Contar la postmigración

Desde el cine y la literatura

En los últimos años millones de mexicanos y centroamericanos han intentado cruzar hacia los Estados Unidos con mayor o menor suerte. ¿Cómo han narrado estas odiseas el cine y la literatura reciente? Son escasas las obras que tratan este tema multifacético de maneras que escapen a los estereotipos.

1. Verse impelido, por las causas más diversas, a abandonar las calles que reconocen cada uno de tus pasos, los amigos que a veces duelen tanto, tu madre apacible o tu papá envejecido, tu mujer, tus hijos; en fin, desprenderte de tu pasado y tu presente. Y aun del futuro que habías planeado para establecerte por completo en un nuevo destino, hasta ahora desconocido, y echar unas raíces inéditas. Es quizá una de las mayores experiencias para cualquier persona.

Ese trance es aún más difícil de enfrentar si, encima, el viaje tiene como destino un ámbito ignoto, donde resulta torpe cualquier intento de planear la asimilación, y, sin embargo, es necesario hacerlo por fuerza de la necesidad. Se trata de los protagonistas del flujo migratorio que se vive y, a pesar de las tantas y fallidas políticas para contenerlo, prevalece firme de Latinoamérica, especialmente de México y Centroamérica, hacia los Estados Unidos. Iniciada hace más de medio siglo, se trata de una “nueva migración” de postmojados latinoamericanos (para diferenciarla con la migración de hace décadas), que se suma a los emigrantes europeos, orientales y africanos que, es fama, han hecho de aquel país lo que es hoy. No son ya las víctimas seleccionadas por un dictador o por una política nacional enfermiza, o aun con afanes conquistadores, que impulsaron aquellos desplazamientos. Protagonizan la exacerbada consecuencia de un orden social basado en una política económica fundamentalmente inequitativa, pero que se ha ido definiendo por redes sociales, familiares, culturales y más. Qué duda cabe de que los migrantes ilegales latinoamericanos, de los que tantos estudios económicos y sociales se han ocupado, básicamente, representan un grupo social sin el cual los multiculturales Estados Unidos no podrían entenderse como lo que son actualmente.

Ahora bien, por lo general, cuando se piensa en grupos de latinos que viven de forma ilegal en el país del norte, lo que prima es centrarse en términos de economía de mercado, flujos migratorios internacionales, políticas sociales a favor suyo, reconocimiento de derechos civiles y políticos como el voto, la libertad de expresión, etcétera. Desde luego que la agenda a favor de los migrantes es importante si se quiere más humano el espacio público: que es el único sitio donde a fin de cuentas se hace patente —ya los presocráticos lo sabían— cualquier tipo de civilización. En este caso, la sociedad igualitaria a la que todos deberíamos aspirar. Lo que hace mucha falta es, sin embargo, tratar de comprender a los postmigrantes desde otra lente: la sensibilidad estética.

Es necesario seguir abordando la postmigración latinoamericana hacia Estados Unidos a partir de disciplinas artísticas narrativas, pero con un giro: no nada más las causas-consecuencias que la migración acarrea en la reconfiguración de los estratos y relaciones sociales y en la cadena productiva y de inversión de ese país; es importante, con una genuina y honesta exploración literaria y cinematográfica, por constreñirnos en las expresiones que contribuyen con mayor facilidad e inmediatez a narranos la realidad, de las vidas individuales de esas miles de personas que tachamos de bulto como “migrantes” pero en cuya individualidad viven como verdaderos desterrados. Su ostracismo está presente cada vez que deben ocultarse de la policía, cada que se encierran dentro de los márgenes de barrios y comunidades con otros latinos, cada que por su trabajo cobran dólares y los mandan al pueblito perdido donde nacieron y donde tienen la certeza, o no, de que alguien los está esperando. No necesitaron oponerse a una dictadura ni firmar manifiestos ideológicos; les bastó nacer en el territorio de algún país con un gobierno ineficaz para de todos modos ser desterrados y reconstruir sus vidas a partir de esa realidad, a veces sufriente, a veces gozosa, mas siempre en fabuloso, permanente cambio.

