Bienvenido, George

El fin de la juventud, la fuerza y la belleza

No hay lugar para los viejos, se dice. En este ensayo el autor habla de la eterna lucha entre la juventud y la madurez, entre la impetuosidad y la experiencia. Cassius Clay, Jack London, Juan Carlos Onetti y hasta George Foreman tiene algo que decir aquí.

Foreman y Ali

En un bar se amontonan varios tipos, algunos de ellos evidentemente boxeadores. Todos fuman, beben y miran una pelea. Nos desplazamos entonces, como en una reencarnación violenta, dentro de alguien que desconocemos. Su mirada observa, desde el interior de un ring, a su preocupado séquito que intenta con desesperación darle indicaciones. La panorámica subjetiva se diluye en rostros desenfocados, objetivos perdidos. El rostro de un tercero en el cuadrilátero lo llama a seguir el combate. Nosotros, dentro de esa mirada, seguimos con desconcierto las acciones.

De inmediato, Cassius Clay, con apenas veinte años de edad, continúa con la feroz paliza. Se escucha un golpe mudo, un cuerazo irrespetuoso que trae como consecuencia que la mirada sin cuerpo se desplome, de cara a las luces de la arena. El réferi patentiza lo obvio: K.O. La secuencia prosigue mientras el público abuchea al perdedor que todavía no se recupera de la pelea. Camina hasta los vestidores, encuentra un espejo. Se mira para dejar que nosotros, por fin, veamos junto con él su rostro sangrado. Lo que vemos es la aplastada faz de Anthony Quinn tras caer noqueado en el séptimo round.

Todo este juego de miradas y desplazamientos es parte de la secuencia de inicio de Requiem for a Heavyweigth. La historia de Louis “Mountain” Rivera, interpretado por Quinn, dramática sin duda, ilustra la caída del viejo boxeador que tiene que aceptar su disminución frente a los guantes llenos de juvenil ímpetu de la siguiente camada de gladiadores, encarnados en este filme en la irrebatible juventud de Clay. Es imposible no imaginarse que esa misma escena fue la que vieron, en la vida real, Archie Moore o Sonny Liston, entre otros, en sus respectivos encuentros con el gran bocazas.

Pero de lo que se trata aquí es de no olvidar que la historia implacable del boxeo dicta la derrota de unos por otros y luego la venganza de aquéllos sobre éstos. El intercambio de golpes, glorias y humillaciones en un círculo en el que la pugna por ganar fama, dinero y respeto es no sólo brutal sino comprensible. La metáfora no es baladí, la vida se puede comprender en su colosal barbaridad al mirar a dos hombres dentro del encordado.

Para ilustrar lo anterior baste recordar el clásico cuento de Jack London, una joya literaria imprescindible en la que retrata con maravillosa precisión las irónicas veleidades que entre juventud y madurez se ponen en juego, con especial tino cuando éstas suceden en el boxeo.

“Por un bistec” es la historia de Tom King, un peleador pobre, con mujer e hijos que mantener, cuyos mejores momentos ya hace tiempo que han pasado. La historia es triste, como sólo las grandes narraciones pueden serlo, y más aún, es un clamor por la mínima diferencia que puede generar enormes cambios. Un bistec, un pedazo de carne define, nos dice London, la pelea, la vida entera de un hombre sin ninguna alternativa ya.

Quizá, se sugiere, las cosas cambiarían favorablemente por ese bistec, pero Jack London también nos dice que un bistec tampoco hace milagros. Vamos, la vida es cruel y no todas las historias tienen, y mucho menos deben tener, finales felices: “Él era un viejo para el pugilismo, y el mundo no trata bien a los viejos”, sentencia el escritor.

King recuerda, de camino a su pelea y con un agujero en el estómago que sólo el bendito bistec podría llenar, cuando “él era la juventud que despuntaba, y sus adversarios la vejez que decaía. […] Recordaba el día en que noqueó al maduro Stowsher Bill en Rush-Cutter Bay al decimoctavo asalto y luego lo vio llorando en los vestuarios, llorando como un niño. Acaso el viejo Bill debía también varios meses de alquiler, y acaso lo esperaban en su casa su mujer y sus hijos. ¡Y quién sabe si aquel mismo día, el del combate, había sentido el deseo de comerse un buen bistec! […] No era extraño que Stowsher Bill hubiese llorado en los vestuarios amargamente después del combate”.

Durante el relato, lo que se muestra en las cavilaciones del boxeador es ese terrible e implacable suceso que se llama vejez y las funestas compañías que trae consigo.

El desenlace es de dominio público, pertenece ya a las herencias culturales que Occidente ha configurado a modo de mitos. Esa pelea es para muchos, y con justa razón, un suceso tenaz dentro de nuestro ADN emotivo. Aun así, vale la pena recordarlo de nuevo.

Despreciar, vilipendiar y denostar a los mayores es, desde que el hombre es hombre, un deporte propio de las generaciones nóveles en su necesaria y constante pelea por ser notados, ser alguien. En “Bienvenido, Bob”, de Juan Carlos Onetti, un arrogante e invencible joven le dice con displicencia al protagonista del cuento: “No sé si usted tiene treinta o cuarenta años, no importa. Pero usted es un hombre hecho, es decir deshecho, como todos los hombres a su edad cuando no son extraordinarios”.

El odio que se gana Bob es, por supuesto, justificado. El cretinito siente que por poseer un cabello sedoso y la inasible esperanza de grandes cosas en su vida puede retar al mundo. Lo curioso es que muy pocos son los que no han experimentado ese desenfrenado extravío, pareciera obvio que la naturaleza así lo reclama. Como señala London, “la juventud ha de ser siempre joven”. Estamos, pues, ante los dos lados de la moneda. En una esquina tenemos un fuego que se extingue y en la otra el soplo que lo quiere apagar.

