Albert Camus: los orígenes de la rebelión

El Príncipe y el Monstruo

Dos escritores, uno hermoso y el otro nada agraciado, ambos merecedores el Premio Nobel —aunque uno de ellos lo rechazó por razones políticas—, son confrontados por el autor de esta doble semblanza.

Yo me rebelo, luego somos.
—Albert Camus, El hombre rebelde

La torre de Babel se construye no para alcanzar los cielos de la tierra, sino para bajar los cielos hasta la tierra.
—Fedor Dostoievsky, Los hermanos Karamázov

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El hombre feo posee razones muy especiales para rebelarse. La abominación que causa su apariencia física a los otros le obliga a pasar la mayoría del tiempo recluido en su buhardilla y en sí mismo, urdiendo conspiradoras teorías y devorando cientos de libros proscritos, creados por seres igualmente marginales que él. Alejado de sus contrarios: los hombres a quienes por lo menos él califica como hermosos: sus opositores y antagonistas por naturaleza. Tiene pocos amigos, a veces ni uno solo, y si ha logrado convertirse en una figura conocida al final de su tortuosa existencia debido a un intelecto poderoso y una deslumbrante razón, los cuales pulió y desarrolló a lo largo de años, en compensación ante la ausencia de belleza física, emerge por fin como un ogro de entre las sombras de su húmedo cubil. Escupiendo a sus adversarios complicadas teorías sobre un mundo sin esquemas, sin reyes, gobernantes ni dioses. Volteando de cabeza el orden conocido de las ideas, de la razón y de las gentes. Intentando demostrar que la apariencia burda y contrahecha de sus facciones oculta tras de sí la belleza de alma de un príncipe encantado. El mismísimo Cuasimodo en la Catedral de París. Bestia quien por fin reclama su derecho de amor por Bella.

Camus y Sartre

Jean Paul Sartre tenía el ojo derecho extraviado, un profundísimo grado de miopía, verrugas en el rostro, como batracio o anfibio de la peor calaña. Mitad iguana y mitad zapo reptador. Amén de los pies planos y la cabeza enorme. Debido a sus ojos y sus plantas el Ejército francés rechazó su solicitud en la II Guerra Mundial. Gracias a sus defectos físicos y su paso errático y amorfo no fue bien visto ni siquiera cuando se unió a la Resistencia francesa durante la ocupación nazi. Dicen que al igual que su personaje Eróstrato, eyaculaba en sus pantalones tan sólo al mirar a una prostituta desnuda. ¿En qué podría serles útil un hombre con tan numerosas malformaciones y deficiencias físicas?

Este Cuasimodo escribiría decenas de tratados psicológicos y filosóficos, cuentos, novelas, artículos y obras de teatro que le ganaron la candidatura al Premio Nobel.

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El hombre hermoso, por su parte, tiene razones muy diferentes para rebelarse. Gozó desde la infancia de la simpatía de los otros y cuando menos de su superficial amabilidad. El hombre hermoso desarrolla su alma y su intelecto no en reacción a la hostilidad externa del mundo, del modo como el hombre horrible e incluso el monstruo construyen sus palacios y edificios teóricos, sino como un reflejo de sí mismo que él ve en las ideas magníficas, en las verdades intemporales de los sabios, en el arte y en los enigmáticos fenómenos de la naturaleza. Si algo quiere demostrar al mundo es el hecho de que su genio y su pensamiento son tan grandes y bellos como su cuerpo y rostro. Y esto en el fondo también es una forma de rebelión.

Sartre acusaría a Albert Camus de que la suya era una rebelión exclusiva de las ideas, de las concepciones y de la estética. Una rebelión de la poesía, de la filosofía y de la belleza. De ningún modo de la acción y de las clases sociales, como tanto se empeñara él en su Crítica de la razón dialéctica, pretendiendo unificar el marxismo y el existencialismo.