No se ha narrado casi nada de las condiciones en que viven niños y mujeres, por ejemplo. Es preciso abordar el problema que viven los niños latinos, a quienes se les pide que se americanicen al tiempo que reciben dosis tóxicas de violencia emocional y simbólica, pues son discriminados en las escuelas públicas, en donde además obtienen las notas más bajas en comparación con los demás niños migrantes, y eso los lleva a un punto más susceptible de inmiscuirse en las pandillas.

2. Trátese de lo que sea, molestan los reduccionismos. Los políticos son grandes maestros del reduccionismo. Del mismo modo que las políticas públicas se han constreñido —como demuestran los académicos— a la atención asistencial, laboral, médica, escolar y de vivienda de los inmigrantes latinos en Estados Unidos —no sólo de pan vive el hombre— enfada ver que mucha de la literatura y el cine de ficción también reducen la migración a historias muy maniqueas, con escasos matices, a veces desfasadas y aun distantes de la fascinante realidad que cambia día con día en la “nueva migración” latina en Estados Unidos. Mejor dicho: las “nuevas migraciones”. Son tantas que posiblemente el único rasgo que en realidad comparten los migrantes latinos que viven tras la frontera es la autoidentificación con una misma raíz cultural, explícita en una lengua franca, con énfasis en el vínculo familiar y una tradición religiosa. Más que una herencia cultural común, lo acertado es hablar de un sentimiento —más o menos indeterminado— de pertenencia a un vasto tronco histórico.

Esencial sería que tanto la literatura de ficción como el cine se equiparasen a las codas que, desde la academia, se han logrado a propósito de las realidades que atraviesan los migrantes latinos en Estados Unidos. A todas luces, como explica Marcelo M. Suárez Orozco,1 profesor en Harvard, esta “nueva migración” está transformando de manera palpable el espacio público y las instituciones sociales, incluidas las escuelas, los centros de trabajo, los negocios y los lugares de culto en Estados Unidos, especialmente en aquellos estados más poblados, los que se ubican en “la línea”: Arizona, Nuevo México, Texas, California… En este sentido, se necesita saber más sobre cómo los propios inmigrantes se transforman con el tiempo.

No se ha narrado casi nada de las condiciones en que viven niños y mujeres, por ejemplo. Es preciso abordar el problema que viven los niños latinos, a quienes se les pide que se americanicen al tiempo que reciben dosis tóxicas de violencia emocional y simbólica, pues son discriminados en las escuelas públicas, en donde además obtienen las notas más bajas en comparación con los demás niños migrantes, y eso los lleva a un punto más susceptible de inmiscuirse en las pandillas. Grandes grupos de latinos y sus hijos están conformando nuevas identidades culturales y estilos de adaptación híbridos.

La edad, igualmente, es un pilar que define el perfil de edad de los migrantes. Demuestra María Jesús Criado2 que la población es notoriamente joven. Su edad media es de 27 años, frente a los cerca de cuarenta años del sector mayoritario, y uno de cada tres tiene menos de deiciocho años (34%). Es en síntesis una población de hombres jóvenes —aunque progresivamente aumenta la cantidad de mujeres— en pleno proceso de desarrollo, que irá incrementando progresivamente su impacto demográfico y laboral.

Qué duda cabe de que otro elemento básico en la construcción de la identidad cultural de los migrantes en su vida cotidiana en Estados Unidos es la creciente utilización del español como lengua de comunicación básica. En 2005 más de 3.2 millones de residentes (12 por ciento de su población total) se declaraban “hispanohablantes”. Esto es, el tripe que en 1980, cuando se contaban algo más de once millones. El español, de hecho, es el idioma minoritario que cuenta con más hablantes nativos en Estados Unidos: la mitad aproximadamente en vista de los datos de los últimos años (unos 16 millones en 2005), lo que lo distingue de todo los demás.3 Y según algunas previsiones, si en 1980 uno de cada diecisiete residentes era hispano y en 2005 lo era uno de cada siete, es harto probable que para mediados del siglo podría ser hispano uno de cada cuatro residentes.4

De estas realidades apenas esbozadas, entre muchas otras, deberían empezar a hablarnos las ficciones cuando tengamos en las manos una novela o un libro de cuentos, o cuando estemos viendo en la pantalla una película de ficción o documental que se digan abordar esta nueva migración de esos postmojados.

