De la sierra de Tapalpa a Duluth, Minnesota

Diario de un espectador, I

La primavera irrumpe en Guadalajara. Bob Dylan a la busca del tiempo perdido. Muere Derek Walcott. Juan Palomar habla de todo ello en su primera entrega a Replicante.

Bob Dylan © Zep Sloan.

Atmosféricas. El muicle se incendió. Sus llamaradas levantan un bravío canto a los días que corren. A través de los arcos de otro jardín explota con suavidad, con el delicado sonido del trueno, la primavera: florean como un coro irrepetible ciertas plantas, componen un adagio para glorificar a todo lo que Es. El viejo maestro atiende su jardín, rememora sus días al lado de los azules cintilantes, dice, otra vez, al paso, una sentencia como de Marco Aurelio: “Es bueno quedarse con sus cosas, cuidar mientras se pueda lo que es de uno”.

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Sierra de Tapalpa. Las nubes juegan complejos ejercicios de una imposible geometría descriptiva y despliegan sus sombras sobre el suelo torturado. Los muros de ladrillo, dueños de unos rojos que nomás a ese suelo pertenecen, crecen como una planta. Volcanes que tratan inútilmente de ser capturados a través de una ventana precisa. Los niños que invariablemente aciertan en sus observaciones: los mejores críticos de arquitectura que haya. Piedras azules forman lienzos obstinados que, si la Providencia consiente, habrán de durar por siglos. El otro rojo resplandor aprueba las operaciones con la lejana displicencia de una diosa, mira las techumbres que arriesgan ahora sus sombras, reconoce en un rincón algún trasunto de los días que vienen, sonríe, siempre distante. El camino a San Gabriel es un prodigio, va bordeando la sierra como asediando a una inexpugnable maravilla. Abajo, el pueblo está tranquilo. Un modesto monumento levantado en la plaza por un inolvidable lugareño, Gonzalo Villa Chávez, deja constancia de su elegancia insuperable. La silueta de los portales se duplica en otro complejo juego geométrico sobre el suelo impecablemente trapeado. Los perros callejeros, propietarios indiscutidos de las plazas, campean por sus respetos y dos señores, muy viejos, sentados a la sombra de los árboles, hablan de Fulgor Sedano. Luego el portento sigue camino abajo, rumbo a Sayula. El mediodía caliginoso revela todo el esplendor de las playas salinas, allá muy lejos. Los portales del pueblo insigne, hermanos mayores de los de San Gabriel, son como una guirnalda que da gloria y señorío a la antigua capital de la Provincia de Ávalos. La primavera del atrio de San Roque es una amable fiesta a la que todos están convidados.

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Bob Dylan publicó muy recientemente sus Letras Completas. Basta asomarse levemente a las cerca de mil trescientas páginas del tomo para que, quien tenga alguna noción de la literatura, de la poesía, comience a entender por qué es un dignísimo —pésele a quien le pesare— recipiente del Premio Nobel. Abriendo al azar esa especie de recuento bíblico de nuestros días se reciben los fogonazos de un indómito talante, de un libérrimo asedio a la maravilla y el desastre del mundo. Viene a la mente, quizás, la experiencia de asomarse a las augustas mareas homéricas, en cierto modo al mismo Dickens, al más inescrutable Rimbaud, a los agrestes aullidos de los beats, a los indelebles sonsonetes del Tin Pan Alley, al misterio y la gracia que azarosamente acompañan al vate de Duluth.

Hace unos días apareció en el sitio oficial de Dylan una larga entrevista. De allí, van algunos fragmentos, trabajosamente traducidos, y recibidos, por cierto, con enorme agradecimiento.