Ocasionalmente, el hombre hermoso y el monstruo llegan a coincidir en algún punto del proceso de su rebelión: ambos se niegan a ser cosificados. Luchando por no quedar reducidos a un cliché o un estereotipo: el Príncipe y el Monstruo. Si ambos son genios, con mayor razón se encontrarán en alguna estación en el medio del camino. La existencia de estos dos seres es una demostración de que apariencia y esencia, fenómeno y nóumeno, no son de ningún modo lo mismo. Empero, no tardarán en separarse de nueva cuenta y emprender rumbos distintos.

Sartre acusaría a Albert Camus de que la suya era una rebelión exclusiva de las ideas, de las concepciones y de la estética. Una rebelión de la poesía, de la filosofía y de la belleza. De ningún modo de la acción y de las clases sociales, como tanto se empeñara él en su Crítica de la razón dialéctica, pretendiendo unificar el marxismo y el existencialismo. Nunca más volverían a hablarse, aunque fueron amigos.

Sartre se negó a recibir el Premio Nobel por razones ideológicas, ignoramos si estéticas. Camus sí lo aceptó.

Camus fue un niño hermoso. De frente luminosa, cráneo bello y ojos deslumbrantes. Su madre, analfabeta y sorda, descendiente de inmigrantes franceses argelinos, lo amaría más que a nada en la vida. Del mismo modo que sus compañeros de clase y profesores del Liceo en Argel. Al perder a su padre desde muy niño, herido y torturado durante la I Guerra Mundial, sería siempre bien acogido por sus maestros, quienes lo acercarían a Nietzsche y a los griegos.

Su rebelión dirigió sus fuerzas hacia la búsqueda de la belleza, también de la crítica, desde el más alto grado de lo hermoso, de las palabras, las metáforas y las ideas.

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La peste bubónica comienza en una de sus obras, precisamente La peste, con el aumento en la población de ratas. Las ratas mueren dejando sus cadáveres por miles en las calles. Las personas comienzan a enfermar también, contagiados por las pulgas de los roedores. La plaga acabará con más de la mitad de la población humana de aquella ciudad, amenazando con exterminarla en totalidad, inundando sus cuerpos de bubas y tumoraciones que se hinchan hasta matarlos en medio de temperaturas altísimas y dolores insoportables.

Cuando parece que todos los habitantes de aquella ciudad desaparecerán, la peste se detiene por sí sola. Sin causa aparente ni razón alguna. Por mero fenómeno de ecología de poblaciones. La enfermedad acaba exterminándose a sí misma, dejando a salvo a los sobrevivientes.

Cuando parece que todos los habitantes de aquella ciudad desaparecerán, la peste se detiene por sí sola. Sin causa aparente ni razón alguna. Por mero fenómeno de ecología de poblaciones. La enfermedad acaba exterminándose a sí misma, dejando a salvo a los sobrevivientes.

Así se extingue también, según Camus, como la peste, la rebelión de los esclavos. De los rebeldes con mente esclavizada, tal como describe en su libro El hombre rebelde. El esclavo que se rebela acaba aniquilándose a sí mismo después de sembrar el terror y la destrucción entre sus dueños e incluso entre sus coetáneos. Y si acaso raramente llega a triunfar, termina convertido en un amo cien veces más cruel que su antiguo dueño. Esto explica el porqué del fracaso de tantas insurrecciones a lo largo de la historia. Una cosa es que el esclavo se harte de su opresor y desee e incluso logre asesinarlo, contagiando a sus iguales. Otra muy distinta es liberar su conciencia de las ataduras mentales. Al igual que las ratas y la peste, el esclavo rebelde estará condenado a aniquilarse a sí mismo y a esparcir su enfermedad.

Según Camus, el verdadero hombre rebelde nace en Occidente, en Grecia y Roma, con Espartaco, aplastando legiones romanas y Sócrates engullendo la cicuta. Con Aníbal cruzando los Alpes en compañía de sus elefantes y con Atila acosando al enviciado Imperio Romano. Con el esclavo o el ciudadano del imperio, que repentinamente son conscientes de sus derechos, nada más por el simple hecho de existir. También con los bárbaros que desean apoderarse de Roma o Grecia y erigirse como sus emperadores. Albert Camus asegura que en el mundo occidental el hombre es crecientemente consciente de sí mismo y el rebelde fractura sus cadenas porque considera que el tiempo de la esclavitud ha terminado y él tiene derecho a ser dueño de su propio tiempo.

