El fallido paso de la animación a la carne

Avatar: The Last Airbender, de M. Night Shyamalan

El trabajo de Shyamalan pasará a la historia como una de las peores adaptaciones fílmicas que se han realizado. Éste es uno de los ejemplos de que algunas cosas deben dejarse mejor por la paz.

Ese pequeño Dalai Lama...

Ese pequeño Dalai Lama…

¿Cómo mandar al diablo una franquicia en tres pasos?

Paso número uno: emprenda la tarea de hacer la película sin conocer bien el material, sin comprender que una serie de animación (no es ánime, está inspirada en muchos estilos), muy al estilo de Hayao Miyazaki y Jules Bass, es intransferible (en serio, anótenlo: in-trans-fe-ri-ble) a un formato fílmico.

Paso número dos: cambie las razas de los personajes a como le plazca, denotando su ignorancia del material de la serie original, queriendo embutir en 103 minutos un desarrollo que toma veinte episodios en la primera temporada, pero sin pensar siquiera en darle alma a sus personajes.

Paso número tres: dele carta blanca a M. Night Shyamalan para dirigirla.

Lo último es la receta para el desastre. Y la seguridad de que (Dios bendito) no habrá una segunda película para lastimar nuestras sensibilidades. (Les digo, Hollywood no es tan malo…) Es lo único que nos mantiene vivos.

Si sigue los pasos mencionados le aseguro que esos 150 millones de dólares que sacó del colchón para financiar su filme se irán a la basura con más rapidez que una rola de Lady Ga Ga. En serio.

Hollywood posiblemente vete para siempre a ese hindú trasnochado, y yo conozco a unos cuantos fans de la serie original que quieren la cabeza de este caballero que una vez nos puso con los nervios de punta con The Sixth Sense (1999) y nos impactó por su talento en Unbreakable (2000) al captar la esencia de los cómics. Ahora tendrá suerte si alguien le da presupuesto para dirigir el próximo churro de Adam Sandler.

Es entretenimiento, es una serie animada para niños y preadolescentes. Pero también es una historia apasionante bien contada y llena de guiños culturales, personajes que nos importan desde el primer capítulo y un universo basado en miles de estampas conocidas que no cualquiera puede recrear tan vívidamente.

El caso de la mala, pésima, obscenamente execrable adaptación a la saga de Avatar: The Last Airbender. The Legend of Aang, creada por Michael Dante DiMartino y Brian Konietzko para Nickelodeon, es un episodio tan emblemático que no me extrañaría que pronto forme parte de un curso empresarial para entrepreneurs de la industria cinematográfica que no saben qué hacer con sus millones (por sus madres, no se les ocurra dárselo a ese hígado insoportable que es Diego Luna; que su apariencia de hipster intelectualoide escupido de “Coyo” no los deslumbre).

Sí, es entretenimiento, es una serie animada para niños y preadolescentes. Pero también es una historia apasionante bien contada y llena de guiños culturales, personajes que nos importan desde el primer capítulo y un universo basado en miles de estampas conocidas que no cualquiera puede recrear tan vívidamente, respetando y, además, de manera divertida; una serie muy rara, como se puede ver.

Aang, el niño Avatar, es un mocoso travieso, y el estilo de la serie animada de televisión que tuvo tres temporadas, de 2005 a 2008, es tan genuino y revitalizante que cualquier escena solemne es borrada de un plumazo por una gracejada no siempre simple; comedia física no siempre tonta. Sus personajes, como las cebollas de Shrek, poseen muchas capas (además esto último es fiel al ideal de un mundo surrealista, aunque usted no lo crea).

Shyamalan, maquilador.

Shyamalan, maquilador.

Ahora hay ver el Aang de Shyamalan: demasiado serio, un niño santo con poderes, insoportable (dan ganas de darle una patada en… la santidad), recuerda al niño del Bebé de Macón de Peter Greenaway y, con esa solemnidad, a mitad de la película dan ganas de que corra la misma suerte que ese bebé.

Aang, en la serie animada, en ocasiones se comporta como un pequeño bastardo inmaduro y es capaz de destruir un gigantesco taladro que atravesará el muro de la ciudad inexpugnable de Ba Sing Se y después sonreír como idiota.