“Nací en Duluth. Ciudad industrial, astilleros, muelles, silos de grano, patios ferroviarios, patios de entronque. Está en las márgenes del Lago Superior, construida sobre granito. Muchos silbatos para la niebla, marinos, leñadores, tormentas, ventiscas. Mi mamá dice que había escases de comida, racionamiento de comida, casi no había gas, cortes de electricidad. Todo lo de metal en tu casa lo dabas para el esfuerzo de la guerra. Era un lugar oscuro, aún a la luz del día: toques de queda, tristón, solitario, todas esas cosas. Vivimos allí hasta más o menos mis cinco años, hasta el final de la guerra.”

“Vengo del norte y eso es diferente de la Minnesota sureña. Si estás allí, podrías estar en Iowa o Georgia. En el norte el clima es más extremoso: heladas en el invierno, nubes de mosquitos en el verano, ningún aire acondicionado cuando yo crecí, calefacción de vapor en el invierno y tenías que usar mucha ropa cuando salías. Tu sangre se vuelve espesa. Es la tierra de los diez mil lagos, mucha caza y pesca. País indio, Ojibwe, Hippewa, Lakota, abedules, minas a cielo abierto, osos y lobos; el aire es crudo. Minnesota del sur es un país granjero, campos de trigo y graneros, muchos campos de maíz, caballos y vacas lecheras. El norte es más inhóspito. Es un ámbito rudo, la gente lleva vidas simples, pero lleva vidas simples en otras partes del país también. La gente es muy parecida a donde quiera que vayas. Hay bien y mal en la mayoría de la gente, sin importar en qué estado vivas. Alguna gente es más autosuficiente que en otros lugares, alguna más segura, alguna menos segura; alguna gente se ocupa de sus propias cosas y alguna no.”

Cuando era joven había muchos signos en el camino que no podía interpretar, estaban allí y los veía, pero eran desconcertantes. Ahora, cuando miro hacia atrás, puedo ver por qué estaban allí, lo que significaban.

“En mis veintes y treintas no había estado en ninguna parte. Desde entonces he estado por todo el mundo, he visto oráculos y augurios. Cuando era joven había muchos signos en el camino que no podía interpretar, estaban allí y los veía, pero eran desconcertantes. Ahora, cuando miro hacia atrás, puedo ver por qué estaban allí, lo que significaban. No los entendía entonces, pero ahora lo hago. No hay manera de que lo hubiera sabido todo el tiempo.”

“A la busca del tiempo perdido, lo hago todo el tiempo.” “…y había leído a Ginsberg y Kerouac, así que tenía un más elevado sentido de ser.” A propósito del título de su nuevo disco, Triplicate: “De cualquier modo estaba pensando en tríadas, como Esquilo, La Orestiada, los dramas griegos ligados en tercias. Me imaginé algo como eso”. Luego, sobre Frank Sinatra: “Era chistoso, estábamos parados en su patio y me dijo: ‘Tú y yo, mi cuate, tenemos ojos azules, somos de allá arriba’, y apuntó a las estrellas. ‘Estos otros vagos son de aquí abajo’. Recuerdo haber pensado que estaba en lo correcto”.

“El rock and roll era un arma peligrosa, cromada, explotaba como la velocidad de la luz, reflejaba los tiempos, especialmente la presencia de la bomba atómica que lo había precedido varios años. Entonces la gente temía el final de los tiempos. El gran enfrentamiento entre capitalismo y comunismo estaba en el horizonte. El rock and roll te borraba el miedo, derribaba las barreras que raza y religión, que las ideologías levantan. Vivíamos bajo una nube de muerte; el aire era radioactivo. No había mañana, cualquier día todo podía terminar, la vida era barata.” “El rock and roll era propulsado atómicamente, todo vértigo y condena. No parecía ser la extensión de nada pero probablemente lo era.”

