Dios no ha muerto y debe morir

El estorboso fardo de la religión

La religión no está a discusión. Es como si la persona religiosa tuviera su ahorradito de fundamentalismo y lo sacara al primer atisbo de emergencia. La religión es un tema incómodo y más en estos tiempos de escándalos mediáticos y crisis de valores morales. Aquí, un enérgico alegato contra la religión y los creyentes.

El derecho a blasfemar

Debemos respetar la religión del otro, pero sólo en el sentido y en la medida en que respetamos su teoría de que su esposa es bella y sus hijos inteligentes.
—H.L. Mencken

Si yo te pregunto cuál es tu ideología política y tú me respondes que eres de izquierda, yo podría argumentar de diversas formas por qué el hecho de ser de izquierda —en un país cuyos ciudadanos mayormente no tienen conciencia política puesto que están más preocupados por sobrevivir— es complicado. Además podría hacer un recuento brevísimo de las plataformas políticas de los partidos autodenominados de izquierda para así señalar su obsolescencia, es decir, su inaplicabilidad en una sociedad que se ufana de moderna. Luego, quizá, tú replicarías y al final, tal vez, no llegaríamos a ningún acuerdo. La discusión podría llevarse a cabo sin el riesgo de ofendernos o irritarnos. Nuestra amistad no se vería mermada.

Marx y Mahoma

Lo mismo, apuesto, ocurriría si platicáramos sobre tu equipo favorito de futbol o, ya en confianza, si habláramos de nuestras filias sexuales. En este último caso cada quien expondría sus motivos personales para hacer más fácil la comprensión de sus preferencias. Y no habría ningún problema. Después de todo, no estaríamos intentando persuadirnos el uno al otro, sino simplemente intercambiar puntos de vista. Alguien toca a la puerta de nuestro hogar ideológico, lo dejamos pasar, se toma un café o una cerveza y, luego de un abrazo, nos despedimos y todos contentos.

La religión no está a discusión. Es como si la persona religiosa tuviera su ahorradito de fundamentalismo y lo sacara al primer atisbo de emergencia. La religión es un tema incómodo y más en estos tiempos de escándalos mediáticos y crisis de valores morales.

Pero cuando el tema de conversación discurre acerca de la creencia religiosa personal, la situación —salvo en contadas excepciones— tiende a ser distinta. Supongamos que yo te pregunto a qué dios le rezas y tú, por ejemplo, me respondes que a Cristo. Si tú ya sabes que yo no soy creyente te aseguro que vas a estar esperando a que te diga Pues no lo comparto, pero te respeto, ¡salud! y cambiemos de tema. Pero si yo insisto y te digo que para mí la idea de creer en un dios me parece absurda y primitiva, tú vas a quedar desconcertado y te sentirás súbitamente agredido. Pensarás que tu hogar ideológico ha sido ultrajado. No te importan mis razones ni los antecedentes que me llevaron a estas conclusiones. La religión no está a discusión. Es como si la persona religiosa tuviera su ahorradito de fundamentalismo y lo sacara al primer atisbo de emergencia. La religión es un tema incómodo y más en estos tiempos de escándalos mediáticos y crisis de valores morales.

En este sentido, el caso danés es muy ilustrativo. En septiembre de 2005 el periódico Jyllands-Posten publicó doce viñetas en las que se representaba al profeta islámico Mahoma. En los días subsecuentes a la publicación, un pequeño grupo de musulmanes encabezado por dos imanes (sacerdotes islámicos) exiliados en Dinamarca, se encargó de propagar metódicamente la indignación. La campaña de odio hacia el país escandinavo se inició cuando estos dos personajes viajaron a Egipto con varias fotocopias de un panfleto en el que se hacía una denuncia del maltrato hacia los musulmanes en Dinamarca, así como de la supuesta vinculación directa del periódico con el gobierno. El acto dejaba entrever maliciosa y falsamente que la supuesta opinión antiislámica de los cartones representaba, de alguna manera, el odio oficial hacia este grupo religioso. El panfleto se distribuyó rápidamente en los amplios territorios musulmanes de Asia y el norte de África, causando, como es lógico, crispación y manifestaciones de desprecio en contra del pequeño país europeo. No conformes con hacer del odio un producto portátil y de fácil transferencia, los taimados imanes añadieron a las doce ilustraciones tres más que no tenían ninguna relación con Dinamarca. Curiosamente, estas tres últimas imágenes eran mucho más agresivas. Especialmente una de ellas —que por cierto, no era un cartón sino una fotografía─, en la que se observa a un hombre barbado disfrazado de puerco.

