ALEGRÍAS Y PESARES DE UN PERIODISTA ENCUBIERTO

¡No soy programador, soy escritor!

Me gusta la palabra periodista encubierto porque suena a agente encubierto. Por eso la uso, después de todo yo soy un periodista encubierto desde hace años, motivo por el cual estuvieron a punto de echarme de mi trabajo más de una vez.

Pero volvamos al principio: soy programador de computación graduado de la Universidad Nacional de La Pampa con especialización en lenguaje Java; los programadores tenemos, básicamente, dos tiempos de trabajo: uno donde no hacemos nada, mientras esperamos que lleguen los requerimientos, y otro, el más común, donde trabajamos de lunes a domingo, mas de doce horas por día (catorce es lo común), para entregar el código terminado, pese a las prisas, tarde.

Lamentablemente, para ese sufrido gremio yo nunca fui —ni soy, ni seré— un gran programador sino, apenas, un periodista/escritor infiltrado que intenta escribir en los espacios libres que le deja su trabajo oficial porque programar es, digan lo que digan mis compañeros, el trabajo más aburrido del mundo y tener una pantalla delante y perder el tiempo codificando cuando podría estar escribiendo es una sofisticada tortura digna de ser inventada por los chinos; un castigo por un terrible pecado cometido, estoy seguro, en alguna de mis vidas pasadas. Lo que nos lleva a la siguiente pregunta: ¿Para qué estudié programación?

Bien, en General Pico, la ciudad donde vivo, había, cuando terminé la secundaria, sólo tres carreras posibles si uno no podía  estudiar afuera: maestro, programador o veterinario. Como no me gustan especialmente los niños ni los animales —aunque he tratado con varios, incluyendo a mi ex jefa Alejandra A. Chilla—, elegí el menor de todos los males: programador.

En junio del 2001, tras cuatro divertidísimos años, me recibí y pasé, tal vez por la ley de las compensaciones, los siguientes ocho meses buscando trabajo hasta que una amiga me consiguió un plan “Entre nosotros” como empleado administrativo de la Municipalidad de General Pico: doscientos pesos por mes, que, un año después, aumentaron a doscientos cincuenta y finalmente se quedaron en trescientos (unos setenta dólares actuales) por seis horas de trabajo, de lunes a viernes.

Como tenía toda la tarde libre —trabajaba de siete de la mañana a una de la tarde— podía escribir tranquilamente en mi casa después de comer y hacer una siesta de dos horas.

Siguiendo ese ritmo, en tres años publiqué casi cien textos por los que no gané prácticamente nada; mi único ingreso estable era, más allá de mi ambición, todavía, la municipalidad.

A los veintisiete años no podía seguir soñando con que algún día alguien, cualquiera, me pagara por escribir lo suficiente para vivir, por esa razón acepté un trabajo como programador en una software factory recién llegada de Buenos Aires a la zona franca de General Pico.

Luego de una rápida entrevista con Javier, mi futuro jefe, pasé tres meses, de junio a agosto del 2005, capacitándome cuatro horas por día en Java —lenguaje de programación que no había tocado en cinco años— y dos en inglés. Por supuesto, andaba muy bien en inglés y pésimo, realmente muy mal, en Java. ¿Por qué no me echaron en ese momento, cuando todavía no tenían la obligación de indemnizarme? Simple: necesitaban cubrir un cupo de veinte empleados y sólo se habían presentado dieciséis candidatos.

Muchos de mis amigos, egresados como yo de la Universidad, preferían sus trabajos mal pagados (empleados, casi todos en negro, de cybers, hoteles y estudios contables) que trabajar para una empresa “fantasma” que podía desaparecer “de un día para otro” dejándolos en la calle (una idea que el desastre del 2001 había ayudado a magnificar).

Además, ¿quién la conocía? Si no escuché ese comentario mil veces no lo escuché nunca. Todos preferían al mal jefe conocido que al bueno por conocer; todos, entonces, se quedaron con sus trabajos y yo entré a la empresa sin conocer a ninguno de mis nuevos compañeros (la mayoría, de hecho, había egresado mucho después que yo, lo cual me hacía uno de los empleados mas “viejos” de la empresa, razón por la cual solían apodarme “abuelito”, a mis veintisiete años).

Hoy todavía me asombra haber soportado los tres meses que duró la capacitación sin escribir una sola palabra, pero sabía que tenía que concentrarme en aprender, de nuevo, cómo programar porque no quería volver a la municipalidad y su infinita red de jefes y subjefes: estaba cansado de humillarme por trescientos pesos mensuales. Aprobar era mi única posibilidad para intentar, en un futuro cercano, ahorrar algo y tener tiempo para escribir. Sólo escribir.