3. Al revés de lo que habitualmente retrata la literatura de ficción y la cinematografía —más la de ficción que la documental—, la migración latinoamericana hacia Estados Unidos no es sólo un cuaderno, si bien de numerosos capítulos con los más distintos contenidos. (Me refiero a la literatura y de la cinematografía de circulación media hacia arriba.) En realidad, esta migración son muchos cuadernos, repletos a su vez de múltiples contenidos y simbolismos, según intentamos esbozarlo arriba, que precisan abordarse en detalle si se quiere comprender el verdadero tipo de dimensión del destierro que viven los más de diez millones de latinos, actualmente, en el país del norte. Es algo que la academia ha estudiado con mayor profundidad y ha alcanzado a comprender mucho mejor que la literatura de ficción y el cine (peor la ficción que el documental).

Un repaso de lo se ha hecho desde hace algún tiempo es útil para revisar lo que, por una parte, el cine y, por otra, la literatura, han conseguido sobre la migración latina-estadounidense. El largometraje A Better Life (Chris Weitz, 2011) —famoso en México por la nominación del actor Demián Bichir al Oscar— es la muestra de las interpretaciones más desfasadas que el cine, en este caso el más comercial, adopta sobre la postmigración. Esta historia, de un jardinero mexicano que cruza como ilegal la frontera hacia el norte mientras trata de criar a su hijo adolescente, no escapa, pese a las consabidas historias satelitales que salpimentan este tipo de filmes, a ese estilo centrado en asumir en un sentido unívoco la migración. Sólo hay sufrimiento, imposibilidad, historias rotas, dolor, etcétera.

De 2008 es Los que se quedan (Juan Carlos Rulfo y Carlos Hagerman), un documental que hace una exploración emocional de la migración a través de varias historias íntimas que muestran las variaciones del sentimiento de extrañar a alguien. Hermoso reconocimiento a las estoicas familias de quienes se van. Aunque la obra tiene su propio valor estético, tampoco incide en una interpretación que responda a las múltiples realidades de la actual migración. Ahora bien, se trata de un largometraje documental. No es ficción. Recuerdo, dicho sea de paso, algo que oí recientemente en un encuentro nacional de documentalistas en la UNAM y que viene muy a cuento. En México el cine de ficción hace mucho que fue superado por el documental.

Un año atrás se presentó 7 soles (Pedro Ultreras), que plantea el fenómeno de la migración nacional e interna —partiendo desde escenarios rurales a urbanos— como el internacional y externo —a partir de escenarios rurales y urbanos hacia Estados Unidos—; el filme captura y presenta los crudos elementos del contrabando humano y del cruce a través del desierto de Arizona. De ese mismo año es La frontera infinita (Juan Manuel Sepúlveda), un poético y aleccionador documental sobre la voluntad y la esperanza a través del retrato de los centroamericanos que viajan e incluso mueren en México durante su viaje hacia Estados Unidos. Era importante mencionarlo. No obstante que no aborda la migración que se desarrolla in situ en Estados Unidos, esta excelente y multipremiada obra está dedicada a los latinos de Centroamérica, cuya fuerza de voluntad les permite hacer un penoso trayecto por nuestro país.

De 2009, Sin nombre (Cary Fukunaga) busca mostrar las posibilidades que el viaje de los migrantes —guatemaltecos en este caso— puede presentar a sus protagonistas y las relaciones que se pueden desarrollar y crecer. Una chica, Sayra, traba relación con el mara salvatrucha Willy. El viaje de polizontes en el tren conocido como “la Bestia” es el escenario para que se relacionen, para que ella cambie su visión de las personas al tratar con él, y para que él mismo se afirme en la decisión de renunciar a su pandilla. Todo esto, durante su recorrido por México, un país donde, a juzgar por el filme, toda la gente es malvada. En suma, lo que parecía la loable tentativa de presentar el drama humano, y por eso harto complejo, del viaje de los centroamericanos hacia el norte, quedó en una historia que, no demeritando su producción, se centra una vez más en lo sabido: el viaje, el recorrido, la frontera, o sea, lo que, con todo y seguir ocurriendo, fue el fenómeno central de hace treinta años.

