Cine y psicoanálisis

Año bisiesto, de Michael Rowe

Año bisiesto nos conduce al interior de la soledad de una mujer fastidiada por la existencia, a quien sólo le resta comer comida enlatada. Oaxaqueña de origen y exiliada en el Distrito Federal, el divertimento es la televisión, espiar a los vecinos o masturbarse.

Análisis del filme

Año bisiesto, película dirigida por Michael Rowe e interpretada por Mónica del Carmen y Gustavo Sánchez Parra, es una película de tono realista, en la cual la sobriedad es impuesta tanto por su puesta en escena como por los planos fijos y por lo general abiertos, lo cual le brinda una solemne objetividad a la acción representada; la ausencia de música subraya aún más la austeridad formal de la realización.

El drama acontece en el departamento de Laura, como si se tratara de una extensión del mundo interior de la protagonista; a excepción del principio, donde la vemos caminar por un supermercado, la cámara no sale del inmueble con el fin de crear una atmósfera claustrofóbica. Al inicio de la segunda escena, primera dentro del departamento, el director colocó en primer plano la foto del padre sobre el buró y al fondo la imagen de Laura sobre la cama, lo que le otorga relevancia a la figura ausente para imponerlo como presente.

Después vemos a Laura en acciones cotidianas, entre ellas el acto de observar al exterior a través de la ventana (claro homenaje a Hitchckock en su obra La ventana indiscreta), y entre otras el comunicarse continuamente por teléfono (recurso usual en los monólogos teatrales). Así es como conocemos su profesión y la relación distante que mantiene con los de afuera.

Como todo buen título, Año bisiesto es también la clave para comprender el tema expuesto en su generalidad. La historia acontece precisamente en el único mes que diferencia el año bisiesto; el anterior 29 de febrero, cuatro años antes, implicó el fallecimiento del padre de la protagonista. Ella ha conservado, a manera de fetiche, la navaja de rasurar del padre ausente con el objeto de utilizarla para morir también en esa fecha tan peculiar.

Año bisiesto nos conduce al interior de la soledad de una mujer fastidiada por la existencia, a quien sólo le resta comer comida enlatada. Oaxaqueña de origen y exiliada en el Distrito Federal, el divertimento es la televisión, espiar a los vecinos o masturbarse.

El ritmo del filme es inquietante por su lento transcurrir. Hay un regocijo en la utilización de los tiempos muertos con el fin de palpar la soledad, el hastío y la depresión del personaje representado. El juego de espejos dentro del departamento sirve para evidenciar los estados de ánimo de la protagonista, su necesidad de contemplarse para regodearse con el otro, con sus artificios de arreglo impuestos a la feminidad, con el erotismo de su desnudez, con la experiencia placentera que puede otorgar el voyerismo. Laura vive sola y suele satisfacer su necesidad del otro a través del frío de los espejos. En su onanismo y carencias crea vínculos imaginarios para construirse un mundo donde habitan la amistad y relaciones diversas, es pura y vil ansiedad por vincularse amorosamente. Por fin logra atraer a dos hombres, a quienes invita a su departamento para tener relaciones sexuales reales, pero una vez concluidas ellos parten sin despedirse siquiera. Al segundo de ellos intenta besarlo, pero él le niega sus labios. Al parecer ese fue el acuerdo: sexo por sexo.

Después conoce a Arturo y Laura, perspicaz, se niega a decirle su nombre. Con él logra establecer un vínculo amoroso: lo recibe siempre desnuda como gesto auténtico de su entrega total. La relación, desde sus orígenes, es de corte sadomasoquista: baño de oro, sometimiento, golpes, quemaduras de cigarro, ahorcamiento, penetración anal forzada. Una vez culminados los coitos de índole agresivos, la ternura mostrada por parte de Arturo es elocuente. Las acciones sadomasoquistas transcurren a través de mecanismos fantásticos de amor y muerte. Por ejemplo: mientras ella lo masturba él empuña un cuchillo con el cual la amenaza acariciándole el cuerpo desnudo. Una vez confiada a él, ella misma le propone que la mate precisamente el día 29 de febrero del año bisiesto (valga la redundancia), bajo plan perfecto para cometer el crimen sin dejar rastros que puedan inculparlo. El acuerdo queda pactado, aunque Arturo no acude a la cita. En el agobio total de Laura por no ver cumplido su deseo máximo, llega el hermano, llorando amargamente por la pérdida de su novia. A Laura sólo le resta consolarlo e invitarlo a dormir; la ternura fraternal brota en medio del devastado espíritu de la protagonista, quien al día siguiente, 1 de marzo, decepcionada, arranca la hoja del calendario del mes de febrero.