Una vez contratado entendí que si quería escribir tenía que aprovechar los tiempos muertos porque había conseguido un magnífico sueldo nuevo pero había perdido mi preciosa tarde destinada íntegramente a escribir: mi nuevo horario comenzaba a las ocho y media de la mañana y terminaba a las seis y media de la tarde, a lo que había que sumarle los seis kilómetros que separaban la Zona Franca del pueblo.

Mientras los demás aprovechaban los tiempos muertos a la espera de los primeros requerimientos bajando ringtones, escuchando música o chateando con amigos, parientes y novias, yo empecé, muy despacio, a escribir los borradores de mis artículos en el trabajo: algo que nunca había hecho porque me parecía imposible, dado el ambiente y las interrupciones naturales de una oficina repleta de veinteañeros. Para evitar que me interrumpieran mientras escribía fingía hablar por el chat, incluso me ponía los auriculares.

¿Y por que tenía (tiene) tanta importancia que nadie supiera (sepa) lo que yo hacía (hago) como periodista si eso no interfería para nada con mi trabajo como programador? ¿Por qué no podía escribir? ¿A quién le molestaba que lo hiciera, aparte de mi jefe, que nos exigía, de diversas formas, una fidelidad perruna a la empresa que nos pagaba el sueldo?

Como aprendimos todos muy rápido, a las firmas de computación no les gusta que sus empleados sean personajes públicos y, menos aún, que hablen de lo que hacen y, especialmente, para quienes lo hacen. Ser un periodista podía, entonces, convertirse en un buen motivo para ser despedido.

Durante ese primer año aprendí varias cosas más: una, a escribir rápido, muy rápido, las ideas que me interesaban, sin detenerme demasiado en el estilo —ya lo corregiría cuando estuviera  tranquilo en mi casa—; dos, a trabajar mirando continuamente la puerta, intentando adivinar el taconeo nervioso de mi jefe acercándose para chequear, al menos dos veces por día, lo que hacían sus empleados.

Así que escribía y miraba la puerta, miraba la puerta y escribía y, gracias a Dios y una buena dosis de suerte mi jefe nunca me sorprendió escribiendo o corrigiendo un artículo, aunque era un trabajo agotador estar todo el tiempo controlando que no estuviera cerca y que mis compañeros no se enteraran de lo que hacía (con el tiempo lo supieron y no les importó, tenían cosas más importantes qué hacer, como organizar interminables partidas de videojuegos en red de los cuales yo también participé ocasionalmente).

De esa manera, montado sobre una tensión permanente y con el fantasma de la tortícolis rondándome, yo escribía.

¿Cómo logré que no me echaran?

Ese es el milagro más inexplicable de toda la historia de la programación, aunque no tanto: yo era muy bueno en inglés y ellos apenas tenían suficiente gente capaz de hablar con los clientes extranjeros —generalmente ingleses y estadounidenses, aunque con el tiempo se sumaron indios—; así que me necesitaban; además, había logrado llevarme bien con todos mis compañeros y fingía, —exteriormente al menos—, “tener puesta la camiseta” de la empresa, razones que me convertían en un empleado mediocre pero aceptable.

Eso no me libró, por supuesto, de ocasionales charlas con mi jefe, quien poco antes que yo presentara mi renuncia me dijo en su oficina: “Sinceramente, no te veo programando”.

La verdad es que yo tampoco me veía, lo hacía simplemente por necesidad: necesitaba el sueldo y la experiencia en mi currículum por si, en un futuro no muy lejano, necesitaba volver a ese trabajo estable y bien pagado (algo que lamentablemente el periodismo no pudo ni puede darme todavía).

La tranquilidad duró casi un año, hasta junio del 2006, cuando la empresa contrató a un grupo de cinco programadores cordobeses para desarrollar un proyecto en lenguaje ABAP/SAP.

Mi nueva jefa era Alejandra A. Chilla, una mujer, como descubrí muy rápido, con una personalidad autoritaria, propensa a sufrir ataques desaforados de furia que descargaba sobre sus empleados.

Todos los que dependíamos de ella sabíamos que, bajo la presión del proyecto y los atrasos, lógicos en cualquier trabajo de programación, estallaría varias veces por día y, como un reloj, ella se complacía en cumplir diariamente nuestras predicciones.

Como estábamos a casi seiscientos kilómetros de distancia —ella en Córdoba y nosotros en La Pampa—, toda la relación, exceptuando las pocas veces que vino a visitarnos, era online, lo cual no era ningún consuelo.