La nota agradablemente disonante, a mi parecer, la ha dado la ficción Ilegales (Ric Dupont, 2010). Haciendo a un lado su desdichado título, narra la historia de varios inmigrantes indocumentados en la frontera mexicana-estadounidense. El padre de J. Salomé Martínez emigró a Estados Unidos desde México cruzando el río Grande, el mismo que el propio Martínez Jr. aparecerá cruzando en las escenas de la película. Mediante esta yuxtaposición generacional de historias ligadas con la migración, la película retrata con precisión y sensibilidad la verdadera migración actual, llena de intrincados y múltiples intercambios entre las personas que ya están en aquel país y quienes están de este lado. No la migración que, como se empeñan en hacerlo otros filmes, se inició hace treinta o cuarenta años, con un perfil de primero y sufriente viaje de ida. Y en esa misma medida nos presenta la frontera no porosa sino líquida, para hablar del liquidismo de Z. Bauman,5 que es la línea entre México y Estados Unidos, así como los estados y ciudades que merced a la migración latina se han transformado no nada más en su aspecto físico sino, lo que es más, en su esencia social y carácter relacional: California, Texas, Illinois, Florida, Nueva York… Ilegales es, para mí, lo mejor que la cinematografía de los dosmiles ha dado hasta el momento respecto al tema.

¿Es preciso poner la cinematografía anterior a estos años sobre la migración latino-estadounidense, que según algunos se remonta hasta hace siete décadas? Posiblemente sí, como lo hace Eduardo Barraza.6 Ojalá no continúen repitiéndose historias, enfoques, puntos de vista, que se agotaron hace dos décadas, cuando no tres. Destacan en el género El bracero del año (Rafael Baledón, 1964), La ilegal (Arturo Ripstein, 1979), Las braceras (Fernando Durán Rojas, 1981), Muerte en el Río Grande (Raúl de Anda Jr., 1982), El Norte (Gregory Nava, 1983), Malditos polleros (Raúl Ramírez, 1985), Murieron a mitad del río (José Nieto Ramírez, 1987), El vagón de la muerte (Fernando Durán Rojas, 1987), Maldita miseria (Julio Aldama, 1988) y El aduanal (Julio Aldama, 1990).

Por su parte, la harto celebrada Señales que precederán al fin del mundo abre verdaderamente un nuevo panorama de entendimiento en la narrativa latinoamericana del fenómeno de la migración. La innovadora de su estructura narrativa y su insólita filigrana para describir los hechos hacen de la novela, incluso pasando por alto su contenido, una de las mejores cartas de presentación de la literatura mexicana en lo que va del siglo.

Junto con lo que ha ofrecido el cine de la última década a la narración interpretativa de la migración latina-estadounidense se encuentra la literatura de ficción latinoamericana, que ha aportado un poco más. Si bien es cierto que más que una corriente narrativa de la migración se trata de esfuerzos individuales que aparecen cada cierto tiempo, la realidad es que esas ficciones literarias han servido para marcar las escasas pautas que genuinamente han buscado centrarse en la exploración de la migración, lejos de los estereotipos cada vez más desteñidos. En la narrativa latinoamericana es preciso referirse a las novelas señeras Al otro lado (Planeta, 2009), de Heriberto Yépez, y Señales que precederán al fin del mundo (Periférica, 2009) de Yuri Herrera; las dos han sentado las mejores bases para entender, en el caso de aquélla, la vida de frontera entre México y California, y, en el caso de ésta, la sorprendente vida cotidiana de los migrantes latinos desde su camino hasta su hábitat en Estados Unidos. En ambas se retrata tanto como es necesario la miseria, el dolor… Pero básicamente se narra la vida “común”, si puede serlo la vida de frontera, ilegal y de discriminación que día con día enfrentan los postmigrantes. Ambos registran, en una palabra, a través de la ficción, mucho de eso que la academia sí ha logrado entender y descubrirnos sobre la complejidad de la migración latina hacia Estados Unidos.

