Casi una carta para Abigael

Sobre un poeta sonorense

La autora de esta casi carta rememora al poeta sonorense Abigael Bohórquez (1936-1995), de quien se cumplen este 12 de marzo doce años de su desaparición. Nos unimos al afectuoso recuerdo.

Abigael Bohórquez

1994. Íbamos en un camión cerca de cincuenta mujeres (exceptuando el chofer, un marido y un reportero). Viajábamos con rumbo a Huajuapan de León, Oaxaca, desde el Distrito Federal. Más o menos en el centro del autobús chilango la sección norteña: Pina y yo, atrás Inés y Sara. A la altura de la centésima curva por la que pasamos (nos faltaban varias centurias —Nostradamus acota— de mareadoras curvas) Pina consideró oportuno el barranco (el número 58) para ofrecer la carne seca (¡con ajo y chiltepín!), las tortillas elaboradas en Hermosillo por su (de Pina) querida (también de la que esto escribe) mamá… Fue general la negativa (muy cortés, ya sabes), el desconocimiento (¡ay! ¿qué es eso?) y casi nadie mermó nuestras provisiones. De unos dos asientos adelante, sin embargo, surgió el ofrecimiento de un cambalache (así): Les doy estas galletas de trigo por algo de carne. ¡Suave! El trueque se hizo, vinieron las presentaciones: las de acá, ya se sabe quiénes, de allá: Emma. Se acomodó volteada hacia nosotras en su incómodo asiento y púsose a platicarnos, soy de Durango, vivo en el Defe, me siento del norte y la pregunta decisiva: ¿Conocen a un poeta sonorense, Abigael Bohórquez? ¡Sí! Respuesta entusiasta de la sección unida en su norteñez. Ah, pues yo lo conocí cuando vivía en la capital y etcétera —dijo Emma. La rutina del camión (saltos y náuseas de pasajeras) no nos permitió extendernos en la plática.
Llegamos a Huajuapan. Mientras nos quitábamos de encima el entumecimiento de más de cinco horas de traqueteo, nos metimos en el Palacio Municipal del pueblo. Éramos más de cien mujeres reunidas para participar en el segundo Encuentro Nacional de Mujeres Poetas (En el País de las Nubes). El programa comenzaba con la distribución de las cien en grupos menores para ubicarnos en diez poblados situados en las cercanías. Ah, porque no te he dicho y pido disculpas por ello, que eran dos camiones, en el otro y en compañía de otras, iba Fidelia, la quinta sonorense.

Nos mandaron a cada una de las de Sonora a un sitio distinto. Así que aquí quedo sola y enviada a Tequistepec, junto a otras siete mujeres, entre ellas Emma. Al llegar a Tequistepec, por mera casualidad, si creemos en ella, a Emma y a mí (y eso porque fuimos las menos quisquillosas, dijimos donde sea y nos fue mejor que a todas) nos hospedaron en un departamentito muy padre y un poco fuera de lugar, si lo pienso (lo pensé desde aquel día, no soy tan lenta).

Después de cenar y sin haber nada más qué hacer fuímonos cada quien a descansar. Allí, esa noche, la plática, el motivo y la razón de estar sin dormir ni una hora fuiste tú, Abigael querido. Emma te conoció en tu fecundo exilio, conoció a tu madre, tu hogar. Me habló de su participación en tus grupos de poesía coral, de la admiración por tu obra, de lo que compartieron, de su relación particular… Fue una noche oscura, sólo se veía nuestra voz, mucho más la de Emma, que decía y decía de ti, te nombraba y conjuraba tu presencia… hasta que sonaron las campanas (que nos hicieron recordar el episodio de Canoa, por cierto, tal vez te hubieras reído); estaba aún oscuro y más o menos intentamos dormir un poco (a mí me rebullía tu imagen en la mente, el ser que tú eres y conozco. No me dejabas dormir, no sé si Emma lo hizo).

De lo otro ya no te cuento, fueron unos días muy lindos. Estuvimos tan cerca, Abigael, y yo ni te dije cuando, casi dos años después, por fin te lo dije: Emma te saluda y te envía sus buenos deseos. Allí fue tu turno, estábamos sentados (¡por fin solos!) en un lugar oscurito y ebrio de San Luis Río Colorado, al concluir las Jornadas Binacionales. Me dijiste de Emma, tu versión, claro, porque siempre es otra la versión, producto de otra mirada y eso, tú sabes. Igualmente me dio mucho gusto ver cómo la recordaste y haces que te agradezca, ahora, la oportunidad de tener a Emma cerca, en el afecto, en la amistad. Lo que ella me contó del tiempo compartido y lo que tú me dijiste acerca de ese tiempo no lo digo. Lo sabes tú, lo sé yo (afortunada con dos versiones) y Emma lo sabe.

Tan solo unos días después de tu muerte me llamó por teléfono (lo hace ocasionalmente) y se lo dije. Sufrió y sufrimos cuando lo hablamos. Esto es así, ya ves. No quiero que termine en lágrimas, así que te abrazo fuerte, recordando el besote que me diste, que nos dimos, y con el que te despediste de mí en Cananea, cuando tú ya sabías que no volverías (¿lo sabías?), aunque prometiste hacerlo. Yo te creí, de hecho, a veces, te espero. ®

La voz del poeta, aquí.

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Publicado en: Apuntes y crónicas, Marzo 2012

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