Cine y violencia, III

La sangre de David Cronenberg

Si en Hombre en llamas la violencia es explosiva y, como la bala, “siempre dice la verdad”, en Una historia violenta se vuelve sexy, húmeda y crujiente pero sabe muy poco de verdades.

En la edición pasada de Replicante Luigi Amara se rebela, en un artículo imperdible, contra la idea sostenida por Francis Fukuyama de que el liberalismo (en el que está incluido, por supuesto, el consumismo) es el estado final de la humanidad, el punto de equilibrio y calma, ante el fracaso de toda otra opción. Amara sostiene que el sentimiento que provoca la “solidez de lo estatuido” no es la calma sino el aburrimiento, y que de ese tedio surgirá la fuerza del cambio. Aunque me encantaría compartir el optimismo de Amara, el cine estadounidense muestra con claridad que el liberalismo anticipa ese tedio y, para los individuos que no pueden paliarlo al consumir ni con medicación, ofrece una alternativa que a la vez ayuda a sostener ese sistema: la guerra. Creo que ya se ha dicho bastante sobre The Hurt Locker (2008, Kathryn Bigelow, conocida en castellano como Vivir al límite o Hasta el límite o En tierra hostil), así que sobre esta perfecta obra de propaganda sólo diré que, en un breve momento de honestidad, sugiere de dónde vienen los héroes de guerra: el sargento James, de regreso a casa tras los intensos combates en Irak, se siente fuera de lugar en medio de una gigantesca tienda, frente a la fila de productos mil veces repetidos.

Sin embargo, en un sistema que prioriza el éxito económico siempre hay perdedores, y en la frustración de los que quedan fuera del negocio de la guerra puede estar la semilla de la violencia en pequeña escala. Las primeras temporadas de la serie de televisión Breaking Bad proponen una relación entre frustración y violencia, pero dentro del mismo cine hay una escena que todos hemos visto: en la saga de Volver al futuro (Back to the Future, Robert Zemeckis, 1985, 1989, 1990) es un puñetazo el que cambia el rumbo de la vida del George McFly, es decir que en ese acto de violencia no está sólo su frustración, sino también su masculinidad, su poder económico, su atractivo y su felicidad. La escena del adolescente alfeñique que al fin se defiende a través de la violencia fue durante décadas un lugar común del cine para jóvenes, pero también fue tomado por el cine de terror: la matanza provocada por Carrie (Carrie, Brian De Palma, 1976) gracias a su poder sobrenatural en el colegio donde todos la humillaban sin duda expresaba el deseo de muchos que no tenían la fuerza física suficiente para defenderse con los puños. A partir de 1999 estas escenas de heroica violencia debieron ser reducidas cuando se comprobó que ese deseo y ese horror se habían hecho realidad a través de la venta indiscriminada de armas. Entonces surgía la duda, dónde está el límite entre el héroe y el criminal.

Poco después, el filme Una historia violenta (A history of violence, David Cronenberg, 2005) hizo más radical la duda al plantear si de hecho hay una diferencia, ya que desbarata la imagen del héroe violento de dos maneras distintas. En primer lugar, se presentan dos personajes secundarios que contradicen la idea de que hay emoción en una vida de crimen: a pesar de abrir el filme con varios asesinatos, a pesar de su poder sobre otras personas, Billy y Leland muestran en su expresión y en sus diálogos que están hartos de llevar una vida monótona, en la clandestinidad y lejos de grandes ciudades. Su hastío se hace más evidente al contrastarse con la plácida vida de Tom, el protagonista, que es feliz con su familia y con su trabajo como dueño de un bar en un pueblo. En segundo lugar, tanto desde el argumento como desde aspectos visuales, el filme se encarga de señalar más las consecuencias funestas de la violencia que sus atractivos. Aquí también tenemos al alfeñique que se defiende de Bobby, el bully, el jugador de béisbol que, rodeado de sus secuaces, insulta e intenta degradar a Jack (el hijo del protagonista) cada vez que tiene oportunidad. Cuando Jack al fin la emprende con puñetazos y patadas contra su enemigo el resultado es muy distinto del que vimos en Volver al futuro: Bobby está en el hospital y su familia podría iniciar un juicio contra Jack. A diferencia de lo que se ve en filmes como Búsqueda implacable (Taken, Pierre Morel, 2008), la violencia no era el único camino posible para Jack, de hecho él parecía tener la situación controlada: la última vez que Bobby lo había intimidado Jack había resultado tan ingenioso que había logrado que los propios amigos de Bobby rieran con sus bromas.