DiMartino sabe que la magia de sus personajes es que viven porque tocan los extremos, como Sokka, esa reencarnación del Kikuchiyo (el inmortal Toshiro Mifune) de Los Siete Samurais (1954); es viril como ese samurai amado de Akira Kurosawa, pero también es tontísimo; es noble y valiente, aunque hilarante y bobo a morir: es el clásico personaje que de inicio se encuentra en las tramas para proveer el alivio cómico, pero también es una caricatura reverencial del héroe de la mitología japonesa; macho, pero absurdo y con sensibilidad.

DiMartino y Konietzko se dieron cuenta de que todos podían servir igual, hasta sus villanos, que tienen la capacidad de desatar nuestra antipatía, pero también nos fascinan y jamás nos desagradan del todo. Es así como estos dibujos cobran sentido y nos llegan a sumergir en sus aventuras (las cuales son impactantes, todos los capítulos).

Todo en Avatar: The Last Airbender. The Legend of Aang, la serie animada, en sus sesenta capítulos, es creatividad e ingenio, sobre todo porque, tal como el mismo James Cameron hizo para su propia película Avatar (nada que ver con la serie animada), se centró en la historia que tenía que contar (aunque la más trillada que pudo encontrar, en honor a la verdad), y en los personajes y las florituras, efectos especiales y fuegos artificiales sólo sirvieron para ilustrar su desarrollo. En resumidas cuentas, es un insulto lo que hizo Shyamalan para adaptar la leyenda de Aang.

En el trabajo de Shyamalan no hay nada que sea tan ácido y chocarrero como el rey loco Bumi, un personajazo que los escritores abordan muy pocas veces pues saben que es una bomba, y por eso lo utilizan con moderación, es un plato de gourmet que exige dedicación para disfrutarlo.

Las soluciones a las que llega cada capítulo también son clichés, intentan evitar lo esperado por todos y, cuando llegan a ello, borran lo serio y solemne con viñetas que de verdad serían la envidia de muchos cómicos de stand: como el hombre que vende coles y ve su negocio arruinado en múltiples episodios (ya una leyenda en el mito pop que ha creado la serie “¡My cabbages!”).

En el trabajo de Shyamalan no hay nada que sea tan ácido y chocarrero como el rey loco Bumi, un personajazo que los escritores abordan muy pocas veces pues saben que es una bomba, y por eso lo utilizan con moderación, es un plato de gourmet que exige dedicación para disfrutarlo.

El gran acierto bajo el brazo de los creadores es manejar todo como una gran historia en tres capítulos, y son fieles a ello: lo hacen de forma envidiable, serializando los veinte episodios y dándole un sentido a cada uno, que cobrará importancia al final.

Bien entendido el camino del samurai y la formación del héroe mítico; no basta ser por elección de los astros esa suerte de Dalai Lama en miniatura, sino ganarse cada uno de los poderes que lo hacen excepcional. Si tienen infantes o preadolescentes en casa, ese aspecto de la serie se convierte no en un dogma disneylaniano sino en una idea que puede ser divertida, sin dejar de tener la seriedad y reverencia que carga, por ejemplo, un personaje como Pai Mei en la segunda de Kill Bill; es el respeto a la cultura que da origen a todo lo que impulsa este serial a otros derroteros que el de ser una simple caricatura infantil.

Si leyó bien lo anterior, el meollo del asunto de la creación de DiMartino y Konietzko es que son fieles a reverenciar los instantes de una cultura tradicional de filmes de kung fu, el estilo wuxia del filme de acción y aventuras de Hong Kong en las coreografías y el estilo de lucha de cada uno de los airbendings; el Kurosawa de aventuras y los personajes y estética de Jules Bass y sobre todo Hayao Miyazaki.

Su constante revisitación de situaciones alusivas a esos grandes productos culturales le grita al espectador que la fuente está abierta para el que quiera empaparse de esa sustancia original. Como todo apropiador, el creador en este caso es sólo un vínculo, un conducto para que el infante o preteen se acerque a esa excitante cultura en una forma lúdica y despreocupada, sí, pero le deja claro que está ante la referencia de un producto cultural de primer nivel.

Los personajes originales.

Los personajes originales.

