El percherón mortal, de John Franklin Bardin

Fragmento de novela

En esta nueva sección publicaremos adelantos de libros que se publicarán muy pronto, así como una breve sinopsis. La inauguramos con esta novela de John Franklin Bardin, El percherón mortal, de la editorial oaxaqueña Almadía, a la que agradecemos su gentileza.

Descarga el primer capítulo en PDF aquí.

De la cuarta de forros:

Jacob Blunt era el último paciente del día. Entró en mi consultorio con un hibisco escarlata en su pelo ru­bio y ensortijado. Se sentó en la silla frente a mi es­critorio y me dijo:

–Doctor, creo que estoy volviéndome loco.

Era un joven apuesto y aparentemente sano. No ha-bía manifestaciones visibles de neurosis. No parecía ner­vioso –ni estar reprimiendo una tendencia al nerviosis­mo–, sus ojos azules miraban a los míos y llevaba el traje limpio. Los rasgos del rostro eran enérgicos, el tórax bien formado y, salvo una ligera cojera, no tenía defectos.

Por mi parte, nunca habría pensado que debía estar en mi consultorio, de no haber sido por aquella flor en el cabello.

–Casi todos tenemos ese miedo en algún mo­mento de nuestra vida –le dije–. Durante una crisis emocional, o después de periodos de trabajo excesivo, yo mismo he tenido dudas sobre mi salud mental.

–Los locos imaginan ver cosas, ¿no? –me pregun­tó–. ¿Cosas que en realidad no existen para cualquier otra persona?

Se había inclinado hacia adelante, como si temie­ra perderse alguna palabra de mi respuesta.

–Las alucinaciones son un síntoma corriente del trastorno mental –asentí.

–Y cuando uno no sólo ve cosas… sino que ade­más le pasan cosas… cosas irracionales quiero decir… eso es tener alucinaciones, ¿no?

–Sí –dije–, una persona mentalmente enferma suele vivir en un mundo imaginario, irreal. Se aparta com­pletamente de la realidad.

Jacob se reclinó hacia atrás y suspiró con alivio:

–¡Ése soy yo! –dijo–. Estoy loco, gracias a Dios. No está pasando en realidad.

Parecía totalmente satisfecho. El rostro se le había relajado en una sonrisa torcida que resultaba simpáti­ca. Obviamente, mi información lo había aliviado. Lo cual era raro, pues nunca antes me había enfrentado a un neurótico que admitiera su placer ante la pérdi­da de la razón. Ni había visto a ninguno que hablara sonriendo del tema.

–Una linda flor la que lleva en el pelo –le dije–. Es tropical, ¿no?

Por algún lugar tenía que empezar a averiguar dónde estaba su problema, y la flor era lo único no natural que encontraba en él.

La tocó con la punta de los dedos:

–Sí –dijo–. Es un hibisco. ¡Me costó mucho traba­jo conseguirla! Tuve que recorrer media ciudad esta mañana, hasta encontrar una florería que las tuviera.

–¿Tanto le gustan? –le pregunté–. ¿Por qué no una rosa o una gardenia? Son más baratas, y segura­mente más fáciles de encontrar.

Negó con la cabeza:

–No. A veces las he usado, pero hoy tenía que ser un hibisco. Joe dijo que hoy tenía que ser justa­mente un hibisco.

Empezaba a dar la impresión de que podía estar loco. Su conversación sonaba incoherente y se le veía demasiado satisfecho con todo el asunto. Empezó a interesarme.

–¿Quién es Joe? –le pregunté.

Blunt había sacado un cigarrillo de la caja que yo tenía en mi escritorio y ahora jugueteaba con el encendedor. Levantó la vista con sorpresa.

–¿Joe? Es uno de mis hombrecitos. El del traje violeta. Me da diez dólares diarios por llevar una flor en el pelo. ¡Sólo que se reserva el derecho de elegir la flor, y ahí es donde la cosa se pone difícil! ¡Suele elegir entre las peores!

Me dirigió otra vez su sonrisa torcida. Era casi como si me estuviera diciendo: “Sé que parece tonto, pero así es como me funciona la cabeza. No puedo evitarlo”.

