Cannonball y Miles, otra vez Miles

Somethin’ Else y la vorágine davisiana

Por más que lo intento, aunque desee hablar de otros músicos, el jazz casi siempre regresa a Miles. Aquí estoy, queriendo hablar de Cannonball y cayendo otra vez en Miles. Tal vez debería resignarme.

Cannonball.

Cannonball.

Cuando Julian “Cannonball” Adderley llegó a Nueva York en 1955, acompañado de su hermano Nat desde Tallahassee, Florida, no sólo se encontraron en uno de los centros mundiales del arte, sino también en una ciudad ruda, o por lo menos eso le parecía al saxofonista. El día que decidió visitar el Café Bohemia, donde Oscar Pettiford tocaba con su grupo, supuso que era mejor cargar con su saxofón a todos lados y evitar que se lo robaran.

La fama lo alcanzó rápidamente, lo aclamaban como el reemplazo de Parker, tenía su velocidad y un sonido blusero ideal para el bebop. Pero no, Cannonball no se convirtió en Charlie Parker II, nadie podía hacerlo y era un desatino pedirlo.

El saxofonista de Pettiford estaba retrasado y Cannonball se ofreció a reemplazarlo por esa noche. El bajista, desconfiado, le dio al recién llegado la oportunidad, pero decidió ponerlo en dificultades al indicarle a su grupo que tocarían “I’ll Remember April” a un velocidad endemoniada. Cannonball no tuvo complicaciones, incluso le demostró a todos que había aprendido bien de Charlie Parker, muerto sólo tres meses antes de la llegada del saxofonista alto a la ciudad. Pettiford tuvo que reconocer las habilidades de ese hombre gordito con cara de que no rompía ni una ventana.

La fama lo alcanzó rápidamente, lo aclamaban como el reemplazo de Parker, tenía su velocidad y un sonido blusero ideal para el bebop. Pero no, Cannonball no se convirtió en Charlie Parker II, nadie podía hacerlo y era un desatino pedirlo. Lo que sí hizo fue llamar la atención de Miles Davis, quien lo incluyó en su nuevo sexteto en 1957.

Un verdadero acierto, porque los discos de Davis Milestones y Kind of Blue recibieron del sonido de Cannonball una balanza entre la trompeta de Miles y el sax de Coltrane.

Miles Davis en Nueva York, 1958. Foto © Don Hunstein.

Miles Davis en Nueva York, 1958. Foto © Don Hunstein.

Pero no estoy aquí para hablar de esos dos grandes discos. Lo que se supone que debo tratar es la grabación de Somethin’ Else, su octavo disco como líder y que además cuenta con la participación, en buena onda, al parecer, de su jefe Davis, quien se prestó como segundón para grabar el disco, pero al final fue casi el líder. Producido por Alfred Lion, a quien Miles le pregunta en algún momento del disco: “¿Es eso lo que querías, Alfred?”, grabado en los estudios de Rudy Van Gelder en New Jersey y con una de las portadas más emblemáticas y sencillas de la historia del jazz realizada por Reid Miles, es uno de los discos incluidos en la lista de The Penguin Jazz Guide: eso suele ser una garantía. Generalmente atribuido a Miles Davis, es en realidad un disco solista de Cannonball para la disquera Blue Note.

Por más que lo intento, aunque desee hablar de otros músicos, el jazz casi siempre regresa a Miles. Aquí estoy, queriendo hablar de Cannonball y cayendo otra vez en Miles. Tal vez debería resignarme.

Queda claro que Adderley decidió grabar su disco con una alineación muy parecida a la que venía trabajando con Miles. Incluir a Art Blakey era algo natural. Art hace un trabajo discreto en el disco pero era el baterista hard bop del momento.

Hank Jones en el piano funciona como bisagra entre el trompetista y Cannonball. Sus solos son lo suficientemente importantes para sobresalir pero no está ahí para eclipsar a nadie. Es fundamental para sostener las piezas armónicamente, un pianista resuelto ante la labor de seguir a Miles.

Sam Jones en el contrabajo… pues es consistente. Dejemos de emocionarnos como si estuviéramos frente a puros genios. Algunos músicos de grandes discos sólo hicieron su trabajo correctamente.