Del mismo modo que el protagonista del cuento de Onetti padece el desprecio de Bob; Tom King, asume la ineluctable ley que lo condena al olvido; sin embargo, ninguno de los dos personajes piensa retirarse sin dar batalla. King lo hace servido de su experiencia en el cuadrilátero, viejo lobo de mar entiende la dinámica que se emplazará durante la batalla, conoce muchas mañas, tiene confianza en que si piensa la situación de manera serena, tendrá una oportunidad para derrotar a Sandel, su oponente, y a la vez obligarlo a dar la mejor y más difícil de sus batallas si es que quiere ser campeón.

La estrategia del narrador de “Bienvenido, Bob”,si bien no es explícita, al final se revela en toda su claridad. La apuesta en este caso se dirige igualmente hacia el lado de la experiencia, cansar al oponente, orillarlo a que se desgaste para luego asestar el golpe mortal. La diferencia que distingue a cada uno de estos “ancianos” es que en la narración de Onetti los puñetazos no los da su personaje sino el paso del tiempo, la realidad, el fracaso, las esperanzas perdidas, “las formas repulsivas de los sueños que se fueron gastando bajo la presión distraída y constante de tantos miles de pies inevitables”. La sonrisa de Onetti es, por supuesto, más amarga y maliciosa pero gozosa al fin.

Tanto London como Onetti, desde puntos de vista distintos, relatan el tránsito atropellado e indiferente de la existencia, el paso fugaz bajo las luces del renombre, la belleza y el triunfo antes de pasear por la barandilla de sus desalmados antónimos. Pareciera, al leer ambos relatos, que no hay lamento en ninguno de ellos, acaso naturalidad y aceptación. Cuando se deja de ser joven lo primero que se aprende es que a cada campeón le llegará su verdugo.

La juventud triunfante que London describe en “Por un bistec” se ilustra con la imagen, conocida por todos, de Ali increpando a Liston tumbado sobre la lona en 1965. Los gritos que Ali dirigía a Sonny, en el primer asalto de su segundo match, buscaban hacer que el otrora campeón se levantara y siguiera peleando: “¡Anda, viejo! ¡Levántate y pelea, estúpido!” Pero no era estúpido, y no se levantó.

Esa misma altanería fue mostrada, casi diez años después, por George Foreman con cada uno de sus oponentes. Era la década del afro y los pantalones acampanados. Don King comenzaba un imperio de dólares e infamia a costa de sus peleadores. James Brown era una máquina del sexo y el box vivía una época dorada gracias a sus pesos pesados.

El gigante oriundo de Texas era la ilustración del avasallador desplante de la juventud al haber acabado con dos de los pocos que ya habían derrotado en combates previos a Muhammad: Joe Frazier y Ken Norton. En sus respectivos encuentros con el corpulento Foreman, ninguno de ellos fue capaz de superar los primeros seis minutos de la pelea. No es exagerado decir que apenas si fungieron como indefensos receptores de los cruentos macanazos de George. Por supuesto, después de esas escandalosas humillaciones, el encuentro entre Ali y George era obligado.

Todos los pronósticos eran adversos para Muhammad. Frente a la justificada fama de asesino, carnicero y matón de Foreman, muchos pensaron que el tiempo y la juventud reclamarían a Ali lo que en justicia tenía que pagar. Sin embargo, recordando las enseñanzas de Onetti en “Bienvenido, Bob”, queda claro que la mejor táctica del experimentado es contemplar con socarronería y una pizca de cinismo la insensatez de los más novatos. No siempre sucede, pero la juventud a veces se doblega frente a la experiencia tras ese quiebre que el ingenio efectúa al eludir el puñetazo del tiempo. Si bien la diferencia de edades no fue tan gruesa, los paralelismos entre las historias aquí consiganadas y el histórico “The Rumble in the Jungle” acercan en mucho realidad y ficción.

El desenlace es de dominio público, pertenece ya a las herencias culturales que Occidente ha configurado a modo de mitos. Esa pelea es para muchos, y con justa razón, un suceso tenaz dentro de nuestro ADN emotivo. Aun así, vale la pena recordarlo de nuevo.

El desgaste superfluo, la fogosidad de la plenitud y la desaforada exhibición de fuerza es, por lo regular, pirotecnia juvenil. Ali lo sabe bien y se dedica a cansar a su oponente mediante la técnica del rope-a-dope, algo similar a como Tom Kind en “Por un bistec” lo hace con Sandel. Acostumbrado a no esforzarse para obtener el triunfo, el veinteañero Foreman tiene que llevar al límite cada una de las fibras de su humanidad para aspirar al triunfo.

Por su parte, el gladiador más longevo esperó, agazapado como una pantera, el momento idóneo para asestar el zarpazo definitivo. Para sorpresa de todos, Muhammed sí puede dar el golpe preciso que al personaje de London se le niega durante toda su pelea. Como un ídolo con pies de barro, como un tostado Goliat, como el peso en la crisis de 1994, así cae “Big George” Foreman, el mastodonte con un colmillo siete años menor que el de Ali, frente a los ojos incrédulos del mundo del boxeo. El rey se coronaba, una vez más.

En este punto y tomándonos todas las libertades que literatura e imaginación otorgan, podríamos imaginar a Foreman cayendo en cámara lenta, mientras su verdugo dice en voz baja: “Bienvenido, George, al tenebroso y maloliente mundo de los adultos” y, tal vez, si seguimos con el juego, podríamos estar completamente seguros de que ésa fue la primera ocasión en que Foreman lloró. ®

Publicado en: Agosto 2012, Ensayo

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  • Hector

    Excelente artículo, lleno de inteligente emotividad. El ultimo zarpazo de los viejos también es mortal