Como se puede ver, esta fotografía por sí misma es más bien ridícula, aunque inserta en el contexto de una comunidad religiosa paranoica e ignorante puede resultar más hiriente que una bomba. Y así fue.

Tiempo después se supo que la fotografía pertenecía a la agencia Associated Press y había sido tomada por un francés en un concurso de disfraces de marranos llevado a cabo en una feria suburbana. La fotografía no tenía relación alguna con el profeta Mahoma ni con Dinamarca, más allá de la que los imanes decidieron forzar al incluirla en el panfleto. La leyenda que enmarcaba la fotografía rezaba así: “Her er det rigtige billede af Muhammed” (Ésta es la verdadera imagen de Mahoma). El resultado es previsible. El cuidadoso cultivo de la injuria, algunos meses después, dio sus primeros frutos. En Pakistán e Indonesia grupos radicales quemaban banderas danesas que sacaron de quién sabe dónde, al tiempo que exigían una disculpa formal del gobierno del país vikingo. Un claro ejemplo, esto último, de que para ciertas comunidades musulmanas la libre expresión y la autonomía de la que gozan algunos periódicos es algo de difícil comprensión.

La escalada de violencia prosiguió cuando diversos periódicos noruegos, alemanes y franceses publicaron las doce viñetas en señal de solidaridad con el Jyllands-Posten. Hubo destrucción de embajadas y consulados, boicot a productos daneses y quema de iglesias cristianas —que no tenían ninguna relación con la iglesia danesa. Más tarde, la hostilidad continuaría con el ya conocido proceder en estos casos: una recompensa de un millón de dólares ofrecida por un imán pakistaní para premiar al que matase al “dibujante danés”. Desconociendo, a la vista del hecho, que detrás de cada viñeta había un dibujante distinto. Y, seguramente, sin saber que las tres imágenes más ofensivas nunca habían sido publicadas en Dinamarca. En Nigeria las manifestaciones terminaron en iglesias reducidas a escombros, el asesinato a machetazos de nigerianos cristianos y el homicidio de un joven a quien se le ató a unas llantas y, luego de ser rociado con gasolina, se le quemó vivo.

El cuidadoso cultivo de la injuria, algunos meses después, dio sus primeros frutos. En Pakistán e Indonesia grupos radicales quemaban banderas danesas que sacaron de quién sabe dónde, al tiempo que exigían una disculpa formal del gobierno del país vikingo.

En Inglaterra las imágenes mediáticas mostraban leyendas aterradoras: “Masacren a los que insultan al islam”, “Descuarticen a los que se burlan del islam”, “Europa pagarás: la destrucción está en camino” y —con algún dejo irónico— “Decapiten a aquellos que dicen que el islam es una religión violenta”.

El secretario general del Consejo Musulmán Británico, Iqbal Sacranie, exhortó públicamente a los periódicos del Reino Unido a no publicar las viñetas. Sus argumentos: “La persona del Profeta, la paz esté con él, es reverenciada profundamente en el mundo musulmán y este amor no puede ser explicado en palabras. Va más allá de nuestros padres, nuestros seres queridos y nuestros hijos. Esa es parte de la fe” (Richard Dawkins, The God Delusion, Londres: Bantam Press, 2006, p. 26).

Lo anterior implica que los que no somos musulmanes debemos asumir que los valores del islam están por encima de los del resto. Así lo predican los seguidores del islam, como también lo hacen los demás creyentes en relación con sus propias religiones. Su razonamiento —nos vemos forzados a admitir bajo amenaza— es el único que conduce a la verdad y a la luz. Sin embargo, como afirma el periodista británico Andrew Mueller, el resto de los mortales, los no teístas, tendríamos que hacernos la pregunta: “¿Por qué tenemos que tomarnos en serio el hecho de que un grupo de gente ha decidido amar más a un profeta del siglo VII que a su propia familia?” (Dawkins), o, en el caso judío, un dios sanguinario y castigador, o en el caso cristiano un predicador del miedo y la abnegación. ¿Por qué?

¿Por qué debemos manejar la religión con pinzas en sociedades que se dicen (hiper)modernas y democráticas? La fe es una elección personal que, como cualquier otra, está siempre expuesta al derecho que los demás tienen a disentir.