Musicalmente, Davis se apropia del disco. Desde el principio los solos más agresivos y complejos son del trompetista. Él no iba a hacerle un favor a su saxofonista eclipsándose.

Pero entonces llegamos a Miles y este texto fracasa en su intento por no darle tanto espacio al trompetista más grande de la historia del jazz.

Musicalmente, Davis se apropia del disco. Desde el principio los solos más agresivos y complejos son del trompetista. Él no iba a hacerle un favor a su saxofonista eclipsándose. Era claro que Miles apreciaba e incluso necesitaba a Cannonball, tanto que le ofreció mucho dinero cuando decidió abandonar el sexteto de Miles buscando diferentes horizontes musicales y expresivos. Sin importar todo esto, desde muchos años antes el trompetista no era sideman de nadie, ni siquiera en este disco.

Pieza por pieza, en cada una podemos descubrir la forma en que domina Miles.

La pieza abridora, “Autumn Leaves”, abre con un piano y una batería discretas junto al sax y la trompeta. Pero en cuanto Miles ataca con agresividad, aun en la introducción a la pieza ya estamos en la vorágine davisiana. Después, él mismo toca la melodía. Parece que estamos ante el hermano menor de Kind of Blue.

http://youtu.be/2upWAG300KY

También sucede lo mismo en “Love for Sale”, después de una introducción rápida de piano y un interludio de latin jazz, Miles toca la melodía completa, sin la más mínima intervención de quien se supone es el dueño del disco. Eso sí, el primer solo es de Cannonball, que brilla por sí solo: rápido, blusero, extenso, casi abarcando toda la habitación. No es que Adderley sea malo, simplemente que Miles sigue siendo su jefe y el hombre que, en ese momento, está a punto de cambiar el curso del jazz una vez más. Pronto llegaría el estilo modal. Pero eso es tema para otra ocasión.

Luego viene el punto más alto: “Somethin’ Else”. En donde Miles y Cannonball abren en una batalla de llamada y respuesta, poco a poco el disco comienza a pertenecer a su dueño y Davis comienza a hacerse un lado. Aquí el solo de Adderley es largo y complejo. Demuestra su vitalidad musical, redondeando ahí donde el sonido de Miles es de agudas aristas. Y después viene el solo de Hank, “el toque delicado de Hank”, decía Miles. Quizá es corto, pero suficiente para dejar que los dos dueños de la pieza la terminen de la misma manera en que la comenzaron.

Las últimas dos piezas son ya de Cannonball, “One for Daddy-O” es un blues compuesto por su hermano, y es aquí donde el saxofonista se pasea libremente. Está en su elemento y lo demuestra. Miles afloja la correa y Adderley sale gustoso a demostrar que él también tiene lo suyo, no por nada dijeron que era el heredero de Parker.

Sigue “Dancing in the Dark”, la pieza final del vinil, aunque en la reedición en CD se incluye una más. Aquí es todo Cannonball, Miles incluso le dio permiso de hacerlo: “Lo obligué a tocar ésta”, casi como si supiera que su empleado necesitaba desfogarse. Y vaya que lo hizo, once intentos le tomó al grupo grabarla. Al final, escuchamos una balada donde el lirismo y la emotividad del saxofonista quedan al descubierto.

Este disco no solamente cumplió 55 años en marzo pasado y es fundamental en cualquier colección de jazz respetable, sino que además fue un aviso de los cambios que vendrían un año después con Kind of Blue.

Cierra todo “Alison’s Uncle”, un corto hardbop con todas las letras. Apenas cinco minutos son suficientes para un solo de Cannonball, uno de Hank y, por fin, uno de Art, quien se mantuvo discreto durante todo el disco. Funciona mucho mejor esta pieza como final, en lugar de la balada que cerraba el vinil.

Este disco no solamente cumplió 55 años en marzo pasado y es fundamental en cualquier colección de jazz respetable, sino que además fue un aviso de los cambios que vendrían un año después con Kind of Blue. El jazz y la música en general no serían los mismos. ®

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Publicado en: Apuntes norteños de jazz, Julio 2013


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