Buscando culpables en la sociedad de la información

El documental de Herzog y el artículo de Villoro

El autor cuestiona la opinión del escritor Juan Villoro, quien al revisar hechos comunes y una tragedia parece responsabilizar más a los teléfonos celulares que a sus usuarios. Al mismo tiempo, lo contrapone con la mirada del documental de Werner Herzog que se ocupa del mismo tema.

Alicia en el pais de la virtualidad

Cúlpese a la tecnología, no al usuario. Ignórese el contexto en el que cada persona adquiere, aprende y decide cómo usar un dispositivo o herramienta digital de comunicación; mejor, señale directamente al objeto, hágalo responsable. Mantenga la idea absurda y maniquea de que una cosa puede ser culpable de un hecho lamentable, trágico.

Tómese la consigna anterior y repítala la mayor cantidad de veces posible, hasta convertirla casi en una verdad. Aunque sea una afirmación falaz o, mínimo, una interpretación errónea. Muy religiosa incluso porque parece recurrir, consciente o no, al binomio bondad-maldad como premisa. Muy occidental y judeocristiano: una forma mecanizada de expiar culpas.

Desde luego, también se pueden explicar los hechos trágicos relacionados con el uso de dispositivos y herramientas digitales de comunicación, léase móviles, tabletas, computadoras, medios sociales como Facebook o Twitter, a partir de la experiencia de los humanos que los usan y de su contexto. Dejarlo claro: no son los objetos, son sus usuarios.

Pero hay que insistir: parece más fácil “acusar” a Facebook del secuestro de un niño cuyos padres ignoran sus hábitos, desconocen su vida, no lo atienden, o a Twitter de los ataques contra un político que escribió o publicó algo que lo expone. Mejor aún: culpemos a los teléfonos móviles de los accidentes de tránsito y las tragedias derivadas de ello.

A principios de agosto, en los medios informativos en México y en el plano internacional circularon dos publicaciones sobre el mismo tema. La nacional, en el diario Reforma y la revista Etcétera, es de la autoría del escritor Juan Villoro y la segunda refería el más reciente documental del cineasta alemán Werner Herzog.

Ambas remiten a lo que se ha señalado, pero desde puntos de vista distintos. Mientras Villoro, en “El usuario está apagado termina prácticamente por cargarle gran parte de responsabilidad a un teléfono móvil por la muerte de más de ochenta personas en un accidente ferroviario en Galicia, Herzog pone frente a la cámara a los sujetos, las personas que operaban uno de esos aparatos cuando tuvieron accidentes en automóvil.

El usuario apagado por Villoro

Villoro cita a Paul Virilio para comenzar su artículo: “Cada tecnología crea su accidente”. Un par de párrafos más adelante dice que “el siglo XXI comenzó con los aviones transformados en misiles que abatieron las Torres Gemelas”, en referencia al ataque terrorista a Estados Unidos el 11 de septiembre de 2001.

Desde ahí la visión de Villoro parece una radicalización innecesaria. ¿Aviones que se transforman en misiles? Si se tratara de una de sus novelas, cuentos o crónicas, podría entenderse la expresión quizá como una figura literaria. Pero en un artículo de opinión, en su papel de periodista, hace una afirmación y establece una posición y su visión al respecto.

Lo irónico es que no está lejos de la razón, aunque no señala que los aviones no se transformaron, sino que fueron usados por un grupo terrorista para matar.

Dice el escritor que la tecnología no se regula a sí misma. Afirma bien, lo cual sería la premisa que debió haber seguido en un texto en el que no termina de establecer la responsabilidad directa de los usuarios de los dispositivos tecnológicos en tan trágicos sucesos.

Después cita el ataque de marzo de 2004 en la estación de Atocha, en Madrid, con explosivos activados por un teléfono móvil. “Un medio de comunicación se transformaba en arma de destrucción masiva. Ingresábamos a la edad crítica de la tecnología”. Esta afirmación es directa: el “medio” —un teléfono, un aparato inanimado— que “se transformaba” —capaz de metamorfosis— en arma.

No sé si recuerde el escritor que, como medios de comunicación que son, los teléfonos celulares en esas mismas fechas sirvieron como plataforma para difundir que el entonces presidente José María Aznar mintió al asegurar que el grupo terrorista vasco ETA había sido el responsable del ataque.

Ese objeto al que calificó como “arma” permitió a los españoles mostrar cómo la tecnología de comunicación podía tener un importante uso social. Cambió la tendencia electoral. Lo que haya pasado después tampoco es culpa de los teléfonos, allá España entenderá qué le falló al gobierno de Zapatero.

Eso sí, Villoro aclara que lo suyo no es una posición retrógrada, que no promueve “el regreso a una arcadia primitiva”. Pero luego señala: “El problema no es que los artefactos existan, sino dar por sentado que rendirán sin accidente alguno”. ¿…? Con esa visión, un martillo, en manos de un psicópata o de cualquier persona alterada en un pleito también es un arma mortal.

Villoro califica a los teléfonos móviles como “prótesis esclavizantes”. Se ha discutido mucho sobre las consecuencias negativas del exocerebro colectivo que se genera en el sistema de comunicación actual, pero él mismo lo dice antes sobre los teléfonos: “dependemos”. Es el usuario, no el aparato. Parecería encontrar el punto.

Más adelante insiste en que “las llamadas a celulares nos alcanzan en cualquier sitio y modifican nuestra circunstancia”. Ejemplifica con la interrupción que provocó el timbre del teléfono de un fotógrafo que lo acompañó cuando entrevistó a Peter Gabriel, ese hecho debe haber afectado la entrevista —aunque no dice cómo.