Año bisiesto nos conduce al interior de la soledad de una mujer fastidiada por la existencia, a quien sólo le resta comer comida enlatada. Oaxaqueña de origen y exiliada en el Distrito Federal, el divertimento es la televisión, espiar a los vecinos o masturbarse. La necesidad del otro brota del propio ser de manera implacable, en medio de su tormento no hay valores esclarecidos. Sabe que perdió la virginidad a los once años y se niega a aclararse con quién fue, sólo queda suspendida en el viento la sospecha de que fue a manos del propio padre. ¿O sólo es una fantasía creada en medio de semejante angustia existencial? Nadie lo puede precisar. El amor al padre en la narración de Año bisiesto es evidente: el retrato, la decisión de morir exactamente el mismo día y con la navaja que perteneció al padre son las escasas pistas que se ofrecen. Surge una pregunta: ¿el conflicto detrás del filme es la imposibilidad de consumar el incesto? Sólo el autor puede aclararlo, aunque ello es lo que menos importe; como todo producto artístico terminado, la obra habla por sí sola. Lo que sí es claro es que es un filme deslumbrante por la sobriedad y honestidad con que trazó la problemática de una mujer sencilla en apariencia y en suma compleja, como todos los seres humanos. —Arturo Villaseñor

Comentario psicoanalítico

En un principio fue el amor violento
—Alejandra Pizarnik

Laura vive en una soledad sin remedio. Para ella la soledad no significa estar sola, significa no ser deseada por nadie. Su cuerpo se parece un desierto: nadie la ama, nadie la acaricia, nadie la besa. La soledad del cuerpo es la experiencia de ser carne: cuerpo abandonado que a nadie le importa, repleto de necesidades, que se corrompe con los años. El cuerpo de Laura es el cuerpo expuesto del ser completamente des-erotizado: nadie la ayuda, nadie la desea. El cuerpo de Laura es el cuerpo anónimo de la indiferencia: sólo queda el transcurrir cotidiano del trabajo. Se esfuerza para mantenerse viva, pero viva para nadie. El sin-sentido no es un problema metafísico, en psicoanálisis el sin-sentido es la vivencia de ser un cuerpo des-erotizado, que nadie desea.

A la soledad se le suma el problema de la pobreza: Laura no cuenta con los recursos para esconder su desvalimiento con los fetiches de la moda que muchos usan. Su imagen corporal no cuenta con aquellos señuelos impuestos por la moda caucásica y vive en un país indiferente a la belleza indígena. Cuando Laura se contempla en el espejo pretende erotizar un cuerpo que nadie ve. Quisiera encontrar una mirada encendida que la pudiera envolver de deseo; sin embargo, ningún espejo puede sustituir la mirada ajena.

Mira a través de la ventana y Laura ve parejas que se desean, se pelean o se acompañan. Contempla la escena amorosa de la cual ella no participa: está excluida. Parece que el mundo está organizado en parejas, y ella está sola. Sin importarle a nadie, mirando por la ventana, fantasea el día en que alguien pueda amarla.

En la más terrible de todas las soledades, Laura sale a centros nocturnos para donar su cuerpo al sexo ocasional. Para Laura no se trata del sexo sin amor al que se refiere Woody Allen (“El sexo sin amor es una experiencia vacía, pero como experiencia vacía es una de las mejores”), sino del sexo de la indiferencia: no hay deseo, no hay palabras, no hay nombres. Los encuentros sexuales de Laura ni siquiera son encuentros: no hay experiencia de la otredad. Los hombres que la penetran son indiferentes: ella puede ser sustituida por cualquier vulva. No es un cuerpo deseado, sino desechable. Los hombres no la miran, no la besan, no la acarician; sólo se masturban con su vagina. El otro no importa. La actividad sexual acontece en completa indiferencia: no hay erotismo.

El dolor va recubriendo el cuerpo que hasta entonces era indiferente: golpeado, orinado, herido, sometido, pero ya no es anónimo. El odio es opuesto a la indiferencia. El fantasma masoquista se va instaurando porque es un modo de proveer de sentido a la vida que antes era sólo indolencia. Laura comienza a hacerse visible para Arturo.

La historia de Laura comienza a transformarse cuando conoce a Arturo: comienza a haber palabras, nombres y peticiones. Con Arturo sí hay encuentro: Laura lo espera desnuda, él llega, la golpea, la abraza y la acaricia. Se desarrolla una sucesión de encuentros sado-masoquistas. La experiencia clínica del psicoanálisis ha demostrado que para el ser humano es más soportable el encuentro masoquista que la situación anonadada de desamparo.

El dolor va recubriendo el cuerpo que hasta entonces era indiferente: golpeado, orinado, herido, sometido, pero ya no es anónimo. El odio es opuesto a la indiferencia. El fantasma masoquista se va instaurando porque es un modo de proveer de sentido a la vida que antes era sólo indolencia. Laura comienza a hacerse visible para Arturo.

La experiencia amorosa puede comenzar cuando se le pide algo a alguien: Arturo le demanda una botella de whisky a Laura, y ella le solicita que él la mate. Hay un matiz importante: Laura no se suicida, pide al otro que la mate. Podemos suponer que en el fondo Laura le está pidiendo a Arturo una razón por la cual vivir. Con esta petición Laura le plantea a Arturo su situación de existencia: Me matas o me dices que me deseas viva.

Amor es pedirle su deseo a un otro insustituible. El sentido de vida lo provee el deseo del otro, no la cuenta de los días. Hacia allá se dirigen ambos personajes; pero Arturo falta a la cita. Laura vuelve a la indiferencia de antaño. Se refugia en su hermano, sustituto del padre muerto. El calendario vuelve a dar vueltas. Ya es marzo; sin embargo, cada cuatro años es año bisiesto. —Abraham Godínez ®

Archivado en Cine, Columnas, Diciembre 2012

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Comentarios

1 Respuesta a “Cine y psicoanálisis”
  1. Zdana dice:

    Que crítica tan fuerte, bueno sin duda Año bisiesto es un cine muy crudo, muy fuerte, pero dentro de esa crudeza una sensibilidad inaguantable. Muy buena película, la recomiendo.

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