El mantra de Don Goyo

Lo nuestro se fue perdiendo desde que nuestros amaneceres televisivos cambiaron drásticamente. Quizá para los demás el contenido de aquel noticiero mañanero seguía igual, pero nosotros le encontramos tantas diferencias que terminamos por detectar las que había en nuestra relación y nos vimos condenados a tener que escoger otros canales, otra programación o, de plano, presionar off.

Las primeras mañanas, para disimular la halitosis matutina, solíamos mirarnos a los ojos y cubrirnos la boca antes del beso sutil. Luego, de manera automática, el control de la tele llegaba a nuestras manos. Con el paso de los días olvidamos quién fue el primero en presionar el botón de encendido, lo que a fin de cuentas no importó porque ninguno de los dos protestó.

En primer plano estaba él: joven, carismático, prometedor y, por si fuera poco, yucateco. Ni ella ni yo lo éramos, pero vivíamos en Mérida. Orgullo ajeno, dirían algunos.

Fue así como nos acostumbramos a su voz acompañada del cereal con leche, la fruta en cuadritos, las burritas con crema o los huevos estrellados sobre una rebanada de jamón. Luego, entre notas internacionales, editoriales, comerciales del canal de las estrellas y el reporte del clima, nos sumergíamos bajo las sábanas para aliviar nuestras propias tormentas.

Con el tiempo él llegó a formar parte de nuestras vidas. Comparábamos su inteligencia y capacidad de análisis, quizá de principiante, pero no por ello menos lúcida, con las de otros locutores. Su verdad editorial cancelaba toda posibilidad de llevar la discusión a un terreno que lastimara nuestra relación. El cariño tenía sintonía con su voz. El amor era pleno en su compañía.

Con el tiempo él llegó a formar parte de nuestras vidas. Comparábamos su inteligencia y capacidad de análisis, quizá de principiante, pero no por ello menos lúcida, con las de otros locutores. Su verdad editorial cancelaba toda posibilidad de llevar la discusión a un terreno que lastimara nuestra relación. El cariño tenía sintonía con su voz. El amor era pleno en su compañía.

Era tal nuestra ansia de mantenernos juntos que nuestra afición llegó a extremos vitales. Nunca fue planeado, pero parecía que estábamos de acuerdo para hablar de él en reuniones con amigos, ya fuera en nuestra propia casa, en el bar o en casa de alguien más.

Llegamos a convencer a varios de que el tipo tenía la verdad absoluta y que aquella pútrida televisora tendría en él la oportunidad de la reivindicación de años dejados atrás en nombre de la mentira. “Va que vuela para sustituir al Teacher”, profetizábamos como oráculos.

Carlos en la tele, nosotros en la cama. Era la primavera eterna del amor matutino. Tan suave como su voz repitiendo “Popocatépetl, Popocatépetl”, mientras en la pantalla aparecía la imagen del volcán, la manera fácil de solucionar un desacuerdo sin necesidad de más tensión que la que podíamos liberar utilizando el mantra: “Popocatépetl… Popocatépetl”.

Un día compramos una televisión para la cocina porque la mañana previa, a medio encuentro, tiramos el desayuno sobre el colchón. Así que para evitar riesgos optamos por un bocado frugal en la barra de la cocina. Luego, con la voz de él como música de fondo, nos tomábamos uno a otro, apoyados, o encima de la barra.

Pero el amor y la pasión comenzaron a transformarse al mismo tiempo que El Noticiero. Su falta de fuerza, de entrega y corazón hicieron mella de la misma forma en nosotros. El mantra perdió su efecto y pasó a ser sustituido por la reverberación de la voz del individuo aquel que, a su lado, daba más espectáculos personales que noticias, y se encimaba en Toño de Valdez, con sus chistes malos que cortaban las notas deportivas. Ya no había voz acompañándonos. Sus entrevistas ya no eran las de antes. Ahora eran opiniones abiertas, donde sólo él quería destacar. Descarados enjuiciamientos personales.

Un día compramos una televisión para la cocina porque la mañana previa, a medio encuentro, tiramos el desayuno sobre el colchón. Así que para evitar riesgos optamos por un bocado frugal en la barra de la cocina. Luego, con la voz de él como música de fondo, nos tomábamos uno a otro, apoyados, o encima de la barra.

El fenómeno dejó el monitor e invadió nuestra casa. Nuestras discusiones cayeron en el abismo de lo subjetivo. Ya no éramos dos, el individualismo nos ganaba. El mantra disuelto en nuestras venas por hartazgo y sobredosis dejó de funcionar. Desayunar escuchándolo nos descomponía el estómago y asesinaba poco a poco la pasión.

Al igual que su programa, nuestra relación comenzó a quedar en segundo plano: Carlos se había convertido en la estrellita abridora para el público hambriento de Andrea Legarreta, ama y señora del horario matutino en México.

Supe que todo había terminado el día que, mientras Loret se acomodaba en la sala para ceder la palabra antes del primer corte a la comparsa, ella apagó la tele y se levantó de la cama sin siquiera voltear a verme. Se despidió para ir a trabajar sin más que un beso hipócrita, más ensalivado que apasionado.

Ayer me acordé de todo esto porque, al entrar a un restaurante en la Ciudad de México, me topé con Carlos. Tuve intención de acercarme a su mesa, de reclamarle, de gritarle que por su culpa se perdió una relación valiosa. Pero no lo hice: el muy engreído nunca lo hubiese entendido.

Seguí de largo como lo hago ahora siempre que alguien sintoniza su noticiero en cualquiera de sus emisiones. Verlo ahí me recordó que hace mucho ella y yo habíamos cambiado de canal, que incluso llevo mucho tiempo sin ver programas de noticias en la televisión porque, la verdad, Javier Alatorre no me provoca empatía alguna, y si hay una voz que hoy día me pone a tono es la de Carmen Aristegui en la radio. Sé que ella no me fallará y menos después de lo que le hicieron, ahora sólo falta encontrar a alguien en la misma sintonía. ®

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Publicado en: Narrativa, Septiembre 2011

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