El mal vive en nosotros

Y está siempre al acecho

“Muchas veces el mal se alberga en el interior de nosotros mismos, y sólo espera que relajemos nuestra vigilancia para apoderarse de nosotros y convertirnos en seres mezquinos, envidiosos y en un fraude de las expectativas que quisiéramos proyectar.”

Cálico © Rodrigo Ponce

El mal ha existido desde tiempos inmemoriales, y aunque la mayoría de las cosmogonías ha situado al mal en los alrededores del culto al dios, o dioses, visualizado siempre como un factor externo, el mal anida en la condición humana desde sus albores. No sólo en el enemigo o en las fuerzas de ocupación demoníacas.

Al igual que hay noche y día, la personalidad se conforma de generosidad y mezquindad, de amor y rencor, de altruismo y egoísmo. Me imagino que la eterna lucha entre el bien y el mal consiste básicamente en entender a cuáles de esas pulsiones nos entregamos.

Sin duda, la práctica activa del egoísmo, la envidia y la avaricia pueden ser motivos que alimentan la maldad, los pensamientos desviados que habitan en nosotros.

Hay que ser muy idealista, ingenuo y naïve para pensar en un mundo basado en la fraternidad universal, al estilo hippie o neocristiano redimido, o incluso hacia ese socialismo de la pauperización al que nos encaminamos.

Al igual que hay noche y día, la personalidad se conforma de generosidad y mezquindad, de amor y rencor, de altruismo y egoísmo. Me imagino que la eterna lucha entre el bien y el mal consiste básicamente en entender a cuáles de esas pulsiones nos entregamos.

En España, por ejemplo, el llamado mileurismo (tener sueldos alrededor de los mil euros) es considerado un retroceso que nos regresa a niveles africanos. Yo no lo considero así (alejada como está mi economía incluso de esos mil euros mensuales, aunque eso no quiere decir que haya meses, pocos, en los que gane más). Tampoco significa que no deba haber gente que pueda ganar más por el desempeño de sus labores si su formación, implicación, entrega y el valor social de su trabajo así lo estipularan. Pensemos que mil euros es el equivalente a 18 mil pesos mexicanos, suma con la que se podría vivir decentemente en cualquier ciudad mexicana. Teniendo en cuenta que hubiera una gran porción de mileuristas de la masa asalariada, como ahora sucede, ése no es el problema, puesto que eso nos acercaría a un ideal de una gran clase media, y a mí eso me huele a democracia. El problema es la gran especulación que se ejerce sobre los inmuebles para que ese sueldo sea insuficiente para vivir con ciertas garantías, y que mucha gente, aunque sean pocos si se viera el global de la sociedad, se enriquezcan a costa del dinero de los demás, defraudando y jugando impunemente con ahorros, ilusiones y esperanzas ajenas.

En la actualidad, en ese sentido, vemos que el mal campea a sus anchas por el mundo, haciendo destrozos y gobernando las mentes. Los hombres, los que por sus cargos pueden, han enloquecido por la avaricia y ambición desmedidas. La crisis en la que estamos sumidos es una prueba de ello. Que la ambición y desfachatez de unos cuantos financieros, que por cierto controlan un alto porcentaje de los capitales mundiales, hayan arruinado al mundo entero por codicia es un ejemplo de que el mal anda suelto y, lo peor, goza de impunidad. La mayor parte de los que causaron la quiebra (principalmente en Estados Unidos) no sólo no fueron a la cárcel, sino que recibieron monstruosas ayudas federales con el dinero de los contribuyentes que arruinaron, y ahora vuelven a formar parte del gabinete económico del gobierno de Obama. Ése que decía en campaña que había que regular las actividades de Wall Street para que no volviera a suceder una debacle como la desencadenada por esta crisis, con miles de gentes sin hogar en las calles y con millones sumidos por debajo del umbral de pobreza —vean si no la ilustrativa película Inside job.

Que por fin los indignados gringos hayan salido a la calle es una muestra de ello. Aunque lo verdaderamente raro es que no se hayan lanzado antes, como si no hubieran sido conscientes de la miseria global que sus financieros en colusión con la clase política que eligieron sumieron al mundo entero.

