Deseos extintos

Desde Montevideo, tierra de Isidore Ducasse, conde de Lautréamont

Nuestra columnista, uruguaya de origen, vivió varios años en México antes de regresar a su país. ¿Quién dice que patria sólo hay una?

Llevo casi siete años lejos de mi segunda patria. Lo he aceptado, creo. Hasta he extinguido el deseo otrora desesperado por su olor a cilantro, a tortilla de maíz, a mezcal, a fritos, a frutas, a incienso y copal, a rosas y mamey, a tequila y esquites; el hambre de sus sabores intensos, dejos a chile poblano y queso Oaxaca, a nieves de gustos impensables, a limón verde y cerveza, a rábano y orégano en el pozole, a chipotle, a mole negro, rojo, verde; el detalle del ajonjolí coronándolo todo, la delicadeza, las miniaturas, el papel picado de colores, la grandeza de la arquitectura, el gris de la piedra volcánica, los ladrillos de la Catedral hechos con los despojos del Templo Mayor, la música de los mercados, de las cantinas; los mariachis en la plaza de noche, el organillero, la marimba, los merolicos del Centro Histórico, el sonido del agua en los canales de Xochimilco mientras las chinampas se deslizan; las diferentes telas y tejidos sobre el cuerpo, los deshilados finísimos, los rebozos morados, rosa, amarillos, los huaraches de pies sucios, el olor a camarones, el coco, el pan dulce en charolas de metal redondas, el piloncillo, el café de olla, la talavera poblana, la talavera guanajuatense, que es distinta…

Empiezo a sospechar que no he extinguido ese deseo en lo más mínimo: sencillamente no le permito que pase a mi conciencia. Es una pena. Porque algún día moriré, y entonces la posibilidad del encuentro con México y el deseo y lo que ese deseo me despierta habrá muerto también para siempre. No será más una posibilidad abierta: no será, sencillamente. Como si nunca hubiera existido, salvo por estas y otras largas parrafadas en torno a ese persistente deseo por México, ahora negado por cuestiones de lisa supervivencia.

Deseos extintos. Pamplinas, dirían en los cómics.

Es una pena. Porque algún día moriré, y entonces la posibilidad del encuentro con México y el deseo y lo que ese deseo me despierta habrá muerto también para siempre. No será más una posibilidad abierta: no será, sencillamente. Como si nunca hubiera existido, salvo por estas y otras largas parrafadas en torno a ese persistente deseo por México, ahora negado por cuestiones de lisa supervivencia.

¿Me dejaré, entonces, de tanta sabiduría zen? Mejor sería permanecer abierta, receptiva, simplemente aguardando ese momento todavía divino y difuso de mi retorno a Ítaca (o más bien a Troya, o más bien sería “reencuentro” y ya no “retorno”, o más bien nada). Aunque aquello de Pensar, ayunar y esperar aplica sólo mientras la muerte no llegue primero. Nunca se sabe.

Pero lo que estresa de los laberintos es la insistencia en salir de ellos. Si uno los recorre un día a la vez se vuelven más livianos, sencillos, incluso placenteros. Justamente por esa perspectiva tan fuera de nuestro control de que la salida aparezca como por azar, sin esfuerzo ni voluntarismo. Me acuerdo cuando resolví —muchos años después y de golpe, sin estar siquiera pensando en ello— el enigma de aquel cartel que nombraba al legendario y un tanto surrealista bar de Guanajuato:

“La Dama de las Camelias… es él”

Tanto especular todos los años que vivimos allí, sin poder encontrarle la vuelta (no era un bar gay que justificara a aquella dama que, a su vez, podía ser al mismo tiempo un “él”), y un buen día supe que todo se trataba de una de esas frases célebres pergeñadas entre intelectuales durante una noche de soberana guarapeta. Lo supe para mí, en las entrañas. Frente a mis ojos apareció por sí misma la indudable matriz flaubertiana de la retorcida denominación de aquel antro:

“Madame Bovary… c’est moi”

Así se resuelven las cosas casi siempre. De golpe, sin aviso, cuando las misteriosas frutas caen del árbol. O cuando un buen día a Calipso le informan que debe dejar partir a Odiseo de una buena vez. ®

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Publicado en: El otro monte, Marzo 2012


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