Ecología del miedo

¡Sálvese quien pueda!

La Tierra es un lugar inseguro. El hombre no sólo debe temer a las fuerzas de la naturaleza, sino también a las que él mismo crea y desata. Desde los comienzos de la civilización la humanidad ha venido carcomiendo cada vez más aprisa los recursos que una vez creyó inagotables, y no sólo eso, también ha convertido partes del mundo en enormes contenedores de desechos tóxicos.

Ningún lugar en la Tierra brinda tanta seguridad para la vida ni está tan a salvo de los desastres naturales como el sur de California.
—Los Angeles Times, 1934

A 66 años de haberse escrito, el epígrafe con que se inicia este artículo —y con el que abre también Ecology of Fear. Los Angeles and the Imagination of Disaster [Nueva York: Metropolitan Books, 1998], del periodista y ensayista angelino Mike Davis— parece un sarcasmo de mal gusto: acaso un cínico slogan publicitario o una poco afortunada declaración política. La industriosa San Francisco fue devastada en 1906 por un terremoto que dejó tres mil muertos y al que siguió un incendio que terminó de arrasar la ciudad (al que los empresarios y constructores culparon de la destrucción, más que al sismo, para emprender cuanto antes la reconstrucción de la antigua ciudad de madera y asegurar sus ganancias). Además, furiosos ciclones azotan sus costas de cuando en cuando: la famosa corriente de aire tropical Kona, proveniente de Hawaii, ocasiona cada tres o cinco años precipitaciones pluviales en las costas californianas que no tienen nada que envidiar a los monzones ecuatoriales. Al sur, la megaciudad de Los Ángeles ha sufrido grandes inundaciones, desbordamientos torrenciales del L.A. River, sismos de diferentes intensidades, violentos huracanes y voraces incendios forestales que han llegado a lamer los márgenes de una de las concentraciones urbanas más vastas del orbe: recuérdense las dantescas lenguas de fuego danzando cinematográficamente detrás de las lujosas y apacibles residencias de Malibú. Al parecer, la naturaleza no siempre simpatiza con el imperio más poderoso de los tiempos modernos: desde Alaska y de costa a costa, pasando por las extensas planicies del centro, tormentas, tornados, terremotos, inundaciones, erupciones volcánicas, deslaves y casi todo tipo de desastres naturales causan estragos, cientos de muertes y pérdidas millonarias todos los años —las que se recuperan con creces con las ganancias de las superproducciones hollywoodenses que dramatizan con exaltado heroicismo catástrofes reales o imaginarias.

Sin embargo, el territorio de la Unión Americana no es, ni con mucho, el más castigado por las fuerzas de la naturaleza. Y, aun si lo fuera, la capacidad de prevención y de respuesta de las instituciones civiles y militares estadounidenses es mucho más eficaz que las de otras partes del mundo: como sabemos, la miseria, la ignorancia, la burocracia y la corrupción son aliados fatídicos de toda suerte de cataclismos —aunque debe hacerse la excepción en el caso del huracán Katrina, que destruyó una buena parte de Nueva Orleáns y en donde la respuesta fue lenta y desorganizada. Los sacudimientos telúricos y las inundaciones dejan siempre más víctimas y damnificados en las llanuras asiáticas o en los pueblos africanos o iberoamericanos que en otras regiones. Recuérdese también el terremoto de septiembre de 1985 en la Ciudad de México, donde cientos de edificios construidos por los gobiernos priistas se desplomaron debido a la mala calidad de los materiales utilizados en su construcción, incrementando la cantidad de muertos —entre cinco y diez mil, según diversas fuentes. ¿A quién se le ocurre construir ciudades en lugares tan peligrosos?, preguntaría el sabio Perogrullo.

