ABEL BENÍTEZ

O el sarcasmo del arte

En la era de la macdonalización cultural y del bloguetariado artístico no queda más que echar mano de la deconstrucción de los signos para entender una obra como la fraguada por Abel Benítez y el porqué de su deriva desencantada.

Sacudiendo la telaraña empolvada de la metafísica, Nietzsche es el primero en señalar el uso estratégico de un recurso subjetivo, petulante, un gesto irónico con el que el arte pueda ser liberado de la decadencia impuesta por el mundo moderno. Una filosa tarascada con la que el artista muerda el tejido sanguíneo y los huesos solemnes del arte burgués. Esta postura del alemán supone el hecho feliz y lúdico de la realización individual, como el resultado de una idea vital que está latente en el verdadero creador corno arma crítica.

Si comparamos esta concepción de la ironía con el tiempo de la indigencia, en el que los dioses antiguos han huido sin haber llegado aún los nuevos, y la doble carencia y negación a la que se refiere Heidegger, encontramos no sólo una salida de emergencia a la crisis del arte, sino un camino todavía por recorrer en el siglo XXI. Esta relación con el sarcasmo nos permite también encontrar algunas luces sobre el reto planteado por Nietzsche, de concebir la inocencia y la peligrosidad en un solo pensamiento. El artista se sabe extraño en su propia época, su mensaje no proviene de un dios sino del vacío producido por su ausencia, sabe que el efecto de su pintura —por ejemplo— tiene algo de cómico. En una palabra, que el artista joven tiene MTV para idealizarse como tal y el artista consagrado tiene Bellas Artes para glorificarse ante la nación, lo que seguramente a un extraterrestre le provocaría risa hasta matar1o.

En la era de la macdonalización cultural y del bloguetariado artístico no queda más que echar mano de la deconstrucción de los signos para entender una obra como la fraguada por Abel Benítez y el porqué de su deriva desencantada. En su caso, la práctica de un humor disolvente es la que nos muestra cómo una obra se erige en una ofensiva nihilista positiva en contra del orden establecido. Colocado en una zona de tensión desde la cual replantear el sentido de su trabajo, para su fortuna, Benítez es de aquellos que ya no se tortura con resolver el viejo dilema de la tradición y la modernidad. Va más adelante, sobre todo porque conoce bien su presente, incluso sabiendo que es joven está dispuesto a errar, a flirtear con lo escurridizo, a cribar la flamante categoría de “autor”.

Para ello, Abel Benítez se ha puesto la máscara del comediante con el fin de cuestionar los caminos trillados del arte contemporáneo desde la escotilla plástica de su trabajo. Proyectando su “mural comprimido” de revulsivas configuraciones, en ráfaga luminosa y recurso sonoro agudo, tan cerca de una “pesadilla agradable” que mueve a mirar una y otra vez su burla gráfica de las frivolidades mercadotécnicas que rodean al arte actual. Sin olvidar que quien se ríe es porque conoce como pocos la tragedia de la vida humana.

Por esta simple razón, habrá que seguirlo por el camino por él trazado a fin de comprender esta nueva forma de reacción, propia de todos aquellos que buscan sabotear los códigos de la solemnidad, las leyes del mercado, los intereses de los curadores, galeristas y el glamur del artista actual. Abel Benítez (Ciudad de México, 1977), con su obra múltiple y diversa, cuya lista incluye dibujo, pintura, diseño gráfico, ilustración, disco duro, video, música, mural, posibilita además de una revisión documental de su quehacer creador, un recuento de daños que nos revela, por otra parte, un hoyo negro en la plástica nacional. Aunque no sea el único. En su momento ya lo habían hecho igualmente Julio Galán, Nahúm B. Zenil con su discurso homoerótico y Gabriel Orozco y toda su basura reciclada que va unida a su rebaba teórica, antes de ser devorados por el sistema oficial y el libre mercado.

A primera vista, observamos en su trabajo plástico, el uso máximo de componentes heterogéneos como los arriba señalados, el que además de un sostenido aprendizaje y dominio variado nos habla de una experiencia acumulada que no le ha sido suficiente ni confiable hasta hoy, lo que lo ha llevado a buscar otras opciones. Pero antes que nada, habrá que reconocer que esta postura estética desengañada de sí misma está más cerca de lo político que de otra cosa. Entendiendo por política la decepción ideológica provocada por la militancia izquierdista. En su nueva fase, su exigente sentido de lo artístico no se constriñe a una visión cerrada de la realidad y el mundo, antes al contrario, focaliza críticamente los límites que el arte sufre por diversas causas, bajo la sospecha de que hay otros caminos más abiertos para él. Alentado además por el rechazo genuino que ahora como simple artista siente ante una sociedad injusta y desigual como la mexicana. Siguiéndolo de cerca, se advierte también que su juventud no obsta para reflejar una madurez reflexiva, seria y rigurosa.

He aquí entonces que en las décadas anteriores se asiste al surgimiento apoteósico del arte de masas dirigido a las mayorías y producido mediante la tecnología moderna. El ejemplar único cede así el paso a la producción en serie. El arte se convierte, en pocas palabras, en una mercancía forjada por expertos en diseñar una cultura estándar, capaz de representar los estereotipos que pueden ser fácilmente asimilados y consumidos. Arte de entretenimiento previsible y distractor, formalmente simplificado y para cuya compresión no se requiere de educación especializada.