–De modo que Joe es el que le da las flores, ¿no? –le pregunté–. ¿Hay otros?

–Oh, claro que hay otros. Hago cosas para varios de estos tipos pequeñitos, y eso es lo que me tenía preocupado. Pero creo que usted se ha confundido respecto a Joe. No me da las flores. Yo tengo que salir a comprarlas. Él sólo me paga por llevarlas.

–Me ha dicho que hay otros tipos… “tipos peque­ñitos”. ¿Quiénes son, y qué hacen?

–Bien, está Harry –dijo–. Es el que lleva trajes ver­des y me paga por silbar en el Carnegie Hall. Y está Eustace… que lleva impermeable y me paga por re­partir monedas.

–¿De usted?

–No de él. Me da veinte cuartos de dólar por día. Y me paga diez dólares por repartirlos.

–¿Por qué no se los guarda?

Parecía totalmente satisfecho. El rostro se le había relajado en una sonrisa torcida que resultaba simpáti­ca. Obviamente, mi información lo había aliviado. Lo cual era raro, pues nunca antes me había enfrentado a un neurótico que admitiera su placer ante la pérdi­da de la razón. Ni había visto a ninguno que hablara sonriendo del tema.

Frunció el entrecejo:

–¡Oh, no! ¡No podría hacer tal cosa! No me pagaría los diez dólares si me los guardara. Eustace sólo me paga cuando logro repartirlos todos –se llevó la mano al bolsillo y sacó un puñado de monedas de veinticin­co centavos, nuevas y brillantes–. Lo que me recuerda que tengo que encontrarme con Eustace a las seis y to­davía me quedan todos estos para repartir. ¿Sería usted tan amable como para aceptar una de estas monedas?

Y arrojó un cuarto de dólar sobre el escritorio. Lo tomé y me lo metí en el bolsillo. No quería con­tradecirlo.

Me miró fijamente.

–Es real, ¿no? –me preguntó.

–Sí.

Era real.

–Hágame un favor. Muérdalo.

–No –le dije–, no tengo que morderlo. Puedo re­conocer una moneda genuina a simple vista.

–Vamos, muérdalo –insistió–. Así verá que no es falso.

Me saqué el cuarto de dólar del bolsillo, me lo lle­vé a los labios y lo mordí. Quería seguirle la corriente.

–Perfectamente real –dije.

Su sonrisa desapareció.

–Eso es lo que me preocupa –afirmó.

–¿Qué?

–Si estoy loco, doctor, usted podrá curarme. Pero si no estoy loco y estos hombrecitos son reales, bue­no… en ese caso existen cosas como los duendes irlan­deses, los leprechauns, y están repartiendo un inmenso tesoro… y todos tendremos que empezar a creer en las hadas, ¡y quién sabe adónde nos llevará eso!

En ese punto pensé que estaba a un paso de reve­lar la peculiaridad de su neurosis. Estaba muy excita­do, casi frenético, y súbitamente me había dado una buena cantidad de nueva información. Decidí igno­rar su referencia a leprechauns y hadas por el momen­to, para seguir interrogándolo sobre la única prueba tangible: el cuarto de dólar.

–¿Qué tiene que ver eso con Eustace y los cuartos de dólar? –le pregunté.

–¿No se da cuenta, doctor? Si estoy loco… si me limito a imaginarme a Eustace…, ¿qué pasa con estas monedas? Son reales, ¿no?

–Quizá son suyas –le sugerí–. ¿No podría haber ido al banco y haberlas retirado, y después olvidarlo?

Negó con la cabeza.

–No. No es tan fácil. Hace meses que no piso mi banco.

–¿Por qué no?

–No tengo necesidad. ¿Para qué ir al banco y reti­rar dinero si uno gana treinta o cuarenta dólares por día? No he gastado un centavo de mi dinero desde Navidad.

–¿Desde Navidad?