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La Tierra es un lugar inseguro. El hombre no sólo debe temer a las fuerzas de la naturaleza, sino también a las que él mismo crea y desata. Desde los comienzos de la civilización la humanidad ha venido carcomiendo cada vez más aprisa los recursos que una vez creyó inagotables, y no sólo eso, también ha convertido partes del mundo en enormes contenedores de desechos tóxicos. El hombre no sólo arrasa con los recursos naturales, sino que, en un desplante permanente de arrogancia e insolencia, también los arruina. En los años sesenta, en Londres, la espesa capa de neblina y humo que flotaba sobre la ciudad causó la muerte de varias personas. Las lluvias ácidas malogran miles de hectáreas cultivadas en varias partes de la Tierra. El accidente de la planta nuclear de Chernobyl arrojó a la atmósfera una extensa nube radiactiva que cubrió vastas zonas del norte europeo y algo similar estuvo a punto de ocurrir hace un año en Fukushima.

La Tierra es un lugar inseguro. El hombre no sólo debe temer a las fuerzas de la naturaleza, sino también a las que él mismo crea y desata. Desde los comienzos de la civilización la humanidad ha venido carcomiendo cada vez más aprisa los recursos que una vez creyó inagotables, y no sólo eso, también ha convertido partes del mundo en enormes contenedores de desechos tóxicos.

A estas alturas, quizá la Antártida sea uno de los pocos lugares del planeta donde la mano del hombre no ha podido trastocar el paisaje. Empero, a dondequiera que se dirija la mirada, la contaminación y el deterioro del ambiente son palpables, al grado de que ya son más letales los efectos de la desaforada industrialización que los de las catástrofes naturales —las cuales, además, se acentúan en muchas ocasiones debido a la actividad predatoria del hombre: el sobrecalentamiento de la atmósfera, el fenómeno cíclico de El Niño, la desertización progresiva de bosques y selvas, el desbordamiento de ríos y canales —como también sucede con alguna frecuencia en el del Valle de Chalco, en las afueras de la Ciudad de México.

Si la guerra de la naturaleza contra el hombre es devastadora, no lo es menos la guerra de los hombres contra otros hombres, que ha llegado a extremos inauditos de aberración y crueldad. Tan sólo en los últimos 35 años ha habido más de cien guerras civiles, punitivas o de invasión y de “ayuda humanitaria” que han dejado miles y miles de muertos, asesinados a palos, a machetazos o con sofisticadas minas antipersonales y misiles “inteligentes”. Vayamos un poco más atrás, adonde la memoria de las cruentas conflagraciones mundiales, especialmente la segunda, que vio sus momentos culminantes y más terribles con el holocausto —más de seis millones de judíos, gitanos, polacos católicos y comunistas europeos, sin hablar de los millones de muertos del frente ruso— y el lanzamiento de las bombas atómicas sobre los habitantes de Hiroshima y Nagasaki —conejillos de indias de Mr. Truman. Desde entonces, las pruebas subterráneas y al ras de la superficie con bombas atómicas y de hidrógeno miles de veces más potentes, tanto de Estados Unidos y la ex Unión Soviética como de Inglaterra y Francia —este país en los atolones del Pacífico— se cuentan por cientos: a este paso, no sería de extrañar que la radiación fuera ya un componente más de la atmósfera. Si esto no bastara, países hambrientos pero igualmente beligerantes, como la India y Paquistán —patéticos enemigos acérrimos—, cuentan ya con arsenal nuclear y están dispuestos a aniquilarse mutuamente a la menor provocación, y ahí está también la amenaza nuclear en el Medio Oriente. Los vietnamitas aún sufren las consecuencias del napalm, rociado por el ejército estadounidense sobre selvas y caseríos, a los que convirtió en páramos estériles. En amplias regiones de África las minas antipersonales aún cobran cada año cientos de vidas inocentes. No es necesario ser de raza aria para actuar como nazis ante los otros.