¿Quién no ve a una especie de Totoro en Appa, el bisonte volador de Aang? Aunque atados por cierto canon, Konietzko y DiMartino dejan claro desde el principio que cuando acaben de contar el último libro (hasta esa idea de jugar desde el principio con la historia, como si fuera una leyenda ocurrida en illo tempore, se acabará el tiempo de esos personajes.

Al respecto en The Legend of Korra (2012), la secuela, todo ocurre muchos años después, cuando Aang ya murió; es un desarrollo que crece, respeta su universo y muestra a personajes finitos, lo que no hace más que darle una importancia intrínseca a cada acción del relato.

The Legend of Korra es una trama más adolescente (como el personaje, Korra), ya no es un producto dirigido al mercado infantil, es un progreso de los creadores sobre su propia mitología hacia una narrativa aún más adulta que los chispazos que tenía en la primera serie; de hecho hasta el estilo ya es ánime y es más contemporáneo, más hiperreal.

Es una creación distinta que asume su compromiso de dejar en paz la genial historia de Aang (y por ello ésta queda aún más en nuestras memorias), hasta en el estilo de la serie, menos una comedia y más un serial de aventuras adolescentes, con esos problemas típicos de la edad, y mayor síntesis y complejidad, el peso de la urbe tecnologizada en lugar del oriente rural. Es un anticlímax para los que seguimos la trama de la primera serie, porque siempre queremos saber qué siguió después, pero la respuesta es que a esos personajes hay que dejarlos en paz, su tiempo se acabó y ahora hay que pasar a otro momento.

El toque Shyamalan

Del otro lado está Shyamalan. Parece que su gran carrera se estancó cuando recibió carta blanca para montar sus ocurrencias y dejó de comprender su habilidad principal para crear situaciones sórdidas y tensión; dejó de presionar los nervios de sus espectadores en pos de su delirio como creador único. Shyamalan no es un creador de ésos.

Basta ver Lady in the Water (2006), en la que pretende recrear su propia mitología, y fiel a su costumbre de incluir a actores de su país, India, más que como personajes independientes de su nacionalidad, pues éstos parecen estar ahí porque el director es su paisano, como si lo exigiera a los productores de la película antes de cada rodaje.

Lady in the Water es más esa fantasía oscura, pero el texto de la leyenda principal (al inicio del filme) se sentía demiurgo del universo creado para Aang por DiMartino y Konietzko, no extraña por qué le ofrecieron el trabajo y se tomó la tarea con mucho entusiasmo, como se puede ver en los documentales de la película.

Escena de Lady in the Water.

Escena de Lady in the Water.

Quizá sea otro desatino el que la industria viera en Shyamalan no sólo al buen artífice heredero del suspense hitchcockiano muy parecido a Richard Kelly (Donnie Darko), pero Shyamalan parece querer su lugar como otro Del Toro.

Shyamalan no parece tener ese talento para la dark fantasy, y para el caso ni para el género fantástico, y el daño irreparable que le hizo a Aang (aunque el éxito en taquilla anuncia que en algún momento se hará otra película sobre el tema), es un claro ejemplo.

Su nación del fuego suena como si le interesara más una especie de prédica de autor para su propia nación en una expansión posmoderna que llevar a buen puerto la historia de Aang.

No es un secreto que India es uno de los países que en unas décadas podría llegar a regir la economía global, y Shyamalan es a todas luces un nacionalista deseoso de pregonar evangelios para su gente, tal como el auteur que cree que es (y que Hollywood cree que es, aun a pesar del destrozo que hizo con Avatar).

Su adaptación de Avatar se parece a su propia mitología inventada para Lady in the Water, pero fue demasiado lejos como para transformar a la nación del fuego en la nación india (y los que vieron la serie saben que es el peor desatino, pues se pierde la carga de arte marcial místico y fantástico de las cuatro razas, la imagen de kung fu de una película de King Hu; la inspiración original del serial, la cultura en sí misma (otra vez, como si la cultura india necesitara compararse con otras); es hasta una negligencia creativa que el público conocedor supo castigar (aunque no el masivo).

Es interesante, desde una perspectiva, pues quien ya vio las tres temporadas de la serie animada sabe qué es la nación del fuego: esa metáfora del pueblo talentoso, militarmente poderoso, beligerante, con actitud conquistadora, y que momentáneamente se encuentra en un delirio fascista. Parece demasiado pretencioso que Shyamalan lo compare con la India.