–Sí. Conocí a Joe el día de Navidad. En un bar au­tomático. No sabía cómo hacer funcionar la máqui­na de café y le enseñé. Empezamos a conversar y me preguntó si quería ganar algo de dinero fácil. Le dije: “Claro, ¿por qué no?” Ni me imaginaba yo con qué tontería iba a salirme, pero estaba harto del empleo que tenía (trabajaba en una camisería) y deseaba hacer algo más interesante. En realidad, no necesito trabajar, ¿sabe? Tengo un ingreso permanente de un legado. Pero el abogado es un viejo que siempre está dándo­me sermones sobre las virtudes del trabajo. Dice que “trabajar construye el carácter”. De modo que empecé a trabajar para Joe aquel mismo día, y un par de sema­nas después conocí a Eustace y después a Harry; me los presentó Joe. Él estaba satisfecho con mi trabajo. Dijo que yo era de fiar. Dijo que los hombrecitos siempre tienen dificultades para encontrar gente de fiar.

Yo estaba fascinado. Este caso prometía ser uno de los más curiosos de mi carrera. La mayoría de las anormalidades se circunscriben fielmente a unos po­cos moldes bien conocidos y es muy raro encontrar un hombre tan imaginativamente demente como pa­recía estarlo Jacob Blunt.

–Dígame, señor Blunt –le pregunté–, ¿cuál es exac­tamente su problema? Me da la impresión de que lle­va una vida excelente, desde luego, no le falta dinero. ¿Qué es lo que pasa?

Una vez más lo vi preocupado. Apartó los ojos, y su sonrisa apareció y desapareció antes de que me respondiera:

–No hay ningún problema, supongo. Si está se­guro de que Joe, Harry y Eustace son alucinaciones.

–Yo diría que hay grandes probabilidades de que lo sean.

Volvió a sonreír.

–Pues bien, si está en lo cierto, lo único que pasa es que estoy loco, y todo está en orden. ¡Pero lo que me preocupa es el dinero! Si esas monedas son reales, ¿cómo puede ser imaginario Eustace?

–Quizá, como le sugerí antes, usted las saca de su banco y después se olvida de haberlas retirado.

Su sonrisa se hizo más amplia. Buscó en su bolsi­llo, sacó un talonario y me lo tendió por encima del escritorio.

–¿Qué me dice de esto, doctor?

Examiné las cifras. Aparecían depósitos trimestra­les de mil dólares cada uno durante los últimos dos años, pero no había habido ningún reintegro desde el 20 de diciembre de 1942. Le devolví el talonario.

–Le digo que no he pisado el banco desde Navi­dad –repitió.

–¿Y los depósitos?

–Los hace mi abogado –dijo–. De la herencia de mi padre. Recibiré una asignación hasta que cumpla veinticinco años.

Reflexioné un momento. Si pudiera lograr que me hiciera un relato coherente de lo que había estado pasando, podría inquirir con un poco más de profun­didad la naturaleza de su perturbación.

–Supongamos que volvemos al principio y me lo cuenta todo –le propuse.

Me miraba a los ojos, y su mirada me hizo sentir incómodo. Sentí que comprendía lo confundido que estaba yo, y mi confusión le turbaba.

–Es como ya lo he dicho. Conocí a Joe en el bar automático. Me dijo que me probaría en el trabajo de llevar la flor, y que si servía podría hacerlo siempre. Y quedó tan complacido con lo que llamó mi “buena voluntad” que me recomendó a Harry y a Eustace. Desde entonces, he estado silbando para Harry y re­partiendo cuartos de dólar para Eustace…

Aquello no nos llevaba a ninguna parte. Por ab­surdas que fueran sus fantasías, mostraban toda la consistencia del mundo.

–¿Qué es lo que hace para Harry? ¿Silba? –le pre­gunté, cansado.

–Claro. En el Carnegie Hall. En el Town Hall. A veces en un palco, a veces en la platea. No tengo que silbar alto, y puedo sentarme apartado para no mo­lestar a nadie. Es divertidísimo. Anoche silbé “Pistol-Packin Mama” durante toda la Octava de Beethoven. ¡Debería probarlo alguna vez! ¡Le hace bien a uno!

Reprimí una sonrisa. El muchacho había empe­zado a gustarme y no quería que pensara que me reía de él.

–Estos “hombrecitos”… ¿Por qué me dijo que lo habían contratado para hacer estas cosas?

