De mandarines y mercaderes

La cultura y el Estado

No sé si alguien que no tiene auto, ni una gran cuenta bancaria, ni un teléfono inteligente y que no se trepa sobre nadie para obtenerlos y que vive moderadamente feliz en un departamento de menos de treinta metros, como es mi caso, puede calificar para representar al salvaje capitalismo.

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© Andrea Posada

Cuando viajaba por la provincia mexicana, durante los últimos veinte años del siglo pasado, solía levantarme antes del alba donde fuera que pasara la noche, para buscar el sitio donde se instalaba el mercado. Ahí me quedaba observando a quienes de común echan a andar la vida de una comunidad: los mercaderes. Llegaban con cajas llenas de fruta, arrastraban carromatos llenos de ropa usada o importada, desempacaban con cuidado artesanías de todos los rincones del país. Entre ellos me quedaba a ver el día comenzar a respirar, por entre los estrechos pasillos de ese mundo siempre efímero, pero siempre presente.

No es difícil disfrutar los mercados de México; su colorido, su algarabía, sus olores transmiten un gozo profundo por el mundo palpable —uno de los grandes asombros de Cortés y sus conquistadores al llegar al valle de México fue el encontrar el mercado mexica de Tlatelolco y su asombrosa cantidad de mercaderes y mercancías que entre decenas de lenguas se ordenaban en un mismo recinto.

Pero mi gusto no se circunscribe a los mercados de mi país. Yo he pasado muchas horas mirando la instalación y el funcionamiento de mercados de tres continentes y ahora paso muchas horas de mi semana mirando la vida en el mercado del centro de Liubliana. Soy un amante de los mercados. Creo que los mercados nos hacen más humanos y que donde ha habido un centro de comercio amplio es más factible encontrar voluntad de entendimiento a lo no propio, apertura a lo nuevo, tolerancia al extraño, al diferente, a aquel que no es como uno.

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“¿Y tú en que crees?”, me preguntó una amiga hace unos días en Eslovenia mientras le ofrecía una asesoría para diseñar una revista literaria y discutíamos acaloradamente sobre la pertinencia de buscar o no apoyos del Estado. “Yo creo en el mercado”, le dije. Ella me miró como si le hubiera propuesto abusar de niños a la salida de un colegio. “Eres un capitalista”, sentenció con la satisfacción de quien señala a un hereje —mi amiga pertenece a esa feliz clase de artistas que, amparados por las políticas culturales del Estado, miran con controlado desprecio a quienes comercian con su oficio en el mercado libre, para pagar sus cuentas.

No sé si alguien que no tiene auto, ni una gran cuenta bancaria, ni un teléfono inteligente y que no se trepa sobre nadie para obtenerlos y que vive moderadamente feliz en un departamento de menos de treinta metros, como es mi caso, puede calificar para representar al salvaje capitalismo. Pero sí, es cierto, yo creo en el mercado.

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¿Cuanto tiempo le llevo a la generación con la que crecí en México, liberada ya del yugo judeocristiano por la gloria de una educación laica y racional, abrazarse a un pensamiento mágico a través de una mezcla apresurada de metafísica hindú, verbolaria astral y animismo nativoamericano? ¿Tres días?

Las explicaciones pueden ser varias: podríamos aventurarnos a afirmar, por ejemplo, que el pensamiento mágico se encuentra profundamente cableado en nuestro cerebro, o que el ejercicio de asumir la completa responsabilidad de trazar nuestros valores y nuestra conducta es demasiado árido para la mayoría de las personas, pero el hecho es que mal parafraseando al poeta del aullido, puedo decir que he visto a muchas mentes —al parecer saludablemente bien irrigadas— de mi generación perdidas en la idolatría.

¿Cuanto tiempo le llevo a la generación con la que crecí en México, liberada ya del yugo judeocristiano por la gloria de una educación laica y racional, abrazarse a un pensamiento mágico a través de una mezcla apresurada de metafísica hindú, verbolaria astral y animismo nativoamericano? ¿Tres días?