¿Pero qué podría decirse del caso de Gautama Buda y de Jesús de Nazaret? En Oriente la rebeldía se basa en la renuncia y la sencillez. Suele decirse que cuando un hombre es capaz de renunciar a todo, incluyendo lo material y lo espiritual, hasta los mismos demonios se ponen a temblar de miedo. La de Oriente no es una renuncia del todo consciente de sí misma ni sustentada en ninguna formulación verbal o teórica, como el caso de los revolucionarios en Occidente. La de Buda era una rebelión de la renuncia y el vacío absoluto, y la de Jesús otra sustentada en el amor por los hombres, incluso por los enemigos.

A estos rebeldes Camus los denomina rebeldes metafísicos. No poseen mentalidad de esclavos ni desean cambiar ningún orden social. Aunque al final lo logren. Su rebelión se dirige en pos de la Unidad del Mundo. Les hiere en lo más hondo la fragmentación del universo. La división cuerpo-mente del hombre los tortura. No buscan ningún paraíso en otra vida, sino encontrar un cielo en este mundo.

Los profetas de Camus son Nietzsche y Dostoievsky, quienes no mataron a dios, sino que se tropezaron con su cadáver. Al principio los seres humanos adoraban los poderes de la naturaleza, a la montaña, como los judíos primitivos a los que guió Moisés. Luego fueron politeístas como los egipcios y finalmente monoteístas, al igual que los cristianos. ¿Pero tras la muerte de dios, se pregunta Camus, cuál es el paso posterior de la humanidad que llenará semejante vacío histórico?

La respuesta que le proporcionarán Nietzsche y Dostoievsky tendrá que ver con el surgimiento del nuevo hombre-dios, capaz de establecer su propia ley. Derrumbando un orden antiguo y viciado para construir otro. Constructor de un cielo en esta tierra, o aniquilador total del mundo, genocida y ecocida.

A la ceremonia del Premio Nobel se dice que asistió una gran cantidad de mujeres para admirar al hermoso escritor, metido en su elegante traje. El escritor amante de los gatos, autor de El Extranjero y El hombre rebelde, era Albert Camus. ®

Archivado en Ensayo, Mayo 2011

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Comentarios

3 Respuestas a “Albert Camus: los orígenes de la rebelión”
  1. E. H. Sarao dice:

    En algún momento Sartre fue la hoja -asiduamente afilada- de la espada y Camus la empuñadura diamantada con el signo del futuro… Hasta que se quebró.

  2. Jose dice:

    Solo una correccion: SAPO y no “Zapo”.

    Un abrazo, buenos articulos.

  3. David Aguilar dice:

    Qué interesante y buen artículo; si hasta en su escritura se veía reflejado el rostro y el cuerpo de cada uno de ellos: Sartre, un tipo sosegado y negado a la participación de los placeres de la carne, sólo podía crear personajes que miraran por detrás- no recuerdo si fue Vargas Llosa quien dijo esto – y se mojaran a distancia. Camus es modelo de estudiante e intelectual perfecto, traslucía generosidad hasta en su prosa, producto de las carencias de su infancia –nadie tiene derecho a hablar de hambre sin conocimiento de causa; es una de sus frases-. Hoy Sartre olvidado y enterrado, fue vitoreado en su momento, dejando a Camus el marbete de escritor puramente estético sin compromiso social. Hoy, después de la caída de las ideologías finiseculares, es entronizado por los “intelectuales” tan adictos al machote actual. Yo creo que, indefectiblemente, su físico fue fundamental para establecer sus lazos con el mundo, aunque está presente también esa infancia amorosa pero dolorosamente jodida de parte de Camus, y ese exceso de comodidades infantiles de parte de Sartre. Estas dos cosas fueron importantes para saber por qué uno interpretó mejor el mundo, que su némesis.

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