México, siempre fiel

Creer en Dios es no conocerse a sí mismo
—Heriberto Yépez

Un vistazo general a la sociedad mexicana es suficiente: a México se lo está llevando la chingada. Para intentar revertir esta situación lo primero que debería hacerse —tal como se le recomienda al alcohólico o al drogadicto— es aceptar la condición patológica. De entre otros factores, la religiosidad mexicana resalta por ser un cubreojos que nos hace trastabillar permanentemente en el vadoso terreno de la realidad fáctica. La religión constituye una coraza personal en la que el individuo se refugia mientras afuera todo se derrumba, es una reacción de miedo. El miedo paraliza. Un pueblo religioso es un pueblo paralítico. El ser religioso se procura a sí mismo un buen futuro, un futuro divino, relegando así a un segundo plano sus responsabilidades terrenales (políticas, sociales, familiares), aquellas, por supuesto, que van más allá de, digamos, evangelizar a los demás, es decir, contagiarlos de su pánico vital. Al ser religioso le es suficiente rezar y cantar con la esperanza de que su situación cambie. Su actitud filantrópica es, en el fondo, un acto de egolatría para paliar su terror tanto a la vida como a la muerte y asegurarse un lugar en el cielo. El ser religioso se obstina en su trascendencia, olvidándose del bienestar común en el planeta Tierra.

La psique mexicana, vilipendiada y humillada durante y después de la conquista española, sufrió un trauma aún mayor cuando a los indígenas se les obligó a deshacerse de sus ídolos y adoptar a la divina providencia cristiana como su nueva ley fundamental, el nuevo asilo de sus desgracias.

La religión en México es un estorbo. El cristianismo en general y el catolicismo en particular no han hecho sino hundir al país en los fangos de una mentalidad pusilánime y temerosa. La psique mexicana, vilipendiada y humillada durante y después de la conquista española, sufrió un trauma aún mayor cuando a los indígenas se les obligó a deshacerse de sus ídolos y adoptar a la divina providencia cristiana como su nueva ley fundamental, el nuevo asilo de sus desgracias. El ejercicio del poder de los conquistadores fue —al igual que su dogma religioso— absolutista y devastador. Los habitantes mexicanos fueron subyugados y, consecuentemente, obligados a aceptar el nuevo orden religioso, social y político, todos los cuales estaban regidos por la cabeza virreinal católica, a su vez supeditada al rey católico, a su vez supeditado a esa macabra representación del dios terrenal, jefe de la industria de la beatificación: el papa. El futuro completamente manipulable de una raza sometida quedó en manos de un puñado de cretinos que al mismo tiempo mataban y prohibían matar, mentían y prohibían mentir, robaban y prohibían robar.

Resulta lógico que la idiosincrasia mexicana actual emule a la de sus conquistadores. Nuestra moral es incongruente. Somos deshonestos y traicioneros. Lo hemos mamado. Desde los aztecas, civilización totalitaria, impía, cruel y salvaje, de la cual nos decimos orgullosos de descender, el mexicano lleva en la sangre una moral torcida. La sociedad mexicana contemporánea es pueril. Es un niñato huérfano que captó el mundo a través de los ojos dogmáticos de un hato de radicales que no dudaban en demostrar su avaricia insaciable. La religión judeocristiana vino a joder aún más nuestra ya de por sí esencia despótica y discriminatoria. Con ella, nuestros principales defectos, nuestras pasiones más insanas han brotado a la luz para conformar la personalidad del mexicano del siglo XXI, el dizque civilizado, el dizque democrático. Condenamos las mismas cosas (pecados) que no estamos dispuestos a cumplir, que violamos a la primera oportunidad en el nombre de cualquier dios, en apego a incisos sagrados cifrados, o amparados en la sobreinterpretación de libros escritos igualmente por lunáticos —con un supuesto don de la escritura— embaucadores (Moisés, Ezequiel, Isaías, Marco, Juan, Pedro). No resulta sorpresivo que esta misma moral hipócrita sea la que aplicamos los mexicanos con la ley judicial, la que no es divina, pero que tal y como hemos aprendido religiosamente, también se puede ultrajar y manipular a conveniencia y antojo.