Un fenómeno paralelo encuentro dentro de un amplio margen generacional en Eslovenia, y no estoy hablando ahora aquí de metafísica, sino de economía. ¿Fueron veinte años de abrirse a la lógica del mercado más que suficientes para que una generación de eslovenos, que tendría que estar trazando en este momento el futuro económico de esta tierra, se encuentren atemorizados por la crisis global y balbuceando, como niños a quienes se les ha quitado el pecho, nostálgicas consignas de un mistificado orden desaparecido?

No puedo hacer un balance exacto, no soy un especialista y no domino la lengua, pero cinco años viviendo aquí me han ofrecido la impresión de que Eslovenia sólo ha sido embestida por lo más burdo del capitalismo internacional, con bienes públicos rematados al vapor, marcas internacionales alborotando la necesidad de diferenciarse de los otros para apresurar una jerarquía, familias que hipotecan su futuro para buscarle estacionamiento a un auto alemán, mientras que tras un delgado lustre la mayoría de los ciudadanos, los obreros, los estudiantes, los empleados públicos, siguen operando de muchas formas como si vivieran en los tiempos del estatismo vertical, o, en ocasiones, como si vivieran aún en un sistema feudal, donde el señor del castillo es ahora un personaje conocido o no de algún ministerio.

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Apenas llegado a residir en Liubliana comencé a entrevistarme con gente que trabajaba o aspiraba a trabajar en el mundo del teatro. Recuerdo los rostros cuando hablaba de producir teatro de forma independiente. Parecía como si estuviera proponiendo clonar niños utilizando genes de espárragos. Pronto fui descubriendo que el teatro en Eslovenia no respiraba fuera de la sombra de la protección del Estado. Nadie se movía sin que su proyecto hubiera sido aprobado y bendecido por algún apoyo económico firmado por algún mandarín de la administración pública de la cultura.

Luego he ido descubriendo que el medio cultural esloveno está obsequiado con algunos excelentes ejecutantes, algunos creadores de gran talento, pero que en su corazón tiene una pesada ancla que lo ata a una naturaleza provinciana y megalomaniaca, donde al parecer cada artista terminará por obtener un premio nacional con el paso del tiempo. Y mientras, ¡que nadie se mueva!: no vaya a caerse la estructura de naipes de la dádiva.

Se premia la jerga, la ingeniería conceptual y el atinado llenado de formas para obtener dinero y, mientras, se produce una burocracia de mandarines artísticos que ignoran por completo el diálogo con su público y se entregan, con una malentendida arrogancia, al diálogo cortés para seducir a los dispensadores de la gracia económica europea (cada vez menos graciosa y cada vez menos europea).

Estos artistas y administradores me recuerdan un poco al nada singular caso del hombre de la iglesia que ha perdido la fe, pero sigue oficiando porque no sabría que hacer fuera de ese ámbito, al que todas sus amistades y sus herramientas de poder se encuentran sujetos. Ha perdido la fe mientras afilaba su habilidad para acceder a la pirámide de la nomenclatura y ahora no puede decidirse a renunciar a su sitio. Ha tallado un nicho que es la envidia de muchos, y su prisión última.

Sin el apoyo decidido de las arcas públicas, mucho del arte que gozan los pueblos desaparecería, pero ¿es esta particularidad suficiente para avalar un sistema que ahoga casi cualquier iniciativa que no pase por el embudo de la burocracia cultural?

Hablaba hace unos días con el director artístico de un teatro alternativo esloveno, conocido por su voluntad de experimentación. Le preguntaba cómo pensaban sortear la crisis que viven muchas de las empresas culturales que dependen de un presupuesto estatal cada vez más magro. El director me contestó que están buscando formas para lograrlo, pero que se mantendrán haciendo teatro vivo y que no piensan negociar con los muertos (muertos siendo aquellos que hacen un teatro que el hombre de la calle suele entender). Su amor por el teatro los mantendrá en la lucha.

Lo curioso es que luego me comentó que tienen problemas con la instalación eléctrica y que un electricista les dijo que siendo riguroso, tendrían que cerrarse el teatro por razones de seguridad. “¿Hace cuánto tiempo que no invierten en las instalaciones?”, le pregunté entonces. No supo decirme. El amor casi místico que estos sacerdotes de la vanguardia sienten por el teatro no alcanza para que se ocupen de mantener con sus propias manos la infraestructura del espacio donde trabajan; eso tendrían que arreglarlo los ingenieros. ¡Vaya amor por el teatro!