Al otro lado tiene lugar en Ciudad de Paso (Tijuana, evidentemente), donde habitan personajes absolutamente underground, que viven a base de comer phoco, una droga basura elaborada a partir de residuos de cocaína, raticida y el polvillo que le da nombre. El personaje central, Tiburón, es un coyote de poca monta inmerso en dos esquizofrenias paralelas: la que vive en realidad, con una madre adicta, un perro violento y una novia-puta igualmente local, y por otra parte, la que vive dentro de su descompuesta cabeza. Heriberto Yépez muestra así el ambiente donde de manera fabulosamente periférica tienen resonancia los ecos de la migración no solamente latina sino internacional hacia Estados Unidos, vía el norte de México. Es la mejor asimilación de la frontera como el basurero social del fenómeno de la migración —entre muchos otros fenómenos.

Por su parte, la harto celebrada Señales que precederán al fin del mundo abre verdaderamente un nuevo panorama de entendimiento en la narrativa latinoamericana del fenómeno de la migración. La innovadora de su estructura narrativa y su insólita filigrana para describir los hechos hacen de la novela, incluso pasando por alto su contenido, una de las mejores cartas de presentación de la literatura mexicana en lo que va del siglo.

Makina, un personaje de verismo absoluto y sin parangón en la literatura actual, es la protagonista de Señales que precederán al fin del mundo. Esta joven debe hacer un recorrido para llegar —a semejanza con los nueve niveles que debían recorrer los antiguos mesoamericanos para cruzar de la Tierra al Mictlán (o sitio de la muerte)— al anhelado norte en busca de su hermano, y sortear, al igual que en la mitología prehispánica, nueve etapas. Esto sucede mientras ella transporta consigo paquetes que le piden llevar y compareciendo a todo que la vida le presenta. Como ha dicho Jorge Volpi, la novela es un registro del narco (tan presente en la frontera mexicana-estadounidense), pero en esencia revela más sobre la dolorosa y extrema vida de los migrantes que cientos de estudios académicos.

Desde luego, abunda mucha más literatura asociada a la migración latinoamericana en los Estados Unidos y a lo que la frontera con México le aporta a este fenómeno. Esa otra literatura que, con todo y abordar directamente la postmigración y la vida en “la línea”, no es sino mera referencia, es la siguiente: La maravillosa vida breve de Oscar Wao (2008), de Junot Díaz; With his pistol and his hand: a border ballad and its hero (2003), de Américo Paredes; Se habla español. Voces latinas en USA, compilación de Edmundo Paz y Alberto Fuguet, y En el tiempo de las mariposas (2001), de Julia Álvarez. Y de la década de los noventa y más atrás: Cuando era puertorriqueña (1994), de Esmeralda Santiago; Soñar en cubano (1993), de Cristina García; Y no se lo tragó la tierra (1993), de Tomás Rivera; Antología de cuento chicano (1992), de Ricardo Aguilar; Snake Poems: An aztek invocation (1992), de Francisco Alarcón; Los reyes del mambo tocan canciones de amor (1991), de Óscar Hijuelos; Chicanos: selección (1995), de Tino Villanueva y I am Joaquín = Yo soy Joaquín (1972), de Corky González.

Al otro lado y Señales que precederán al fin del mundo dan comienzo a una nueva visión de abordar la vida de los migrantes latinos, no sólo con un enfoque más moderno, sino elementalmente más multicultural, alejado de los tradicionales estereotipos de la migración. Inician la brecha de la exploración actual, amplia y más apegada a la condición contemporánea de la postmigración, donde el destierro no es una evocación, sino varias y hondas realidades que se transforman continuamente. Acometer un tema tan sensible para Latinoamérica como esta postmigración merece un tratamiento más serio que el visto normalmente hasta ahora. Son millones de migrantes que deben ser retratados por la ficción de manera más leal y honesta. Las novelas de Yépez y Herrera son un buen comienzo. Hay que continuar ese camino. ®

Notas
1 Marcelo M. Suárez Orozco, “Inmigración latinoamericana en Estados Unidos”, Temas, 2001, no. 26, julio-septiembre, pp. 4-13.