En México la mayoría de los ateos aún no está dispuesta a defender su postura. Debido, acaso, al nefando rezago educativo, la actitud librepensadora no teísta se reduce a cierta irreverencia oportunista, a un ateísmo silencioso y tímido, acobardado.

En México la mayoría de los ateos aún no está dispuesta a defender su postura. Debido, acaso, al nefando rezago educativo, la actitud librepensadora no teísta se reduce a cierta irreverencia oportunista, a un ateísmo silencioso y tímido, acobardado. Los ateos viven agazapados en sus propios pensamientos y con una sombra indeseable que les acecha: la latente susceptibilidad a convertirse al teísmo so pretextos milagrosos. El idealismo es el último lujo de la juventud, escribía el Marqués de Sade en el siglo XVIII. El ateísmo es una forma de idealismo. No en pocas ocasiones el converso abandona su ateísmo de juventud debido a la carga que implica su conciencia de la muerte. La muerte que se manifiesta bajo diferentes máscaras: dramas personales, encarcelamientos, curaciones o supervivencias que no pueden ser aún explicadas por la ciencia. Nuevamente resalta la ignorancia como el eje primordial de la religiosidad: soledad, incertidumbre en el porvenir, pavor.

Dios es un acto desesperado. Por eso la encarnación del dios cristiano es la del sufrimiento, la sumisión, el castigo y la muerte trágica. El miedo es consecuencia del desconocimiento, de no saber qué o si hay algo que se esconde en la oscuridad. De no conocer nuestra tolerancia al dolor. De no pensar. De no querer saber sobre nosotros mismos.

La obcecación por adivinar el futuro es uno de los actos más vanidosos y egoístas del ser humano. En la mente supina del creyente su religión es la vía que le permite vislumbrar un buen futuro, complace su narcisismo al tiempo que afianza su porvenir eterno en un hotel de cinco estrellas todo incluido: El Paraíso.

El que piensa diferente es un paria, inmaduro, maleducado y hasta endemoniado. Es por ello que —salvo algunos cuantos— intelectuales, académicos, políticos y, ya no se diga, líderes de opinión de las dos abyectas televisoras principales, se alinean en la moral judeocristiana predominante. La masa se ampara en los porcentajes: 85% de católicos de los cuales casi todos son —por si fuera poco y para acabarla de chingar—, asimismo, guadalupanos: esa vertiente del victimismo, en donde en gran medida han germinado y florecido las causas del machismo más acendrado y mejor enraizado. Los guadalupanos son los huérfanos desamparados por antonomasia. A la inmensa mayoría estadística católica se debe sumar una cantidad creciente de cristianos pentecostales, judíos en una proporción mucho menor y musulmanes en una minúscula.

En defensa de un ateísmo utópico

Sólo la independencia espiritual y psicológica que emana de un ateísmo con convicción es capaz de generar cambios palpables en nuestras sociedades hipertecnologizadas. La ciencia, así como el trabajo intelectual, tendría que estar divorciada de cualquier actitud teísta para alcanzar niveles de profundidad, revolucionarios y evolutivos. El científico, el artista, el intelectual debería saberse dueño de su propio destino, moralmente independiente a la hora de tomar decisiones. El humano debe valorar su soledad y su condición transitoria en el mundo. Una conciencia atea es una conciencia armónica, pues nos posiciona fríamente como lo que somos: seres biológicos dueños de sí mismos, que sobreviven y buscan momentos de felicidad en la belleza tangible y efímera de lo circundante. La belleza está aquí: somos nosotros, nuestra carne y nuestros pensamientos. No necesitamos una belleza mitológica, perfecta y discriminatoria. La religión polariza. Parte en dos al creyente y, por ende, a las sociedades creyentes. La belleza está en el arte, en la naturaleza y su condición real, manifiesta. La belleza del conocimiento está en los libros, en la imaginación del escritor —humano, por cierto. La belleza está, sin duda, en la Biblia y en el Corán y en la Torá y el Talmud, documentos que reflejan las tensiones psicológicas de otros seres humanos quienes, al igual que nosotros, experimentaron una urgencia por comunicar sus obsesiones, sus pasiones, sus delirios, sus esperanzas y sus desencantos. Pero, ¿por qué estropearlo adjudicando a esos escritos la preexistencia de lo sobrenatural? Si el esquizofrénico Moisés alucinaba que un ser omnipotente le dictaba mandamientos o Mahoma recibía el dictado sagrado en sus sueños, ¿por qué tenemos que creer que detrás de esas mentes brillantes, detrás de esos portentos de la imaginación —libros no siempre bien escritos, por cierto— necesariamente tuvo que haber un fantasma divino? El hecho indica una subvaloración sistemática de nuestras capacidades humanas. Esa subvaloración se extiende en el plano individual del ser religioso, quien se siente inferior en el mundo y por ello busca un guía, un ser todopoderoso en el cual subsanar o refugiar sus inseguridades. Un padre. El ser religioso utiliza la idea de dios para hacerse fuerte en un mundo que lo ha rebasado. En la medida en que las sociedades albergan mayor cantidad de sujetos con complejos de inferioridad, albergarán también mayor cantidad de deístas y viceversa ad infinitum.