Esta actitud me recuerda en su infantilismo a la del niño que sigue arrastrando su auto de juguete, aunque éste haya perdido las ruedas, hasta que llega el buen padre, lo detiene y le arregla el auto. Luego el niño lo seguirá arrastrando congratulándose de lo buen conductor que es.

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Una de las preguntas que ha vuelto a hacer circular la actual crisis que enfrenta el euro es si la política de bienestar del Estado puede ser sostenible, incluyendo los servicios de educación, de salud y los apoyos que se ofrecen a las actividades artísticas. Sin hacer análisis profundos, no me cuesta responder afirmativamente a esta pregunta. La política de bienestar debe sobrevivir a esta crisis, pero debe para ello sufrir las reformas que sean necesarias. Las ventajas que ha vivido una generación muy afortunada de eslovenos no puede convertirse en un dogma que tengan que pagar las generaciones futuras; tiene que ser un programa que enfrente con fortuna a la realidad del mercado. Si es cierto que no podemos dejar que el mercado se convierta en el único argumento sobre el que estructuremos nuestras vidas —y en el actual estado del capitalismo esto está sucediendo—, tampoco vamos a lograr imponer un plan social si éste no es sustentable en el plano económico.

En las últimas semanas he visto a más de seis personas jóvenes (y sabido de muchas más) dejar Eslovenia en busca de un mejor futuro económico. No es una tragedia; es una constante de nuestra especie el buscar nuevos territorios, pero es triste cuando esto se convierte en la única opción.

Una de las preguntas que ha vuelto a hacer circular la actual crisis que enfrenta el euro es si la política de bienestar del Estado puede ser sostenible, incluyendo los servicios de educación, de salud y los apoyos que se ofrecen a las actividades artísticas. Sin hacer análisis profundos, no me cuesta responder afirmativamente a esta pregunta.

Mucha gente me pregunta, ahora que Latinoamérica tiene mejores perspectivas económicas que Europa, si es que me voy a quedar aquí. Con más razón, suelo contestar. Ahora no quiero perderme el ser testigo de cómo va a enfrentar esta situación una generación de eslovenos que ha vivido más de veinte años de un privilegio social difícil de igualar y en unas condiciones inmejorables para tomar las riendas de su destino económico.

El pueblo esloveno no va a cambiar radicalmente —ningún pueblo lo hace nunca— y no creo que nadie de los que disfrutamos vivir aquí, nacionales y extranjeros, quisiera que esto sucediera en realidad. Pero a mí en lo personal me entusiasmaría que una tendencia nacional eslovena a la dependencia, que en nuestros tiempos se observa perniciosamente entre la ciudadanía y su gobierno, se trucara en una tendencia hacia las iniciativas independientes e imaginativas, ya sea en el área productiva o artística —mientras universalmente intentamos superar el bache profundo al que la excesiva liberalidad de los mercados nos ha arrastrado.

La sociedad en su conjunto tiene una importante tarea política y otra económica: la de hacerle saber a sus gobernantes que no pueden sacrificar el bienestar de la población sin aplicar el mismo nivel de sacrificio a los detentores del gran capital (tan ruidosa y violentamente como la sordera de los gobernantes lo exija) y la de generar de forma independiente alternativas económicas que le permitan sacudirse el yugo de la excesiva dependencia económica de las arcas públicas.

Adelante tenemos el difícil camino de hacer las reformas necesarias para estructurar un mercado más humano y horizontal, y esto no se va a lograr si la relación del pueblo esloveno con el sistema capitalista se sigue resolviendo en sólo dos frentes: los que abrazan lo más barato del sistema con sus bienes de consumo inmediato y su prisa por la jerarquización, y los que desde la comodidad de sus cátedras, puestos burocráticos, institutos culturales o mesas de café señalan al mercado como la última reencarnación de Belcebú. ®

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Publicado en: Cartas de Liubliana, Noviembre 2012


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