Aunque, como ocurre con otras películas del mismo director, el aspecto más impactante es el audiovisual. Cada una de las breves escenas de violencia (filmada con el mismo ritmo y atractivo que las de cualquier película de acción) es rematada con una imagen repulsiva o ridícula.

Aunque, como ocurre con otras películas del mismo director, el aspecto más impactante es el audiovisual. Cada una de las breves escenas de violencia (filmada con el mismo ritmo y atractivo que las de cualquier película de acción) es rematada con una imagen repulsiva o ridícula: el rostro de Leland contra el suelo, con la mandíbula estallada; Richie, el mafioso, atrapado porque se demora en encontrar la llave de su casa; uno de sus subordinados que llega, con movimientos rápidos y en apariencia eficientes, a la escena donde sus compañeros ya son cadáveres; el sonido de la sangre y las vértebras quebradas al mismo volumen que los disparos. Creo que es significativo que en un filme que no se priva de nada (un criminal asesina sin dudar a una niña, dos adolescentes fuman marihuana, una pareja tiene sexo violento durante una discusión) los cambios que requirió la censura para su distribución en Estados Unidos fue reducir la cantidad de sangre y el sonido de huesos rotos en dos escenas: parece que la violencia es aceptable como concepto pero no lo es cuando ataca los sentidos.

A pesar del asco que pueden provocar esos segundos sangrientos, el filme no elige el camino fácil de la condena moral, sino que acepta que la violencia puede llegar a ser muy atractiva. Cuando Edie confirma que Tom, su marido, es un terrible asesino, ambos discuten a los pies de la escalera. Luego de patadas, insultos y golpes, él parece a punto de dejarla ir, pero ella toma la cabeza de él y lo besa. El acto sexual que vemos a continuación es violento pero consensual. Luego ella lo aparta con el mismo rechazo que antes y se aleja escaleras arriba. Poco después vemos profundas marcas en la espalda de Edie, que sólo pudieron ser resultado de dolorosos golpes contra los escalones, es decir que no es sólo la idea abstracta de acostarse con un asesino lo que puede atraer, sino que ser sujeto y objeto de la violencia puede ser placentero. El mismo director juega años después con la contradicción atracción-rechazo de la violencia en Promesas del este (Eastern Promises, 2007). Vigo Mortensen (el mismo actor de Una historia…) protagoniza completamente desnudo una escena de lucha que culmina en un cuadro fijo que incluye tanto la belleza del cuerpo masculino como la desagradable puñalada en el ojo de su enemigo. Con la simultaneidad, Promesas… plantea tensión y conflicto entre atracción y rechazo. Por el contrario, Una historia… apuesta con mayor peso al rechazo al sumar aspectos ridículos siempre sutiles (por lo tanto verosímiles y efectivos) y al ubicar lo desagradable al final de las escenas violentas.

En mi artículo anterior sobre cine y violencia describí una línea argumental típica del cine estadounidense: secuestran a una mujer (preferentemente una niña) y “el hombre de la casa” (preferentemente su padre) se convierte en héroe al salir en su rescate o a vengar su muerte. En Una historia…, aunque Tom tiene una hija sus enemigos prefieren secuestrar al hijo mayor, quien no sólo no agradece el rescate sino que además se muestra indignado por el pasado de su padre: lejos del hombre incomprendido que se transforma en héroe en películas como Búsqueda implacable ni siquiera después de recuperar a su hijo el protagonista parece un héroe. Habíamos visto que la frase legitimadora de Hombre en llamas era “la bala siempre dice la verdad”. Por el contrario, lo que esta familia parece decir es: asesinar a la gente está mal, no importa si el asesinato está más o menos relacionado con nuestra salvación. Una historia violenta nos niega también el final feliz tranquilizador, la música alegre y los rostros sonrientes que transmiten esa sensación de que, a fin de cuentas, el reencuentro ha valido la pena y la sangre derramada; no es tampoco el glorioso regreso al campo de batalla de The Hurt Locker. En una escena tensa y angustiosa, la película de Cronenberg termina con un interrogante: qué hacemos con esta violencia que ahora forma parte de nuestras vidas. ®

Archivado en Cine, Marzo 2012

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