El estadounidense, por ejemplo, es un individuo con un terror interno permanente. El estadounidense es paranoico. El estadounidense es tremendamente religioso. Su sociedad, al igual que la nuestra, está en decadencia. Los mexicanos en particular y los latinoamericanos en general somos razas acomplejadas, demolidas por nuestra conciencia histórica de subyugación y sometimiento. Arrojados a la orfandad que supuso la imposición de una cultura que nos llevaba siglos de ventaja. Los latinoamericanos somos masivamente religiosos porque tenemos el miedo de la criatura que se ha quedado sola. El creciente ateísmo en las sociedades europeas, no es casual. Europa ha sufrido en carne propia las peores consecuencias del fanatismo religioso: genocidios, inquisiciones, limpias raciales, guerras mundiales, terrorismo, separatismos violentos. Los europeos han ido aprendiendo, a fuerza de caminar entre cadáveres, que la vía para el desarrollo social es relegando el pensamiento divino a una categoría secundaria e inferior.

Tampoco es casualidad que las sociedades menos desarrolladas económica y socialmente sean las africanas y las asiáticas, donde el factor religioso sigue siendo primordial, rige sus días y sus noches. Donde la cabeza religiosa es asimismo la cabeza del Estado. Sociedades, hay que decirlo, que tampoco se han caracterizado por pacíficas y, mucho menos, felices.

La mente humana ha sido capaz de crearlo casi todo. La religiosidad, no obstante, se encarga de subestimar e incluso deslegitimar todos estos logros. El deísta devalúa el presente, olvida a conveniencia el pasado y despoja al futuro de sus proyecciones evolutivas. El creyente pervive sumido en una mediocridad pasiva e intrascendente, su vida es una incógnita.

¿Qué se puede rescatar moralmente de la idea de un dios cuya impasibilidad sólo le alcanza para testificar nuestra extinción?

El mito de Dios

Si cincuenta millones de personas creen una tontería, sigue siendo una tontería.
—Anatole France

Las argumentaciones que afirman que Dios es real parten del hecho de su preexistencia en relación con el universo. Nadie habla del origen de Dios. ¿Quién creó a Dios? La eterna discusión —─que no en pocas ocasiones suena a sorna— de qué fue primero, el huevo o la gallina, está basada en el mismo razonamiento ofuscado que niega la evolución previa de la gallina. Quienes afirman que la gallina o el huevo fueron creados por Dios niegan todo ese proceso genético-evolutivo que llevó, a través de millones de años, a que una célula acuática en una de sus ramificaciones evolutivas deviniera en gallina. El darwinismo ha demostrado la inexistencia de dios en el plano biológico. Recientemente, el científico inglés Stephen Hawking ha afirmado que el advenimiento del universo no se debe a la magia o a un regalo otorgado a los humanos por una deidad o entidad superior, sino a leyes físicas elementales que —si bien aún de manera incipiente— se pueden demostrar a partir de leyes como la de la gravitación universal. Hawking recalca, asimismo, que el descubrimiento reciente de planetas que orbitan en sistemas solares diferentes al nuestro pone nuevamente nuestra unicidad biológica en entredicho. No es raro, pues, que algunas de las religiones más disparatadas de nuestra época comiencen ya a rendir culto a deidades y vidas extraterrestres. El origen de las nuevas religiones: la esperanza desesperada que albergan esos guiñapos de que alguien venga a componer su existencia miserable.