El gran enfrentamiento entre capitalismo y comunismo estaba en el horizonte. El rock and roll te borraba el miedo, derribaba las barreras que raza y religión, que las ideologías levantan. Vivíamos bajo una nube de muerte; el aire era radioactivo. No había mañana, cualquier día todo podía terminar…

“De 1970 hasta ahora han pasado como cincuenta años, parecen más de cincuenta millones. Fue un muro de tiempo que separa lo viejo de lo nuevo y muchos pueden perderse en esta clase de tiempo. Industrias completas desaparecen, los estilos de vida cambian, las corporaciones matan a las ciudades, nuevas leyes reemplazan a las viejas, los grupos de interés triunfan sobre los individuos, los mismos pobres se han convertido en mercancía. Las influencias musicales también son devoradas, absorbidas en las cosas más nuevas o se caen al lado del camino… aún puedes encontrar lo que buscas si sigues la pista hacia atrás. Podría estar exactamente donde lo dejaste, cualquier cosa es posible. El problema es que no lo puedes regresar contigo, tienes que quedarte allá con ello. Creo que eso es todo de lo que se trata la nostalgia.”

“Hay montones de canciones que agradezco que alguien haya escrito. ‘El estremecimiento de pensar que hubieras pensado en mi súplica,’ ‘las titubeantes palabras que te dijeron lo que mi corazón decía’, ‘cuando estás solo, todos los niños crecen, y como los pájaros, vuelan lejos’. Agradezco que alguien más escribiera estas líneas. Yo no lo haría nunca.” “Alguien más tenía que escribir esta canción para mí. Sus nervios están muy a lo vivo. Quedas demasiado expuesto. Preferiría no ir allí, especialmente para escribir canciones.”

“Pero cuando ves un recorte del periódico o un anuncio callejero, o un párrafo de una vieja novela de Dickens, u oyes un verso de la canción de otro, o algo que oyes por casualidad, puede ser algo en tu mente que no sabías que recordabas. Eso te dará el punto de acercamiento y los detalles específicos. Es como ir sonámbulo, sin buscar ni procurar; las cosas te son transmitidas. Es como si estuvieras buscando algo remoto y ahora estás parado en medio de ello. Una vez que tienes una idea, todo lo que ves, lees, pruebas o hueles se convierte en una alusión a ello. Es el arte de transformar las cosas. No sirves realmente al arte, el arte te sirve a ti y es solamente, de cualquier modo, una expresión de la vida; no es la verdadera vida. Es complicado, tienes que tener el toque adecuado y la integridad, o puedes terminar con algo estúpido. La estatua del David de Miguel Ángel no es el David real. Algunas gentes nunca entienden esto y se quedan fuera, en la oscuridad. Trata de crear algo original, te llevarás una sorpresa.”

Sobre las muertes de Muhammad Alí, Merle Haggard, Leonard Cohen, Leon Russell: “Claro que todas me pegaron duro. Éramos como hermanos, vivíamos en la misma calle y todos ellos dejaron espacios vacíos en donde solían estar. Es solitario sin ellos”.

“Joan Baez era algo distinto, casi demasiado qué soportar. Su voz era como la de una sirena de alguna isla griega. Con su puro sonido te embrujaba. Era una encantadora. Tenías que amarrarte al mástil como Odiseo y taparte los oídos para no oírla. Te hacía olvidar quién eras.”

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Se murió Derek Walcott, otro Premio Nobel. Aquí va una impecable traducción de Jorge Esquinca a uno de sus poemas más memorables, transcrito en homenaje al desaparecido.

Mapa del nuevo mundo

Al final de esta frase comenzará la lluvia.
Al filo de la lluvia, un velero
Lentamente, el velero perderá de vista las islas;
niebla adentro irá la creencia en los puertos
de toda una raza.
Ha terminado la guerra de diez años.
El cabello de Helena es una nube gris.
Troya, un blanco abismo de ceniza
en el mar lluvioso.
La llovizna se tensa como las cuerdas de un arpa.
Un hombre de ojos nublados recoge la lluvia
y pulsa la primera línea de la Odisea. ®

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Publicado en: Apuntes y crónicas


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