En ese punto pensé que estaba a un paso de reve­lar la peculiaridad de su neurosis. Estaba muy excita­do, casi frenético, y súbitamente me había dado una buena cantidad de nueva información. Decidí igno­rar su referencia a leprechauns y hadas por el momen­to, para seguir interrogándolo sobre la única prueba tangible: el cuarto de dólar.

Sacó otro cigarrillo y el encendedor. La mayoría de mis pacientes fuman; yo les aliento a hacerlo, por­que así se sienten más a gusto y me da la oportunidad de examinar sus reacciones ante una pequeña mo­lestia, cuando mi encendedor falla. Con frecuencia, un hombre o una mujer que superficialmente está en calma revela una irritación interior al molestarse desproporcionadamente por algo trivial. Pero no fue éste el caso Jacob Blunt, que probó una y otra vez el encendedor, con toda paciencia, hasta que salió la llamita. Después me respondió:

–Son leprechauns. Son oriundos de Irlanda, pero ahora andan por todo el mundo. Durante toda la eternidad han tenido un inmenso tesoro, y hasta hace poco lo han guardado celosamente. Ahora, por motivos privados que Eustace no ha querido decirme, han empezado a distribuirlo. Joe dice que tiene cien­tos de hombres trabajando para ellos en todo el país. Y algunos son gente importante, según Joe. Gente que uno nunca se imaginaría.

–¿Quiere decir que son duendes, como las hadas o lo gnomos? –A veces, si uno logra mostrarle al pa­ciente el nivel infantil de su obsesión, recibe un pri­mer impulso en el camino de vuelta a la realidad– ¡No me diga que cree en las hadas! –sonreí.

–No son hadas –protestó–. Son hombrecitos que usan trajes violetas y verdes. ¡Probablemente se ha cruzado con ellos por la calle!

No íbamos a ninguna parte. Pronto me pondría a discutir con el paciente en sus propios términos. Tenía que encontrar el modo de cambiar la dirección del diálogo. Hasta ahora, él era el que lo conducía, no yo.

–Supongamos que usted no está mentalmente en­fermo, señor Blunt, ¿qué pasa en ese caso?

Se puso serio. Por primera vez pareció enfermo, ansioso.

–¡Eso es lo que me preocupa, doctor! ¿Qué pasa si no estoy loco?

–En ese caso los “hombrecitos” son reales –dije–. En ese caso existen los leprechauns. Y usted en reali­dad no cree en eso, ¿no?

Se quedó callado, vacilante. Después negó con la cabeza, violentamente.

–¡No, no puedo creerlo! ¡Es imposible! ¡Debo es­tar loco!

Pensé que ya era hora de tranquilizarlo.

–Permítame que yo decida ese punto –le dije–. Es mi trabajo. La gente que padece alucinaciones como la suya por lo general las defiende con todo rigor. Nunca acepta la posibilidad de una duda respecto a la realidad de sus experiencias imaginarias. Pero usted sí lo hace. Eso es alentador.

–Pero, ¿y las monedas, doctor? ¿Los cuartos de dó­lar? Son reales, ¿no?

–Por el momento, dejemos ese aspecto de lado. Supongamos que usted me habla un poco de su per­sona. Hábleme de su infancia, de su juventud, de su novia (porque tiene novia, ¿no?), de lo primero que se le ocurra.

Pareció confundido. Por lo general, un psiquiatra puede percibir el lunar en la lógica de un mundo soña­do por un esquizoide. Es un mecanismo patentemen­te irracional. Lo difícil suele ser lograr que el paciente hable de su mundo interior. Pero no era el caso. Jacob parecía muy dispuesto a confiarme todos los detalles de sus “hombrecitos” y su “dinero fácil”, pero, ade­más, me había presentado ciertas pruebas de que al menos una parte de sus experiencias era real, y si todo fuera real quizá no estaba loco. Todo lo que yo podría hacer era estimularlo a hablar más, con la esperanza de que llegara a decirme algo que me permitiera ayudarle.

–¿Qué puede tener que ver con Eustace y Joe que yo le cuente la historia de mi vida? –me preguntó.

–Acepte mi palabra de que puede tener mucho que ver con la solución de su problema –respondí.

Vacilaba antes de empezar. No parecía más a gus­to que antes. Había dejado de sonreír y tenía los ojos opacos.