Se conectaba a primera hora de la mañana y segundos después comenzaba conmigo —después de todo, yo era el peor programador de la empresa y ella sentía placer al recordármelo— una interminable pelea que se extendía hasta la hora de salida.

Su repertorio era limitado pero, pese a la escasa creatividad que demostraba, conseguía molestarme, enviándome mensajes continuos del tipo “¡¡¡¡ERA PARA AYER, ME ENTENDÉS!!!! ¡¡¡¡SI NO LO PODÉS TERMINAR DECIME Y SE LO ASIGNO A OTRO!!!!”

Incluso su apellido hacía pensar en locura y estridencia: “Chilla”. Y eso era lo que hacía todo el tiempo: chillaba y chillaba, volviendo loco a cualquiera que tuviera la desgracia de cruzársela.

Yo leía esos mensajes estúpidos y mal escritos, tentado todo el tiempo por un impulso salvaje de insultarla y renunciar… pero no podía y lo sabía: todavía no había conseguido otro trabajo y mis ahorros no me permitían mantenerme el tiempo necesario para hacerlo.

Hicieron falta seis meses para que finalmente decidiera renunciar como una forma de liberarme de ella. Seis meses donde sentía la desesperada necesidad, en el medio de cada pelea, de decirle: “¡No me importa aprender a programar porque soy un escritor y simplemente quiero escribir! ¡No quiero ser una programadora cuadrada como vos!”

Pero, como no podía renunciar, tenía que limitarme a soportar largos y mal escritos mensajes donde Chilla se dedicaba línea tras línea a humillarme detallando la poca atención que yo prestaba a todo lo que ella decía (cierto); lo poco que había leído del lenguaje en el que estaba programando (cierto, dedicaba los fines de semana a escribir o corregir artículos y no, como muchos de mis compañeros, a comprar manuales de SAP y memorizarlos), y mi incapacidad general (falso), para obedecer a mis superiores (el comentario se debía, según me enteré después, a que tres de los cordobeses, liderados por Alberto, el más antiguo de ellos, me habían denunciado ante Javier por maltratarlos verbalmente, cuando lo que yo había hecho en realidad era usar la ironía; por supuesto, nunca se dieron cuenta de la diferencia).

En esos momentos yo contaba hasta cien para no insultarla, después hasta mil y finalmente dejé de contar y simplemente apagaba el monitor y me iba a tomar un café hasta que algún compañero —normalmente Pily— me avisaba que Alejandra preguntaba si yo seguía sentado en la máquina porque hacía rato que no le respondía (por raro que parezca, solían pasar al menos cinco minutos hasta que mi jefa notaba que yo no estaba ahí, tan ocupada estaba en gritarme).

Seis meses completos soportando ese (mal)trato.

Si un escritor necesita su ego intacto para escribir bien, yo sentía que estaba siendo devastado día tras día y, por supuesto, no era el único en esa situación: mis amigos, periodistas y escritores me contaron experiencias similares, momentos en donde, más allá de sus deseos, tuvieron que callarse la boca y soportar insultos de jefes a los que despreciaban para no quedarse en la calle.

La escena de la renuncia queda muy bien en las películas pero no funciona en la realidad porque, lo quiera o no, uno debe comer todos los días. Por eso ningún periodista/escritor escondido, que hace un trabajo que no ama pero necesita, puede darse el lujo de renunciar a él, y uno muere un poco cada día que tiene que sentarse frente a un monitor —o un escritorio, o lo que sea— sin poder hacer lo que realmente desea, aquello para lo que siente que nació.

¿Que más puedo decir? Nada: triste vida la del programador falso, triste vida la del escritor encubierto, teniendo que fingir todo el tiempo que ama hacer algo que no le interesa mientras lo que ama hacer no le da un peso.

Pero no se puede, porque así es la vida… pero qué lindo sería, de verdad, qué lindo sería poder decir un día, ante un jefe agresivo y estúpido, que desconoce nuestra actividades literarias: “Soy escritor y periodista, y todo lo que paso acá va a terminar en un libro”.

Qué lindo sería, pero no se puede, todavía no se puede, y cuando no se puede, no se puede, pero estoy seguro, algún día, se va a poder, ¡y qué felices vamos a ser todos los periodistas/escritores encubiertos ese lejano día en que al fin podamos liberarnos de un trabajo rutinario pero bien pagado para hacer lo que realmente nos gusta, nos importa, nos da vida y esperanzas!

Lástima que hoy, todavía, no se pueda. Porque así es la vida, porque la vida, se sabe, nunca fue ni es justa. ®

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Publicado en: Apuntes y crónicas, Julio 2010


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