Los amos del sistema se palmean los hombros mutuamente, pues han conseguido el objetivo de manipular a las masas mediante fórmulas y clichés digeribles desde lo alto de sus oficinas ejecutivas. Y es que alentar el gusto homogéneo y uniforme, a través de un arte que adormece, contribuye a impedir la formación de individuos singulares, imaginativos y críticos, dispuestos a comprometerse en procesos de emancipación social. Sobra decir que el arte de masas impone el sistema de valores que rige la vida colectiva orden, progreso, bienestar, éxito.

En el mismo contexto, los nuevos ricos comparten también las emociones y los deseos baratos de la cultura de masas. Nadie escapa. En efecto, nadie que participe, trabaje, opine, juzgue, exponga, publique, cobre y gane dinero en el campo particular del arte en México está salvo o libre de ser señalado como parte de ese sistema que corroe el arte, en pocas palabras, de ser cómplice por comisión u omisión de su grisura inducida. Desde los altos mandarines culturales hasta el dueño de una galería provinciana. Desde las figuras más encumbradas de la élite famosa hasta el maestro desconocido de bellas artes, desde el crítico especializado hasta el promotor de una Bienal.

En este campo minado por los intereses creados es donde aparece la resistencia de varios grupos en el país, centrados o desorientados, con programa o sin él, como miembros de una generación o en calidad de marginales; sin embargo, cualquiera de ellos sabe muy bien que la más mínima opinión contraria al sistema artístico y cultural desempeña un contrapeso en esa historia de color de rosa que es el arte mexicano contemporáneo. Porque por supuesto que se trata de otra posibilidad, está en que la subversión toma por asalto la plaza pública y avanza por la reificación unidimensional: acepta el juego de la sociedad integrada y la desintegra desde adentro: o sea, potencia al infinito el despilfarro de los deseos radicales, pretendiendo con esto desmarcarse de los poderes verticales que producen las imágenes falsas (ideología) de la realidad o simplemente como simulacro de lo real (Baudrillard). Un buen ejemplo de esto: en México todos podemos ser tan altruistas en el territorio de la cultura (Fundación Telmex) y el turismo hospitalario (atención a jubilados ancianos estadounidense en California norte o Sonora), como don Carlos Slim, que podemos literalmente sentir sobre nuestra piel la suave caricia del maquillaje benefactor de la iniciativa privada, que así finge pagar impuestos al fisco cuando organiza una exposición pictórica en un palacete virreinal de la Ciudad de México.

Tanto de manera física como conceptual, Benítez presenta obras que coquetean o juegan con el espectador, por un lado, compartiendo elementos que nos resultan personales, atractivos, seductores, y por otro, distanciándose de una manera provocadora, a manera de razonamiento crítico que pone en tela de juicio los conceptos de arte y artista. En ellas existe una tensión entre lo que vemos y entre lo que no estamos viendo, y no precisamente porque su obra plástica esté incompleta o carezca de sentido global, sino más que nada porque Benítez está marcando una línea aleatoria o tangencial con la que se burla del espectador. De aquí que la importancia de la obra de Benítez radica no en lo que dice sino en lo que calla, utilizando para ello un guiño baconiano: un ser humano en forma de elefante monstruoso, que también da la sensación de tratarse de un alebrije popular.

Abel Benítez incorpora elementos que van del cómic (Robert Crumb y Will Eisner), el pop art (Andy Warhol) el humor trágico (Steve Martin y Maurizio Catellan), el cine gringo de ciencia ficción (la invasión de extraterrestres de Orson Welles), el collage, el diseño gráfico, internet y un lenguaje común derivado de íconos de la cultura popular mexicana para plantear imágenes que intrigan o que se toman como un risueño pestañeo. Sus imágenes representan el código de acceso a un espacio gráfico que se muestra en crisis: lo posmoderno que se creía superado y lo posmoderno que no acaba de imponerse en la pintura mexicana. Riéndose, Benítez se vale de estas incomodidades perceptivas para incitar al espectador a que genere sus propias expectativas.

Su catálogo en DVD muestra una secuela fragmentada de su quehacer visual. Introduce en él la dispersión gráfica, el color estridente, las formas heterogéneas, el caos inductivo, todo ello proclive al gesto sarcástico, que además de procurar un sentido desparpajado de la práctica y la obra artísticas revela diversos niveles de contemplación y planos lúdicos, que recuerdan la preceptiva nietzscheana, sin importarle, en el fondo, si triunfa o fracasa. Ya que lo que le interesa del espíritu subversivo de Nietzsche es su poder de dislocación de las metáforas visuales o literarias, esta fuerza cósmica gracias a la cual podrá seguir soñando como artista en el devenir del tiempo. ®

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Publicado en: Julio 2010, Plástica


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  • Gracias, maestro, quizá algún día te hagamos caso!

  • Omar

    Francamente desde las portadas de su revista se ve su mal gusto visual de uds como publicacion, atenganse a escribir. de verdad.