En cada país, en cada ciudad, se resienten de alguna manera los efectos del modelo dominante de civilización: en Torreón, mi ciudad natal, las malformaciones congénitas en recién nacidos alcanzaron un alto porcentaje debido a los desperdicios producidos por la fundidora de acero Met Mex Peñoles, así como también los casos de acefalia en fetos de algunas ciudades de la frontera norte mexicana, causados por los desechos tóxicos de la industria nuclear del país vecino. En Guadalajara, en abril de 1992, una serie de violentas explosiones causadas por la acumulación de diesel y gas vertidos en el drenaje de la ciudad dejó más de 200 muertos; las advertencias de la población, desde luego, fueron ignoradas por la municipalidad. En diciembre de 1984 la negligencia de comerciantes de gas y de las mismas autoridades propició una sobrecogedora tragedia en San Juanico, cuando estallaron varios tanques de gas que convirtieron el populoso suburbio aledaño a la Ciudad de México en una pesadilla de fuego y muerte. No hubo responsables y los casos nunca se resolvieron.

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Ya desde los primeros tiempos los hombres quemaban grandes extensiones de bosques para abrirle paso a la agricultura y a la ganadería, construían presas y desviaban el curso de los ríos. Miles de años después, la civilización ha alcanzado un punto crítico: nunca antes se había estado tan cerca del exterminio por mano propia, pero también es verdad que nunca antes se había cobrado tanta conciencia de la magnitud del problema. Aún falta por ver si las pulsiones vitales y de la razón logran imponerse sobre los impulsos tanáticos e irracionales del así llamado “progreso”.

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El futuro ya está aquí —y es más negro de lo que pensábamos. Cuando era chico imaginaba el año 2000 como las caricaturas de Los Supersónicos, con naves espaciales y artefactos automatizados que hacían más amable la vida cotidiana. En ese futuro habría una sociedad idílica, sin miseria ni tiranos. El fantástico mundo de la televisión y de los cómics se fundiría con el de la realidad para crear una era llena de sorpresas y de impresionantes avances científicos y tecnológicos, viajes por el tiempo y por el universo, y con unos pocos misterios que resolver. Einstein y la tripulación del Enterprise se darían la mano y brindarían por la felicidad de la especie humana, incuestionable amo de las galaxias.

El espacio está plagado de satélites espías y el fondo de los mares de submarinos nucleares que se hunden como cacharros viejos. Los humanos nos hemos transformado en mutantes defectuosos y enfermizos, lejos de los superhombres de la ciencia ficción y de la tecnociencia elitista.

La realidad nos deparaba otra cosa. Ahora es más factible que Godzilla de veras destruya la altiva Nueva York y que un tsunami de proporciones bíblicas arrastre consigo a la sobrepoblada Tokyo. El futuro —nuestro presente— se parece más a las oscuras fantasías apocalípticas de películas como Cuando el destino nos alcance (Richard Fleischer, 1973) y, ejemplo paradigmático, Blade Runner (Ridley Scott, 1983), donde la megalópolis de Los Ángeles, otrora soleada y primaveral, se ha convertido en el 2019 en una urbe fétida y ominosa, poblada de bandas semisalvajes —la otra cara de la moneda multicultural— y dominada por grandes corporaciones. No es difícil concebir futuros inmediatos como el de Blade Runner para el resto de las urbes del planeta: deshumanizadas, con graves problemas de abastecimiento de agua, energía y alimentos, inseguras y con aires enrarecidos y venenosos. Cualquier semejanza con la situación que se avecina para la Ciudad de México es perfectamente posible: cada vez es más complicado abastecerla de agua potable, el aire que respiran los capitalinos es el más dañino del mundo, los miles de emigrantes se hacinan en cuartuchos malolientes, el tráfico es desquiciante. El mítico Popocatépetl podría hartarse de una vez por todas y estallar en cualquier momento. Sólo falta adivinar qué forma adoptará el colapso: el simple hundimiento en el movedizo subsuelo o la destrucción total en medio de un terremoto devastador y largamente anunciado.

¿Cómo imaginar otros futuros posibles para la civilización humana cuando no hay indicios de racionalidad ni de cordura? El humanismo hace mucho tiempo pasó a ser una ingenua ideología descatalogada. Hoy privan en el mundo la calidad total, la eficiencia y la productividad, aun a costa del bienestar de miles de millones de seres humanos sin posibilidades de acceder a condiciones decorosas de vida, de alimentación, de trabajo y educación. La peor versión del capitalismo se reedita a sí mismo una y otra vez, cada vez más fiero. Los pobres son prescindibles y fácilmente remplazables, como lo demuestran las guerras, las hambrunas y, en pleno auge tecnológico, los vastos ejércitos industriales de reserva —y como lo demuestra también el caso de los cientos de muchachas trabajadoras de Ciudad Juárez asesinadas con sadismo infinito en la última década, sin que las autoridades se decidan a tomar seriamente cartas en el asunto.