–Soy un vago –dijo–, pero criado en Park Avenue. Probablemente usted sabe quién era mi padre, John Blunt. Tenía más dinero del que puede hacerle bien a uno. Durante la Primera Guerra Mundial le vendió su empresa constructora de carrocerías a una de las grandes compañías automotrices, y a partir de enton­ces nadó en oro. Se compró un puesto en la Bolsa y siguió haciendo dinero hasta que murió por apople­jía hace unos años. Me dejó todo lo que tenía, pero lo recibiré al cumplir veinticinco años; hasta entonces cobro una asignación.

–¿Qué edad tiene ahora?

–Veintitrés. Me faltan dos años. Pero eso no es lo que me preocupa. Tengo dinero en abundancia.

–Sí –dije–, lo sé.

–Fui un chico insoportable, un malcriado. Des­truía a dos o tres niñeras por año. Mi madre murió cuando yo era un bebé, y desde entonces tuve niñe­ras. Mi viejo nunca me prestó mucha atención. Fui bastante insoportable. Tenía toda clase de amigos. Siempre disponía de más dinero que los otros chicos, y causaba tantos problemas en casa que los criados no se molestaban si me ausentaba días enteros.

–¿Qué edad tenía cuando empezó a escaparse de su casa?

–Nueve o diez años –buscó en el bolsillo y sacó la billetera. Extrajo una fotografía manoseada que me pasó–. Ahí tiene una foto mía de esa época. El chico que está conmigo era un amigo… el bicho más feo que haya visto nunca. Yo le llamaba Pruney.

Miré la fotografía. Era de las que sacan los fotó­grafos en las plazas. Jacob estaba sorprendentemente parecido a lo que era ahora: ya de chico había tenido esa sonrisa torcida. Pero fue la imagen de su pequeño compañero la que me cautivó. Era un niño vestido con un traje sucio marinero, y su cara era la más horrible que yo hubiera visto nunca en un chico, salvo en un deforme. Era la clase de fealdad que uno puede esperar de un hombre de cuarenta años o más, pero nunca en un niño. Y en el reverso se leían, manuscritas, las ini­ciales E. A. B.

–¿Qué significan? –le pregunté.

Jacob las miró y se encogió de hombros.

–No lo sé. Incluso me había olvidado de Pruney y de esta foto hasta que un día, después de la muerte de mi padre, revisé su escritorio y la encontré. Supongo que significaría algo para él.

Me metí la fotografía al bolsillo. Quería ver si mi paciente se irritaba por este acto de posesión, pero ni siquiera lo notó. Desconcertado, probé por otro lado:

–¿Dónde dormía cuando no volvía a su casa?

–En hoteles. En el parque. Pasaba mucho tiempo en Central Park. A veces en casa de amigos. Siempre tuve muchísimos amigos.

–No puede decirse que haya sido una infancia nor­mal –dije–. ¿Por qué no hizo nada su padre? ¿No sa­bía lo que usted hacía?

Jacob soltó la risa. Echó atrás la cabeza y se rió con fuerza; fue una carcajada dura y cínica.

–Ya le dije que a mi padre nada le importaba un comino –dijo–, ¡ni por mí ni por nadie! Contrataba personal para cuidarme, ¿por qué se iba a molestar?

No contesté. Jacob dejó de reírse. No siguió ha­blando. Por mi parte, no sabía qué pensar. Eviden­temente, había tenido una vida extraordinaria hasta ahora, nada sana desde luego. No me sorprendía que fuera neurótico. Nunca había tenido una familia, na­die lo había querido. ¿O sí habría existido alguien…?

–¿Cuándo se enamoró por primera vez? –le pre­gunté.

Quizá ahí estaba la clave…

–A los catorce años. De la chica de los cigarros en St. Moritz. Era rubia y tenía piernas muy bonitas. Recuerdo que le regalé un camisón de seda negra en Navidad. ¿Usted le regaló alguna vez a una chica un camisón de seda negra?

Su sonrisa era contagiosa.

–Sí, creo que sí –le respondí.

–¿A quién?

–A mi esposa, supongo.

–¡Oh! –Pareció decepcionado. Después dijo–: Bue­no supongo que todo el mundo lo hace en un mo­mento u otro.

