Amores de café/ (una postal de otoño)

Desde Montevideo, tierra de Isidore Ducasse, conde de Lautréamont

“Pero hay que temer a los idilios, claro. Hace muchos años amé a Montevideo y me rompió el corazón, me dejó viuda, dijo que no era más mi patria, pasó a mi lado y no me vio siquiera, me dejó dormida en Naxos.”

© Guzmán Sánchez

El autobús me dejó en Benito Blanco y Bulevar España. Bajé hacia la rambla con mi oficina a cuestas —un fajo de mails impresos y garabateados, varios rollers, resaltador rosado y amarillo, lentes—, casi teledirigida hacia el café de la librería Yenny. A esa hora todavía estaría a salvo de las señoras de Pocitos que se juntan a tomar el té y a hablar por celular, con el beneficio no menor de disponer, para mí solita, de casi todas las mesas junto a los amplísimos ventanales. Pero no tuve más remedio que detenerme un rato antes de entrar al café: es que levanté la vista y lo que vi me atrajo tanto que ya sólo pude dedicarme a mirar. Porque estaba preciosa la rambla con sus olas marcadas —ese creciente vientito que se va apropiando del calendario—, algunas personas caminando por la playa, perdiendo el tiempo y, quizás, el último sol que tendremos hasta fin de año. Un reflejo fugaz de los abriles primaverales del hemisferio norte, pero no del nuestro, ese abril pronto emisario del invierno. Sin embargo, el presente en sí era perfecto.

Pero hay que temer a los idilios, claro. Hace muchos años amé a Montevideo y me rompió el corazón, me dejó viuda, dijo que no era más mi patria, pasó a mi lado y no me vio siquiera, me dejó dormida en Naxos, me negó tres veces antes de que el gallo cantara. Sí, amé a Montevideo y me rompió el corazón.

Miré, miré un buen rato. Y me gustó vivir en Montevideo, me admiré por el privilegio de vivir aquí. No porque en sí sea privilegio alguno (al fin y al cabo, seremos atípicos pero no dejamos de ser el Tercer Mundo más pleno); más bien, es privilegio porque se trata de lo que yo quiero. No hay nada más deseable que lo que uno desea, aunque no esté en el top rank ni nadie más vea su belleza. Con imágenes tan simples, cotidianas, como la de esa rambla soleada, Montevideo me hace latir el corazón.

Pero hay que temer a los idilios, claro. Hace muchos años amé a Montevideo y me rompió el corazón, me dejó viuda, dijo que no era más mi patria, pasó a mi lado y no me vio siquiera, me dejó dormida en Naxos, me negó tres veces antes de que el gallo cantara. Sí, amé a Montevideo y me rompió el corazón.

Sin embargo, hoy, mientras miraba la rambla, el presente era perfecto.

Pensaré qué es lo que debo hacer al respecto: si entregarme al embeleso de su contemplación, como hasta ahora, o protegerme el corazón cicatrizado ante el riesgo de nuevas estocadas. Porque, mientras viva, la desaparición de Montevideo siempre será una posibilidad.

Lo que pasa es que atisbo desde acá, mis ventanales, y sencillamente me fascina lo que percibo. Lástima que el café ya se llenó de señoras nice y turistas, y yo hace horas que les estoy ocupando una mesa. No queda ninguna libre.

Así que pido otro café. ®

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Publicado en: Agosto 2011, El otro monte

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