No hay un solo continente libre de conflictos bélicos o de graves problemas que amenacen su supervivencia. Los mares son campos de sangrientas batallas contra ballenas y delfines. En el África central rinocerontes y elefantes son asesinados para comerciar ilegalmente con sus cuernos y colmillos. En granjas de todo el mundo aves y cerdos son engordados con hormonas y nutrientes artificiales. Los granos transgénicos amenazan la diversidad de especies y cultivos. Los circos son centros de tortura de leones y tigres desdentados y sin garras, de elefantes lacerados con punzones de acero para obligarlos a levantar la pata.

El espacio está plagado de satélites espías y el fondo de los mares de submarinos nucleares que se hunden como cacharros viejos. Los humanos nos hemos transformado en mutantes defectuosos y enfermizos, lejos de los superhombres de la ciencia ficción y de la tecnociencia elitista. Despreciamos nuestro entorno y dejamos morir impasibles, lentamente, la tierra que nos ofrece alimento y cobijo. ¿Habrá un futuro próximo en el que podremos huir hacia las colonias Off-World, como en Blade Runner, o tendremos la capacidad suficiente para revertir el daño que hemos hecho en milenios de depredación y canibalismo? Ésta es una de las preguntas torales de la filosofía y de la ética contemporáneas. ®

[2004-2012; publicado originalmente en la revista Complot y posteriormente en El dilema de Bukowski, México: Ediciones Sin Nombre 2004.]

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Publicado en: Abril 2012, Destacados, ¿Nos estamos acabando el mundo?


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  • antonio tovar

    Excelente, Rogelio.
    Que curioso, ayer, precisamente, por medio de la television por cable, en la television espanola, veia un reportaje sobre una chica madrilena alergica a las ondas electromagneticas…
    Era surreal ver a esta chica, quien, para salir a la calle, debia vestir un traje especial confeccionado con hilos metalicos, para, de ese modo, poder resistir las radiaciones emitidas por antenas y telefonos celulares; la chica contaba tambien con un aparato especial que le indicaba la cantidad de radiaciones emitidas en la atmosfera a su paso…
    ? Sera que, ahora, aunado a toda la contaminacion ambiental creada en los ultimos siglos por el hombre, con el uso y abuso de las nuevas tecnologias, nuestro arribo al futuro esta marcado por una nueva serie de contaminantes energeticos y atomicos de los cuales aun desconocemos sus nefastos efectos?
    ? Sera que, quiza, algun dia, el ser humano, tendra que moverse por la Tierra cubierto por una escafandra o envuelto en un traje de astronauta para poder resisitir la infinita red de contaminates que hacen y haran dano a nuestros sensibles cuerpos ? Los que, ” a pesar ” de tanto futuro, y tantos avances tecnicos y tecnologicos , siguen pertenenciendo a la Naturaleza. La que tanto nos empenamos en destruir por sacarle un ” buen provecho economico”. Aun a costa de nuestra salud y nuestras vidas.
    Un abrazo..

  • Josefina Sí Puede!

    Hay miles de implicaciones que no conocemos, a propósito de las nuevas tecnologías, para el ambiente.
    Los invitamos a nuestro canal, para que conozcan algunos puntos de nuestra política de sustentabilidad.

    http://www.youtube.com/watch?v=6SOhErWJHMk

    Les agradecería que nos enriquecieran con sus puntos de vista, para mejorar con cada uno de ellos!

  • Qué bueno… Gracias, Guillermo, saludos!

  • Guillermo Jaimes (@GuilloJB87)

    Tú artículo me recordó este sketch de George Carlin… http://www.youtube.com/watch?v=pFvU23R5Dfs
    Saludos Rogelio