Decisiones políticas

Preferencias, emoción y racionalización

El autor no va a hablar en este artículo a favor o en contra de tendencia política alguna, sino de cómo es que la investigación psicológica actual arroja luz sobre la toma de decisiones políticas de las personas.

Recuerdo que alguna vez alguien me decía que si no te querías pelear con otra persona no deberías de hablar de ciertos temas, entre ellos de política. Sin embargo, en estos tiempos electorales es prácticamente obligado tocar este punto. Para empeorar un poco las cosas, a mí se me hace más difícil hablar de política porque no sé exactamente en qué parte del espectro político estoy (todavía me digo a mí mismo que soy de izquierda, básicamente porque me interesa más cómo superar las desigualdades que en promover las libertades, sobre todo la económica).

Para hacerme las cosas más simples, no voy a hablar a favor ni en contra de tendencia política alguna, sino de cómo es que la investigación psicológica actual nos arroja luz sobre la toma de decisiones políticas de las personas.

¿Qué es política?

Comenzaré con la definición del término principal que vamos a usar: política. De acuerdo con Savater [1992], “La política no es más que el conjunto de las razones para obedecer y de las razones para sublevarse”. Los humanos inventamos formas de sociedad diversas, transformamos la sociedad en que hemos nacido y en la que vivieron nuestros padres y hacemos experimentos organizativos nunca antes intentados.

Hacemos política porque somos eminentemente sociales; nos gusta vivir juntos, pero al hacerlo tendemos a tener conflictos. Para evitar que la sangre llegue al río se necesitan personas e instituciones a las que todos obedezcamos y que medien en las disputas, brindando su arbitraje o su coacción para que los individuos enfrentados no se destruyan unos a otros.

Pero la autoridad política tiene otra función; es un puesto de mando que permite dirigir a todos los individuos que estamos en una sociedad para lograr determinadas empresas.

Para evitar los conflictos y para dirigir a los individuos se han creado leyes e instituciones; esto es lo que significa vivir en una república. Ikram Antaki, una filósofa nacida en Siria pero que vivió en México, decía [2000] que la república “supone una constitución, unas leyes y una nación” y que un régimen es republicano si está fundado sobre el derecho y sus ciudadanos son jurídicamente iguales. Los derechos de participación son republicanos, incluidos entre ellos los derechos políticos.

Genética

Uno de los derechos políticos es el de votar y ser votado. Cuando se separa a dos hermanos univitelinos en el momento del parto y luego se les pregunta por sus actitudes políticas, resulta que son muy similares, con un coeficiente de correlación de .62 (en una escala que va de -1 a +1 [Ploming y colaboradores, 1997].

Hacemos política porque somos eminentemente sociales; nos gusta vivir juntos, pero al hacerlo tendemos a tener conflictos. Para evitar que la sangre llegue al río se necesitan personas e instituciones a las que todos obedezcamos y que medien en las disputas, brindando su arbitraje o su coacción para que los individuos enfrentados no se destruyan unos a otros

Esto no quiere decir que las actitudes políticas se sinteticen en el ADN, sino que las preferencias políticas están vinculadas con ciertos temperamentos. Algunas personas introvertidas son más sumisas a la autoridad, pero a quienes tienen un rasgo de personalidad conocido como apertura les gusta la novedad y por ello votan por políticos que prometen cambiar las cosas.

En un muy reciente artículo [Verhulst y colaboradores, 2012] se dice que un rasgo de personalidad conocido como “deseabilidad social” (la tendencia a seguir a otros) está vinculado con las actitudes sociales liberales y el neuroticismo con actitudes económicas liberales, y que estas correlaciones están sustentadas por la genética.

Es difícil convencer

Es probable que nuestras fuertes preferencias políticas (debidas en parte a la genética) nos cieguen. Todos conocemos personas que están muy convencidas de un partido político y a veces nos queremos poner a discutir con ellos para convencerlos de que lo que creen está mal o por lo menos que deberían de moderar sus posiciones; pero la investigación que se ha realizado nos dice que realmente es muy difícil cambiar el modo de pensar de una persona.