–Pero no a los catorce años. Es una edad más bien temprana, ¿no le parece?

Sonrió con desdén.

–No ha comprendido bien, doctor. A los catorce años, yo ya tenía mucho mundo. Desde que medía apenas un metro me alojaba en todos hoteles de Nue­va York. A los catorce años lo sabía todo sobre las chi­cas que venden cigarros, y todo lo demás.

–De modo que esta chica fue su primer amor. ¿Cuántas veces se enamoró desde entonces?

Empezó a contar con los dedos, después se inte­rrumpió y sacudió la cabeza con fingido desaliento.

–Cientos de veces, creo –dijo–. Decenas de veces entre ese momento y la universidad. Al menos veinte veces en Dartmouth. Y no sé cuántas veces después… ¡En este momento estoy enamorado de una pelirroja! ¡Me casaría con ella si no estuviera loco!

–¿No le parece que se enamora y desenamora con demasiada facilidad? –le pregunté–. ¿Estará de acuer­do si le digo que es un inestable emocional?

–¡No, claro que no! –respondió con énfasis–. Sim­plemente, tengo suerte. Tengo dinero y atractivo su­ficientes como para conseguir mujeres con facilidad, así que es natural que lo haga. ¿Qué cosa hay más normal que enamorarse?

–Es normal –admití– pero, ¿desenamorarse tam­bién lo es? Casi todos los hombres acaban por sere­narse y casarse.

–Pero muy pocos hombres tienen el dinero que tengo yo –dijo alegremente. Y después, más serio–: Ni ven hombrecitos con trajes violetas y verdes.

Jacob guardó silencio. Durante su relato, había vuelto a impresionarme su sensatez. Salvo por los “hombrecitos” y el hibisco rojo en el pelo, pocas veces había conocido a un joven más normal. Por ejemplo, cuando a un neurótico se le invita a hablar de sí mismo y de su infancia, suele responder de dos modos: puede contar una historia muy prolongada con excesivo detallismo en la que revele un centenar de temores y resentimientos, o bien puede cerrarse y negarse a hablar. Pero Jacob no había hecho ni una cosa ni la otra. Su respuesta había sido la que yo mis­mo hubiera dado a alguien que me interrogara. Había relatado una historia simple, concisa y clara (y, por lo que sabía hasta ahora, verídica) de un modo tran­quilo y afable. La única deducción que pude hacer sobre su carácter que tuviera importancia en térmi­nos psiquiátricos, era que odiaba a su padre. Pero eso no podía considerarse anormal. Por lo que yo mismo sabía de él, podía asegurar que yo tampoco habría querido al viejo John Blunt. Había sido el último de los grandes piratas de las finanzas.

Por otra parte, algunas de las acciones de Jacob eran muy peculiares. ¿Cómo había aceptado meterse en todo este ridículo asunto de llevar flores en el pelo, repartir monedas y silbar en el Carnegie Hall? Se me ocurrió una sola razón por la que un joven por lo demás aparentemente sensato podía hacer lo que ha­bía hecho Jacob: porque le gustaba. ¿Acaso no vi un brillo en sus ojos cuando me invitó a silbar una me­lodía popular la próxima vez que fuera a un concier­to? ¿Acaso no dijo: “¡Debería probarlo alguna vez! ¡Le hace bien a uno!”? Y por el modo de tocar el hibisco, podía notarse que le agradaba llevarlo. El relato de su vida podía dar los motivos del placer que le provoca­ba esa conducta anticonformista. Nunca había teni­do una vida normal de hogar, no tenía respeto por la autoridad y le gustaba la rebelión. Su personalidad entera podía afirmarse en esta necesidad latente de protesta. Al ser un joven impulsivo y extrovertido, su protesta adquiría aspectos de payasada y extravagan­cia. De ahí podían salir los “hombrecitos” y su pla­cer de hacer lo que ellos le ordenaban… hasta cierto punto. Pero el problema de esta explicación aparen­temente razonable era que daba por sentada la exis­tencia de los “hombrecitos”. Y yo no estaba dispuesto a dar tal cosa por sentada.