Tomás de Aquino, desde su perspectiva teológica cristiana, hablaba del movimiento universal como efecto de un movimiento superior. Llanamente, su teoría excluye postulados científicos relacionados con las leyes del movimiento (Newton, Einstein). Esto es comprensible puesto que median tres y siete siglos de distancia entre Aquino y los dos científicos mencionados. Sin embargo, es pertinente tenerlo en cuenta, puesto que las teorías aquinistas siguen sirviendo de bandera argumentativa para los deístas del siglo XXI. Para ellos, entonces, la complejidad biológica de un ser vivo podría ser explicada a partir de un títere que no puede conducirse a sí mismo sin una mano que le entre por debajo. Esa mano, de acuerdo con la interpretación de uno de los postulados aquinistas, es la de Dios.

Para muchos, Dios es la respuesta a todo lo que permanece como un misterio. En el pasado se creía que un rayo era una afrenta divina. Ahora sabemos lo que hay detrás de ese y muchos más fenómenos naturales. En la medida en que carecemos de conocimiento o de un razonamiento que lo busque y lo facilite, en esa proporción, la idea de Dios adquiere relevancia.

La paradoja es que lo absoluto, debido a su falta de practicidad y a su cualidad inconmensurable, en términos jurídicos y morales, es decir, en términos humanos, suele ser reprobable o por lo menos tener una connotación negativa.

En el plano semántico cognitivo, el concepto de Dios es indivisible del prefijo omni: sciente o sapiente, potente, presente. Lo anterior, a todas luces, constituye un paroxismo irracional y excesivo. Tan enclenque que debe sustentarse en el principio de lo absoluto. La paradoja es que lo absoluto, debido a su falta de practicidad y a su cualidad inconmensurable, en términos jurídicos y morales, es decir, en términos humanos, suele ser reprobable o por lo menos tener una connotación negativa. ¿Somos capaces de responder a la pregunta: es Dios absolutamente bueno? Para Platón (religioso empedernido y autoritario), lo absoluto se manifiesta en el marco de las ideas, de lo inteligible. Es decir, la realidad (objetiva, permanente) contrapuesta al mundo de lo sensorial (subjetivo, cambiante). De lo anterior se extrae que lo absoluto (lo perfecto, lo objetivo) es imposible (platónico). Ni siquiera en las ciencias exactas (por cierto creadas por los humanos quienes, irónicamente, a su vez, son el producto mejor logrado de ¡dios!) el concepto de lo absoluto es capaz de imponerse sin dependencia.

Lo absoluto es inasible, por ende no puede expresarse sino en términos de subjetividad. Dios es una experiencia subjetiva pues se basa en la creencia (experiencia) personal. Dios es una opinión, una visión del mundo, simultáneamente absolutista y limitada. Una gran paradoja. El concepto o la idea de Dios es tan grande, abarca tanto, que se vuelve todo y nada. ¿Alguien es capaz de sujetar el aire con una sola mano e intentar sentir su volumen?

¿Cómo se puede creer en la ciencia y en Dios al mismo tiempo? En la creencia de dios existe una fuerte dosis de egoísmo. Un egoísmo en su vertiente más convenenciera. ¿Por qué no consideramos dioses a los magos?

En un acto de magia, los adultos sabemos que lo que está aconteciendo frente a nuestros ojos no es más que un truco (palabra de por sí compleja, puesto que sirve para justificar cualquier cosa que en principio no somos capaces de descifrar), un ilusionismo. ¿No constituye, entonces, un ilusionismo la virtud con la que supuestamente Dios maneja nuestro destino? La creación del universo, así como las vicisitudes diarias en la vida de cualquier individuo, de acuerdo con la primitiva cosmovisión religiosa judeocristiana, es un acto de prestidigitación. Por medio de éste, la entidad divina en cuestión provoca, solapa y testifica accidentes, nacimientos, muertes súbitas, triunfos o tragedias colectivas. ¿Por qué los trucos de Dios gozan de más credibilidad que los de Chris Angel? Si los creyentes pusieran su fe racionalmente y con la misma convicción en David Seth Kotkin —judío, por cierto—, alias David Copperfield, como la ponen en su dios, ¿no tendrían que creer que el mago que ha desaparecido la Estatua de la Libertad es Dios o al menos un engendro directo de alguna deidad? ¿Cómo tiene que ser Dios, pues, para gozar de calidad celestial?