Por ejemplo, no los cambian las campañas políticas; en un análisis de quinientos votantes de voto duro de ciertos partidos, después de una acalorada campaña previa a la votación, sólo 16% de ellos cambió por otro partido. Tampoco los cambian los acontecimientos históricos; en un estudio se siguió la pista de los votantes desde 1965 hasta 1982, periodo en que aconteció la guerra de Vietnam, la caída de Richard Nixon y la escasez de petróleo, y 90% de los que en 1965 se identificaban como republicanos votaron en 1980 por el republicano Ronald Reagan. La respuesta la sabemos todos: justifican los errores de sus partidos pero no perdonan las tonterías de los otros. En un muy interesante estudio [Westen y cols., 2006] se les expuso a demócratas y a republicanos recalcitrantes una serie de incoherencias de sus propios partidos mientras se les escaneaba el cerebro y se observó que al estar forcejeando por mantener sus opiniones políticas, el incondicional del partido recurría a regiones cerebrales encargadas de controlar reacciones emocionales, como la corteza prefrontal. Estaban usando su cerebro para preservar sus convicciones partidiarias; en otras palabras, se estaban autoengañando eliminando sus sentimientos negativos y activando los positivos.

A esto se le llama racionalización. Por ejemplo, durante el primer trimestre de la presidencia de Clinton el déficit presupuestario bajó, pero al preguntárseles a republicanos si es que el déficit había subido o bajado, ellos decían que había subido; pero lo más interesante es que esas personas que habían dado una respuesta incorrecta leían el periódico, veían las noticias y sabían identificar a sus representantes en el congreso; eso quiere decir que tendían a asimilar sólo los hechos que confirman en lo que ya creen [Achen y Bartels, 2006]. En cuanto uno se identifica con un partido político moldea el mundo para que se adapte a su ideología.

Esta ignorancia autoimpuesta también se presenta en los supuestos expertos en el análisis político. En 1984 el psicólogo Phillip Tetlock comenzó a seguir y analizar las predicciones de los expertos políticos sobre las relaciones de Estados Unidos con la Unión Soviética; se encontró que todos se habían equivocado.

Motivado por ello, llevó su trabajo a dimensiones épicas y estudió a 284 asesores políticos, a quienes les pidió que hicieran predicciones sobre acontecimientos futuros, como la reelección de Bush, el apartheid de Sudáfrica, la burbuja económica de las puntocom, etc. Acumuló un total de 82,361 predicciones, de las cuales en solamente 33% de las veces habían acertado. Es decir, los supuestos expertos son menos confiables que lanzar una moneda para ver qué es lo que va a pasar en el futuro [Tetlock, 2006].

No sé siquiera si voy a votar, pero estoy seguro de que por lo menos no me cierro y trato de ver lo que cada uno de los candidatos está proponiendo. Espero poder verlos en su justa dimensión y, si me convencen, votar por alguno de ellos. ®

Bibliografía
Savater, F., Ética para Amador, Barcelona: Ariel, 1991.

Antaki, I., Manual del ciudadano contemporáneo, México: Ariel, 2000.

Ploming, R., DeFries, J. C., McClearn, G. E. y Rutter, M., Behavioral Genetics, 3a ed., Nueva York: W. H. Freeman, 1997.

Verhulst B., Eaves, L. J. y Hatemi, P. K., “Correlation not Causation: The Relationship Between Personality Traits and Political Ideologies”, Am J Pol Sci., 2012;56(1): 34-51.

Green, D., B. Palmquist y E. Schickler, Partisan Hearts and Minds, New Haven: Yale University Press, 2002.

Westen, D., Blagov, P. S., Harenski, K., Kilts, C., Hamann, S., “Neural Bases of Motivated Reasoning: an FMRI Study of Emotional Constraints on Partisan Political Judgment in the 2004 U.S. Presidential Election”, J Cogn Neurosci, noviembre de 2006, 18(11): 1947-58.

Achen, C. y L. Bartels, “It Feels Like We’re Thinking: The Rationalizing Voter and Electoral Democracy”, 2006.

Tetlock, P., Expert Political Judgment, Princeton: Princeton University Press, 2006.

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Publicado en: Mayo 2012, Política y sociedad


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