2 María Jesús Criado, “Inmigración y población latina en los Estados Unidos: un perfil sociodemográfico”, Instituto Complutense de Estudios Internacionales, junio de 2007, localizado el 4 de abril de 2012.

3 Ib.

4 Ib.

5 Z. Bauman, como es fama, ha renovado polémicamente el concepto de “lo líquido”. Dice que las relaciones interpersonales posmodernas y posthistóricas son así: líquidas, enemigas del compromiso, la ideología, la profundidad y amigas de lo veloz, superficial, divertido y efímero. Uso el término para conceptualizar “la línea” Estados Unidos-México no como una frontera política-geográfica, sino donde hay personas, que pueden negociar libertades o leyes, en función de sus intereses.

6 Eduardo Barraza, “Abuso a migrantes por hermanos de raza caracteriza trabajo del cineasta mexicano Pedro Ultreras”, Barriozona, 19 de febrero de 2010.

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Publicado en: Agosto 2012, Ensayo


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  • Carla

    Difiero un poco sobre la novela de Heriberto Yépez, pues el tema central, desde mi perspectiva no es la migración, todos los personajes están condenados a permanecer en Ciudad de Paso. Para mí, el autor condena a todos a la muerte, pareciera que no la única vida en la frontera es una vida aniquilada; me parece una novela que condena a la frontera a ser la parte ominosa de México, del mundo.

    Por otro lado, Tiburón no es pollero, su novia no es puta es una adicta que vendió a su hijo por phoco y el Cholo, su perro, no es violento.

    Peregrinos de Aztlán, desde mi perspectiva, es una novela parteaguas en cuanto a la migración.

    La luna siempre será un amor difícil, creo que es novela ícono sobre la postmigración.

    Con respecto al término “postmigración”, me inclino más por llamarla, desde Appadurai: migración globalizada

    saludos

    Siempre es un gusto leerles

  • Por suerte, tal parece que la literatura contemporánea empieza a rechazar cada vez más el viejo truco de Syd Field mediante el cual sólo era importante en una historia la partida y la llegada, esa obsesión por el causa y efecto que produce la desinformación a la cual estamos ya acostumbrados gracias al abuso que de esa estructura hacen la mayoría de los medios de comunicación diariamente.
    Creo, al igual que el autor de la nota, que la única manera de llamar a las cosas por su nombre es involucrarse en el tránsito, hacer zoom a donde hasta ahora no habíamos colocado la vista, y de esa manera demitificar y hacernos consientes de la realidad profunda, verdadera e inequívoca de las personas que protagonizan estas historias.
    Yo vivo en Argentina, donde hace poco un amigo quien nació mientras su madre estaba encarcelada ilegalmente durante la década del 70, me dijo.- Lo que tenemos que agradecer es que ya no suceden esas cosas. Quedé un rato en silencio y después le dije la siguiente reflexión:
    El hecho de que el abuso a los derechos humanos no esté a cargo del gobierno (e incluso ésto podríamos cuestionarlo) sólo hace que ocurra a un nivel tan oscuro que no podemos verlo. Creemos, como tú, que “esas cosas ya no pasan” y sin embargo en nuestros países hay innumerables casos de trata de personas, esclavitud, abuso de autoridad, impunidad y corrupción institucional. Creo que sólo a través de las manifestaciones diversas de mano de la sociedad civil, es que podemos develar esas situaciones y hacerlas patentes -iluminarlas para extraerlas del oscurantismo en el que se ocultan- y recién entonces será que podamos plantearnos cuál es el trabajo que sigue.
    Muy recomendable el trabajo de Yuri Herrera en Señales que precederán al fin del mundo y la novela de Junot Díaz.
    Gracias Replicante por el compromiso con la creación literaria desde un ángulo amplio.
    Saludos.
    Lucía Malvido