De modo que volvía a verme en el punto de par­tida. Cada vez que había intentado analizar el proble­ma de este paciente había acabado por enfrentarme a un muro impenetrable, pero totalmente racional, de defensa. Ahora vacilé antes de volver a probar.

Fue Jacob quien hizo la sugerencia.

–Escuche, doctor –dijo–, ¡así no vamos a ninguna parte! –Miró su reloj de pulsera–. Y ya son las cinco. Estoy citado con Eustace en un bar de la Tercera Ave­nida a las seis. ¿Por qué no viene a mi casa mientras me afeito y me cambio, y después vamos juntos al bar? ¡Así lo podrá ver usted mismo!

De modo que volvía a verme en el punto de par­tida. Cada vez que había intentado analizar el proble­ma de este paciente había acabado por enfrentarme a un muro impenetrable, pero totalmente racional, de defensa. Ahora vacilé antes de volver a probar.

Lo miré. Su mirada me rogaba que aceptara. Por heterodoxo que pareciera, sentí que lo que proponía era el modo correcto de tratar su caso, en especial si realmente era neurótico. Le demostraba que yo tenía confianza en su “buena voluntad”, y si él lo percibía podía confiar en mí a su vez. Quizá fuera el modo de realizar una transferencia. Por supuesto, yo sabía que no existía ningún Eustace, y lo único que haríamos en el bar sería beber una copa. Pero valía la pena.

–Creo que es una excelente idea, señor Blunt –con­testé–. Me gustaría conocer a su amigo.

–Quizá pueda ponerse a trabajar para él usted también –sugirió.

No supe si me estaba tomando el pelo o no. Me reí y dije:

–¿Por qué no? Me vendría bien un ingreso extra.

Avisé a la señorita Henry, mi enfermera, que no volvería, y le pedí que llamara a mi esposa en Nueva Jersey para decirle que llegaría tarde y que no me es­perara a cenar. También le pregunté a la señorita Hen­ry a qué hora tenía mi primera cita el día siguiente. Y después reanudé con Jacob por el pasillo.

Continuaba con aquella flor ridícula en el pelo. Si tengo un defecto, es mi vanidad en mi aspecto per­sonal. Tengo facciones armoniosas y una expresión calmada. Quizá sea un poco más quisquilloso, pero no me creo afectado. De todos modos, cuando salgo con alguien a la calle espero que mis acompañantes estén tan presentables como yo. Me disgustaba cami­nar con un hombre que llevaba una flor absurda en el pelo. Mientras esperábamos el ascensor, le pedí que se la quitara.

–¡Oh, no podría hacerlo! –dijo–. ¡Eustace lo nota­ría! Podría decírselo a Joe, y Joe no volvería a darme trabajo. Tengo que llevarla todo el día para ganar los diez dólares.

–¿Pero no puede quitársela ahora y meterla en su bolsillo hasta que vayamos a ver a Eustace? Podría volver a ponérsela antes de entrar en el bar y él no se enteraría de nada.

–¡Oh, no, imposible! ¡Sería un engaño! Olvida que el motivo por el que los leprechauns me han to­mado para que distribuya su dinero es porque con­fían en mí. Nunca podría traicionar su confianza.

–Entiendo –dije.

No ganaría nada discutiendo.

Jacob me miró de soslayo.

–¿Se sentiría mejor si usted llevara una también? –me preguntó–. El florista que encontré al fin esta mañana tenía otra y su tienda está bastante cerca. Quizá no la haya vendido todavía. Si quiere, creo que tenemos tiempo para ir, así usted también podría po­nerse una.

–No, gracias –contesté.

–¡Pero no sería mala idea! –insistió–. Si Eustace lo ve llevar voluntariamente una flor en el pelo, pue­de contárselo a Joe y ello le ayudaría a congraciarse con él. ¡Podría trabajar para los dos, para Joe y para Eustace!

–No, gracias –le dije–. Por el momento puedo pres­cindir del hibisco.

Me alegré de que en ese momento llegara el as­censor interrumpiendo la conversación. A veces la vida de un psiquiatra se pone difícil. ®

*Fragmento del libro del autor El percherón mortal, traducción de César T. Aira, Oaxaca, Almadía, 2012. Reproducido con autorización de la editorial.

Publicado en: Abril 2012, Fragmentaria

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