Otro ejemplo es el de cómo un aviso de noticias los interrumpió a él y su hermana durante su recorrido por una exposición del artista plástico Richard Serra cuando ella recibió un mensaje en su celular…

¿Por qué en ese artículo parece que el teléfono es el culpable? ¿No debió el fotógrafo apagar su teléfono sabiendo que la entrevista se grababa? ¿No es obvio para quienes disfrutan del arte que es una buena idea apagar los teléfonos al entrar a una exposición o a un recital para evitar la abrupta interrupción del disfrute estético?

Los responsables son el fotógrafo y su hermana. No los teléfonos ni sus inventores.

De ahí Villoro brinca a la pregunta “impostergable” sobre a dónde fue la mente de Francisco José Garzón, el maquinista del tren que descarriló en julio pasado en Galicia, cuando sonó el celular con el que, según las investigaciones, hablaba con uno de sus compañeros en el momento de la tragedia.

Dice el escritor que la tecnología no se regula a sí misma. Afirma bien, lo cual sería la premisa que debió haber seguido en un texto en el que no termina de establecer la responsabilidad directa de los usuarios de los dispositivos tecnológicos en tan trágicos sucesos.

De un segundo a otro de Herzog

Werner Herzog

Werner Herzog

La visión de Herzog, por encargo de la empresa de telefonía AT&T, es mucho más contundente, directa y atinada. En el documental From one second to the next,, el cineasta establece, con una frialdad y objetividad que da escalofríos al verlo, la responsabilidad de quienes tenían un teléfono móvil en las manos cuando conducían un automóvil y chocaron contra otro, atropellaron a alguien o provocaron una colisión.

Podría afirmarse que los aparatos telefónicos son poco mencionados en el documental y que ello se debe a que el documental fue producido por la empresa de telecomunicaciones. Eso sería una tontería pues la narrativa es clara: los conductores estaban enviando mensajes de texto en el momento en que ocurrieron los accidentes en los que un menor y una mujer quedaron discapacitados, el padre de una chica murió, lo mismo que una familia completa.

Enfocándose en los hechos más difíciles de asimilar, Herzog no sólo entrevista a los padres, hermanos o hijos de los fallecidos o a las autoridades de tránsito. Va más allá y sienta frente a la cámara a dos de los responsables.

Los dos aceptan, bajan la mirada, se quedan en silencio, lloran en la silla o a orillas de la carretera donde ocurrió el accidente. Miran sus manos como si todavía tuvieran el móvil entre ellas y pudieran leer lo último que escribieron mientras manejaban antes de la tragedia que provocaron.

El discurso central del documental es claro y despojado de cualquier otra interpretación sobre a quién debe señalársele como responsable de los hechos: a los conductores de los automóviles. No hay ambigüedad.

¿Quién es el culpable?

Culpar a un teléfono móvil de un accidente equivale a decir que una roca a la mitad del desierto es un arma mortal porque tiene determinado tamaño y dureza. Lo sería también el calor del sol ¿no?, lo mismo que la llave perica con la que se cambia un tanque de gas o el desarmador con el que se ajusta un tornillo.

Decir que una herramienta u otra es mala o buena es maniqueísmo. Culparla de los defectos, de daños a sus integrantes o de las fallas estructurales de una sociedad es definitivamente una salida fácil.

¿Qué tal la prótesis que permite caminar a un niño lesionado en un accidente, o la que le permite oír la Quinta sinfonía de Beethoven a otro que nació sordo, o el bisturí con el que un cirujano abre el pecho de una persona para operar su corazón y salvarle la vida?

Es cierto que los medios pueden provocar cambios en la definición de las relaciones y actividades humanas, en la manera en que funcionamos como entes sociales, pero culpar a la tecnologización social raya en lo absurdo.

Decir que una herramienta u otra es mala o buena es maniqueísmo. Culparla de los defectos, de daños a sus integrantes o de las fallas estructurales de una sociedad es definitivamente una salida fácil.

Cada persona es responsable de la forma en que usa una herramienta. Es sencillo: ¿por qué hay quienes nunca contestan un teléfono cuando manejan y quienes antes de entrar al teatro apagan sus aparatos? ¿Por qué es imposible localizar a un médico por el celular cuando está en el quirófano? ¿Por qué sí hay padres que educan a sus hijos en el uso de esos aparatos? ®

Nota
En términos periodísticos, Villoro se adelanta en su juicio. A la fecha ni siquiera se ha determinado la causa del accidente ferroviario, tema central que le ocupa en su artículo de opinión. La principal línea de investigación está en el exceso de velocidad del tren al llegar a un punto de conexión en las vías, y de ésa podría derivarse otra sobre la calidad de las estructuras. El asunto del uso del móvil del conductor mientras manejaba se considera un posible agravante más. También existen en la investigación otros puntos relacionados con los protocolos de operación y dispositivos de seguridad del sistema ferroviario que podrían haber incidido en la tragedia. Incluso, el juez de la causa ha solicitado designar tres peritos no relacionados con la autoridad policial o judicial ni con las empresas que operan el sistema ferroviario para que revisen “posibles anomalías, deficiencias e irregularidades” en el tren o en la red viaria. Y en todo caso, cualquiera de esas consideraciones tendría que ver finalmente con una decisión humana. Como la del maquinista de llevar el tren a una velocidad superior a la permitida, incluso desde antes de contestar la llamada de su compañero.

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Publicado en: agosto 2013, Apuntes y crónicas

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