Quien ya vio las tres temporadas de la serie animada sabe qué es la nación del fuego: esa metáfora del pueblo talentoso, militarmente poderoso, beligerante, con actitud conquistadora, y que momentáneamente se encuentra en un delirio fascista.

A estas alturas, debido a que se canceló (a Dios gracias) el proyecto de una segunda y una tercera cintas, y que Shyamalan fue pateado lejos (gracias a Dios), sólo podemos especular sobre las intenciones de Shyamalan al utilizar a la nación del fuego como metáfora de su país, quizá interesante (no lo creo) pero definitivamente en detrimento de la historia que tenía que llevar a la pantalla.

Quizá lo que destruyó más que nada la franquicia en cine fue esa ausencia de humor, el cómo esa sensación de despreocupación que caracteriza a Aang se transforma en un apremio por hacer una película épica a toda cosa, sin entender el material de la serie, que muchas veces apunta a la simpleza, al slapstick más directo.

Desde que Aang ve a Katara se enamora de ella, al igual que un niño se enamoraría de una chica más grande, sin entender en realidad, y lo que guía la serie es cómo esa relación va cambiando. Aang lo va entendiendo, paralelamente a su destino como redentor de las cuatro razas, así de simple. La serie juega con que por más mesías que parezca este niño calvo, va a salvar al mundo mientras monta al pez y vive aventuras; es algo chistoso que le da alma al desarrollo.

La serie original hace un gran trabajo al mostrar a Aang como a un niño y a Sokka y Katara como adolescentes, y en el manejo de las distintas etapas por las que atraviesan, y que ésa es una de las dificultades que enfrenta con Katara. A pesar de que Aang parece un mini Dalai Lama y Katara una chica esquimal, la simpatía y la química entre ambos es innegable, es creíble, y no algo que tenemos que aceptar porque así lo dijeron los escritores.

En cambio, el Aang de la película es antiempático (yo en verdad creo que al pobre Noah Ringer ya le desgraciaron la vida para siempre), y jamás se pensaría que llegaría a algo siquiera con la Katara de carne y hueso (Nicola Peltz); otra vez, pésima selección de elenco.

Sokka y su búmerang.

Sokka y su búmerang.

Y de Sokka (Jackson Rahbone) mejor ni hablemos (creo que es el que más lastimó mi sensibilidad); el personaje más interesante del grupo (el que no posee ningún poder especial, el que podría ser la metáfora del mismo espectador, pero que desde su ordinariez consigue ser inolvidable) pero que para Shyamalan sólo es un accesorio. Shyamalan no entiende nada de estos personajes y Sokka es la mayor baja. Shyamalan no consigue reverberar nada del el encanto de la serie animada.

En resumidas cuentas, el fracaso (la película recaudó en todo el mundo el doble de los costos de producción) de Avatar: The Last Airbender en su versión cinematográfica, deja claros los extremos de una buena adaptación, que la mayoría de las veces consiste en comprender el espíritu del original y trasladarlo a la voz y el estilo del realizador.

Eso cuando tenemos a un artista que es capaz de hablar con sus propias cualidades y plantear algo nuevo (¿alguien dijo Nolan?), pero a estas alturas ya es claro que Shyamalan es un simpático maquilero, no un creador de mundos (como diría el difunto Andrei Tarkovski).

El trabajo de Shyamalan pasará a la historia como una de las peores adaptaciones fílmicas que se han realizado. Éste es uno de los ejemplos de que algunas cosas deben dejarse mejor por la paz. ®

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Publicado en: Cine, Julio 2013


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  • José Luis Martínez

    Excelente. Sin embargo, también Nolan se queda corto en su último trabajo sobre Batman y, a juicios de la crítica, mala selección del villano. ¿A caso no sobran ejemplos de directores que han sucumbido a la tentación del cine como industria y se han vendido ante pingües ganancias? ¿No ha sido ese dicotomía del cine arte e industria lo que hace florecer a la crítica? Aplaudo de pie el comentario sobre Diego Luna -por favor, menos pose y más cerebro-. Por la misma senda viajé Del Toro, quien en el final de MAMA, sólo le faltó “campanita” y el castillo.