Pareciera que la idea de una humanidad conviviendo fraternalmente no sea más que una utopía trasnochada, un sueño guajiro de hippies desfasados. En México bien se sabe. El poder de los cárteles criminales tiene al país viviendo de rodillas. Entre la guerra declarada por Calderón y el afán de los cárteles por sobrevivir y mandar en un escenario de violencia generalizada han hecho del país poco a poco un lugar inhabitable, sin espacios para que la verdadera democracia se manifieste, sobre todo a través del oficio de los pocos periodistas aguerridos que se atañen a su misión vocacional, en estos tiempos casi mártir, de informar a la población de los desmanes e irregularidades que ocurren alrededor.

Más que la salud de los adictos, lo que importa es que unos cuantos sigan haciendo dinero a costa del tráfico ilegal de estupefacientes sin importar que un país sea arrasado y bañado en sangre o que del otro lado de la frontera las cárceles y las calles estén pobladas de adictos sin demasiada redención, la antítesis del sueño americano, más bien los que forman parte de la gran pesadilla americana. Los hijos del crack. Si eso no es la encarnación del mismísimo mal que me digan entonces qué es.

El mal camina entre nosotros por las calles. Disfrazado de estupidez. O cobardía. O desidia ante el estado de las cosas.

El mal también anida en la publicidad que promete cosas que no son, atrofiando al deseo y desnutriendo a conciencia provocando obesidad en los niños. ¿Dejarán los productores de comida chatarra que sus hijos se atasquen de las porquerías con las que inundan el mercado y hasta hace poco las escuelas?

El mal también anida en la publicidad que promete cosas que no son, atrofiando al deseo y desnutriendo a conciencia provocando obesidad en los niños. ¿Dejarán los productores de comida chatarra que sus hijos se atasquen de las porquerías con las que inundan el mercado y hasta hace poco las escuelas?

El mal, la mayoría de las veces, convive con nosotros. Y muchas veces en nosotros. No es normal que las mujeres sigan siendo víctimas de maltratos, vejaciones y desigualdad de oportunidades en un país en que la mayoría de las canciones lacrimosas las ensalzan hasta el paroxismo. Te quiero tanto que te acabaré matando a golpes, y mientras eso sucede, sufrirás mi frustración de macho reprimido y apaleado por la férrea jerarquía de poder masculina que no me deja avanzar lo que quisiera. Eso sí, todos muy mochos a celebrar el día de las madres… cuando en realidad lo que sucede es que la mayoría de las mujeres valen madres. No sólo en México, se entiende.

Hace varios años, en las montañas de Veracruz, a las faldas del Cofre de Perote, tras una ingesta de hongos psilocibe, en pleno viaje tuve una revelación. En medio de la celebración de la naturaleza y su vistosidad sin límites, disfrutando de un momento de caricatura feliz y psicodélica, algo me apercibió de que todo no podría ser tan perfecto. Que tanta dicha podría verse truncada por la aparición de un animalillo venenoso, de los que abundan en climas tropicales, al dar un mal paso o sin fijarme donde ponía los pies. La inconsciencia, la felicidad, el estar plenamente confiando del mundo y de la naturaleza humana no bastan por sí mismos. El mal, en cualquiera de sus sutiles formas siempre está al acecho. Y, como dije al principio, no siempre está en nuestro exterior. Muchas veces el mal se alberga en el interior de nosotros mismos, y sólo espera que relajemos nuestra vigilancia para apoderarse de nosotros y convertirnos en seres mezquinos, envidiosos y en un fraude de las expectativas que quisiéramos proyectar. Que no son otras que las que denunciamos alrededor de nosotros cuando decimos analizar con objetividad y nos convertimos en árbitros con nuestros juicios. ¿Nos molesta la corrupción? No la alimentemos cuando nos saltamos un alto. ¿Nos aturde la guerra contra las drogas? Dejemos de consumirla, aunque sea por unas semanas. ¿Se imaginan el impacto negativo en el ecosistema de la industria del narco si un mes se declarara como el mes del cero consumo de drogas y que fuera seguido a rajatabla? Claro, de poder llevarse a cabo esta utopía, quién sabe si no aumentarían las cifras de homicidios por psicosis.

Pero volviendo a hablar del mal, a estas alturas me resulta difícil soportar a gente que en las fiestas y reuniones se lamenta amargamente del estado de las cosas en México por la guerra del narco con las aletas de las narices blanqueadas por la cocaína. El mal, muchas veces, también anida en la irresponsabilidad social que alimentamos cada uno de nosotros. ®

Archivado en Legendario Deja Vu, Octubre 2011

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