La gente sigue creyendo en Dios a pesar de las desgracias que les suceden, puesto que la idea deísta está, precisamente, fundamentada en la culpa. Por tanto, el creyente termina convenciéndose de que su actitud lo hace merecedor de los infortunios. Ésa es la ley más elemental del pecado. Si aplicamos los mandamientos veremos que prácticamente todo acto humano es potencialmente un pecado. Es una estrategia formidablemente buena: debido a que cualquier acto humano es pecado, entonces esos actos y sus consecuencias son susceptibles de ser explicadas a través del castigo o la pena o la penitencia aplicada por el dios justiciero. Es decir, los mandamientos establecen un candado en la creencia de que toda causa y efecto de nuestras acciones tienen que ver con la voluntad de Dios. Es como si alguien te corta el brazo para poder venderte una venda.

El único margen de error —el cual no consideraban nuestros primitivos antepasados bíblicos (1500 a.C.)— consiste en el desarrollo racional en detrimento de la ignorancia. Increíblemente, la razón de algunos todavía se rige por el oscurantismo, el desconocimiento y la exaltación de personajes antiquísimos, quienes nunca consideraron que el conocimiento humano podría alcanzarle para, por ejemplo, decodificar y alterar un mapa genómico.

Revelaciones (remate profético incluido)

Dios sí existe, pero sólo en la mente de sus fieles. La idea de la existencia de dios está fundamentada en la principal peste del ser humano: la ignorancia. Uno no es ateo gracias a dios, sino como resultado de su propia iniciativa.

El ateísmo moderno surgió como consecuencia de la revolución industrial y el colonialismo. Ese nuevo individuo científico-técnico, dominado por un espíritu primordialmente utilitarista, sustituyó la esperanza en el más allá por los proyectos mundanos, o sea, por los placeres terrícolas y el dominio del más acá. Como dijo Hegel: “La lectura del periódico es la oración matinal del hombre moderno”.

En la posmodernidad, Cristo, Jehová y Alá comparten éxitos con los ases del deporte y las estrellas del pop, así como con la iconolatría reproducida por los medios de comunicación y el culto a la Alta Tecnología que impregna la mayoría de las parábolas publicitarias.

El ateísmo moderno surgió como consecuencia de la revolución industrial y el colonialismo. Ese nuevo individuo científico-técnico, dominado por un espíritu primordialmente utilitarista, sustituyó la esperanza en el más allá por los proyectos mundanos, o sea, por los placeres terrícolas y el dominio del más acá.

La creciente desilusión posmoderna por las tres grandes religiones monoteístas ha llevado fieles hacia diversas sectas neopaganas panteístas como el druidismo y el movimiento Wicca. Aquí los iniciados se refugian en otras creencias, igualmente metafísicas y sobrenaturales, que los ayudan a paliar la incomprensión sobre su origen y su destino, es decir, a sobrellevar la soledad.

El truculento túnel posmoderno ha originado, asimismo, que algunos otros incautos se hayan hecho adeptos del new age: una mezcolanza que, basada en la “nueva era de Acuario”, incluye el misticismo, la medicina holística o el culto del cuerpo entre sus hábitos filosófico-religiosos. El new age es una especie de cristianismo pop del hippismo tardío.

Para Nietzsche, la creencia en Dios es una consecuencia de la vida decadente, de la vida incapaz de aceptar el mundo en su dimensión trágica. El bigotón alemán parece apelar a una motivación psicológica: la idea de Dios es un refugio para los que no pueden aceptar la vida.

Periodista, poeta y político mexicano, personaje injustamente oscurecido por la moral imperante en el México moderno, Ignacio Ramírez Calzada, “el Nigromante”, fue un férreo impulsor de las Leyes de Reforma durante el siglo XVII. Un mexicano que valdría la pena recuperar.


Los mexicanos que sigan entregando su destino a la voluntad de un ser mitológico, lejos de reconstruir este país, seguirán transitando entre sus ruinas, tal y como lo hacemos casi todos en este momento. Para ellos, sin embargo, ese andar voluble y ambivalente que los lleva de la sonrisa a la angustia, del entusiasmo al temor, es aún más improductivo. Esos mexicanos no son capaces de reordenar entre los escombros, puesto que las pesadas biblias y los fastidiosos crucifijos abarcan todo lugar en sus manos. Además, cualquiera sabe que resulta imposible limpiar un chiquero mientras se reza un rosario temblorosamente y con los ojos vendados. ®

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Publicado en: Diciembre 2010, Política y sociedad

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