Nosotros decidimos en qué posiciones los ponemos, y yo ya no creo mucho en hacerlos sufrir para dar un punto, porque son personas. También los actores pasan por cosas y experiencias para poderlos interpretar. Entonces me pregunto qué pasa con esos personajes después de que termina la historia.
—Ahora que mencionaste a tu fotógrafo, Bruno Herrera, ¿cómo fue el trabajo y la colaboración con él?
—El cortometraje anterior lo hice con un gran amigo, Héctor Ibarra, pero para esta ocasión él no podía. Entonces dije: “Bueno, ¿con qué fotógrafo quisiera trabajar para este proyecto?” Había visto su trabajo en cine, pero yo lo ubicaba más bien por su cuenta en Instagram. Por alguna razón lo seguí, empecé a ver sus fotografías y las cosas que subía y dije: “Qué buen ojo tiene para los paisajes”. Además, me di cuenta de que su estilo se caracteriza por el uso del azul, y a Una torreta en llamas siempre lo había imaginado de ese color. Como no lo conocía en persona, me daba mucha vergüenza decirle: “Hola. Oye, tengo este proyecto, pero no hay dinero”. Me arriesgué y le mandé un mensajito. Él había visto Cinco de junio y le gustó. Le envié el guion y ya en el set nos entendimos muy bien.

—¿Cómo fue la conformación de tu elenco?
—La primera a quien le hicimos casting fue Guadalupe Ortiz, que es una actriz de Guadalajara. Nuestra gran acting coach y encargada del casting, Natalia Martínez, había trabajado con ella durante mucho tiempo, así que nos la recomendó. Yolanda está inspirada en mi abuela, una mujer muy dura y autosuficiente, pero que, al mismo tiempo, es la persona más dulce y amorosa. Por eso era importante para mí encontrar a una actriz en quien pudiera reconocer algo de ella, y cuando conocí a Guadalupe y le hicimos el casting sentí que ahí estaba Yolanda.
Para Alejandra, una amiga que se llama Selma Cervantes, quien también es directora de cine y una gran artista, había trabajado poco antes con Michelle Martínez Hernández en otro cortometraje, Lucky, Lucky Yume, y me habló de ella. Michelle también aparece en El reino de Dios, la película de Claudia Sainte–Luce; ése fue su primer papel. No tiene una formación actoral formal, pero es una persona que entra y sale del personaje con mucha naturalidad, y todo el trabajo con ella fue como un juego.
Ernesto Meléndez, quien interpreta al halcón, se sumó ya en un proceso de casting más formal que lanzamos en Veracruz. Y Jesús Estrada Escobedo, quien interpreta al soldado, es la última pieza del rompecabezas. Él también es originario de Guadalajara y había trabajado conmigo en Cinco de junio, donde interpretó a un joven que era agredido y amedrentado por las fuerzas públicas. En este caso, está en una situación similar de vulnerabilidad, pero desde el otro lado de la moneda.
Tuvimos muy poco tiempo; ni siquiera ensayamos. Creo que tuvimos un día para convivir y romper el hielo. Cuando no se cuenta con dinero, pues así es como se hace, pero todo salió muy bien.
—Por otro lado, tú también eres el coeditor. ¿Cómo fue ese proceso?
—Aquí colaboré con Manuel Acuña. Tenemos una relación de muchos años, desde que estudiábamos la carrera de Comunicación y Artes Audiovisuales en el ITESO. Yo edité su largometraje documental, El silencio de mis manos, y en los proyectos que he dirigido y editado él siempre ha estado muy involucrado en los procesos de montaje, aunque nunca le había dado el crédito de coeditor. Pero en esta ocasión sí le propuse trabajar en conjunto. Entonces la colaboración fue mucho más directa. Manuel aportó una perspectiva interesante; me hizo ver cosas que normalmente no hubiera visto. Fue un proceso del que aprendí mucho.
—Tomando en cuenta el presupuesto acotado, ¿cómo fue la producción de Una torreta en llamas?
—Fue cien por ciento independiente. Intentamos aplicar a unos fondos públicos al principio, pero no los obtuvimos y nos dimos cuenta de que tendríamos que esperar al menos otro año para volver a intentarlo. Por eso decidimos buscar otra forma de financiarlo. Entonces invitamos a gente que quisiera sumarse así al proyecto. A mí me choca un poco hablar de esto porque siento que no debería ser así. Ojalá llegue el día en que la gente cobre y se le pague bien por su trabajo.
Para conseguir presupuesto, Mónica y yo nos acercábamos a empresas y les proponíamos hacer algún trabajo para ellas por menos de lo que normalmente costaría. Era como hacer intercambios: “¿No quieres que te haga un video o unas fotos? Pero mira, éntrale de coproductor” (risas).
El cortometraje lo filmamos hace ya un par de años y los últimos videos los hicimos recientemente. Entonces sí, fue un camino más largo el que recorrimos, pero pudimos hacerlo en nuestros términos. Si hubiéramos vuelto a buscar una convocatoria, habría sido caer en la tentación de pensar: “Ay, creo que este proyecto tendría más posibilidades si le metemos esto a la historia”. Tampoco hubo limitantes por la temática. Y de ahí también viene la sorpresa de que le esté yendo tan bien. Para mí, lo que más me hace feliz es que la gente lo esté viendo, discutiendo y recomendando. Hemos sido muy afortunados con nuestra ruta en festivales y en medios.

—Uno de tus cortometrajes anteriores, David (por ahora) (2024), fue realizado con la asesoría de Apichatpong Weerasethakul (director de películas como La leyenda del tío Boonmee y Memoria) en el marco de su Creator’s Lab en Yucatán. ¿Hay algo de lo que aprendiste de él que esté presente en este nuevo trabajo?
—Sí, yo creo que esa experiencia marcó un antes y un después en mi carrera. Fue como salir de un periodo de estancamiento, después de mucho tiempo trabajando en mi día a día dentro de la industria aquí en México, haciendo películas más comerciales. Es algo que puede pasar cuando estás entrando en esta industria: de repente te nublas a nivel creativo.
Él hablaba de dejar de pensar en hacer una película como un proceso de producción y empezar a vivir el lugar y la historia, y de otros conceptos que tienen que ver contigo como persona, con tu manera de existir y de relacionarte con los demás. También aprendí cuestiones de ritmo y de imágenes. Él no era una persona que estuviera corriendo y gritando: “¡Rápido! ¡Hay que poner la cámara aquí! ¡Todo tiene que ser perfecto!” Era más bien: “Suelta el control”. Yo me quedo con eso y espero que en Una torreta en llamas se noten algunas de esas cosas.
—Para cerrar, veía en tu página que ya está en desarrollo tu primer largometraje. ¿Se puede contar algo al respecto?
—Sí. Como hemos estado en algunos laboratorios con ese guion, la información es un tanto pública. Se llama Adiós al vacío. Es un coming of age que busca explorar otros temas, aunque quién sabe qué tanto me logre separar de las cosas que me interesan. Es sobre un joven que viaja a la ciudad para conocer a su padre, a quien nunca ha visto, pero, cuando finalmente da con él, descubre que acaba de morir. A partir de ahí empieza a relacionarse con la familia que dejó atrás y, a través de ellos, va descubriendo cosas sobre él y sobre sí mismo. Es una película sobre identidad, de relacionarte en un lugar que no conoces y, bueno, al final la película da un giro hacia el thriller. Quiero que sea muy entretenida y que pueda llegar a un público más amplio, que no nada más se quede en el circuito de festivales. A ver qué pasa. Todavía falta un tiempo para eso, pero estamos trabajando. ®
